Notas para instructores · 10. Notas para los instructores
La Corte de Honor
Los Guías de Patrulla forman la Corte de Honor, que gobierna los asuntos internos de la Tropa. Su existencia es la mejor garantía de que la Tropa se mantenga viva y tenga éxito. Libera al Jefe de Tropa de mucho trabajo rutinario sin importancia y, al mismo tiempo, da a los muchachos una responsabilidad real y una visión de conjunto de los asuntos de su Tropa. Gracias a los Guías de Patrulla y a las Cortes de Honor, muchas de nuestras Tropas pudieron seguir existiendo y funcionando durante la Gran Guerra, aunque sus Jefes de Tropa se hubieran marchado para servir a su país.
Es necesario celebrar reuniones periódicas del Consejo de Grupo, formado por los dirigentes de Lobatos, Scouts y Rovers del Grupo. Así se asegura la cooperación entre las distintas Ramas, y es una ayuda muy valiosa para decidir la política general y las actividades del Grupo y de todos sus miembros.
«Siempre listos»
Lo primero que hace falta para llevar a cabo esta formación es ponerse en el lugar del muchacho: verlo todo desde su punto de vista, presentarle la materia como a él le gustaría verla y lograr que se enseñe a sí mismo, sin tener que meterle las cosas a martillazos.
Recuerda que tu propio carácter se refleja en tus muchachos. Si eres impaciente, ellos se volverán impacientes y todo se echará a perder. Pero cuando les enseñes estas cosas, verás muy pronto (a menos que sean ángeles) que también se les han pegado.
Tienes que estar «siempre listo» para llevarte disgustos al principio, aunque muchas veces se compensarán con éxitos inesperados.
Desde el principio tienes que estar «siempre listo» para la falta de concentración de los muchachos; y, desde luego, si organizas tus enseñanzas teniéndolo en cuenta, creo que tendrás pocos disgustos. No esperes que presten atención a una misma materia durante mucho tiempo hasta que los hayas acostumbrado a hacerlo. Tienes que ir a su encuentro a mitad de camino y no darles una dosis demasiado grande de una sola bebida: un trago corto y agradable de cada cosa, luego otro, y ve aumentando poco a poco los tragos hasta que se conviertan en una sucesión continua.
Por eso, una charla larga sobre una sola materia los cansa enseguida: su mente empieza a divagar y se aburren, porque aún no han aprendido el arte de llevar el pensamiento adonde quieren y mantenerlo allí. Conseguir que la mente obedezca a la voluntad es uno de los objetivos interiores más importantes de nuestra formación.
Por eso conviene pensar de antemano lo que quieres decir sobre la materia e irlo contando poco a poco, según se presente la ocasión: en la fogata de campamento, en los ratos entre juegos y prácticas, pero no de un tirón.
Verás que las lecturas de este Manual están divididas en secciones con ese fin.
Las demostraciones y las prácticas deben intercalarse con las sesiones teóricas para mantener la atención de los muchachos y que tu teoría llegue a buen puerto.
El Jefe de Tropa es libre de formar a sus muchachos a su manera. Las insignias de especialidad dan una idea de la variedad de formación útil que se puede dar, y aunque muchos Jefes de Tropa se consideren personalmente incapaces de dar una instrucción tan variada, pueden contar con la ayuda temporal de un amigo o de un experto.
Muchos Jefes de Tropa especializan el trabajo de sus Patrullas o Tropas; así, uno puede tener una Brigada de Bomberos, una Tropa de Scouts Marinos o Patrullas de Transmisiones, de Misioneros, de Ambulancias, etc.
Insignias de especialidad
Se crearon para despertar en cada muchacho el gusto por aficiones y oficios, alguno de los cuales puede convertirse en su profesión, y para que no tenga que enfrentarse al mundo sin recursos y sin esperanza.
Además, ponen en manos del Jefe de Tropa una herramienta para interesar al muchacho apático o retraído, siempre que el Jefe aplique nuestro criterio de eficacia. Ese criterio no mide tanto la calidad de sus conocimientos o de su habilidad como la cantidad de esfuerzo que ha puesto en adquirirlos.
Un Jefe de Tropa comprensivo, que conozca la psicología de sus muchachos, puede plantearle a cada uno un reto alentador; por ejemplo, darle al muchacho de un barrio pobre una salida justa en comparación con la de su compañero más instruido. Y al muchacho tímido o apático se le puede facilitar su primer éxito para animarle a esforzarse más.
La importancia del local
La mitad de la batalla está en conseguir un local, prestado para algunas tardes a la semana o alquilado como club para los scouts, aunque solo se trate de una Patrulla en un pueblo.
Tiene que estar bien iluminado y ventilado para evitar el desánimo y el aburrimiento. Unos cuadros con escenas alegóricas (nada de paisajes ni de retratos viejos) ayudan a hacerlo atractivo. Un buen fuego en invierno. Revistas o libros ilustrados interesantes.
Todo esto suele conseguirse: los simpatizantes regalan muebles, juegos, etc.
Una cantina, empezando con lo mínimo, suele tener éxito y, si se administra con cuidado, puede dar unos ingresos regulares para mantener el local. Los propios scouts deben limpiarlo, decorarlo y fabricar los muebles.
