Guía para el Jefe de Tropa
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Guía para el Jefe de Tropa

1. Carácter

Un caballero con armadura, de rodillas, alza la vista y los brazos al cielo
El Código de Honor del caballero medieval es el que rige al caballero de hoy.

El florecimiento de una nación no se debe tanto a la potencia de sus armas como a la firmeza de carácter de sus hijos.

«Para triunfar en la vida, el carácter es más importante que la erudición».

El carácter tiene un valor fundamental, tanto para una nación como para una persona. Y como es lo que marca la trayectoria de un hombre, hay que desarrollarlo desde muy pronto, cuando todavía es un muchacho de mente receptiva. El carácter no se le puede inculcar desde fuera al muchacho. Lo lleva dentro en germen, pero hay que hacer que se manifieste para poder cultivarlo. ¿Cómo?

El carácter suele ser hijo del ambiente. Pongamos un ejemplo: tomad a dos muchachos, gemelos si queréis. Que aprendan las mismas lecciones en la escuela, pero fuera de ella vivan en ambientes distintos, con compañeros y hogares diferentes. Poned a uno al cuidado de una madre bondadosa que lo anime, entre compañeros de juego limpios, justos y sinceros, en un lugar donde se confíe en su honor para que cumpla sus deberes. Y dejad al otro holgazanear en un hogar sucio, entre compañeros malhablados, pillos y rebeldes. ¿Es posible que este último crezca con la misma firmeza de carácter que su hermano?

Miles de muchachos se echan a perder cada día porque se les deja crecer sin educarles el carácter, y se convierten en derrochadores, en piltrafas humanas, en una pesadilla y un peligro para la sociedad. Podrían haberse salvado con solo haberles dado un ambiente sano en sus primeros años, cuando su mente estaba en la edad receptiva. Y hay muchos miles más que no cayeron tan bajo (hay escoria en todas las clases sociales), pero que habrían sido hombres mucho mejores y más útiles si se les hubiera cultivado el carácter a tiempo.

Aquí está el objetivo principal del Escultismo: educar, no instruir. Pero hay que tenerlo claro: educar en el sentido de lograr que el muchacho aprenda por sí mismo, y por su propia iniciativa, las cosas que desarrollan y templan su carácter.

La Tropa no debe pasar de treinta y dos scouts

Es preferible que una Tropa no tenga más de treinta y dos muchachos. Propongo esta cifra porque, al formarlos, he descubierto que dieciséis es el mayor número de muchachos que he podido dirigir con éxito en la tarea de hacer que revelen y afiancen su carácter. A otros educadores les concedo el doble de capacidad que a mí, y por eso duplico el número hasta treinta y dos.

He oído decir a algunos que han tenido a su cargo buenas Tropas de sesenta y hasta de cien muchachos, y sus jefes me cuentan que han resultado tan buenas como los grupos más pequeños. Me he «admirado» de ello (aunque «admirarse», en su sentido literal, significa «sorprenderse»), y no les he creído.

Me preguntan: «¿Para qué preocuparse por la formación individual?». Pues porque creo que es la única manera de educar. Se puede instruir a muchísimos muchachos, hasta a mil a la vez, con solo tener una voz potente y un sistema de disciplina agradable. Pero eso no es formación, y mucho menos educación.

Lo que cuenta para desarrollar el carácter y formar hombres es la educación. Cuando a una persona se le despierta el deseo de mejorar, brotan en ella las energías dormidas, en el terreno que mejor se ajusta a su temperamento y a sus capacidades.

No se consigue el más mínimo resultado enseñando la Ley Scout o imponiéndola como una lista de órdenes a un grupo numeroso de muchachos. Cada mente necesita que se le expliquen sus principios de una manera especial y que se le despierte el deseo de aceptarlos.

Ahí es donde se ve la personalidad y la habilidad del Jefe de Tropa.

Por eso, veamos algunas de las cualidades morales y mentales que contribuyen a formar el carácter, y después, cómo puede conseguir el Jefe de Tropa que el muchacho las desarrolle por sí mismo con la práctica del Escultismo.

