Escultismo y movimientos juveniles
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Escultismo y movimientos juveniles

2. El origen

En 1893 y 1894, cuando servía en mi regimiento, el 13.º de Húsares, me di cuenta de que la instrucción habitual de los soldados para el servicio en campaña no era lo bastante práctica. Por eso empecé a dar clases en mi escuadrón para formar a los soldados uno a uno en la exploración y en lo que necesitaban saber para una campaña. En 1897 y 1898, cuando me destinaron como comandante de la 5.ª de Dragones de la Guardia, seguí un método parecido, pero insistiendo en el desarrollo del carácter, es decir, en el valor, la confianza en uno mismo y la honradez, además de la eficacia en el terreno, porque eran grandes carencias en los muchachos que llegaban al ejército desde las escuelas. Reuní aquellas clases y prácticas y las publiqué en un librito titulado Aids to Scouting («Ayudas para la exploración»).

Durante la guerra de Sudáfrica, en 1899-1900, el general de división lord Edward Cecil, mi jefe de Estado Mayor, organizó a los muchachos de Mafeking como un cuerpo de servicios generales, más al estilo de los exploradores que al de los cadetes, y el experimento fue un éxito completo. La experiencia nos enseñó que, si la formación se plantea para que les resulte interesante, los muchachos aprenden de verdad, y que, con solo confiar en ellos, son capaces de asumir más responsabilidades de lo que suele pensarse. La tropa se organizó como una unidad pequeña, para que el jefe pudiera tratar a cada uno personalmente y conocerlo bien, y se creó el sistema de patrullas de cinco o seis muchachos a las órdenes de un jefe.

Cuando me hice cargo de la organización de la Policía de Sudáfrica (South African Constabulary), en 1901-1903, apliqué los mismos principios a mayor escala. Se dio responsabilidad a los suboficiales jóvenes, y la emulación entre las patrullas creó un buen espíritu y un alto nivel de eficacia en todos. Se apeló a su lado humano y se confió en el honor de los hombres, que cumplieron sus deberes con gran lealtad. El uniforme de campaña era un sombrero de vaquero, camisa, pantalón corto y pañuelo verde, y se usaban insignias de especialidad para los distintos tipos de trabajo.

A mi vuelta de Sudáfrica, en 1904, me sorprendió descubrir que mi librito Aids to Scouting, escrito para soldados jóvenes, se estaba usando en las escuelas como libro de texto para enseñar a los muchachos los rudimentos de la observación, la deducción, el ingenio para arreglárselas y otras cosas. La señorita Charlotte Mason, directora del famoso Colegio de Formación de Maestras de Ambleside, lo usaba y lo recomendaba a los entusiastas de la educación. Eso me hizo pensar que en la exploración había algo que gustaba a los muchachos y que, si se adaptaba a fines no militares, podría convertirse en un sistema para formar ciudadanos.

Así que en 1907 organicé en la isla de Brownsea un campamento experimental para formar a muchachos como scouts. Reunimos a muchachos de todo tipo de escuelas para hacer la prueba y, con unos cuantos hombres buenos que se encargaron de ellos, nos pusimos a acampar en la isla por patrullas, grupos de cinco, cada uno con un muchacho como Guía de Patrulla. Durante dos semanas alegres cocinamos y acampamos, practicamos la exploración por mar y por tierra, seguimos rastros, estudiamos la naturaleza, hicimos construcciones de pionerismo y aprendimos la vida en los bosques, todo ello bajo una disciplina ordenada. Y la experiencia funcionó. Vivimos todos juntos en un ambiente fraternal y encantador, como una pandilla de muchachos y hermanos mayores, más que como un cuerpo de oficiales y soldados. Descubrimos que los muchachos no necesitaban órdenes ni castigos para mantener la disciplina: enseguida captaban la idea de que tenían que «jugar limpio» y hacían todo lo posible por cumplir lo que se esperaba de ellos.

Los resultados de aquel campamento superaron todas las expectativas y me animaron a seguir con la idea. La formación se basaba en la que había empleado con los soldados y con la policía, pero con muchas adaptaciones para que resultara atractiva a los muchachos. Seguimos algunos de los principios que aplicaban los zulúes y otras tribus de África, y que recordaban algunas ideas de Epicteto y los métodos con que los espartanos y los antiguos bretones e irlandeses formaban a sus muchachos. También busqué en el bushido de los japoneses y en muchos métodos modernos, como los de John Pounds, el de Jahn para la cultura física y los que pusieron en práctica sir William Smith, Ernest Thompson Seton, Dan Beard y otros.