Dentro deben reinar la disciplina y el orden, y hay que insistir en la limpieza: los Guías de Patrulla serán responsables de ella, y las Patrullas se turnarán cada semana para limpiar y ordenar el local.
Si hay un poco de terreno, un patio trasero o un solar, mucho mejor. Hace falta un sitio donde los scouts puedan montar tiendas, encender fuegos, jugar al baloncesto, cultivar un huerto, marcar pistas, etc.
Deja que sean los propios muchachos quienes lleven los asuntos del local en todo lo posible. Apártate y permite que al principio se equivoquen y que luego aprendan con sentido común y responsabilidad.
En los Estados Unidos de América, los pequeños clubes dirigidos por muchachos son muy numerosos y populares en pueblos y aldeas, y las autoridades educativas los apoyan dejándoles usar por las tardes las aulas de las escuelas. Esto también podría hacerse fácilmente en Inglaterra.
Al mismo tiempo, si consigues un local, por pequeño que sea, das a los muchachos un sentimiento de propiedad y de responsabilidad, sobre todo si tienen ocasión de fabricar los muebles, colgar los cuadros, etc.
El local no debe ser acogedor como el salón de una señora, porque de vez en cuando los muchachos tienen que jugar en él a la pelota, a «Apunten al oso», etc. Necesitan muebles que se puedan apilar en un rincón —sillas de madera, mesitas— y un armario para guardar libros, juegos, etc., cuando empieza el juego.
El club ideal tiene dos salas: una para los juegos tranquilos, la lectura y las charlas, y otra para los juegos movidos, la gimnasia, etc.
Pero mejor aún si consigues una casa como la que alquiló la primera Tropa de Hollywood, donde cada Patrulla tiene su propio cuarto y es responsable de su mobiliario y su limpieza, con una sala para las Asambleas y las Cortes de Honor, en la que cada Patrulla tiene su sitio y el Jefe y la Corte de Honor ocupan sus puestos en la mesa.
Por supuesto, los muchachos deben pagar una cuota para el alquiler, la luz, los muebles, etc., y los gastos mayores deben cubrirse con trabajo en común: productos del huerto, juguetes, funciones o un mercadillo. Un penique a la semana, pagado siempre por adelantado, basta como cuota de socio.
Conviene tener una hucha de peniques donde los muchachos puedan guardar dinero para sacarlo después para las excursiones, o para iniciarse en el ahorro.
Una de las razones por las que usamos uniforme es que lo consideramos un incentivo para que los muchachos busquen trabajo y reúnan dinero para comprárselo. Es un gran paso para enseñarles a ganarse la vida más adelante.
Juegos
Los muchachos están llenos de ideas románticas y les encanta imaginar, mucho más de lo que dejan ver.
Lo único que tienes que hacer es seguirles el juego y dar rienda suelta a tu imaginación para ponerte a su altura. Pero tienes que tomarte con total seriedad los incidentes cómicos que surjan: en cuanto te rías, los muchachos sabrán que todo es una farsa y perderán la fe en ti desde ese momento y para siempre.
Por ejemplo, enseñar a una Patrulla a dar el grito de su animal es una situación casi ridícula; pero si el instructor se mantiene completamente serio, los muchachos lo hacen convencidos de que es «cosa seria», y una vez aprendido, el grito se convierte en un fetiche del espíritu de equipo de la Patrulla.
Para estar a la altura y sacar lo mejor de tus muchachos, tienes que ver las cosas con sus ojos. Para ti, como para ellos, el huerto tiene que ser el bosque de Sherwood, con Robin Hood y sus alegres compañeros al fondo; el muelle de pesca, el Caribe español con sus piratas y bucaneros; hasta el parque del pueblo puede ser una pradera llena de búfalos y pieles rojas, o el callejón, un desfiladero donde viven bandidos y osos (lee La edad de oro [The Golden Age], de Kenneth Grahame).
Una vez que sigas este camino, verás qué tremendamente aburrida y qué mal empleada te parece la rutina de marchar en formación, que el Jefe de Tropa con poca imaginación toma como método de instrucción.
Piensa en lo que quieres que aprenda el muchacho y luego inventa juegos para ponerlo en práctica.
Bacon dijo que el teatro es el mejor modo de educar a los niños, y casi podemos creerle.
Desarrolla su capacidad natural de imitar, su ingenio y su imaginación, y todo eso ayuda a formar el carácter. Al mismo tiempo, las lecciones de historia y de moral se les quedan grabadas mucho mejor si ellos mismos asumen el papel y lo representan que si se las predicamos los instructores.
La moda reciente de las representaciones históricas es realmente una idea educativa excelente. Allí donde se han hecho, jóvenes y mayores han aprendido para el resto de su vida algo de la historia de sus antepasados y de su pueblo, y también a olvidar las rivalidades entre clanes y a hacer algo por los demás sin esperar nada a cambio.
Los instructores verán que resulta muy práctico que sus scouts representen escenas históricas o hechos con los que quieran causarles impresión, como «La última resistencia de Wilson», «El hundimiento del Birkenhead» o «El centinela de Pompeya».