Caballerosidad y rectitud

El Código de Honor de los caballeros medievales fue la base de las normas de conducta de todos los caballeros desde el año 500 d. C., cuando el rey Arturo redactó en la Tabla Redonda las reglas de sus caballeros.

El romanticismo de la caballería atrae a todo muchacho y estimula su sentido moral. Su Código de Caballería abarca el honor, la autodisciplina, la cortesía, el valor, la abnegación en el cumplimiento del deber y la orientación religiosa.

Estas normas, tal como se publicaron en tiempos de Enrique VII, son las siguientes:

  1. No deberán quitarse nunca la armadura, salvo para dormir.
  2. Buscarán la aventura para alcanzar «brillo y renombre».
  3. Defenderán al débil y al desvalido.
  4. En una disputa, apoyarán a quien tenga razón y pida ayuda.
  5. No deberán ofenderse entre sí.
  6. Lucharán por la defensa y el bienestar de su país.
  7. Trabajarán por el honor antes que por el dinero.
  8. No romperán nunca una promesa, por ninguna razón.
  9. Se sacrificarán por el honor de su patria.
  10. «Preferirán morir con honor a huir y vivir en la infamia».

El ideal caballeresco y el principio de obrar con rectitud son, por encima de todo, lo primero que hay que inculcar a los muchachos para guiarlos por el limpio camino de la justicia, que debe formar parte de su carácter si quieren llegar a ser buenos ciudadanos.

La costumbre de ver las cosas desde el punto de vista del otro se puede desarrollar en los juegos al aire libre, en los que la imparcialidad es esencial. Durante el juego se siguen reglas estrictas que exigen a los jugadores dominio de sí mismos y buen humor, y al final del encuentro lo correcto es que el vencedor se muestre generoso con el vencido y que este sea el primero en felicitar al ganador.

Esto debería practicarse hasta convertirlo en costumbre.

Otra gran ayuda para fomentar en los muchachos el sentido de la justicia son los debates sobre temas que les interesen, en los que dos bandos defienden posturas contrarias. Así comprenden que todo asunto importante tiene dos caras y que no hay que dejarse llevar por la elocuencia de un orador sin haber oído a la otra parte, para después sopesar las razones de ambos antes de dar un veredicto.

Una medida práctica para asegurarlo es que la votación no se haga a mano alzada, porque los muchachos tímidos o distraídos votan siguiendo a la mayoría. Cada uno debe entregar su voto («Sí» o «No») escrito en un papel. Así el muchacho tiene ocasión de juzgar con su propio criterio después de sopesar las dos caras del asunto.

Del mismo modo, los juicios simulados o el arbitraje de disputas, si se hacen en serio y siguiendo el procedimiento de un tribunal de verdad, son muy valiosos para dar a los muchachos la idea de la justicia y la rectitud, y también para enseñarles cómo comportarse si más adelante llegan a ser jurados o testigos en un juicio real. La Corte de Honor de la Tropa es otro paso en esa dirección: al formar parte de ella (una responsabilidad real), la seriedad de sus puntos de vista arraiga más hondo en los muchachos y les despierta el deseo de analizar con cuidado la decisión que deben tomar en una discusión.

Así, usando su buen juicio para enseñar rectitud, abnegación y sentido del deber hacia los demás, el Jefe de Tropa puede aprovechar grandes oportunidades para educar a sus muchachos, ya sea bajo techo o al aire libre.

Aunque solo he tocado este tema por encima, creo que, de todas las materias que nos ocupan, es la más importante para formar hombres con criterio propio y un alto sentido de la ciudadanía.

Disciplina

Para que una nación prospere necesita disciplina, y la disciplina de la colectividad solo se consigue disciplinando a cada individuo. Con esto me refiero a la obediencia a la autoridad y a los demás dictados del deber.

Eso no se consigue con medidas represivas, sino animando y educando primero al muchacho en la autodisciplina y en la renuncia a sus propios placeres en beneficio de los demás. Esta enseñanza es muy eficaz cuando se da con el ejemplo, cuando se le encomiendan obligaciones al muchacho y se espera de él que sea digno de confianza.

