Escultismo y movimientos juveniles
8. Una hermandad imperial e internacional
Unas veces por las consecuencias de la guerra, otras por los avances de la civilización o por la evolución política, en todo el mundo hay un grupo de países jóvenes que se afanan en afianzar su posición con un empeño como no se había visto nunca. El gobierno de un país de dos o tres millones de habitantes se toma a sí mismo muy en serio, se hincha como la rana que quería parecerse al buey, y se toma tan en serio su propia importancia que no ve la sonrisa en la cara de quienes lo observan. Lo vemos en la multitud de pequeñas naciones que surgen en el continente, y aún más cerca, entre las distintas partes de Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales. Cegadas por este espíritu nacionalista, esas gentes no se dan cuenta del aprecio mucho mayor que se ganarían si ampliaran la mirada más allá de sus pequeñas particularidades internas, hacia sus relaciones y responsabilidades internacionales, que son mucho más amplias.
Debemos esforzarnos por inculcar el patriotismo a nuestros muchachos y muchachas, pero ha de ser un patriotismo que esté por encima de ese sentimiento estrecho que suele quedarse en nuestro propio país y que, al tratar con los demás, despierta envidias, celos y enemistades. Nuestro patriotismo debería ser más amplio y más noble: uno que reconozca la justicia y la razón de las aspiraciones de los demás, que guíe a nuestro país y que lleve a la camaradería y al reconocimiento de las otras naciones del mundo.
Para conseguirlo, lo primero que tenemos que hacer es fomentar la paz y la buena voluntad dentro de nuestras fronteras, educando a la juventud de ambos sexos para que las practique como un hábito de vida, de modo que desaparezcan los celos de pueblo contra pueblo, de clase contra clase y de secta contra secta. Después, hay que extender esos buenos sentimientos más allá de nuestras fronteras, hacia nuestros vecinos de otras naciones. Rabindranath Tagore lo expresó así:
«El mundo ha de ordenarse por medio de la hermandad, y no de la organización. El imperialismo junta a las pequeñas naciones y a las distintas razas como los mimbres de un cesto: no se unen, solo se mantienen juntas. No hay ningún lazo que las una. Lo que necesitamos son hombres de mente universal, hombres de espíritu que comprendan que todos somos ciudadanos del Reino de las Ideas. Así, mucho después de que yo me haya ido, aunque en los designios de Dios aún no haya llegado el momento de una verdadera Liga de la Humanidad, habrá hombres lo bastante grandes como para ver la raza humana como un todo que se extiende por el bien de la comunidad, como una familia; y no sufriremos una bancarrota de fe constructiva y de visión como la que padecemos hoy».
Un paso práctico hacia ese gran ideal se encuentra en el objetivo, la formación y la expansión de la hermandad de los Boy Scouts y las Girl Guides. «En mi escuela —me contó un maestro rural de Saskatchewan— hay niños de varias nacionalidades, pero ninguno habla inglés. Por la vía normal habría hecho falta una generación para integrarlos; pero en un año, gracias a haber sido Boy Scouts o Girl Guides, se han convertido en canadienses que hablan inglés». Un pastor rural, cuya parroquia se extendía por unas 7.000 millas cuadradas (unos 18.000 kilómetros cuadrados) y cuya casa parroquial era un Ford, me explicó que, al hacer a sus feligreses Boy Scouts o Girl Guides, pudo organizarlos en «Patrullas» independientes de seis, o como «Scouts Solitarios» en los casos aislados, y conseguir que se educaran a sí mismos con el aliciente de ganar las distintas insignias de especialidad scouts.
En condiciones parecidas, con distancias muy grandes u hogares aislados, como ocurre en Sudáfrica y Australia, e incluso en algunos distritos del oeste de Escocia y de Irlanda, se han adoptado métodos semejantes para formar a los muchachos mediante el sistema scout de descentralización y autoeducación. En Sudáfrica, el Movimiento de Scouts y Guías ha demostrado ser un factor importante para unir a la juventud holandesa y británica en un espíritu de buena voluntad y camaradería, un paso que sin duda dejará su huella en el futuro de la nación sudafricana.
Con los nativos a quienes se les ha llenado la cabeza con los métodos modernos de las escuelas occidentales, la formación de los Boy Scouts y las Girl Guides ha resultado eficaz en lugares como Nigeria, la Colonia de Kenia, la Costa de Oro y Nueva Guinea, y también en las escuelas de indios pieles rojas de Canadá. Así que esta formación, o pasatiempo, o como quiera llamarse al Escultismo, parece aplicable en la mayor parte del mundo.
Parte de la esencia scout está en que, como miembros del Movimiento, unidos por la misma Ley y la misma Promesa y bajo un ideal común, formamos una gran hermandad. Por eso hay intercambio de cartas y de visitas, y esos lazos de amistad mutua tendrán un nuevo valor en las relaciones del Viejo Mundo con los distintos Dominios de ultramar, cuando todos los ciudadanos estén unidos por algo más grande que un lazo sentimental.
En estos tiempos de superpoblación y escasez de empleo en casa, muchos Boy Scouts emigran a otros países al otro lado del océano. A través del Departamento de Emigración de nuestra oficina central enviamos unos cien muchachos al mes a las distintas colonias, con la tranquilidad de saber que no solo encontrarán trabajo, sino también hermanos scouts que les darán la bienvenida al llegar a un país extranjero.
