Jóvenes caballeros del Imperio
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Jóvenes caballeros del Imperio

4. Amistad

Ley 4. Un scout es amigo de todos y hermano de todos los demás scouts, sea cual sea la clase social a la que pertenezcan.

Si un scout se encuentra con otro scout, aunque no lo conozca, debe hablarle y ayudarle en todo lo que pueda: echándole una mano en el trabajo que esté haciendo, dándole de comer o con cualquier otra cosa que necesite.

Un scout nunca debe ser un «estirado» (un snob).

Estirado es el que mira por encima del hombro al que es más pobre que él, o el pobre que guarda rencor al que es rico. Un scout acepta a los demás como son y saca lo mejor de ellos. Kim, el muchacho explorador al que los indios llamaban «Pequeño amigo de todo el mundo»: ese es el nombre que todos los scouts deberían ganarse.

Los árabes del desierto están entre los mejores scouts del mundo. No solo porque son tipos valientes y viriles que saben valerse por sí mismos, sino porque tienen buen corazón, son amables con los extraños y son hombres de honor.

Cuando llegas a un campamento árabe, nadie te pregunta si eres rico o de origen humilde. En cuanto estás en los alrededores de su tienda, el árabe da por hecho que eres su huésped, y mientras estés con él hará todo lo posible por defenderte de tus enemigos.

Esta gente tan hospitalaria, que vive siempre en tiendas, tiene la costumbre de usar cuerdas muy largas para montarlas, de modo que se extienden un buen trecho por la llanura alrededor del campamento.

Lo hacen para que cualquier forastero que pase cerca se sienta dentro de los límites del campamento, lo que significa que debe entrar y ser su huésped. El árabe espera que se quede al menos cinco días. Durante ese tiempo lo alimentará, le dará alojamiento y lo protegerá, sin esperar ningún tipo de pago.

Una de las primeras cosas que hará será ofrecerte agua. En parte es para que te refresques, pero también es una señal secreta de que no lo traicionarás.

Se considera de mala educación rechazar la hospitalidad que se te ofrece así. Aunque tengas mucha prisa, debes contener las ganas de seguir tu camino, por cortesía con el hombre que quiere ser tu anfitrión.

Los árabes tienen un dicho: «Solo los ruines y los desagradecidos rechazan la generosidad». Pero eso no quiere decir que él acepte una recompensa por haber sido amable contigo. Ofrecerle una propina es insultarlo, y espero que los scouts piensen igual.

Si montas tu tienda cerca de la de un árabe y os hacéis buenos amigos, él cambiará de sitio las estacas de su tienda para que queden dentro de la línea de la tuya y las cuerdas de ambas se crucen.

También esto es una señal secreta: significa que él y los que viven en su tienda son amigos tuyos para siempre, y también de todos los que viven contigo.

Los árabes son gente de honor y se puede confiar en que respetarán ese acuerdo.

En una cosa los árabes se muestran más caballerosos que, digamos, los alemanes en el África del Sudoeste: nunca envenenan los pozos, aunque sepan que sus enemigos van a usarlos.

La verdadera camaradería no se fija en la posición social de los compañeros.

Recuerdo que, cuando llevé una Tropa de scouts a Canadá, los chicos trabajaron por parejas durante todo el viaje. Una de esas parejas la formaban el hijo de un conde y el hijo de un sargento de un regimiento de infantería. Aunque se habían criado en ambientes completamente distintos, eran muchachos, eran scouts, no eran estirados, y se hicieron grandes amigos.

Hoy vemos lo mismo en el frente, donde en las filas de cada batallón hay hombres de todas las clases y condiciones:

«Hijo de cocinero, hijo de duque, hijo de un conde de cinturón».

(N. del T.: se trata de un dicho inglés. El cinturón parece ser una distinción que concedía la monarquía y que se heredaba de generación en generación).

Y también entre los oficiales y la tropa hay un gran sentimiento de camaradería: cada uno trabaja por el otro en todo lo que puede. Es un resultado al que quizá los alemanes no lleguen nunca, por la sencilla razón de que no son caballeros. (N. del T.: hay que recordar que la primera edición de este libro es de 1916, en plena Primera Guerra Mundial).

Espero que los scouts mantengan y refuercen este espíritu, sea cual sea su clase, su credo o su país. Estoy plenamente convencido de que, si se sigue esta regla, será una ayuda enorme para traer una paz verdadera entre las naciones después de la guerra, porque los scouts de cada país serán verdaderos amigos y camaradas de los de los demás.