El Sistema de Patrullas impone una gran obligación a los Guías, porque los hace responsables de todo lo que sucede entre los scouts que dirigen.

En 1596, sir Henry Knyvett le hizo ver a la reina Isabel que el Estado que descuida la instrucción y la disciplina de la juventud no solo forma malos soldados y marinos, sino que provoca un mal mucho mayor: que sus ciudadanos sean igual de malos en la vida civil. O, con sus propias palabras: «La falta de una verdadera disciplina hace que las riquezas del príncipe y del país se derrochen de forma frívola y lamentable».

El orden y la disciplina no se consiguen castigando al niño por un mal hábito, sino dándole una ocupación mejor que absorba su atención y le haga olvidar y abandonar poco a poco la mala costumbre.

El Jefe de Tropa debe imponer la disciplina con rapidez y firmeza, hasta en los más pequeños detalles. Que deje a los muchachos en completa libertad solo cuando crea conveniente darles rienda suelta, cosa que de vez en cuando es provechosa.

El sentido del honor

La Ley Scout es la base sobre la que descansa toda la educación scout.

Todos sus artículos deben explicarse con claridad y detalle, con ejemplos sencillos de cómo se aplican en la vida diaria.

Y no hay mejor enseñanza que el ejemplo. Si el Jefe de Tropa se atiene estrictamente a la Ley Scout en todos sus actos, los muchachos estarán deseando imitarlo.

Ese ejemplo convence todavía más si el Jefe de Tropa hace la Promesa Scout de la misma forma que los jóvenes a los que guía.

En el primer artículo de la Ley, «El scout cifra su honor en ser digno de confianza», se apoya la buena conducta y la disciplina futura del scout. El scout debe ser íntegro. Así debe explicárselo el Jefe de Tropa con cuidado, como primer paso, antes de que haga la Promesa.

La investidura del scout se hace a propósito con cierta ceremonia: un pequeño ritual de este tipo, si se celebra con solemnidad, impresiona al muchacho, y dada la seriedad de la ocasión, lo correcto es impresionarlo todo lo posible. También es muy importante que el scout repase de vez en cuando la Ley. Los muchachos tienden a ser olvidadizos, y no hay que permitir que, después de haber prometido solemnemente cumplir la Ley Scout, sean incapaces de decir en cualquier momento en qué consiste.

Cuando el scout haya comprendido, tras su investidura, lo que se espera de su honor, el Jefe de Tropa debe confiar plenamente en él y encargarle algunas tareas. Con sus actos debe demostrarle que lo considera responsable. Encomendadle una misión y tened fe en que la cumplirá fielmente. No os pongáis al acecho para ver cómo la cumple. Dejad que la haga a su manera. Que se equivoque y se afane si hace falta, pero, en cualquier caso, hay que dejarlo solo y confiar en que lo hará lo mejor que pueda. La confianza debe ser la base de toda educación moral.

Dar responsabilidades es la clave del éxito con los muchachos, sobre todo con los más alborotadores y rebeldes.

El objetivo principal del Sistema de Patrullas es inculcar el sentido de la responsabilidad al mayor número posible de muchachos, para desarrollar su carácter. Si el Jefe de Tropa da al Guía de Patrulla una autoridad amplia, puede esperar mucho de él; y dejándole las manos libres en su tarea habrá hecho más por fortalecer su carácter que cualquier estudio escolar, por intenso que sea.

Confianza en sí mismo

El muchacho no aprovecha todo lo que el Escultismo puede darle hasta que obtiene el grado de scout de primera clase. Las pruebas para obtenerlo se idearon con la intención de que, a quien demuestre capacidad suficiente para esa categoría, se le considere poseedor de las cualidades básicas para ser un ciudadano viril y honrado.

