2. El muchacho

El primer paso para tener éxito en la formación de un scout es tratar de conocer algo de la vida de los muchachos en general y, después, la de ese muchacho en particular.
Un médico inglés, el doctor Saleeby, dijo lo siguiente en una conferencia ante la Sociedad de Ética de Londres: «El primer requisito para que un maestro tenga éxito es conocer la naturaleza del niño. Ni el niño ni la niña son reproducciones en pequeño de un hombre o de una mujer, ni una hoja de papel en blanco sobre la que el maestro debe escribir. No. Todo niño tiene su propia curiosidad peculiar, hija de su inexperiencia; es decir, una mentalidad misteriosa para el adulto, que necesita ayuda atinada, estímulo y moldeado, o corrección e incluso freno».
En la medida de lo posible, conviene recordar cómo pensaba uno cuando era muchacho, para entender mejor sus sentimientos y sus anhelos. Hay que tener en cuenta las siguientes cualidades del muchacho:
Buen humor. Hay que tener presente que el muchacho, por naturaleza, rebosa siempre buen humor. Puede que sea un humor algo superficial, pero siempre le permite apreciar una broma o un chiste y ver el lado cómico de las cosas. Esa actitud ofrece a quien trabaja con muchachos una ocasión agradable y luminosa para facilitar su labor, y le permite además convertirse en un compañero alegre con solo participar en la diversión del momento, en lugar de que lo tomen por un capataz.
Valentía. Por lo general, el muchacho está lleno de ánimo y no es miedoso. Por naturaleza no es quejica, aunque más adelante pueda llegar a serlo, cuando haya perdido el respeto por sí mismo o cuando se haya juntado con quejicas.
Confianza. El muchacho suele tener una confianza absoluta en sus propias capacidades. Por eso no le gusta que lo traten como a un crío, ni que le digan qué tiene que hacer ni cómo hacerlo. Prefiere probar por su cuenta, aunque se equivoque; pero precisamente al cometer errores gana experiencia y forja su carácter.
Agudeza. Raro es el muchacho que no tenga vista de lince. Es fácil enseñarle a observar, a fijarse en las cosas y a deducir lo que significan.
Amor a la aventura. El muchacho de ciudad es casi siempre más inquieto que sus hermanos del campo, por los sucesos que ve a diario en la ciudad, como el paso veloz de un coche de bomberos que acude a un incendio o una pelea acalorada entre dos vecinos, etcétera. No es capaz de aguantar en un empleo más de uno o dos meses, porque enseguida le entra un deseo irresistible de cambiar de puesto.
Sensibilidad. Cuando un muchacho encuentra a alguien que se interesa por él, responde y va adonde se le dirige; y aquí es donde entra esa admiración por los héroes que tanto ayuda al Jefe de Tropa.
Lealtad. Es uno de los rasgos del muchacho que más esperanza deben inspirarnos. Los muchachos suelen ser amigos leales entre sí, de modo que en cada uno de ellos la amistad es casi algo natural. Es lo único que consideran un deber. Puede parecer egoísta, pero, por regla general, bajo esa superficie siente un vivo deseo de ayudar a los demás, y ese es el terreno fértil que nuestra formación scout trata de cultivar.
Si se tienen en cuenta y se estudian estas diversas cualidades del muchacho, se puede descubrir la mejor manera de adaptar la formación a sus inclinaciones. El fruto de este estudio es el primer peldaño hacia el éxito en esa tarea. En el transcurso de una sola semana tuve el placer de encontrarme, en distintos lugares, con tres muchachos de los que me contaron que, antes de que los tocara la influencia del Escultismo, eran unos rebeldes incorregibles y unos granujas de tomo y lomo. En cada caso, su Jefe de Tropa descubrió las buenas cualidades que permanecían ocultas bajo las malas, se agarró a ellas y puso al muchacho a trabajar en tareas adecuadas a su carácter. Y ahora ahí están esos tres chavales, excelentes aunque algo toscos, trabajando de maravilla y sin parecerse en nada a lo que eran antes. Solo por estos tres triunfos aislados ya estaría justificado el esfuerzo de haber organizado las Tropas.