El Escultismo no tenía nada de especial. Es la evolución natural de muchas ideas reunidas en un sistema. Lo principal en él es reconocer las necesidades básicas de la nación y contar con un sistema flexible para animar a cada individuo, futuro ciudadano, a desarrollar en sí mismo las cualidades que se buscan. Al principio yo solo preveía que el Escultismo podría servir como un atractivo más para los muchachos de la Boys' Brigade y de las Brigadas de la Iglesia para Muchachos, pero pronto quedó claro que hacía falta un movimiento independiente para atender a la gran cantidad de muchachos que se estaban sumando y que no pertenecían a ninguna otra organización.

Para que la propuesta resultara atractiva a los muchachos y respondiera a su espíritu de aventura, les propuse como héroes a los que imitar a los pioneros, los caballeros, los aventureros y los exploradores, agrupados todos bajo el nombre general de scouts. También les hablé de los zulúes y de una rama suya, los suazis, de los matabeles y de otras tribus que sometían a los muchachos a unas pruebas antes de concederles el rango de guerreros. Una práctica habitual entre los zulúes consistía en pintar de blanco al muchacho con bismuto, armarlo con una lanza pequeña y mandarlo a la selva para que se valiera por sí mismo hasta recuperar su color natural. El bismuto solía tardar alrededor de un mes en desaparecer, y si durante ese tiempo otro hombre lo veía, lo mataba. Así que el muchacho tenía que marcharse, esconderse y conseguir comida sin más arma que su assegai, la lanza. Tenía que hacer fuego frotando palos y mantenerlo de manera que no delatara su posición desde lejos. Era una vida dura, pero si el muchacho lograba superarla y volver al poblado al final de la prueba, había demostrado que sabía valerse por sí mismo, que tenía recursos, aguante y valor, y que por tanto merecía que se le reconociera como hombre.

Esta formación se parece en muchos aspectos a la que exigían a sus muchachos los antiguos romanos, los espartanos y los antiguos ingleses. Solo en los países civilizados de hoy no se forma a los muchachos en la hombría como parte de su educación. Por eso pusimos ante ellos las ideas de hombría, valor, resistencia al sufrimiento, confianza en uno mismo, ingenio, dominio de sí, sentido del honor y amor a la verdad, y se las presentamos como cualidades que todo scout debía tener.

La vida al aire libre, la navegación, el pionerismo y el estudio de la naturaleza tienen un atractivo para el muchacho y, al mismo tiempo, son el medio para enseñarle las cualidades de un hombre. Con el Escultismo, el muchacho tiene la oportunidad de revestirse de las habilidades de la gran hermandad de los hombres de los bosques y los exploradores. Puede seguir rastros y pistas, puede destacar, puede encender su fuego, construir su refugio y cocinar su propia comida. Puede poner las manos en muchas tareas de pionerismo y de campamento.

Su unidad es una pandilla de seis, al mando de su propio jefe, otro muchacho. Es la pandilla propia del muchacho, para bien o para mal. En ella hay responsabilidad, autodisciplina y un espíritu de cuerpo por el honor de la patrulla más fuerte que cualquier sentimiento de pertenencia a un colegio.

A ojos de los de fuera, el bordón scout es un palo de escoba, pero para el scout es otra cosa. Su bordón, decorado con su tótem y su señal particulares, es un símbolo: igual que ese bordón entre todos los demás, él es un individuo con sus propias cualidades, su propio carácter y sus propias posibilidades. Puede ser uno del montón, pero tiene su propia identidad. Y conocerá la alegría de vivir saliendo al campo.

También está el lado espiritual. Al empaparse de las ciencias naturales en plena naturaleza, el alma pequeña crece y mira a su alrededor. El campo es, por excelencia, la escuela de observación para admirar las maravillas del universo. ¿Dónde está el muchacho, o el hombre en crecimiento, al que no le emocionen, incluso en estos tiempos tan materialistas, la vida salvaje y el camino abierto? Puede que sea un instinto primitivo, pero está ahí. Con esta llave puede abrirse una gran puerta que deje entrar el aire fresco y la luz del sol en vidas que hasta entonces eran grises.