Cuando el muchacho es consciente de que ha dejado atrás sus días de novato y de que ya es una persona responsable, capaz de actuar y digna de la confianza de sus superiores, adquiere seguridad en sí mismo. Las ambiciones y las esperanzas empiezan a llamar a las puertas de su alma. Entonces se sentirá mejor preparado que antes y dueño de esa confianza en sí mismo que da esperanza y ánimo en los momentos difíciles de la lucha por la vida, y fuerza de espíritu en el empeño por alcanzar sus metas.

Los conocimientos de primeros auxilios y de extinción de incendios, viajar con carros de tiro y construir puentes son muy valiosos para desarrollar la destreza y aguzar el ingenio, porque el muchacho, en cooperación con los demás, es responsable de la parte del trabajo que le corresponde.

La natación tiene un valor educativo —mental, moral y físico—, porque da la confianza de dominar un elemento y de poder salvar vidas, y además desarrolla los pulmones y las extremidades.

Cuando el autor de estas líneas formaba a la Policía Sudafricana, solía enviar a los hombres por parejas a hacer recorridos de grandes distancias, de trescientos a quinientos kilómetros, para enseñarles a apoyarse el uno al otro y a usar la inteligencia.

Pero cuando tenía un recluta algo torpe, lo enviaba solo, sin nadie que lo protegiera, para que se las arreglara por sí mismo, buscara la manera de alimentarse él y su caballo y presentara sin ayuda el informe de su expedición. Esa fue la mejor práctica de todas para darle confianza en sí mismo y avivar su inteligencia, y refleja un principio que puedo recomendar con toda convicción a los Jefes de Tropa para la formación de sus scouts.

De todas las escuelas, el campamento es sin ninguna duda la mejor para enseñar a los chicos las cualidades de carácter que queremos inculcarles. Allí el ambiente es sano, los muchachos se vuelven ambiciosos y despiertos, los rodea todo un mundo interesante y el Jefe de Tropa tiene a la Tropa bajo su dirección constantemente, de día y de noche.

En el campamento, como se ve, el Jefe de Tropa tiene la mejor oportunidad de observar y conocer los rasgos de cada scout para luego encauzarlos en la dirección que más convenga a su desarrollo. Y los muchachos, a su vez, van adquiriendo las cualidades de carácter propias de la vida en el campo, en la que el Jefe de Tropa comprensivo, con una dirección alegre y bondadosa, puede inculcarles disciplina, habilidad, ingenio, confianza, destreza, conocimiento del bosque, manejo de canoas, espíritu de equipo, los secretos de la naturaleza, etc. Una semana de esta vida equivale a seis meses de enseñanza teórica en el aula, por excelente que sea.

Por todo lo dicho, se aconseja al Jefe de Tropa con poca experiencia en este terreno que estudie el arte de acampar en todos sus aspectos.

Alegría de vivir

¿Por qué se considera el conocimiento de los secretos de la naturaleza una actividad fundamental del Escultismo?

Esta pregunta encierra precisamente la diferencia entre el sistema educativo de los scouts y el de cualquier otro club de muchachos. Y se puede responder con facilidad con esta frase: «Queremos enseñar a nuestros chicos no solo a ganarse la vida, sino también a disfrutarla, es decir, el arte de gozarla en un sentido elevado».

El conocimiento de los misterios de la naturaleza, en el que quizá he insistido demasiado, es el mejor medio para abrir la mente de los muchachos. Al mismo tiempo, si el Jefe de Tropa no descuida este punto, los preparará para apreciar la belleza de la Creación y, por tanto, el arte, lo que les lleva a disfrutar de la vida en un plano elevado.

Además, les muestra el poder de Dios Creador a través de sus obras maravillosas, y si a esto se le une la práctica, ordenada por Él, de hacer el bien a los demás, se tiene la base concreta de la religión.

Ayuda al muchacho a confiar en sí mismo, a ser ingenioso y valerse por sí solo; es decir, a mirar la vida de frente y a labrarse su propio porvenir.