Dar medicinas a los nativos

El scout debe saber un poco de la mayoría de las lesiones y enfermedades y ser capaz de tratarlas. En los países no civilizados, los nativos ven a los hombres blancos como médicos natos y les traen toda clase de casos para que los curen.

Cuando estuve en Cachemira, me trajeron a un muchacho que acababa de caerse por un barranco profundo. Le dolía muchísimo, y sus familiares y amigos ya lo daban por muerto. Al examinarlo no le encontré ningún hueso roto, pero tenía el hombro derecho dislocado. Les pedí que lo tumbaran boca arriba y empecé a quitarme el zapato derecho, o mejor dicho, la sandalia de paja que llevaba puesta.

Uno de los curiosos que estaban mirando, al verme hacerlo, dijo:

—¡Oh, va a rezar!

E inmediatamente se pusieron a quitarme la otra sandalia.

Veréis, esa gente se descalza al entrar en el templo o al rezar, igual que nosotros nos quitamos el sombrero. Pero yo no iba a rezar, así que solo me quité la sandalia derecha.

Entonces me senté junto al paciente, mirando hacia su cabeza, con la pierna derecha pegada a su costado derecho, de modo que mi talón quedara en la axila del hombro lesionado. Puse a uno de sus amigos al otro lado para que lo sujetara, le agarré la muñeca con fuerza con las dos manos y di un tirón firme, largo y enérgico de su brazo, usando el talón como palanca, hasta que el hombro volvió a su sitio con un chasquido seco. ¡Para mí fue una sensación tan agradable como sacar un salmón!

Entonces el chico se desmayó.

Su madre empezó a dar alaridos y a decir que lo había hecho fatal y que había matado a su hijo. Pero yo sonreí, me volví a poner la sandalia y le dije que aquello era solo parte del tratamiento y que ahora lo devolvería a la vida sano y salvo. Y eso hice, salpicándole un poco de agua en la cara. Poco a poco recobró el conocimiento y comprobó que el brazo estaba casi bien.

Su asombro y el de todos los demás fue enorme, y en menos de media hora mi tienda estaba llena de fruta, gallinas y huevos como ofrendas de agradecimiento.

Pero durante los tres días siguientes me trajeron a todos los enfermos, cojos y ciegos de la comarca para que los curara. No te imaginas cuántos. Hombres, mujeres y niños con todos los males imaginables, entre ellos muchos enfermos de la vista, a los que lavaba los ojos con té tibio y flojo. Un pobre hombre tenía media cara arrancada por el mordisco de un oso: había perdido un ojo y la mitad de la mejilla, de modo que se le veían todos los dientes en una sonrisa horrible, y como la herida nunca se había curado bien, la sonrisa resultaba todavía peor.

Después, un hombre gordísimo me pidió que hiciera algo por él. A ver, ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? Yo solo tenía una loción de plomo, un desinfectante y unas cuantas hojas para cataplasmas de mostaza. Así que le di algunas de esas hojas de mostaza y le dije que, si aquello no lo curaba, no sabía qué otra cosa podría hacerlo, y al decirlo decía toda la verdad. Le indiqué que las humedeciera y se las pusiera en el pecho al acostarse.

Al día siguiente volvió con lágrimas de gratitud y me dijo que yo había hecho más por él en una noche que todos los médicos en años. Notaba que ya empezaba a adelgazar.

Ese mismo día trasladé mi campamento a 20 millas (unos 32 kilómetros) de allí. Pensé que más valía marcharme mientras conservaba la buena fama; además, empezaban a traerme pacientes de todo el distrito y no tenía con qué curarlos.

Eso es lo que te puede pasar cuando viajas, así que debes aprender, mientras puedas, a tratar las dolencias más comunes, para poder ayudar a esas pobres criaturas cuando te las encuentres.

La esvástica

(N. del T.: hay que recordar que, cuando escribe Baden-Powell, la esvástica todavía no era el símbolo del nazismo, que aún no existía).

Todos los pueblos del mundo tienen costumbres propias que se parecen entre sí de una manera curiosa. Por ejemplo, cuando un zulú tiene que emprender algo peligroso, como acercarse a rastras a un león, le gusta ponerse antes su pintura de guerra.

