1. El Jefe de Tropa

Como palabra de ánimo para quienes aspiran a ser Jefes de Tropa, quisiera desmontar una idea equivocada muy extendida: que para brillar como Jefe de Tropa hay que ser un émulo del admirable Crichton, es decir, un sabio. Nada de eso. Lo que sí hay que ser es un hombre-muchacho, es decir:
- Tener espíritu de muchacho y saber, antes que nada, ponerse a su altura.
- Conocer las necesidades, las perspectivas y los deseos propios de cada edad del muchacho.
- Tratar a cada muchacho individualmente, y no en conjunto.
- Fomentar el espíritu de cooperación para obtener los mejores resultados.
En cuanto al primero de estos puntos, conviene saber que el Jefe de Tropa no tiene que ser ni maestro de escuela, ni oficial al mando, ni director espiritual, ni tampoco instructor. Lo único que se necesita es saber disfrutar del aire libre y sacarle provecho, compartir de verdad los anhelos de los muchachos y tener el tino de encontrarles a otras personas que los encaminen en la dirección debida, ya se trate de señales o de dibujo, del estudio de la naturaleza o de la exploración.
Tiene que hacer de hermano mayor, es decir, ver las cosas desde el punto de vista del muchacho, aconsejarlo y guiarlo por el buen camino contagiándole entusiasmo. Como un verdadero hermano mayor, debe valorar las tradiciones de su familia y procurar que se conserven, aunque para ello tenga que mostrar mucha firmeza. Eso es todo. El Movimiento es una hermandad alegre, y lo es todavía más porque en el juego del Escultismo se hace una gran obra por los demás: combatir esa lacra que es el egoísmo.
Respecto al segundo punto, diremos que hay muchos manuales que tratan de las sucesivas etapas de la vida del adolescente.
En cuanto al tercer punto, la misión del Jefe de Tropa —muy interesante de por sí— consiste en conseguir que el muchacho muestre sus sentimientos más íntimos y en enterarse, con delicadeza, de lo que anida en su alma. Una vez logrado esto, debe agarrarse a lo bueno que hay en él y desarrollarlo hasta que desplace a lo malo. Por malo que sea el carácter de una persona, siempre tiene un lado bueno. El juego consiste en acertar a descubrir esa buena semilla, cultivarla y abonarla para que dé fruto en abundancia. Esto no es instruir la mente joven: es educarla.
En cuanto al cuarto punto, en la formación scout el Sistema de Patrullas es la expresión de conjunto de la formación individual, y en la práctica pone de manifiesto todo lo que se le ha enseñado al muchacho.
El Sistema de Patrullas encierra también, si se sabe aprovechar como es debido, un valioso elemento para la formación del carácter. Anima a cada muchacho a asumir alguna responsabilidad personal por el bien de su Tropa. Lleva a cada Patrulla, o a cada Tropa, a ocuparse de cumplir alguna misión bien definida que sea provechosa para la Tropa. Al captar este espíritu, el Jefe de Tropa está en condiciones de juzgar no solo su propia instrucción, sino también sus ideas sobre la perspectiva moral de sus scouts. A la luz de ese espíritu, el propio scout va comprendiendo poco a poco que tiene voz y voto en lo que hace la Tropa a la que pertenece. El Sistema de Patrullas convierte la Tropa, y con ella todo el Escultismo, en un esfuerzo verdaderamente cooperativo.
El deber del Jefe de Tropa
El éxito del Jefe de Tropa en la formación del muchacho depende en gran medida de su ejemplo personal. Es fácil convertirse en su héroe, igual que lo es ganarse el papel de hermano mayor. A medida que nos alejamos de nuestra juventud, vamos olvidando la enorme capacidad que tienen los jóvenes para admirar a sus héroes.
El Jefe de Tropa que es un héroe para sus muchachos tiene en sus manos una palanca poderosa para su desarrollo, pero eso también le impone una seria responsabilidad. Los muchachos no tardan en descubrir cualquiera de sus rasgos, por pequeño que sea, tanto si nace de una virtud como de un defecto. Su afán innato de imitar hace que se apropien sin darse cuenta de sus gestos, de sus modales, de su ceño fruncido, de su alegría radiante o de su mirada impaciente, de su voluntad para disciplinarse o de sus flaquezas morales… El muchacho no solo se fija: imita.
Por lo tanto, para conseguir que cumplan en todo el espíritu de la Ley Scout, es preciso que el Jefe de Tropa la observe escrupulosamente en todos los actos de su vida. Así, le bastará apenas una palabra para que los muchachos sigan sus indicaciones.