Dos muchachos reman en canoa entre las olas de un río bravo

Hace algunos años me encontraba en la sala de estar de un amigo que acababa de morir. En una mesa, junto a su pipa abandonada y su tabaquera, había un libro de Richard Jefferies, Campo y seto (Field and Hedgerow), con la esquina doblada en una página donde se leía lo siguiente: «La idea del bien moral no es del todo satisfactoria. La forma más elevada que conocemos hasta ahora es la pura renuncia: hacer el bien sin esperar recompensa, ni inmediata ni futura, ni desear realizar un ideal imaginario. ¡Es la mejor interpretación que podemos darle, y qué poco satisfactoria resulta! Hace falta algo que colme los anhelos del corazón más que cualquier sacrificio personal. Debe ser algo que concuerde con la percepción de la belleza y de un ideal. La virtud personal no basta, y yo no sé definir el bien ideal; pero me parece que, de algún modo, debe de estar muy unido a la belleza ideal de la naturaleza».

Dicho de otro modo, se podría decir que la felicidad es una combinación de convicción íntima y de sentido común, y que se disfruta cuando la conciencia y los sentidos están igualmente satisfechos. Si la definición que hemos citado es cierta, la contraria es al menos igual de acertada: la apreciación de la belleza no da la felicidad si no se tiene la conciencia en paz.

Por eso, si queremos que nuestros muchachos sean felices en la vida, tenemos que inculcarles la costumbre de hacer el bien al prójimo, además de enseñarles a apreciar las bellezas de la naturaleza.

El camino más corto para conseguir esto último es conocer la armonía de la Creación.

La gran mayoría de los muchachos tiene cerrados los ojos del alma, y al Jefe de Tropa le corresponde la dicha de hacer el milagro de abrírselos.

Cuando el germen del conocimiento del bosque ha entrado en la mente de un muchacho, la observación, la memoria y la deducción se desarrollan solas y pasan a formar parte de su carácter, integradas en él, sea cual sea el camino que siga en la vida.

A medida que se le presentan a la mente joven las maravillas de la naturaleza, se le puede mostrar también la belleza que encierran, para que la vaya comprendiendo poco a poco. Cuando la mente ha dado cabida a la apreciación de la belleza, esta crece a la par que la observación y lleva alegría y optimismo al corazón, incluso en el ambiente más árido.

Permitidme otra digresión. Un día crudo, brumoso y oscuro, en la enorme y lóbrega estación de Birmingham, en Inglaterra, nos vimos arrastrados por una multitud de trabajadores tiznados y de militares de viaje. Aun así, empecé a observar con atención a mi alrededor mientras intentaba avanzar. Seguí andando, me detuve, volví a mirar y reanudé la marcha, hasta que me hice una imagen completa de todo lo que me rodeaba. No creo que mis compañeros lo notaran, pero yo descubrí en aquella cueva sombría un rayo de luz que llenó de optimismo mis actividades de aquel día. No fue más que una enfermera de uniforme marrón, con una gloriosa melena pelirroja, que llevaba en brazos un gran ramo de crisantemos. Quizá a vosotros no os habría parecido nada extraordinario, pero no es así para quienes tienen ojos para ver esas notas de luz que aparecen hasta en el ambiente más deprimente.

Es muy común la idea de que los niños no son capaces de apreciar la belleza y la poesía. Pero recuerdo una vez en que se enseñó a un grupo de muchachos el cuadro de una tormenta del que Ruskin había dicho que, en aquella escena de desolación, solo había un signo de paz y de belleza. Uno de ellos señaló al instante un rincón de plácido cielo azul que dejaban libre los nubarrones plomizos.

La poesía también los atrae, de un modo difícil de calibrar. Cuando el sentido de la belleza empieza a llenarlos, su mente parece ansiar expresarse de una forma distinta de la prosa de todos los días.

A veces se encuentra en la prosa poesía de la mejor calidad, pero por lo general la belleza poética se asocia al ritmo y a la rima. Por eso la rima es lo que despierta el mayor esfuerzo de los jóvenes aspirantes a poeta. Y la experiencia ya os habrá enseñado que cuanto más animéis a los poetas en ciernes por ese camino, más versos ramplones os darán a leer.

