Escultismo y movimientos juveniles
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Escultismo y movimientos juveniles

1. La necesidad

Todos nosotros, seamos padres, pastores, pedagogos o patriotas, nos damos cuenta de que hoy los responsables de la educación se ven muy presionados para estar a la altura de los tiempos. La educación en Gran Bretaña ha avanzado de forma admirable, y sus promotores han superado, y siguen superando, grandes dificultades. La mayor de todas es mantener el paso de las exigencias cambiantes de cada momento. Saben que lo esencial es mejorar sus métodos sin descanso, y no tanto para que la educación alcance el nivel que debería tener como para conseguir lo que necesitarán nuestros hombres y mujeres del mañana. El objetivo principal de la educación siempre ha sido formar ciudadanos, y en los últimos años, ciudadanos sanos; en pocas palabras, dar a cada persona conocimientos, carácter y salud.

Los pasos para alcanzar ese objetivo se pensaron bien en el pasado. Pero ¿son los resultados los que queremos? Al fin y al cabo, es por los resultados por lo que tenemos que juzgar. Si miramos lo que se gasta cada año en educación y lo comparamos con lo que sigue predominando hoy en la población —la falta de salud, la enfermedad, la mortalidad infantil, el crimen, el desempleo y la pobreza extrema, que ninguna cantidad de gasto público puede remediar—, con toda honradez tenemos que admitir que el objetivo de la educación todavía no se ha conseguido y que aún queda mucho camino por recorrer. Quizá la educación de hace una o dos décadas, cuyos resultados vemos ahora, se inclinaba demasiado hacia la instrucción escolar y muy poco hacia la preparación para la vida. Y lo que hace falta es educar para la vida, porque los conocimientos escolares ayudan relativamente poco: la vida tiene que vivirla cada persona que nace en el mundo.

La educación sigue preparando a los muchachos y a las muchachas para lo que exigen los exámenes más que para lo que exige la vida. Y por vida no se entiende solo cómo vivir, sino cómo vivir mejor, cómo disfrutar, cómo sacar el mejor partido de la vida y cómo ser feliz y útil.

Además, la educación tiende, quizá sin pretenderlo, aunque no es seguro, a fomentar el egoísmo, y el egoísmo es el peor enemigo con el que tenemos que luchar hoy. Pero no podemos echarle toda la culpa: los padres son en parte igual de responsables. Inculcan ambiciones personales a sus hijos, con la esperanza de verlos hacer carreras brillantes, y animan a sus hijas a ir detrás de los placeres, con el deseo natural de que «lo pasen bien». La idea de servir a los demás queda en un plano muy secundario.

Al hablar de los defectos de la educación no podemos culpar a los maestros, ese magnífico cuerpo de hombres y mujeres abnegados que han cargado con dificultades casi insuperables por su deseo de lanzar a los muchachos a la vida mejor equipados de lo que ellos lo fueron en su día. El principal obstáculo en su camino son los pocos años en que los jóvenes están disponibles para la educación y el escaso número de maestros en comparación con la multitud a la que tienen que enseñar. En el tiempo de que disponen, los maestros no pueden aspirar a mucho más que enseñar a los niños lo elemental e infundirles el deseo y el método de aprender por sí mismos.

Los maestros de hoy reconocen plenamente la necesidad de formar el carácter, pero se enfrentan a la imposibilidad de hacerlo en grupos escolares numerosos. Formar el carácter consiste en descubrir y desarrollar lo mejor posible las capacidades de cada uno, el germen especial del bien que hay en cada muchacho; pero el maestro, agobiado por una clase de cuarenta a sesenta alumnos, no puede esperar tratarlos de otra forma que no sea en masa.

Hay otro obstáculo más: los años de escuela son pocos y, muchas veces, el ambiente en que vive el muchacho tiende a destruir, con el paso del tiempo, mucho de lo que se le ha enseñado en clase. Durante diecinueve de las veinticuatro horas del día, el maestro no tiene ningún papel en su formación.

A todo esto se suma que, en los últimos cinco o diez años, ha entrado en nuestra vida nacional una nueva influencia que apenas se ha tenido en cuenta en la formación de nuestros muchachos. El cine, la radio y la prensa barata y popular se han extendido y han ganado poder sobre las masas. A través de ellos, los cauces de las ideas y las opiniones se concentran en manos de relativamente pocos hombres, uno o dos, cuyas ideas y opiniones acaban siendo, sin que nadie se dé cuenta, las de millones de personas. Esa influencia puede ser buena, pero también podría ser mala. El peligro está en que la gente se acostumbre a que le formen la mente, sin ejercitarse en formar sus propios juicios ni su conciencia.

