2. Salud y vigor

Es evidente que la salud y el vigor tienen un valor incalculable para seguir una carrera profesional y para disfrutar sanamente de la vida.
En la educación pueden considerarse más importantes que la «instrucción con libros de texto» y casi tan valiosos como el «carácter».
En las actividades del Escultismo podemos dar a los muchachos alguna instrucción sobre la salud y la higiene personal, tan esenciales para que lleguen a ser ciudadanos eficaces.
Nuestra tarea será aficionarlos a la práctica del deporte y enseñarles que, antes de dedicarse sin peligro a ejercicios agotadores, deben desarrollar un cuerpo sano. Esto se consigue con una alimentación sencilla y adecuada, con el cuidado de su persona en cuanto a limpieza, respiración por la nariz, descanso, ropa apropiada, hábitos regulares, templanza, etc. Debemos evitar que se vuelvan remilgados y crean que tienen tendencia a coger enfermedades, etc. Al contrario, hay que hacerles comprender que deben mantenerse en buena forma para el deporte, que es el fin que persigue la educación física.
Con solo media hora de reuniones ordinarias de Tropa a la semana no podemos darles una educación física formal, pero lo que sí podemos hacer es que el niño sea RESPONSABLE PERSONALMENTE DE SU PROPIA SALUD, enseñándole cómo conservarla y mantenerse sano. También podemos enseñarle unos pocos ejercicios que, bien practicados, le ayuden a desarrollar su vigor, y podemos interesarle en las actividades al aire libre y en juegos que no solo le diviertan, sino que le den una forma práctica de ganar salud, vigor y seguridad para la vida. La salud del cuerpo favorece la salud de la mente, y en este punto se enlazan la educación del carácter y la educación física.
Mantente sano
Las estadísticas muestran que hay un gran número de personas que no gozan de buena salud y que, con un poco de cuidado y atención, podrían haber sido personas sanas y útiles a la sociedad. Algunos informes de sanidad escolar han demostrado que uno de cada cinco alumnos sufre algún defecto que le impide desenvolverse con eficacia durante el resto de su vida; un defecto, entendámonos bien, que se podría haber corregido.
Estos datos son importantísimos y señalan de inmediato tanto la necesidad como el remedio. Si se educa al niño a su debido tiempo, podrían salvarse miles cada año y convertirse en ciudadanos vigorosos y capaces, en lugar de arrastrar durante el resto de sus días una vida miserable y útil solo a medias.
Esto tiene trascendencia tanto para la persona como para toda la nación.
Mucho se ha hablado de la cultura física y del desarrollo de las generaciones futuras sobre bases mucho más amplias, y hacia ese fin apuntan los grandes esfuerzos de nuestra labor.
Pero quiero advertir a los Jefes de Tropa que no dejen que este impulso los lleve por el camino equivocado.
En el esquema del capítulo «Escultismo», en la primera parte de este libro, se ve cómo y por qué el carácter y la salud física son los principales objetivos del Escultismo, y también los medios de que nos valemos para lograrlos.
Pero no hay que olvidar que la salud no tiene por qué ser necesariamente el resultado de los ejercicios físicos.
La formación física que se da en el ejército está cuidadosamente estudiada y es excelente para el fin que persigue. Está pensada para desarrollar la musculatura, y los soldados mejoran muchísimo su constitución física con esta preparación intensa. Pero a menudo es artificial y tiene por objeto conseguir el desarrollo que no se obtuvo de forma natural.
Los ejercicios violentos no son naturales. El guerrero zulú, aunque es un espléndido ejemplar de la raza humana, no sabe absolutamente nada de gimnasia sueca. Y el muchacho corriente, que ha jugado al fútbol y se ha mantenido en buena forma con ejercicios de vez en cuando, tampoco necesita recurrir a ejercicios violentos para seguir desarrollándose de forma armoniosa.
Son los juegos al aire libre, las caminatas, la vida en tienda de campaña y la alimentación sana, junto con el descanso adecuado, lo que da al cuerpo salud y vigor de forma natural, y no de manera artificial y pasajera.
Nadie lo discute. Es sencillo en teoría, aunque en la práctica hay algunas dificultades que vencer.