Apartad de esa senda, si podéis, a los que no tengan talento ni las dotes imprescindibles. Ya hay en el mundo demasiados poetastros.

Amplitud de miras: respeto a la religión

La amplitud de miras empieza, naturalmente, por el respeto a Dios, que podemos llamar mejor «veneración».

La veneración a Dios y el respeto al prójimo y a nosotros mismos, como siervos de Dios, son la base de toda forma de religión. La manera de expresar esa veneración a Dios varía según las confesiones y creencias. La que adopta el muchacho depende, por regla general, de la voluntad de sus padres. Son ellos quienes lo deciden, y a nosotros nos corresponde respetar sus deseos y apoyar sus esfuerzos por inculcar la veneración en el niño, sea cual sea la fe que profese.

Puede haber muchas dificultades para definir la instrucción religiosa que abarca nuestro Movimiento, dada la gran variedad de confesiones que existen, y por eso los detalles de cómo expresar los deberes para con Dios deben dejarse, en su mayor parte, en manos del director espiritual. Pero no hay ninguna dificultad en sugerir la línea que debe seguirse en el terreno humano, porque casi todas las religiones comparten los deberes directos para con el prójimo.

La postura del Escultismo sobre la religión, aprobada en nuestro Consejo por los responsables de las diferentes confesiones y creencias, es la siguiente:

a) «Todo scout debe pertenecer a alguna confesión religiosa y asistir a los actos o servicios que esta prescriba».

b) «Cuando la Tropa esté formada por fieles de una misma religión, se espera que el Jefe de Tropa se ajuste a las prácticas y enseñanzas de esa religión, de la forma que crea más conveniente, de acuerdo con el capellán o las autoridades religiosas correspondientes».

c) «Si la Tropa está formada por fieles de distintas religiones, se debe animar a cada muchacho a asistir a los servicios y prácticas de la suya, y en el campamento se puede establecer la costumbre de rezar a diario una breve oración y celebrar un servicio semanal sencillo, al que asistan voluntariamente».

El Jefe de Tropa no se equivocará mucho si toma estas normas como guía. Estoy plenamente convencido de que hay más de una manera de inculcar la veneración. Elegir una u otra depende de las circunstancias y del carácter de cada muchacho. El tipo de instrucción que le va bien a uno puede no surtir efecto en otro, y le corresponde al instructor, sea el Jefe de Tropa o el capellán, elegir la más apropiada.

Hablando desde mi larga experiencia personal con varios miles de jóvenes que han estado a mi cargo, he llegado a la conclusión de que las convicciones religiosas han guiado muy poco los actos de la mayoría de nuestros hombres. Hasta cierto punto, esto puede deberse a que, a menudo, en la preparación religiosa del niño se ha usado la instrucción en lugar de la educación.

«Aunque el muchacho solo muestre por la calle una cara rebosante de alegría, ya es bastante. Levanta el ánimo de mucha gente que se cruza con él. Vale la pena intentar que tenga ese aire alentador, como paso hacia una felicidad mayor».

Un hombre encorvado y ceñudo se cruza con un scout sonriente que camina erguido

La religión se inspira, no se enseña. No es un traje de domingo, sino una parte del carácter del muchacho y del temple de su espíritu. Es un asunto personal, de convicción pura e íntima, no el resultado de una enseñanza externa.

Por eso, a veces, los mejores alumnos de catequesis dominical o de lectura de los libros sagrados se aferran demasiado a la letra del texto, pierden la idea de fondo y se convierten en fanáticos intransigentes. Mientras tanto, la mayoría, que en el fondo nunca se entusiasma con este estudio, en cuanto deja las aulas cae en la indiferencia y la irreligiosidad, y se queda sin orientación espiritual en ese periodo difícil de la vida que va de los dieciséis a los veinticuatro años.

No todo el mundo sirve para ser un buen profesor de religión, y a menudo los más celosos son los que más fracasan, y lo peor es que no se dan cuenta.