Como he señalado en capítulos anteriores, el desarrollo del Movimiento de los Boy Scouts y las Girl Guides no se limita a nuestro país ni a nuestro Imperio. Todos los países civilizados del mundo han adoptado esta formación y la han adaptado por su cuenta, sin propaganda ni iniciativas del país de origen.
El Escultismo aún no tenía un año de vida cuando otros países ya habían formado sus propias ramas. Algunos patriotas, preocupados por el bienestar de su país, dijeron: «¿No se podría patentar, para evitar que otras naciones compitan por adoptarlo?». Otros respondieron: «No os preocupéis; es demasiado británico para que atraiga a los extranjeros». Los años se han encargado de demostrar con creces que ambos se equivocaban: de los dos millones de scouts y guías que hay en el mundo, en Gran Bretaña solo contamos con unos novecientos mil.
Esas opiniones se dieron en los «buenos viejos tiempos», antes de que la Gran Guerra cambiara nuestras ideas sobre la nacionalidad. En solo veintiún años, los Scouts y las Guías se han extendido a 42 países del mundo y han demostrado su capacidad como factor de paz mundial. No se puede concebir un mundo bien ordenado si la paz tiene que imponerla la policía. La Sociedad de Naciones es una fuerza policial para reprimir la guerra y, como tal, es un paso valioso; pero sin duda es mejor aspirar a prevenir la guerra mediante la buena voluntad y el entendimiento mutuo de los propios pueblos. Si pensamos que los miembros de la familia humana estamos juntos en esta tierra durante un corto periodo de vida, comprenderemos que las diferencias insignificantes y las peleas por fines egoístas no tienen cabida en el plan del Creador.
En nuestra primera reunión internacional, o «Jamboree», celebrada en el Olympia de Londres en 1920 para festejar la paz, pedí a los muchachos de las 23 naciones allí reunidas que trabajaran por un espíritu de hermandad mundial:
«Hermanos scouts, os pido que toméis una decisión solemne. Entre los pueblos del mundo hay diferencias de pensamiento y de carácter, igual que de idioma y de aspecto físico.
»La guerra nos ha enseñado que, cuando una nación se empeña en imponer su voluntad a las demás, después vienen reacciones crueles.
»El Jamboree nos ha enseñado que, al trabajar juntos, nacen un ideal común, la simpatía y la armonía.
»Si así lo queréis, esforcémonos por desarrollar entre nuestros muchachos, mediante el espíritu de la Hermandad Scout, una camaradería tal que en el futuro la paz y la buena voluntad reinen entre los hombres.
»¿Estáis dispuestos a uniros a esta noble empresa?».
La respuesta fue un grito sincero: «¡Sí, lo haremos! ¡Con la gracia de Dios, lo haremos!».
Ese mismo día, algo antes, se había hecho llegar este llamamiento a cada nacionalidad en su propio idioma, para que pudieran comprender bien su significado antes de responder. Por eso no fue una respuesta fruto del entusiasmo del momento, sino una resolución meditada por cada una de las partes.
La idea del llamamiento surgió de forma espontánea y sin preparación, gracias a las buenas relaciones que se habían creado entre los propios muchachos durante los diez días anteriores. Fue el fruto natural y sano de la primera gran reunión de muchachos del mundo.
El resultado principal de aquel encuentro fue la creación inmediata del Buró Internacional Scout (N. del T.: así se llamaba en un principio lo que hoy conocemos como la Oficina Scout Mundial), con una oficina y un director en Londres y un comité formado por scouts eminentes de distintas naciones. La Promesa y la Ley Scout, que ya se usaban en la mayoría de los países, se convirtieron en el principio básico de afiliación, y poco a poco se fueron sumando cada vez más países.
Cuatro años después se celebró en Copenhague una gran reunión internacional, en la que grupos representativos de 33 naciones acamparon juntos durante quince días. Los campamentos se instalaron uno junto a otro por orden alfabético, de modo que el contingente alemán tenía como vecinos inmediatos a Gran Bretaña por un lado y a Francia por el otro. Todos intercambiaron atenciones y convivieron con la más estrecha amistad y camaradería.
La amistad y el espíritu que nacieron en estas reuniones internacionales se han afianzado todavía más con el intercambio de visitas y de cartas entre scouts y guías de distintos países. Así, en 1928, más de siete mil Boy Scouts pasaron sus vacaciones de verano acampando en países que no eran el suyo, y muchos de sus anfitriones les devolvieron la visita en Inglaterra. Las Girl Guides tampoco se quedaron de brazos cruzados: han celebrado Conferencias Mundiales, se han escrito cartas y han organizado campamentos internacionales.
Este año, 1929, se celebrará en Arrowe Park, Birkenhead, la mayor reunión de jóvenes que el mundo haya visto: más de cincuenta mil scouts de 42 naciones se reunirán durante dos semanas para hacer actividades scouts. El espectáculo de muchachos de 42 nacionalidades, de distintos idiomas, credos y colores, pero con el mismo uniforme y fieles a la misma Promesa y a la misma Ley Scout, que hace de cada scout un hermano de todos los demás, no puede sino abrir una amplia perspectiva de lo que puede llegar a ser un éxito rotundo. De esa reunión saldremos con una inspiración nueva y con fuerzas renovadas de hermandad para extender aún más nuestro Movimiento y convertirlo en una fuerza todavía mayor al servicio de la paz del mundo y de Dios.