Cuando las representaciones tienen cierto mérito, pueden servir para recaudar fondos.
Responsabilidad a los jóvenes
Lo fundamental de este sistema es delegar la responsabilidad, sobre todo en los Guías de Patrulla.
Consigue, si puedes, un ayudante que te sustituya, para que la instrucción no se interrumpa si alguna vez no puedes asistir y para que te libere de pequeños detalles de administración.
Da plena responsabilidad y muestra plena confianza a tu Corte de Honor y a tus Guías de Patrulla. Espera mucho de ellos y lo conseguirás.

Ese es el secreto del éxito en la formación scout.
Fomenta el espíritu de Patrulla y la rivalidad amistosa entre las Patrullas, y obtendrás enseguida buenos resultados, del más alto nivel. No intentes hacerlo todo tú, o los muchachos se quedarán mirando y el sistema se vendrá abajo.
Disciplina
Insiste en la disciplina y en una obediencia rápida y estricta en los pequeños detalles. Déjalos correr y gritar solo cuando les hayas dado permiso, cosa que está bien de vez en cuando.
Una nación, para ser fuerte y próspera, tiene que estar disciplinada, y la disciplina de las masas solo se consigue disciplinando a cada individuo. Por disciplina entiendo la obediencia paciente a la autoridad y a los demás dictados del deber.
No se logra con medios represivos, sino fomentando y educando en el muchacho, ante todo, la autodisciplina y el sacrificio de los placeres egoístas por el bien de los demás.
Esto se enseña sobre todo con el ejemplo, dándole responsabilidades y esperando de él un alto sentido de la responsabilidad. Esa responsabilidad se da principalmente a través del Sistema de Patrullas, haciendo al Guía responsable de lo que pasa entre sus muchachos. Ahí está nuestro trabajo.
Sir Henry Knyvett advirtió a la reina Isabel en 1596 que «el Estado que descuida instruir y disciplinar a su juventud solo produce soldados y marinos corruptos y, lo que es peor, ciudadanos igual de corruptos para la vida civil»; o, como también lo expresa: «Por falta de verdadera disciplina, se arruinan sin remedio y a la ligera el honor y el tesoro, tanto del príncipe como del país».
La disciplina no se consigue castigando a un niño por un mal hábito, sino sustituyéndolo por una ocupación mejor que absorba su atención y le haga olvidar y abandonar poco a poco el hábito antiguo.
Salud
La mala salud física de la nación quedó demostrada cuando se rechazó a un gran porcentaje de los hombres llamados a filas en la Gran Guerra. Y la mayor parte de ellos fueron clasificados como C-3 por causas evitables. Nunca se habían fortalecido con juegos ni habían aprendido que la máquina humana necesita tanta atención y cuidado como una locomotora. Son cosas que podemos enseñar a nuestros chicos, y debemos hacerlo para que aprendan a cuidarse mejor y a disfrutar más de la vida. Lo importante es que se den cuenta de que la salud no es cuestión de suerte, sino de su propia responsabilidad.

Continencia
En este libro he tocado muchos puntos importantes de la educación de los muchachos, pero difícilmente hay uno más importante que la continencia. La formación de un muchacho quedaría incompleta si no recibiera una buena explicación y una instrucción con palabras claras sobre esta cuestión.
El denso misterio con que hemos envuelto este asunto ante los jóvenes de ambos sexos está haciendo un daño incalculable. El propio secreto con que le ocultamos al muchacho todo conocimiento le obliga a seguir su propia iniciativa a escondidas y, por tanto, de forma equivocada.
No he conocido a ningún muchacho que no prefiriera que se le explicara la cuestión con franqueza y por completo. Pero quiero que los Jefes de Tropa comprendan que esto solo puede hacerlo bien alguien que conozca a fondo la materia y sienta una comprensión total por las dificultades y las aspiraciones de la juventud. He tratado este punto con más detalle en Roverismo hacia el éxito.
Scouts Marinos
El Escultismo marino se ha introducido en la formación porque puede ser útil a la patria y a muchos muchachos.
Hace algún tiempo, The Nautical Magazine afirmaba que en quince años nuestra Marina Mercante —que debería ser el sostén de nuestro comercio y el respaldo de la Marina Real en caso de guerra— había aumentado en 26.000 hombres. De ellos, 15.000 eran de color, 11.000 extranjeros y 810 británicos. Y en Inglaterra tenemos multitudes de parados mientras los extranjeros tripulan nuestros barcos.
La llamada del mar ya no suena en los oídos de nuestros muchachos como antes.
En muchos lugares se pueden conseguir botes, barcazas o cascos viejos para usarlos en vez de ir de acampada, y en ellos se puede enseñar el arte de navegar con todas sus ventajas: resistencia, recursos, actividad y salud.

El valor de nuestra formación de Scouts Marinos quedó sobradamente demostrado durante la guerra, cuando el Almirantazgo recurrió a 1.800 scouts para el servicio de guardacostas mientras duró el conflicto, y a otros muchos Scouts Marinos para las señales y otras tareas en la flota.