Por suerte, entre los Jefes de Tropa contamos con un buen número de hombres competentes en este terreno. Pero quizá haya muchos que duden de su influencia, y en ese caso es preferible que busquen un capellán o un instructor con experiencia para su Tropa.

Aun así, el Jefe de Tropa puede prestar una inmensa ayuda al director espiritual, igual que se la presta al maestro de escuela, inculcando a sus muchachos, en el campo y en el local, la aplicación práctica de lo que han aprendido en teoría.

En una Tropa formada por scouts de una misma religión suele haber un capellán, al que el Jefe de Tropa debe consultar todo lo relacionado con la instrucción religiosa.

Como parte de esa preparación, conviene organizar un servicio o una clase especial. Se trata de una reunión que tiene por objeto rendir culto a Dios y fomentar el fiel cumplimiento de la Promesa y la Ley Scout, pero como complemento de las prácticas religiosas habituales, no como sustituto.

Sin embargo, muchas de nuestras Tropas están formadas por niños de diferentes creencias. Cuando es así, hay que enviar a cada muchacho a su sacerdote o pastor para que reciba la instrucción de la fe que profesa.

Otras Tropas, formadas en barrios bajos y en zonas menos desarrolladas, tienen niños que prácticamente no han recibido ninguna educación religiosa y cuyos padres les han ayudado poco o nada en este sentido. Esos chicos necesitan sistemas y métodos de enseñanza distintos de los que se emplean con muchachos que han tenido una buena preparación religiosa.

Aquí es donde, una vez más, el Escultismo resulta muy práctico para ayudar al instructor, y ya ha dado excelentes resultados.

Ayuda mediante las siguientes prácticas:

  • a) el ejemplo personal del Jefe de Tropa;
  • b) el estudio de la naturaleza;
  • c) las buenas acciones;
  • d) la retención de los muchachos mayores.

a) Ejemplo personal. No hay ninguna duda de que, a los ojos de los muchachos, lo que cuenta en un hombre son sus actos y no sus palabras.

Por eso recae sobre los hombros del Jefe de Tropa la gran responsabilidad de obrar bien y de dejarse ver mientras lo hace, aunque cuidando de no presumir de ello. En esto, la actitud de hermano mayor, más que la de profesor, es la que más convence a los niños.

b) Estudio de la naturaleza. De la observación de la naturaleza se sacan grandes enseñanzas. En la vida de un pájaro, por ejemplo, todo sucede sin intervención del hombre, solo por obediencia a las leyes del Creador: le salen plumas de la misma forma y color que a los de su especie que viven a miles de kilómetros; migra; teje su nido igual que ellos; sus huevos tienen el mismo color; el polluelo se desarrolla, la madre lo cuida y lo alimenta, y aprende a volar. Todo ello es una lección de valor incalculable para los muchachos.

Del mismo modo, las plantas de todo tipo, con sus flores, cortezas, hojas y frutos; los animales, con sus especies y costumbres; las estrellas del firmamento, con su lugar señalado y sus órbitas fijas en el espacio, nos dan la primera idea del infinito y de la inmensa obra del Creador, de la que el hombre no es más que una parte ínfima. Todo esto fascina a la juventud, despierta su curiosidad y su capacidad de observación, y la lleva directamente a reconocer la mano de Dios en las maravillas del universo, con tal de que haya alguien que se las muestre.

Lo que más me asombra es que algunos profesores hayan descuidado este método educativo tan fácil e infalible y, en cambio, se hayan aferrado a la instrucción bíblica como primer paso para orientar el espíritu inquieto del muchacho hacia ideas más elevadas.

c) Buenas acciones. Si el Jefe de Tropa anima un poco a los muchachos a hacer una buena acción cada día, la práctica se convierte pronto en un hábito, y ese es el mejor paso para formar a un cristiano práctico y no teórico. El niño se inclina por naturaleza hacia el bien si ve una forma práctica de hacerlo, y la norma de la buena acción diaria le da la ocasión de desarrollar y mostrar su instinto de bondad, y hace brotar en él el espíritu de caridad cristiana hacia el prójimo.