Los muchachos de ciudad o los que trabajan todo el día en las fábricas no tienen ocasión de salir al aire libre a jugar, y lógicamente deberían aprovecharla los que trabajan en el campo y los niños de los pueblos. Pero resulta que un muchacho de campo rara vez conoce un juego, ¡y ni siquiera sabe correr! Es desconcertante ver qué pocos muchachos saben hacerlo.
El paso ágil y natural solo se adquiere practicando la carrera. Sin ese ejercicio, el pobre muchacho desarrolla el andar lento y pesado del campesino o el paso irregular y arrastrado del habitante de la ciudad. ¡Y cuánto carácter revela el porte airoso de un hombre!
Juegos organizados
Uno de los objetivos del Escultismo es organizar equipos deportivos y juegos que, además de mejorar la salud, fortalezcan el carácter del muchacho. Estos juegos deben ser interesantes y despertar el espíritu de competencia. Con ellos se puede inculcar en los muchachos hombría, respeto a las reglas, disciplina, dominio de sí mismos, determinación, fortaleza de ánimo, capacidad de mando y serenidad durante el juego.
Como ejemplos de estos juegos y ejercicios podemos citar las escaladas de toda clase (por escaleras, cuerdas, árboles, rocas, etc.), las carreras sobre tablones, las carreras de obstáculos, los juegos de vista rápida, los ejercicios con pelota, el boxeo, la lucha grecorromana, la natación, las caminatas, los saltos, las carreras de relevos, la pelea de gallos, las danzas regionales, los cantos y las canciones acompañadas de gestos. Estas y muchas otras actividades ofrecen un programa amplio y variado de competiciones y torneos entre patrullas, que un Jefe de Tropa observador puede ir encadenando para desarrollar determinadas partes del cuerpo.
A mi entender, los juegos activos del Escultismo son la mejor forma de educación física, porque muchos de ellos encierran también una educación moral. Además, no cuestan dinero, porque no necesitan patios de recreo bien cuidados, ni aparatos, ni nada parecido.
Es muy importante organizar los juegos y competiciones, en la medida de lo posible, de modo que participen todos los scouts, porque el objetivo no es sacar unos pocos campeones y descuidar el desarrollo físico de los demás. Todos deben practicar y alcanzar cierto grado de perfección. Conviene organizar los juegos sobre todo como encuentros entre equipos formados por las patrullas. En las pruebas con muchos participantes, los desempates se harán entre los que tengan menos puntos, al revés de la costumbre de hacerlo entre los vencedores; así se averigua quién es el peor y no quién es el mejor. El muchacho se esfuerza tanto por no quedar el último como por quedar el primero y ganar un premio. Este tipo de concurso es muy provechoso, porque da más práctica a los más atrasados.
Con el Escultismo podemos enseñar a cualquier muchacho, sea de ciudad o de campo, a tomar parte en los juegos y, con ello, a disfrutar de la vida mientras fortalece su cuerpo y su temple moral.
Gimnasia
Cuando no hay bastantes ocasiones de practicar juegos, la gimnasia es una forma intensa de actividad para desarrollar el cuerpo, y puede usarse muy bien como complemento de ellos, siempre que:
- Los ejercicios no se hagan como simples movimientos mecánicos de calistenia, sino como algo que el muchacho entienda bien y quiera practicar por su cuenta, consciente del beneficio que le reporta.
- El instructor sepa algo de anatomía y comprenda el daño que ciertos movimientos pueden causar a un cuerpo en pleno crecimiento.
Los seis ejercicios físicos que se describen en Escultismo para muchachos puede enseñarlos sin peligro para el chico un Jefe de Tropa que no sea experto en anatomía. Estos ejercicios no deben convertirse en una actividad rutinaria de las reuniones: cada scout, una vez que los ha aprendido, debe practicarlos en casa en sus ratos libres.
Debemos hacer todo lo posible para que el chico se interese por ejercitar su cuerpo de forma constante y practique con ánimo y tesón las pruebas difíciles hasta que le salgan a la perfección.
Una buena idea, por ejemplo, es que cada Tropa adopte su propio sistema de ejercicios sencillos, como saltos de altura o de longitud, de modo que luego cada muchacho, por su cuenta, pueda desarrollar su destreza y alcanzar por sí mismo un grado mayor de perfección.
