Escultismo y movimientos juveniles
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Escultismo y movimientos juveniles

6. El objetivo religioso

Por lo general se entiende que el objetivo de los Boy Scouts y de las Girl Guides es formar hombres felices, sanos y buenos. En esta época tan materialista, con distracciones y placeres cada vez más al alcance de todos, la formación del espíritu se ha vuelto, en la misma medida, más difícil, y está muy olvidada. El objetivo del Movimiento es ayudar en todo lo posible a traer el Reino de Dios a la tierra, inculcando en la juventud el espíritu y la práctica diaria de la buena voluntad generosa y de la cooperación.

Estas virtudes nos las enseñó a los cristianos Cristo, sobre todo en el Sermón de la Montaña, y son igualmente válidas para todos los que adoran a Dios, sea cual sea la religión que profesen. Por eso, en nuestro Movimiento para la juventud no damos preferencia a ninguna religión sobre las demás, ya que todas trabajan por el bien según sus respectivas creencias. Con la expresión «Reino de Dios» me refiero a que en el mundo prevalezca el amor, en lugar del predominio de los intereses egoístas y de las rivalidades que existen hoy.

El propio yo es el objetivo principal de muchas personas, igual que de todas las llamadas «naciones patriotas». El culto al yo significa, más que ninguna otra cosa, la guerra. Es el reinado del demonio en el mundo. Su contrario es el amor, que podría llamarse el reinado de Dios en el mundo, y que todavía no ha llegado. Por eso tenemos clase contra clase, partido contra partido, país contra país e, incluso, religión contra religión en todas las naciones del mundo que se llaman cristianas.

La reconstrucción de Europa después de la Gran Guerra no ha respondido a las expectativas porque, en la búsqueda de resultados económicos y materiales, se ha olvidado en gran medida el lado espiritual. No es culpa de una Iglesia en concreto, sino, en cierto modo, de todas.

En la Iglesia de Inglaterra se lamenta que cada vez menos gente vaya a la iglesia y a la escuela dominical, y se da por hecho que hay un alejamiento de la religión. A mí me parece muy probable que ahora haya tanto sentimiento religioso como antes, si no más, y que esté a flor de piel en la nación, aunque no se refleje en la asistencia a la iglesia. Se dice que esto se debe en gran parte a la duda, más que a la indiferencia. Carlyle dijo: «La religión de un hombre no es el credo que profesa. Su religión es su vida, su manera de actuar, lo que sabe de la vida y de su deber con ella. Un hombre malo que cree en un credo no es más religioso que un hombre bueno que no cree». Y el señor M. J. Newton dice: «Los mejores hombres no son los que están seguros de su salvación, sino los que no se recrean en reflexiones morbosas sobre su propio estado espiritual y ponen todas sus fuerzas en una vida de amor guiada por la verdad. Muchos hombres que solo tienen una idea vaga de lo que significa amar a Dios lo hacen constantemente al ayudar a sus semejantes en el camino. La religión no es algo aparte de la vida, sino la vida misma en su plenitud».

Dejar de ir a la iglesia no es prueba de que uno se haya alejado de la religión. En este sentido, el informe del difunto obispo de Winchester sobre la religiosidad de los soldados jóvenes durante la Gran Guerra muestra que muchos de nuestros jóvenes corrientes de entonces no tenían ninguna religión y que, sin embargo, deseaban vivamente que se les instruyera en los principios y en los detalles del cristianismo; mientras que la propia guerra, igual que los problemas industriales y las relaciones sociales que vinieron después, demuestran la necesidad de practicar el espíritu cristiano entre los hombres de todas las clases y de todas las naciones.

Mi propia experiencia entre bastidores en Francia durante la Gran Guerra, donde estuve en estrecho contacto con los soldados jóvenes, confirmó con creces las conclusiones del obispo de Winchester, porque muy a menudo aquellos jóvenes amigos me abrían su corazón hasta el punto de confesarme que no acudirían a su capellán. Algunos tenían un vago recuerdo de lo que les habían enseñado en la escuela dominical, pero no lograban relacionar aquellas historias infantiles con su forma de vivir, y mucho menos ver cómo podían ayudarles en el trance en que se encontraban, ante la posibilidad de tener que enfrentarse a la muerte en cualquier momento. Era algo que daba pena.