Y descubrimos que puede haber todavía más. Los héroes de las tierras vírgenes, los hombres de los bosques y los exploradores, los aventureros del mar (N. del T.: en inglés, «rovers», con minúscula), los hombres del aire y de las nubes son modelos para los muchachos. Los muchachos los seguirán adondequiera que los lleven y bailarán a su ritmo cuando toquen una melodía de hombría y valor, de aventura y gran esfuerzo, de eficacia y habilidad, y de alegre sacrificio por los demás.

En enero de 1908 publiqué un manual de formación para los Boy Scouts, Escultismo para muchachos (Scouting for Boys), en seis entregas quincenales (N. del T.: en la Inglaterra de entonces era muy común publicar los libros de esta manera). Antes de que hubiera salido la mitad de la serie, surgieron numerosas Tropas de Boy Scouts en distintas partes del país, al margen de cualquier organización existente. El crecimiento fue tan grande que, un año después, cuando organizamos una concentración en el Palacio de Cristal de Londres, se presentaron más de once mil muchachos. Estaba claro que se trataba de un crecimiento natural, nacido del entusiasmo de los propios muchachos; un crecimiento que hoy ha llevado el Movimiento a por lo menos cuarenta y dos países y a cerca de dos millones de miembros. Y todavía no ha llegado a su límite, porque sigue creciendo.

El Movimiento no se limita a una clase de muchachos: atrae con la misma fuerza, literalmente, al de clase alta y al de clase baja, al mutilado y al cojo, a los muchachos del colegio de Eton y a los del barrio del East End (N. del T.: uno de los barrios bajos de Londres). No es exagerado, por tanto, esperar del Escultismo resultados valiosos para resolver, entre otras cosas, el problema de las clases sociales.

Los tribunales de menores envían a muchachos moralmente delincuentes a las Tropas de Scouts para que se reformen, confiando en su honor y despertando en ellos la buena voluntad del compañerismo con sus jefes. En uno de estos casos, dos muchachos demostraron que en una o dos semanas se había despertado en ellos esa buena voluntad, aunque no del todo por el camino moral. Habían disfrutado tanto de los campamentos que querían corresponder al Jefe de Tropa con un regalo. Pero no tenían dinero para comprar nada. Así que, aprovechando las habilidades que habían aprendido, robaron de noche en la tienda del pueblo y al día siguiente pudieron regalarle un tubo de pasta de dientes.

Aun así, hay mucho del espíritu correcto incluso en el peor de los muchachos, diría yo que sobre todo en él, y se verá que responde enseguida si se le da una oportunidad. Cuando visité hace un tiempo la institución Borstal de Feltham, un reformatorio, encontré un Clan de Rovers muy sólido a cargo de un jefe formado en Gilwell Park, nuestra escuela de formación.

En Ceilán y en la India se lleva años usando el Escultismo en beneficio de los presos jóvenes de las cárceles, con resultados muy esperanzadores. Cito un reportaje aparecido hace poco en el Toc H Journal, escrito por un testigo independiente:

«Luego fuimos a la prisión, donde el director, que es miembro de Toc H, está haciendo un trabajo de lo más interesante: tiene el Clan de Rovers más extraordinario del mundo, diría yo (N. del T.: el original dice «Tropa de Rovers»; debe leerse «Clan de Rovers»). Tuve la alegría de pasar revista a la Tropa, aunque no pude hablar con ellos, porque pocos hablaban inglés. El director es el Jefe de Tropa, y los demás son presos condenados a dos años o más. El Guía de una de las Patrullas es un asesino de unos veinte años, pero más despierto que nadie y, a todas luces, un buen scout. Las Patrullas duermen juntas en un barracón alargado al que llaman la Cueva Rover, y que parece cualquier cosa menos una prisión. La disciplina la mantiene la Corte de Honor, y el plan ha llegado tan lejos que hace poco un grupo de presos fue, con guardias, a su campamento de Primera Clase. Algunos de los elegidos van a asistir a un curso de Gilwell (N. del T.: el curso de la Insignia de Madera). ¿No es asombroso? Así se demuestra que, si confías en un hombre, aunque sea un criminal, lo conviertes en "un hombre digno de confianza".