También se verá que los equipos uniformados despiertan un entusiasmo considerable en los muchachos. El uniforme de cualquier deporte fomenta el compañerismo entre los que lo practican y, de paso, obliga a cambiarse de ropa antes y después del juego, lo que a su vez trae consigo la higiene y el hábito del aseo.
Así, el muchacho desarrolla muy pronto un interés personal claro por mantenerse en forma, y ese interés puede aprovecharse como base para enseñarle cosas valiosas sobre limpieza, alimentación adecuada, higiene, continencia, templanza, sobriedad, etc. Todo esto, en conjunto, es lo que se llama educación física.
Ejercicios
Mucha gente recomienda con insistencia el ejercicio sistemático y la rigidez militar como el método más adecuado para el desarrollo físico de los jóvenes. Yo tengo mucha experiencia en eso, y opino que, si se obliga a un joven a hacer ejercicio una hora a la semana con el fin de fortalecerlo físicamente, los resultados dejarán mucho que desear.
La instrucción a la que se somete a un soldado día tras día, durante meses y meses, produce sin duda un desarrollo físico admirable. Pero los instructores militares, que son expertos competentes, tienen a los reclutas bajo vigilancia constante y sujetos a una disciplina estricta, y aun así cometen errores de vez en cuando: esos métodos provocan con frecuencia afecciones cardíacas y otras dolencias, incluso en hombres fuertes y en la plenitud de la vida.
Además, el ejercicio hecho de esa manera pertenece al terreno de la instrucción. Tiene todo el aspecto de algo impuesto y rígidamente doctrinario. De ningún modo debe considerarse un método educativo con el que los muchachos aprendan por sí solos, enseñándose a sí mismos.
Con los scouts, he insistido muchas veces en que esa clase de formación no debe usarse mucho. Aparte de las objeciones de algunos padres al militarismo, este sistema no nos gusta por otros motivos, además de los ya mencionados. Uno de ellos es que un jefe poco capaz no llega a entender el propósito fundamental del Escultismo (es decir, el desarrollo espontáneo de la persona) y, aunque lo entendiera, le falta originalidad para enseñarlo; así que recurre a la instrucción militar rutinaria como un medio fácil de dar a sus muchachos cierto buen aspecto superficial, para que causen buena impresión en cualquier desfile.
Pero también hay Jefes de Tropa que se van demasiado al extremo contrario y dejan que sus muchachos se presenten desaliñados en todas partes, como si no tuvieran disciplina ninguna, lo cual es peor todavía. Lo apropiado es buscar un término medio: darles la instrucción suficiente para enseñarles cómo deben comportarse, e inspirarles un compañerismo sincero que los anime a superarse y a portarse como hombres que saben mantener alto el prestigio de su Tropa. Para lograrlo hará falta algo de ejercicio sistemático de vez en cuando, pero de un modo que no perjudique la clase de formación que consideramos más apropiada para los scouts.
Haz que el muchacho comprenda que es un ser consciente y, por tanto, responsable del cuidado de su cuerpo y de su salud, y que desarrollar ese cuerpo lo mejor posible forma parte de sus deberes para con Dios.
Todo el ejercicio que necesitan nuestros muchachos para adoptar la actitud correcta y un porte varonil puede reducirse a unos minutos de gimnasia en silencio, o a algún juego sencillo, al comienzo de cada reunión. No queremos que se descuiden del todo los ejercicios, pero nos parece oportuno decir que sería preferible un simulacro de maniobras de bomberos, la construcción de puentes o algo parecido. Eso exige destreza, actividad y disciplina; pero lo importante es que cada muchacho tiene que usar su propia inteligencia en la parte del trabajo que le toca para que todo el grupo tenga éxito. Además, la competición interesa mucho a los muchachos y también a quienes los observan trabajar; y, por último, esa forma de cooperación fomenta el entusiasmo y el juego limpio.

Es esencial que los muchachos que pierden un juego no muestren nunca resentimiento ni acusen al adversario de jugar sucio o de decidir injustamente. Por grande que sea su decepción, deben reconocer con nobleza la superioridad del contrario. Así demostrarán su disciplina y su dominio de sí mismos, y eso fomenta los sentimientos elevados tan necesarios para acabar con los prejuicios.