Un artículo publicado en la revista inglesa Teacher's World describe así esa complicada obra de la naturaleza que es el muchacho:
A juzgar por mi propia experiencia, yo diría que los muchachos viven en un mundo aparte, exclusivamente suyo…, un mundo que se han construido para sí mismos, y en ese mundo no tienen cabida ni los maestros ni las lecciones. El mundo del muchacho tiene sus propios acontecimientos y sus propias normas, sus códigos, sus chismes y su opinión pública.
Contra viento y marea, frente a maestros y padres, los muchachos se mantienen leales a su propio mundo. Obedecen su propio código, por distinto que sea del que se les inculca en casa y en el aula. Prefieren soportar de buena gana el martirio que les imponen los adultos antes que ser desleales a su código.
El código del maestro, por ejemplo, ordena silencio, prudencia ante los peligros y buena conducta. El código de los muchachos es diametralmente opuesto: prescribe la bulla, los riesgos y el alboroto.
¡Diversión, peleas y atracones! Esos son los tres elementos principales del mundo del muchacho. Son fundamentales. Son lo que de verdad le importa, y no tienen nada que ver con maestros ni con libros de texto.
Según la opinión pública del Reino de los Muchachos, eso de pasarse cuatro horas al día sentado ante un pupitre, en una habitación, es una miserable pérdida de tiempo y de sol. ¿Alguien conoce a algún muchacho (uno normal y sano) que haya interrumpido sus juegos al aire libre para ir a suplicarle a su madre que lo deje quedarse sentado en el salón?
Claro que no. Un muchacho no es un animalito que se pueda relegar a un pupitre, ni tampoco para tenerlo tumbado. Tampoco es pacifista, ni partidario de «la seguridad ante todo», ni aficionado a la lectura seria, ni filósofo.
Es sencillamente un muchacho hecho y derecho —¡Dios lo bendiga!—, rebosante de juego y de pelea, de travesuras arriesgadas y jaleo, de observación y alboroto. Y si no es así, entonces no es normal.
Que siga la batalla entre el código de los maestros y el de los muchachos. Estos vencerán en el futuro como han vencido en el pasado. Unos pocos se someterán y ganarán becas, pero la inmensa mayoría mantendrá su espíritu rebelde, y de ella saldrán los hombres más capaces y más nobles de la nación.
¿Acaso no es cierto, como confirma la historia, que a Edison, que patentó mil inventos, su maestro lo mandó a casa de niño con una nota en la que decía que era «demasiado estúpido» para aprender?
¿No es cierto que los maestros de escuela tenían por torpes a Newton y a Darwin, que más tarde formularon célebres teorías científicas?
¿No hay acaso cientos de casos parecidos en los que el más desaplicado de la clase acabó siendo, con el tiempo, un hombre útil y eminente? ¿Y no prueba esto que nuestros métodos de enseñanza actuales no sirven para desarrollar las aptitudes de los muchachos?
¿Es que no es posible tratar a los muchachos como lo que son? ¿No podríamos adaptar la gramática y la historia, la geografía y la aritmética a las necesidades del mundo de los muchachos? ¿No podríamos traducir nuestro saber de adultos al lenguaje de su vida?
¿No tiene razón el muchacho, después de todo, en mantener su propio código de justicia, de acción y de aventura?
¿No está anteponiendo la acción al estudio, como debe hacer? ¿No es, en realidad, un pequeño trabajador asombroso que se las arregla solo a falta de una dirección inteligente?
¿No sería infinitamente más acertado que, durante un tiempo, los maestros se dedicaran a estudiar las maravillas de la vida del muchacho, que ahora intentan en vano doblegar y reprimir?
¿Para qué nadar contra la corriente, si al fin y al cabo la corriente va en la misma dirección en la que uno quiere ir?
¿No es hora ya de adaptar y ajustar nuestros métodos inútiles a los hechos innegables? ¿Por qué hemos de seguir lamentándonos de las «cosas de muchachos», en lugar de alegrarnos de la energía, el valor y la iniciativa que tan admirablemente despliegan? ¿Y qué tarea puede ser más noble y más entrañable, para el verdadero maestro, que la de encauzar con alegría las fuerzas salvajes de la naturaleza del muchacho por los caminos del servicio a la sociedad?