El arzobispo de Canterbury ha dicho: «La religión atrae, pero la Iglesia repele», y la experiencia nos dice que en eso hay mucha verdad. Algunos lo explican diciendo que la Iglesia no está al día, sino que sigue atada a dogmas formulados por teólogos hace trescientos años, a los que se ha dado tanta autoridad como al propio Evangelio, y eso no resulta atractivo para el hombre de hoy.

Otros hablan del peligro de una Iglesia demasiado sofisticada, que envuelve los fundamentos de la religión en sutilezas teológicas hasta el punto de perderlos de vista. La religión no es una ciencia reservada a los eruditos; si lo fuera, solo beneficiaría a los estudiosos y quedaría fuera del alcance de los pobres. Tampoco es un fetiche, porque entonces solo serviría para los de carácter más débil, los emotivos y los supersticiosos.

La verdad es que, si la miramos en su sencillez original, la religión sirve hoy tanto como ha servido siempre. Lo que cuenta son las obras y la conducta. Cuando a Abraham Lincoln le preguntaban cuál era su religión, respondía:

«Cuando vea una iglesia que tenga escritas sobre su altar estas palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu mente, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”, esa será la iglesia a la que pertenezca».

Ahí es donde están hoy muchos hombres, y donde seguirán estando mañana. Quieren volver a unos fundamentos sencillos y directos. La evolución va hacia la educación personal y la autodeterminación, y lo mismo ocurre con la educación general de la juventud. Los mayores tenemos que reconocerlo si queremos estar al día a la hora de dar ideales a los jóvenes. Solo en los últimos treinta años, la generación joven ha salido del capullo de la disciplina victoriana, impuesta desde fuera, a un estado más libre, en el que regula su propia conducta mediante el control de sí misma desde dentro. Por eso, lo que más necesita hoy la formación del carácter es que ese autocontrol se mantenga en el buen camino y no degenere en libertinaje. En la religión, igual que en la conducta, los jóvenes ya no quieren regirse por dogmas, sino que están dispuestos a buscar por sí mismos conocimiento y razones para la fe. Se quedan con los fundamentos, más que con las distintas formas con las que se han disfrazado.

El obispo Barnes, de Birmingham, dijo: «No podemos construir un mundo nuevo vistiendo a los hombres con ropas viejas. Jesús dio un mensaje para todos los tiempos. Si predicamos ese mensaje, predicamos a Cristo. Si lo enterramos bajo un ritual eclesiástico recargado, dejamos a los hombres libres para dudar de si de verdad creemos en el Evangelio del Hijo del Hombre».

La gran meta del Movimiento de los Boy Scouts y de las Girl Guides ha sido ofrecer una formación positiva, más que limitarse a inculcar preceptos negativos, porque los muchachos y las muchachas siempre están dispuestos a actuar. Por eso incluimos entre sus actividades la práctica de buenas acciones en su vida diaria, como base para hacer el bien y ayudar a los demás. El fundamento religioso que hay detrás es común a todas las confesiones, y por eso no interferimos en la forma de ninguna de ellas.

El primer punto de la Promesa que hacen los scouts y las guías al entrar en el Movimiento es «Cumplir mis deberes para con Dios». Fijaos en que no dice «Ser leal a Dios», que sería solo un estado de ánimo, sino hacer algo, que es lo positivo, la actitud activa.

Por tanto, el primer paso, antes de recibir una Promesa, es asegurarse de que los jóvenes tengan alguna noción de Dios. La experiencia, sobre todo con los muchachos más pobres y con menos estudios (en la caballería nos enseñaron a ir al paso del caballo más lento), nos dice que el estudio de la naturaleza es el método que mejor se entiende y que se acoge con más entusiasmo. Al estudiar la naturaleza, enseguida descubrimos que no hay dos criaturas exactamente iguales. Entre todos los millones de seres humanos, no hay dos idénticos de forma, de rasgos ni de huellas dactilares. Tampoco hay dos con el mismo carácter. Y, sin embargo, cuando intentamos enseñar religión a una clase de la escuela dominical, lo hacemos como si todos estuvieran hechos con el mismo molde de temperamento, receptividad, pensamiento y carácter.