En cuanto a otros aspectos, recuerdo cierto regimiento magnífico cuyos reclutas apenas habían recibido instrucción. Se les explicó cómo debían comportarse y se les dijo que, cuando ese comportamiento se les hubiera hecho hábito, podrían disfrutar de sus diversiones y se los consideraría soldados de verdad. Es decir, la tarea de formarse se dejó en sus manos, en lugar de recurrir a meses de instrucción tediosa para inculcarles el comportamiento militar. Y aquellos hombres se formaron a sí mismos y unos a otros con tanto éxito que dejaron de ser reclutas en menos de la mitad del tiempo habitual.
Ahí tenemos otro ejemplo de la diferencia entre instrucción y educación. Aquel resultado admirable se consiguió despertando la ambición de cada uno y confiándoles toda la responsabilidad. Y esa es exactamente, en mi humilde opinión, la forma más sencilla de lograr el desarrollo físico y mental de los jóvenes. Pero sin olvidar nunca que los deportes, el aire libre, una alimentación nutritiva y el descanso adecuado contribuyen mucho más al desarrollo normal del organismo humano que todos los ejercicios militares imaginables.
Al aire libre
El oxígeno da fuerzas. En cierta ocasión pude observar a un grupo de scouts haciendo ejercicio en su propio local. Fue un espectáculo animado e interesante, pero el ambiente no tenía nada de animado. El aire que se respiraba allí dentro no era propiamente dañino, pero le faltaba frescura. La ventilación era deficiente y, aunque los muchachos se movían con la precisión de máquinas perfectas, aquel aire anulaba el beneficio de su esfuerzo en lugar de enriquecerles la sangre con oxígeno estimulante.
La mitad de los buenos resultados del ejercicio físico dependen del aire puro, que, cuando hay ocasión, se aprovecha tanto a través de la piel como por la nariz. Dicho de otro modo, el secreto del éxito está en el aire del campo; y el propósito fundamental del Escultismo es, en realidad, crear el hábito de salir a menudo a disfrutar del aire libre todo lo posible.
Una vez, en una ciudad bastante importante, pregunté a un Jefe de Tropa si llevaba a sus muchachos de excursión los sábados al parque o al campo, y me contestó que ni siquiera hacían excursiones. ¿Y por qué? Pues porque a sus muchachos no les gustaban. Preferían reunirse el sábado por la tarde en su propio local. ¡Claro que lo preferían! Porque estaban acostumbrados precisamente a eso: a quedarse en casa. Y nosotros debemos evitar que los muchachos del Escultismo caigan en la costumbre de pasar demasiado tiempo en casa. Debemos animarlos a salir a menudo y procurar que les interesen las salidas al campo.
A propósito de esto, permítanme citar unas palabras de Alejandro Dumas. «Si yo fuera rey de Francia —escribió una vez el famoso novelista—, no permitiría que ningún niño menor de doce años entrara en una población. Hasta esa edad, los niños vivirían en el campo: bajo el sol, en los bosques, en compañía de perros y caballos, cara a cara con la naturaleza, que robustece el cuerpo, fortalece la inteligencia, inspira poesía al alma y despierta una curiosidad más valiosa que todos los libros de texto del mundo.
»Así, los niños aprenderían a interpretar los ruidos y el silencio de la noche, y adquirirían la mejor de todas las religiones: la que Dios mismo nos muestra en el esplendor de sus maravillas.
»Y a los doce años, fuertes y con una mente despejada y comprensiva, ya estarían preparados para recibir la enseñanza metódica que conviniera darles, y que entonces podría impartírseles con facilidad en pocos años.
»Pero, por desgracia para los chiquillos y por suerte para Francia, yo no soy el rey.
»Lo único que puedo hacer es expresar mis ideas y señalar el camino. Mi opinión es que la educación física debe ser el primer paso en el desarrollo del niño».
Esas palabras de Alejandro Dumas pueden servirnos de guía. Y nosotros, en el Escultismo, si somos fieles a nuestra verdadera misión, podemos dar un paso de gigante en esa dirección, sin olvidar nunca que nuestro ambiente es el aire libre. Pero, como hoy pasamos la mayor parte de la vida en las ciudades, corremos el riesgo de perder el rumbo.
Nuestra organización no es un club ni un aula, sino más bien una escuela práctica para estudiar las maravillas de la naturaleza. Tenemos que salir al campo a menudo, como jefes o como simples scouts, para fortalecer la salud del cuerpo y del espíritu.