La tarea del Jefe de Tropa se parece al golf, a la siega y a la pesca con caña. Si uno se precipita, no llega a ninguna parte; ni siquiera hasta donde llegaría avanzando con desgana… Pero hay que actuar. De nada sirve quedarse quieto. La alternativa es avanzar o estancarse. Así que avancemos… y hagámoslo con alegría.
Lealtad al Movimiento
El Jefe de Tropa debe recordar que, además de su deber particular hacia sus muchachos, tiene otro deber general hacia el Movimiento. Nuestro propósito de convertir a los muchachos en buenos ciudadanos busca el bien de la nación, que así podrá contar con hombres viriles y dignos de confianza, cuya concordia y rectitud la mantengan unida en el interior y en paz con sus vecinos.
Puesto que tienen el deber de enseñar la abnegación y la disciplina con la práctica y con el ejemplo, los Jefes de Tropa deben estar por encima de los resentimientos personales mezquinos y tener la amplitud de miras necesaria para subordinar sus propios puntos de vista a un ideal más elevado. A ellos les corresponde enseñar a sus muchachos a ser ecuánimes, cada uno en su propio ámbito, como las piezas de un engranaje. Cada Jefe de Tropa tiene asignado su campo de trabajo, y cuanto más se dedique a él, mejor responderán los scouts a la formación. Y si vuelve la mirada a los fines más elevados del Movimiento, o a los efectos que tendrá su labor diez años después, sabrá valorar en su justa medida los detalles de hoy.
Cuando un Jefe de Tropa no quiere seguir concienzudamente la línea de conducta requerida, la única actitud de hombre que puede adoptar es decirlo sin rodeos a su Comisionado o a la Oficina Nacional y, si las cosas no pueden arreglarse, dimitir de su puesto. Al fin y al cabo, cuando lo aceptó, lo hizo con los ojos abiertos, y resulta extraño que, si luego no le gustan los detalles, se queje de que la culpa de todo la tienen sus superiores.
Por fortuna, en nuestro Movimiento, gracias a la descentralización y a la libertad de acción que se deja a las autoridades locales, nos ahorramos muchos de los trámites engorrosos que siempre han provocado roces y quejas en tantas organizaciones.
También tenemos la suerte de contar con un cuerpo de Jefes de Tropa de miras amplias y, en general, leales al Movimiento.
La recompensa del Jefe de Tropa
Una vez, cierta persona se atrevió a decirme que él era el hombre más feliz de la tierra, y tuve a bien informarle de que había otro más feliz todavía: yo.
No vaya a creerse que en el camino hacia esa felicidad no nos salieron al paso mil contratiempos. Todo lo contrario.
Lo que nos da el gozo completo de haberlos vencido es precisamente la satisfacción de que los obstáculos no nos acobardaron y de haber sabido soportar con determinación los pinchazos de las espinas.
No hay que esperar que la vida sea un lecho de rosas; si lo fuera, no merecería la pena vivirla.
Del mismo modo, al tratar con los scouts uno está expuesto a sufrir desengaños y contratiempos. Hay que armarse de paciencia. Hay personas que echan a perder su obra o su carrera más a menudo por falta de paciencia que por la bebida u otros vicios. Habrá que soportar con paciencia, hasta cierto punto, críticas mordaces y otros sinsabores, pero a la larga llegará la recompensa.
La satisfacción de haber intentado cumplir con el deber, aun a costa de sacrificios personales, y de haber desarrollado en los muchachos un carácter que les abrirá otro horizonte en la vida, trae consigo un premio que la palabra escrita no alcanza a describir. Haber trabajado para que no se repitan esos males que, si se les diera rienda suelta, pronto acabarían con nuestros jóvenes, da a un hombre el consuelo firme de haber hecho al menos algo por su patria, por humilde que sea su condición.
Ese es el espíritu que debe animar a los Jefes de Tropa, comisionados, miembros de comités, instructores, organizadores y secretarios (a todos los cuales designa con acierto, en general, la palabra «scouter») en la labor que realizan por el Movimiento Scout.
A este ejército de trabajadores voluntarios se deben la organización y la expansión del Escultismo. Es una prueba notable, aunque silenciosa, de ese delicado espíritu de patriotismo que late bajo la superficie en la mayoría de las naciones. Estos hombres dedican su tiempo y sus energías, y en muchos casos también su dinero, a organizar la formación de los muchachos sin que ni por un momento se les pase por la cabeza que merecen un premio o alabanzas por lo que hacen. Sencillamente, aman a su patria y a sus semejantes.