El deán Inge ha dicho con razón: «La religión no se puede enseñar, pero sí se puede comprender. Intentamos enseñarla con preceptos y con teología elemental, mientras fuera brilla el sol y la naturaleza nos llama para enseñarles, a través de sus ojos, de sus oídos, de su nariz y de su tacto, las maravillas y las bellezas de la creación».

El doctor Hector Macpherson ha dicho: «La investigación científica del universo no es contraria al teísmo, sino una mano amiga de la religión. La emoción y el asombro primitivo que despertaba en nuestros antepasados un cielo estrellado se ven ahondados y engrandecidos por los resultados de la astronomía moderna». La astronomía ha demostrado la unidad del universo y, al mismo tiempo, nos ha dado alguna idea de su infinitud, con distancias que superan nuestra capacidad de comprensión y llegan a unos seis millones de billones de millas. Sin ir a esos extremos, y con las cosas que tiene cerca de casa, cada muchacho puede empaparse por sí mismo, con el estímulo general del maestro, de las maravillas y las bellezas del universo que lo rodea, y desarrollar así un abanico más amplio de intereses, además de una conciencia del Creador y del lado espiritual de la vida. También se dará cuenta de que es una de las criaturas de Dios y de que tiene su propio papel en la evolución general de la naturaleza.

Esta es una manera práctica de atraer al alma joven y guiarla hacia la comprensión de Dios. El paso siguiente es mostrar que Dios es amor y que actúa alrededor y dentro de cada uno de nosotros. A partir de ahí, lo demás es fácil. Entonces el muchacho puede comprender mejor esa parte de sus «deberes para con Dios» que consiste en cuidar y desarrollar, como un compromiso sagrado, los talentos con los que Dios lo ha equipado para su paso por la vida: el cuerpo, con su salud, su fuerza y su capacidad reproductora, para usarlos al servicio de Dios; la mente, con su maravillosa capacidad de razonar, de recordar y de apreciar, que lo sitúa por encima del reino animal; y el alma, esa pequeña chispa de Dios que hay en él, es decir, el amor, que se puede desarrollar y fortalecer expresándolo, con la práctica continua. Así que les enseñamos que sus «deberes para con Dios» no consisten solo en apoyarse en su bondad, sino en hacer su voluntad practicando el amor a sus semejantes. Si esto pudiera convertirse en norma general, desde luego encontraríamos el cielo en la tierra.

El siguiente punto de la Promesa de los scouts y de las guías es cumplir la Ley Scout, que, como es lógico, subraya y marca una línea de conducta hacia uno mismo y hacia los demás, muy en la línea del Sermón de la Montaña. Además, la Ley Scout es una serie de «haz» con el espíritu correcto, y no una serie de «no hagas» bajo amenaza de castigo. Es mediante la buena voluntad y la cooperación, es decir, mediante el servicio a los demás, como el hombre alcanza el verdadero éxito, que es lo mismo que la felicidad. Entonces descubrirá que el cielo está aquí, en este mundo, y no es solo una visión del futuro.

Con la llegada de la buena voluntad y la cooperación se acabarán las mezquinas discordias que dividen a las naciones; las clases y los credos ya no se proclamarán hermanos mientras se comportan como enemigos y dividen la casa contra sí misma. Con buena voluntad y cooperación, las naciones se entenderán con las naciones, y los políticos no encontrarán la manera de arrastrar a los pueblos a la guerra. Los jóvenes de hoy serán, en un futuro cercano, los padres y las madres de muchos millones más. Si están empapados del espíritu correcto y de la práctica religiosa en su vida diaria, serán el medio para transmitirlo a esos muchos millones en los años venideros.

Si sabemos usarlo bien, en nuestro Movimiento Juvenil tenemos ante nosotros una oportunidad de oro para ayudar a las Iglesias y para contribuir directamente, mediante la formación de la juventud, a que llegue a la tierra el Reino de Dios, el reino de paz y de buena voluntad.