Lo que más entusiasma a los muchachos de esta enseñanza es la vida de campamento, que ofrece al Jefe de Tropa la mejor oportunidad para su labor constructiva.
El campamento cautiva la imaginación de los jóvenes por los muchos detalles interesantes de la vida en el campo: preparar la comida con lo que haya, los juegos en el bosque o en el monte, el rastreo, la exploración, ingeniárselas para salvar obstáculos, las canciones alegres alrededor del fuego, etc.
Necesitamos tener a nuestra disposición algún espacio al aire libre: un terreno propio, a ser posible por tiempo indefinido, y de fácil acceso para los scouts. Además, a medida que el Escultismo progrese, los terrenos de acampada deben formar parte de cada centro.
Esos terrenos podrán servir como centros de formación para los dirigentes del Escultismo, donde estos puedan aprender el arte de acampar y adquirir el espíritu de fraternidad que nace de vivir en contacto directo con la naturaleza. Ya se han creado muchos con ese fin, y también para que los scouts acampen en ellos, de modo que su utilidad está más que demostrada; pero debemos conseguir más terreno antes de que los alrededores de nuestras ciudades se destinen a urbanizaciones.
Y recordemos que «vida de campamento» es algo muy distinto de «vivir en tiendas». Por ejemplo, hace algún tiempo me enseñaron un campamento para escolares con las tiendas perfectamente montadas y alineadas, una gran carpa como comedor y otra cómoda para la cocina. Además, había caminos pavimentados y casetas de baño de madera. Un contratista lo había planeado y construido todo admirablemente. El funcionario organizador pagó una suma de dinero y todo quedó muy bien hecho. Desde el punto de vista comercial, fue una operación sencilla y satisfactoria. Allí los niños podían vivir en tiendas con toda comodidad.
Pero aquello no era acampar. Vivir en tiendas de campaña es algo muy distinto de lo que nosotros llamamos acampar. Cualquier borrico puede vivir bajo un techado donde no es más que uno de la recua y donde recibe todo lo que necesita sin hacer el menor esfuerzo por conseguirlo. Lo que se saca de una temporada en un sitio así no compensa que los muchachos salgan de casa.
El campamento es indispensable para formar bien a una Tropa. Pero debe ser un campamento donde nunca haya ociosidad.
Lo que de verdad interesa a los jóvenes, y además los educa, es el auténtico acampar: el campamento montado por los propios muchachos, hasta el punto de hacer sus propias tiendas y aprender a cocinar su comida. Luego viene lo demás: montar las tiendas en sitios escogidos por ellos mismos; buscar leña y agua potable; preparar un lugar para bañarse, las cocinas de campaña, las letrinas y los hoyos para la basura; fabricar y usar utensilios y muebles de campamento, etc. Eso es lo interesante, lo que despierta entusiasmo, y además es una formación de valor incalculable.
Cuando se reúne un gran número de muchachos en un pueblo de tiendas, hay que recurrir al ejercicio sistemático y a la instrucción general para tenerlos ocupados a todos a la vez. Pero con grupos pequeños, además de las tareas del propio campamento, que llevan mucho tiempo, hay constantes ocasiones de aprender sobre la naturaleza y de fortalecer la salud del cuerpo y de la mente con carreras, caminatas y otras diversiones, aprovechando todo lo que ofrece el entorno.
El campamento ideal es aquel en que todo el mundo está contento, alegre y ocupado; en que las Tropas se mantienen siempre unidas, y en que todos los acampados están orgullosos de su trabajo y de su grupo.
Un detalle que merece especial atención es que, en un campamento pequeño, el ejemplo del Jefe de Tropa tiene una influencia enorme. Como vive entre los muchachos, cada uno de ellos puede observarlo e imitarlo, a veces sin darse cuenta y quizá sin que él mismo lo advierta. Por eso se verá que, si el Jefe de Tropa es perezoso, sus muchachos se volverán holgazanes. Del mismo modo, si él tiene el hábito del aseo, ellos lo adquirirán; y si es ingenioso, los muchachos que lo rodean pronto querrán imitarlo y aguzarán el ingenio inventando artilugios y utensilios.