En el muchacho, expresar esa inclinación hacia el bien resulta más eficaz y más espontáneo, y encaja mejor con los métodos del Escultismo, que aceptar pasivamente unos preceptos teóricos.

d) Retención de los muchachos mayores. En cuanto un muchacho adquiere unas nociones generales y domina las cuatro reglas de la aritmética, se le lanza al mundo, en la creencia de que ya lleva bagaje suficiente para labrarse honradamente un porvenir como buen ciudadano. Al dejar la escuela primaria, suele tener la oportunidad de entrar en otros centros de enseñanza a los que puede ir después de su horario de trabajo, si quiere o si sus padres le animan. Los mejores muchachos lo hacen y acaban adquiriendo una buena cultura.

Pero ¿qué será del muchacho de pocas luces o de malas inclinaciones? Se le deja apartarse del buen camino justo en la etapa de su vida en que más necesita continuar y terminar lo que empezó a aprender, y en el momento preciso en que se convierte, física, mental y moralmente, en lo que va a ser el resto de su vida.

Aquí es donde el Movimiento Scout puede hacer mucho por el adolescente. Para colaborar en esa importante misión estamos haciendo todo lo posible por organizar los Rover Scouts, con el fin de retener al joven, mantener el contacto con él e inspirarle los ideales más elevados en la etapa de su vida en que duda entre el bien y el mal.

Respeto a sí mismo

Entre las formas de respeto que hay que fomentar en el muchacho no debe olvidarse una muy importante: el respeto a sí mismo, es decir, la dignidad personal en su sentido más elevado.

También esto se le puede inculcar, como primer paso, con el estudio de la naturaleza. Se puede estudiar la anatomía de las plantas, las aves y los moluscos, mostrando la perfección de la obra del Creador. Del mismo modo, el niño puede estudiar su propia anatomía: el esqueleto, los músculos, los nervios y los tendones, la circulación de la sangre, la respiración, el cerebro como centro que regula los actos; todo ello repetido hasta el último detalle en millones de seres y, sin embargo, distinto en cada uno, como las facciones y las huellas dactilares. Despertad en el niño la idea de que se le ha dado un cuerpo maravillosamente construido para que lo desarrolle como templo y obra exclusiva de Dios, y de que ese cuerpo está preparado para hacer buenas obras si se guía por un recto sentido del deber y de la caballerosidad, es decir, por un alto fin moral.

Eso es lo que crea el respeto a sí mismo.

Por supuesto, no basta con predicarle esta norma de conducta y abandonarla después para que dé fruto por sí sola. El Jefe de Tropa debe infundírsela durante todo el tiempo que el chico esté a su cargo. Y una forma especial de fomentarla es darle responsabilidades, confiar en él como en una persona honorable que cumple a conciencia con sus deberes y tratarlo con respeto y consideración, pero sin despertar su vanidad.

Lealtad

Además del respeto a Dios y al prójimo, la lealtad a la patria ocupa un lugar destacado, y es un factor importantísimo para que los hombres mantengan equilibradas sus miras y sus puntos de vista. Las muestras de esa lealtad, como saludar a la bandera o ponerse en pie cuando suena el himno nacional, ayudan a promoverla, pero lo esencial es desarrollar el verdadero espíritu que mueve esos gestos.

Fomentar la lealtad hacia uno mismo, es decir, obedecer los buenos dictados de la conciencia, es un gran paso para desarrollar en el muchacho el aplomo y el conocimiento de sí mismo. La lealtad hacia los demás se demuestra con hechos y no solo con palabras. El servicio al prójimo y el sacrificio personal llevan consigo necesariamente la idea de estar dispuesto a empuñar las armas para defender la patria en caso de agresión extranjera, que es el deber de todo buen ciudadano.

Pero eso no significa que el muchacho deba desarrollar un espíritu sanguinario y agresivo, ni que necesite formación en deberes militares o ideas bélicas. Eso se deja para cuando tenga madurez suficiente para juzgar con su propio criterio.