No hay que olvidar que, en cuanto el muchacho entra en el Escultismo, quiere empezar a explorar de inmediato. Así pues, no hay que frenar su entusiasmo con demasiadas explicaciones preliminares al principio. Satisfaced sus deseos con juegos y prácticas de exploración, y después inculcadle poco a poco los detalles elementales.

El ambiente y las tentaciones
Como ya se ha dicho, el primer paso hacia el éxito es conocer al muchacho; pero el segundo es conocer su hogar. Solo cuando se ha familiarizado con el ambiente que rodea al muchacho fuera de los scouts puede el Jefe de Tropa decidir con conocimiento de causa qué elementos debe poner en juego para influir en él.
Cuando se ha ganado la simpatía y el apoyo de los padres del muchacho, y ha conseguido que se unan a él para que el chico se interese más a fondo por la labor de la Tropa y por el objetivo del Movimiento, el trabajo del Jefe de Tropa se vuelve proporcionalmente más ligero.
De vez en cuando puede haber en el hogar malas influencias que hay que contrarrestar. Existen, además, otras tentaciones contra las que el educador del muchacho tendrá que estar dispuesto a luchar. Pero si ya está advertido de ellas, probablemente lo encontrarán preparado para aplicar métodos que impidan que hagan daño a los muchachos a su cargo, y podrá así desarrollar su carácter de la mejor manera.
El cine es una de las tentaciones más poderosas. Sin duda, las películas ejercen una atracción irresistible sobre los muchachos, y hay quienes se devanan constantemente los sesos buscando la forma de dominarla; pero resulta que es una de esas cosas que sería muy difícil frenar, aunque fuera muy deseable. Más bien se trata de aprovechar las películas lo mejor posible para nuestros fines. Siguiendo el principio de afrontar cualquier dificultad poniéndose a su lado y llevándola en la dirección que uno sigue, debemos esforzarnos por separar lo que el cine tenga de valioso y utilizarlo después en provecho de la educación del muchacho. No cabe duda de que, si no se vigila debidamente, puede convertirse en un instrumento poderoso para el mal, por simple sugestión; pero ya se han tomado medidas, y se siguen tomando, para que la censura sea más eficaz. Sin embargo, igual que puede ser una fuerza del mal, también puede convertirse en una fuerza del bien. Hoy existen películas excelentes de historia natural y de estudio de la naturaleza que dan al niño una idea mejor que la que podría formarse por su propia observación, e indiscutiblemente mejor que cualquier número de lecciones sobre la materia. La historia puede enseñarse de forma visual. Hay películas de hazañas dramáticas, épicas o heroicas, y otras de pura diversión y cómicas. Muchas de ellas muestran lo que está mal para condenarlo y ridiculizarlo. No hay duda de que este método de enseñanza visual puede adaptarse para producir un efecto admirable en los niños, aprovechando la afición y el interés que sienten por el cine. Debemos recordar también que el cine ejerce esa misma influencia en las escuelas que ya lo utilizan para su buena labor. En el Escultismo no podemos llegar tan lejos, pero sí podemos aprovecharlo para estimular nuestros propios esfuerzos. Tenemos que presentar nuestro Escultismo con tanto atractivo que el muchacho acabe prefiriéndolo a cualquier otra cosa que pueda hacerle la competencia.
El tabaco y el daño que causa al adolescente; el juego de azar, con todo el cortejo de juergas que lo acompaña; los perjuicios del alcohol y de andar con chicas; la falta de aseo, etcétera… Todo esto solo puede corregirlo el Jefe de Tropa que conoce el ambiente al que están acostumbrados sus chavales.
No se puede corregir a base de prohibiciones y castigos, sino sustituyendo esos defectos por algo que sea al menos igual de entretenido, pero cuyos efectos sean buenos.
La delincuencia juvenil no es algo innato en el muchacho, sino que brota del espíritu aventurero que lleva dentro, de su propia torpeza o de su falta de disciplina, según el carácter de cada cual.