Pero el Jefe de Tropa no debe perder el tiempo haciendo las tareas que corresponden a sus scouts, sino conseguir que ellos trabajen todo lo posible. En esto, el mejor lema es: «Si quieres que algo se haga, no lo hagas tú mismo». Queremos campamentos limpios y sanos, que cumplan todas las normas e indicaciones locales, pero que sean también campamentos donde los scouts puedan vivir una vida lo más parecida posible a la de los auténticos pioneros de antaño.
Natación, remo y señales
De todas las clases de ejercicio físico, la natación destaca por estas ventajas:
- es una diversión agradable que interesa mucho a los jóvenes;
- fomenta el hábito del aseo personal;
- desarrolla la determinación y el ánimo;
- crea y refuerza la confianza en uno mismo;
- ejercita el tórax y los órganos respiratorios;
- fortalece los músculos de todo el cuerpo;
- y da un medio para salvar la vida de otras personas.
El remo es otro medio excelente para desarrollar la musculatura, y a los scouts les gusta mucho. Además, como solo se les deja remar cuando ya saben nadar bien, es un incentivo para aprender a nadar.
La práctica de las señales desarrolla la inteligencia y, al mismo tiempo, es un ejercicio físico valioso que educa la vista y fortalece muchos músculos del cuerpo. Pero debe practicarse al aire libre, para que no se convierta en una gimnasia monótona, inútil y sin ningún objetivo provechoso.
La higiene personal
El aseo
Para conservar la salud, el aseo es fundamental. Y, a propósito de esto, conviene enumerar algunos hábitos que deben inculcarse a los jóvenes, porque servirán de pauta y recordarán a menudo la enorme importancia de la higiene en todos sus aspectos. Uno es frotarse el cuerpo con una toalla húmeda cuando no hay posibilidad de bañarse. Otro es la costumbre de lavarse las manos antes de cada comida e inmediatamente después de cualquier cosa que las ensucie.
Para inculcar estos hábitos y otros parecidos a los jóvenes, y para que tengan siempre presente la necesidad de una limpieza escrupulosa, pueden usarse diversos recursos. Acabar con las moscas, por ejemplo, además de ser un servicio público importante al que deben dedicarse los scouts, tiene la ventaja de enseñar a los muchachos a protegerse de los microbios, tan pequeños que pueden viajar pegados a las patas de un insecto, pero tan peligrosos que pueden matar a cualquiera.
Alimentos
De todos los aspectos de la educación de un niño, pocos son tan importantes como la alimentación; pero muchos padres pecan de una ignorancia absoluta en este asunto, y lo mismo les pasa a los muchachos. Por eso conviene tanto que todo Jefe de Tropa sepa algo de alimentos y nutrición. Así podrá proteger la salud de sus muchachos y ayudarles a reponer fuerzas como es debido, sobre todo cuando están de campamento.
Los detalles importantes en esta materia son muchos, pero basta con mencionar dos o tres para subrayar su trascendencia. En cuanto a la cantidad, por ejemplo, un muchacho de entre trece y quince años no necesita comer más del ochenta por ciento de la ración adecuada para un hombre adulto; pero, si se le deja, es capaz de comerse hasta el ciento cincuenta por ciento.
Templanza
La sobriedad es una virtud de primera importancia, tanto en los jóvenes como en los mayores. Pero en un muchacho moderar el apetito, en cantidad y en el tipo de alimentos, se considera especialmente importante porque le enseña a imponerse privaciones. Quizá nadie haya logrado medir con exactitud la capacidad de un muchacho para engullir comida; pero se verá que se vuelve ejemplarmente sobrio si se le muestra un objetivo que justifique el esfuerzo, como estar en forma para el atletismo, por ejemplo. Así, la templanza pasa a formar parte de su formación moral y física a la vez.
Continencia
De todos los aspectos de la educación de un niño, uno de los más importantes, y el más difícil, es la higiene sexual. En ella hay que tener en cuenta todos los demás aspectos a la vez, relativos al cuerpo, la mentalidad y el carácter de cada uno, así como otros muchos relacionados con su ambiente y las costumbres de su región. El Jefe de Tropa debe abordar el asunto con mucho tacto, según lo que pida cada caso. Los educadores todavía no han encontrado la manera más eficaz de resolver un problema tan delicado. Pero es un problema que, en lo que respecta a los niños en general, no se puede dejar de lado.