»La formación scout ocupa todo el día: por la mañana, escuela obligatoria; por la tarde, trabajos manuales, con insignias de especialidad como incentivo. Por ejemplo, alguien le regaló a la Tropa el chasis de un coche viejo, y una de las patrullas recibe instrucción con él. Se lo toman muy en serio, con la perspectiva de trabajar como conductores cuando salgan en libertad. Por la noche hay clases voluntarias de inglés, en las que algunos presos instruidos hacen de profesores, y el director me dijo que asistían prácticamente todos los rovers presos.

»La rivalidad entre Patrullas y el espíritu de cuerpo ocupan el lugar del aislamiento en celda y del látigo para que cada uno se porte bien y trabaje duro. Y el resultado de este valiente experimento ha sido que la reincidencia ha bajado de alrededor del sesenta y siete por ciento a más o menos el tres por ciento».

Y lo mismo que con las personas de baja moralidad, el Escultismo ha demostrado su valor con los niños con discapacidades mentales o físicas, al darles un interés por vivir que les ha ayudado mucho.

Pero, sobre todo, creo que las virtudes y las posibilidades educativas del Escultismo hay que entenderlas así: tenemos aquí un medio de gran valor para que jóvenes de ambos sexos y de todas las edades se formen en el carácter, la salud, la habilidad y el sentido del servicio a la comunidad, y lleguen a ser ciudadanos sanos, felices y eficaces.

En 1910, el Movimiento de los Boy Scouts había alcanzado tal tamaño (124 000 miembros) que pensé que debía dejar el ejército y dedicar mi tiempo a organizarlo y desarrollarlo.

El rey Eduardo VII fue uno de los primeros en reconocer que había algo valioso en el rápido impulso de los muchachos por convertirse en hombres de los bosques. Solo dos días antes de su muerte se estaba preparando para pasar revista a los scouts. El rey Jorge V, su hijo, llevó a cabo aquel propósito unos meses después, cuando treinta mil muchachos, con mucho la mayor concentración reunida hasta entonces, saludaron a Su Majestad en el gran parque de Windsor el 4 de julio de 1911.

En 1912, el Consejo Privado pidió conocer los objetivos y los métodos del Movimiento, y se le concedió una Cédula Real como reconocimiento oficial.

El estallido de la guerra en 1914 sorprendió a miles de Boy Scouts de excursión con sus carretillas y sus tiendas de campaña, y a los Scouts Marinos en sus botes, preparados para sus campamentos de las vacaciones de agosto. Un telegrama cambió el propósito de aquellos campamentos: los scouts de tierra se movilizaron por todo el país a las órdenes de los jefes de policía para vigilar los puentes del ferrocarril, los acueductos y las líneas telefónicas. Al mismo tiempo, los Scouts Marinos relevaron a los guardacostas en la vigilancia de la costa, y siguieron en ese servicio hasta el final de la guerra, a las órdenes del Almirantazgo. Unos treinta y seis mil scouts prestaron este servicio por turnos.

No voy a detenerme en todos los trabajos de guerra que hicieron los scouts ni en sus hazañas en el frente cuando estuvieron allí, porque más de cien mil de ellos tenían edad de servir. Basta decir que murieron diez mil y que recibieron más de mil condecoraciones por servicios especiales, entre ellas once Cruces Victoria. Y eso a pesar de que el Movimiento solo tenía seis años cuando llegó la llamada, y de que su programa de formación no incluía nada de esto.

Como me escribió un antiguo scout sobre su formación:

«No son tanto las cosas concretas que aprendimos, como clavar clavos o fregar los cacharros de cocina, sino la aptitud general y las capacidades que desarrollan la confianza en uno mismo y, más aún, la solidez del carácter.

»No puedo evitar compararlo con la educación general que se da en nuestras escuelas, solo que sobre otras bases; es como el doble índice de un libro de himnos: uno da los nombres y las melodías, y el otro, los primeros versos».

Otro antiguo scout escribía desde el frente en 1916:

«Lo que más útil nos resulta es la habilidad, adquirida en los Boy Scouts, de hacer ladrillos sin paja».

La formación temprana de los muchachos en el servicio a los demás contribuyó sin duda a su eficacia en aquella emergencia nacional. Al enseñar a los scouts a atender accidentes, primero les damos habilidad, que es el primer paso hacia la confianza, y la confianza es el primer paso hacia el valor. La consiguiente determinación de hacer lo correcto en el momento justo, cueste lo que cueste, ha dado resultados magníficos en los numerosos actos de valor de los que hemos tenido noticia.