La mentira es otro defecto frecuente entre los muchachos y, por desgracia, una enfermedad extendida por todo el mundo. Se da en especial entre las tribus salvajes, pero también en los países civilizados. Decir la verdad, que convierte a un hombre en alguien digno de crédito, realza su carácter y el prestigio de su patria. Por eso nos corresponde hacer todo lo posible para que los muchachos tengan en alta estima el honor y sean sinceros entre sí.
El local de Tropa y el campamento
El antídoto más eficaz contra un ambiente perjudicial es, naturalmente, cambiarlo por otro beneficioso, y la mejor manera de lograrlo es recurrir al local de Tropa y al campamento scout. Cuando digo «local» no me refiero a media hora de ejercicios a la semana en un aula habilitada para ello —algo a lo que, por lo visto, recurren a menudo quienes trabajan con muchachos—, sino a un lugar que los chavales puedan considerar realmente suyo, ya sea un sótano o una buhardilla; un sitio al que puedan acudir todas las noches, si hace falta, y encontrar trabajo de su gusto y diversión, una gran variedad de actividades y un ambiente luminoso y feliz. Con solo conseguir esto, el Jefe de Tropa habrá hecho una labor muy buena al dar a sus muchachos el ambiente adecuado, que para algunos de ellos será el antídoto contra el veneno que, de otro modo, les iría envenenando la mente y el carácter.
Después está el campamento (que debe organizarse tan a menudo como sea posible), un antídoto aún más potente que el local. El aire limpio y fresco, sumado al compañerismo y a la convivencia continua bajo las lonas, en el campo y alrededor del fuego, despierta en los muchachos un entusiasmo sano y da al Jefe de Tropa una oportunidad como ninguna otra para ganarse la confianza y el cariño de sus scouts.
Cómo atraer al muchacho
Me gusta comparar al hombre que intenta que los muchachos caigan bajo una buena influencia con un pescador aficionado que quiere triunfar en su deporte.
Si un pescador ceba el anzuelo con la clase de comida que le gusta a él, lo más probable es que no pesque muchos peces, y menos aún los grandes y desconfiados. Tiene que usar el cebo que les guste a los peces.
Con los muchachos pasa lo mismo: si intentas predicarles lo que tú consideras edificante, no picarán. Cualquier cosa que huela a perfección estricta y a santidad espantará incluso a los más decididos, y son precisamente esos los que hay que atraer. La única manera de pescarlos es ofrecerles algo que de verdad los atraiga y les interese. Y estoy convencido de que el Escultismo lo tiene.
Después ya será posible darles lo que se crea conveniente.
Para ganarse la confianza del muchacho hay que ser su amigo; pero al principio no hay que precipitarse a entablar esa relación, sino esperar a que deje de mostrarse arisco. El escritor E. D. How, en su obra Libro del niño (Book of the Child), resume el modo correcto de proceder en estos casos con la siguiente anécdota:
Un hombre al que su paseo diario llevaba por una calle humilde vio una vez a un pilluelo de cara sucia y piernas raquíticas que jugaba en la cuneta con una cáscara de plátano. El hombre lo saludó con una inclinación de cabeza… El chiquillo se apartó lleno de miedo. Al día siguiente, el hombre volvió a saludarlo con la cabeza. El pequeño ya se había dado cuenta de que no tenía nada que temer, y le respondió con un escupitajo. Al otro día, el chaval se limitó a quedarse mirándolo. Al siguiente, exclamó «¡Eh!» cuando el hombre pasaba. Con el tiempo, el chiquillo contestó con una sonrisa al saludo al que ya se estaba acostumbrando. Y por fin el triunfo fue completo el día en que el muchacho lo estaba esperando en la esquina y le cogió los dedos entre sus manitas sucias. Era una calle sombría, pero desde entonces al hombre le pareció uno de los lugares más luminosos que había visto en su vida.
Lo que hace el Jefe de Tropa, eso hacen los muchachos. Los scouts son el reflejo de su jefe. De la abnegación y el sacrificio del Jefe de Tropa aprenden los scouts a sacrificarse voluntariamente para servir a la patria.