Todavía existe una fuerte barrera de prejuicios y mojigatería en la actitud de muchos padres y de gran parte de la gente, que se opone a avanzar poco a poco en este terreno. Hay que reconocerlo y tratarlo con todo el tacto necesario. Los padres tienen el deber de ocuparse de que sus hijos reciban la enseñanza adecuada; pero muchos lo descuidan y luego buscan excusas para justificarse, sin saber quizá que su negligencia roza lo criminal.
Sobre esta importante cuestión, un distinguido especialista, el doctor Allen Warner, ha dicho lo siguiente: «Se ha expresado a menudo el temor de que esta enseñanza dé lugar a ciertos hábitos perjudiciales; pero no hay ninguna prueba de ello y, en cambio, la experiencia demuestra que la falta de información lleva al naufragio físico y moral de numerosas vidas».
Estas afirmaciones son irrefutables. El autor de estas líneas puede confirmarlo con abundantes datos reunidos durante muchos años de observación personal. La inmoralidad oculta que existe hoy presenta aspectos verdaderamente alarmantes. Y un detalle muy digno de mención es que, como el tema se considera una especie de tabú en la conversación entre adultos y menores, se vuelve provocativo y tentador, y como consecuencia los jóvenes suelen adquirir una información equivocada que se transmiten unos a otros.
En la obra Lo que un muchacho debe saber (What a Boy Should Know), los doctores Schofield y Jackson dicen lo siguiente: «El desarrollo sexual se produce poco a poco, y es una seria desgracia que los vicios perjudiciales empiecen y se practiquen a una edad muy temprana. Recordando el viejo refrán de que hombre prevenido vale por dos, hay que decir a los niños lo que les espera, porque pronto entrarán en el periodo arriesgado de la pubertad, y no debe permitirse que lleguen a él sin los conocimientos necesarios para afrontar las nuevas dificultades de su desarrollo».
En este asunto, el Jefe de Tropa encontrará un amplio campo para hacer el bien. Pero antes debe averiguar si el padre del muchacho se opone a que su hijo reciba estas nociones. Además, le conviene consultar a otras personas que conozcan bien al muchacho, y debe asegurarse de que él mismo tiene la experiencia y los conocimientos suficientes.
Una buena manera de empezar es tocar esta cuestión mientras habla de otras, con sencillez y naturalidad, como lo haría un hermano mayor. A algunos Jefes de Tropa quizá les parezca muy difícil si nunca lo han hecho; pero descubrirán que es una tarea relativamente fácil y, sin embargo, de un valor incalculable.
Hay que hacer comprender al muchacho que el aseo personal es cosa de hombres. Para lograrlo, conviene tenerlo siempre ocupado en trabajos y diversiones sanos, lo cual se considera un método muy eficaz para ayudarle a rechazar los pensamientos obscenos y los hábitos degradantes.

A los niños les interesa que se les explique cómo se reproducen las plantas y los animales. Del mismo modo, se verá que muestran mucho interés cuando se les cuenta que cada uno de ellos lleva también dentro de sí el germen de otro ser humano, y que ese germen se ha transmitido de padres a hijos a lo largo de incontables generaciones. Dios le ha confiado ese germen, y su deber es conservarlo hasta que se case y pueda transmitirlo a su esposa para continuar la cadena de la reproducción; antes de eso no debe malgastarlo. Olvidarlo es deshonroso, y tendrá que rechazar las tentaciones que lo empujen a descuidar la obligación sagrada de custodiar ese tesoro que Dios le ha confiado.
En términos generales, esta es una forma bastante adecuada de transmitir estos conocimientos a los jóvenes; pero recordemos que habrá que tener en cuenta el carácter particular de cada muchacho, y que cada caso exigirá tratar la cuestión de manera distinta. Lo principal, desde luego, es que el Jefe de Tropa se gane primero la confianza del muchacho y que entre los dos se establezca una relación de hermanos que les permita hablar con franqueza y libertad.