El señor W. W. Hill, en una intervención reciente ante el Sindicato Nacional de Maestros, llamó la atención sobre estos hechos y dijo: «Esto no es democracia; es una amenaza, porque es ignorancia. Una nación educada a medias, sin carácter en sus individuos, no está sana».

Es aquí donde las organizaciones voluntarias pueden ayudar a los maestros en su trabajo, cuesta arriba pero fascinante, de preparar a los niños para la vida. Y es aquí también donde las catequesis dominicales de cualquier confesión, los clubes o brigadas de muchachos o de muchachas, las Sociedades de Amistad, las Asociaciones Cristianas de Jóvenes, los Boy Scouts o las Girl Guides pueden echar una mano: ocupan a los muchachos en parte de su tiempo libre y les ofrecen actividades sanas, compañerismo, conocimiento del mundo que los rodea y cierta formación complementaria a la que reciben en la escuela. Una educación que se recibe solo unas seis horas al día, durante treinta y seis o cuarenta y dos semanas al año, deja por fuerza huecos abiertos, que seguirán así a menos que se llenen desde fuera de las paredes de la escuela.

Con la formación scout intentamos llenar algunos de esos huecos. Los principales que hemos encontrado son:

  1. El carácter, sobre todo el sentido del honor y la amplitud de miras.
  2. La salud física y el cuidado del cuerpo, con templanza y castidad.
  3. La habilidad manual y la colaboración de la mano con el cerebro.
  4. El servicio a los demás y a la comunidad.

Por eso, las actividades y las prácticas del Escultismo se orientaron, en lo posible, a desarrollar la eficacia de cada individuo mediante la formación del carácter, la salud física y la habilidad manual, para poner después esa individualidad al servicio de la comunidad, en la práctica de la ciudadanía.

El honor se presenta a los muchachos como el ideal más alto. La Ley Scout, en la que se apoya todo el Movimiento, se ha tomado del código de los caballeros (N. del T.: la Ley Scout que aparece a continuación es la que redactó Baden-Powell; se verá que no coincide al pie de la letra con la que tenemos actualmente en México. Lo mismo vale para la Promesa).

La Ley Scout

  1. El honor del scout es ser digno de confianza.
  2. El scout es leal.
  3. El deber del scout es ser útil y ayudar a los demás.
  4. El scout es amigo de todos y hermano de cualquier otro scout.
  5. El scout es cortés.
  6. El scout es amigo de los animales.
  7. El scout obedece las órdenes.
  8. El scout sonríe y silba ante cualquier dificultad.
  9. El scout es ahorrador.
  10. El scout es limpio en pensamiento, palabra y obra.

La Promesa Scout

Prometo por mi honor cumplir mis deberes para con Dios y el Rey, ayudar a los demás en todo momento y obedecer la Ley Scout.

La Promesa que hace todo muchacho al entrar en el Movimiento ha sido la fuerza que mantiene unida su disciplina, y se ha comprobado que el noventa y nueve por ciento de los muchachos responde a ella. Hemos visto que los muchachos son receptivos y que, por su buena disposición, se mantienen fieles a estos ideales incluso cuando están en manos de dirigentes sin preparación. En resumen, el resultado del experimento ha sido alentador.

Los mismos principios se adoptaron para las muchachas en el Movimiento de las Girl Guides, con igual éxito. El Movimiento de las Girl Guides tiene la particularidad de que nació por sí solo: las muchachas se pusieron a practicar el Escultismo con sus hermanos, y después nosotros lo adaptamos a sus necesidades y lo organizamos como un movimiento aparte. Personalmente, confieso que de las dos ramas la de las muchachas es la más importante, porque afecta a quienes van a ser las madres de la próxima generación.

Hace poco expresó la misma opinión el duque de Connaught (N. del T.: hijo de la reina Victoria), presidente de la Asociación de Boy Scouts, cuando me escribió: «El Movimiento de las Girl Guides es cada año más fuerte y más útil para las muchachas del Imperio. Creo que, a su manera, las Girl Guides son tan importantes para la formación de ellas como lo son los Boy Scouts para la de los futuros hombres y ciudadanos del país».