Por último, hay que añadir una breve advertencia para los dirigentes del Escultismo que sean jóvenes y tengan poca experiencia. El hecho de que, por su edad, estén más cerca del muchacho que otras personas mayores no siempre es una ventaja. Con frecuencia resulta un inconveniente, y a veces es un verdadero peligro. Algunas afirmaciones que el autor de estas líneas publicó anteriormente se han interpretado en el sentido de que todo Jefe de Tropa tiene el deber de instruir a cada uno de sus scouts en los detalles de la higiene sexual. Pero nunca fue esa su intención, porque opina que hacerlo así podría a veces desquiciar el papel de la familia. Lo que de verdad quería era pedir a los Jefes de Tropa que prestaran atención a este aspecto importante del desarrollo de cada uno, y sugerirles que procuraran que sus scouts recibieran esa enseñanza de la persona más capacitada para darla, en el momento oportuno y de la forma más adecuada. Además, el autor opina que muchas veces quien mejor puede hacerlo no es el Jefe de Tropa, sino quizá el padre, el médico, el director espiritual u otra persona muy cercana al muchacho.
Restricciones
Hace algún tiempo, alguien publicó una edición de Escultismo para muchachos en la que se ordenaba tajantemente que los scouts no debían fumar nunca. Esto nos lleva a recordar que, por lo general, es contraproducente ordenar así a los muchachos que no hagan ciertas cosas, porque ese método casi siempre les presenta una tentación irresistible de hacer justo lo contrario. Lo apropiado es aconsejarles con tacto, y en positivo, contra los hábitos perjudiciales, o hablarles de ellos como de tonterías y ridiculeces despreciables; así es casi seguro que se les convencerá de evitarlos, sobre todo cuando se trata de malas costumbres que los jóvenes adquieren con facilidad, como blasfemar, fumar y otras parecidas. También conviene fijar ciertas normas de buen tono y crear entre los muchachos una especie de opinión pública que marque la línea de conducta que deben seguir para mostrarse educados y caballerosos ante los demás.
A algunos quizá les parezca una manera extraña de enseñar disciplina y fortalecer la salud. Pero la experiencia demuestra que da buenos resultados.
Equilibrio
Quizá algunos de mis lectores hayan observado que a veces se incluye en la gimnasia militar un ejercicio que consiste en hacer andar a los soldados por un tablón colocado de canto a varios palmos del suelo. Se ha descubierto que, al concentrar la atención en esa prueba de habilidad, los soldados adquieren o refuerzan la capacidad de dominarse y de controlar los nervios. Es más, el experimento ha llegado tan lejos que se ha visto cómo un soldado que fallaba en las pruebas de tiro recuperaba el dominio de sí mismo y la capacidad de concentración tras practicar varias veces ese ejercicio de «andar por el tablón».
Es un ejercicio que interesa a los muchachos; pero, para empezar a practicarlo, deben usar un balancín, que pueden hacer fácilmente atando varios bordones en haz, porque al principio quizá necesiten un contrapeso que les ayude a mantener el equilibrio.
Como ya he dicho, estos ejercicios fortalecen el carácter, y esa es una de las razones por las que lamento la tendencia moderna a anteponer la seguridad a todo lo demás. Para que la vida sea vigorosa hace falta cierta dosis de peligro, y para alargarla es necesario ejercitar de vez en cuando nuestro valor enfrentándonos a lo peligroso. Los scouts tienen que prepararse para encontrar dificultades y peligros en la vida. Por eso hay que procurar que su formación no peque de demasiado blanda.
Scouts de extensión
Hoy en día, muchos muchachos lisiados, sordomudos o ciegos encuentran salud, felicidad e ilusiones en el Escultismo como nunca antes habían podido hacerlo. La mayoría no puede superar las pruebas reglamentarias, y se les preparan pruebas especiales.
Por lo general, orientar y ayudar a estos muchachos desvalidos es una tarea muy difícil, que exige mucha más atención y paciencia que la formación de muchachos normales. Pero el resultado lo justifica. Así lo demuestra de sobra el testimonio de médicos, enfermeras y maestros (que en su mayoría no son scouts) sobre el bien que el Escultismo hace a estos muchachos y, de rebote, a los asilos que los acogen.
Pero lo verdaderamente admirable de estos muchachos es la alegría que muestran y sus ganas de hacer en el Escultismo todo lo humanamente posible dadas sus circunstancias. No quieren privilegios que les den ventaja sobre los demás, ni más pruebas o trato especial que los absolutamente imprescindibles. El Escultismo los ayuda dándoles la oportunidad de pertenecer a una fraternidad mundial; ofreciéndoles algo que hacer, o una meta a la que aspirar, y dándoles medios para demostrarse a sí mismos, y demostrar a los demás, que pueden hacer cosas que otros consideran difíciles.