La misma idea se encuentra en otras partes del mundo. Incluso en nuestro país, hace unos cien años, a nuestros marinos, antes de entrar en combate contra el enemigo, les gustaba lavarse y afeitarse, peinarse con esmero y ponerse sus mejores pañuelos al cuello. Y todavía hoy los indios cree del Canadá, cuando salen a cazar un oso, se ponen sus mejores ropas y se adornan antes de enfrentarse al peligro.

Ya veis que en todas partes del mundo nos parecemos en algo. Si estornudas en Escocia, la gente dice: «¡Dios te bendiga!». Si estornudas en el país masái (África Oriental Británica), un nativo te dirá: «¡Buena salud!».

Hay cientos de pequeñas costumbres como estas en distintos rincones de la tierra, entre pueblos que nunca han tenido nada que ver unos con otros.

Pero quizá la más asombrosa de todas sea el signo de la esvástica, que los scouts usamos como nuestra «Insignia de la Hermandad».

Una insignia metálica con forma de esvástica, colgada de una anilla
La esvástica o Insignia de la Hermandad

Nadie conoce con exactitud su origen ni su significado, pero se encuentra en casi todos los rincones del mundo y es muy, muy antigua.

Rudyard Kipling cree que en la Antigüedad la hizo un hombre que colocó en el suelo dos ramitas cruzadas y las hundió en el barro para dejar una señal que guiara a otros, como una señal de pista de los scouts.

Pero hay otra historia que dice así:

Los antiguos creían que donde ahora está el océano Atlántico había una gran tierra llamada Atlántida, que se hundió en el mar en tiempos remotísimos.

Esa tierra la regaban cuatro grandes ríos que la cruzaban de parte a parte en distintas direcciones: norte, sur, este y oeste. Esta cruz representaría los cuatro ríos y sería el emblema del continente de la Atlántida.

Pero, fuera cual fuera su significado, la cruz esvástica aparece en todas partes del mundo como una marca antigua.

Así, en Noruega aparece en las vainas de las espadas de los antiguos nórdicos como un signo para atraer la buena suerte, y también en la alfarería antigua de Islandia, Alemania y Francia.

En el sur se encuentra en África, Grecia y Egipto.

En el oeste, en América: en Arizona (Estados Unidos), en México y en Sudamérica.

Y en el este, en la India, el Tíbet, Japón, China y Persia.

Es decir, en Europa, Asia, África y América, en el mundo entero; y en todas partes se considera un signo de amistad y de buenos deseos.

Por eso empezamos a usarla los scouts, cuyo deber es hacer buenas acciones y ayudar a los demás estemos donde estemos.

Así que, cuando queremos mostrar nuestra buena voluntad a alguien en particular, sobre todo a quienes nos han hecho un favor, le regalamos una esvástica o «Insignia de la Hermandad» para que la lleve. Eso lo convierte en miembro de la Hermandad de los Scouts, aunque no sea scout; y cuando enseñe su insignia a un scout, este hará todo lo posible por ayudarle, esté en el rincón del mundo que esté.

Nuestra insignia de solapa

Espero que la mayoría de los scouts os hayáis encontrado, igual que me ha pasado a mí, con que vayáis por donde vayáis —por la calle, en una ciudad desconocida o lejos, en el campo— aparece algún muchacho con una insignia en la solapa, y al acercaros veis que es la conocida insignia scout de tres puntas.

Os hacéis el saludo, os estrecháis la mano izquierda y ya estáis en compañía de un amigo y hermano que hace solo unos minutos era un desconocido.

Scouts chilenos

Nuestro Comisionado Mundial Itinerante —porque ahora tenemos a alguien que viaja por todos los países— estuvo una vez en Chile, que, como sabes, es una franja de tierra larga y estrecha de Sudamérica, de tres mil millas de largo y ni siquiera cien de ancho, encajonada entre los Andes y el océano Pacífico.

Los Boy Scouts de Chile están entre los mejores del mundo: han hecho muchos campamentos volantes y muchas otras expediciones. Su Gobierno llegó a organizarles un crucero a bordo de un buque de guerra, y unos doscientos de ellos vivieron en el barco más de una semana, aprendiendo natación, manejo de botes, navegación, el trabajo de la sala de máquinas y, en fin, todas las tareas de los Scouts Marinos.

Todos esos muchachos tuvieron que pagarse el alojamiento y los demás gastos, así que solo pudieron ir los más ricos. Pero después se organizó otro crucero, y cada uno de los chicos ricos llevó como invitado a uno de los scouts más pobres y le pagó todos los gastos.

Eso es lo que me gusta ver. Me dice, mejor que cualquier informe, que los scouts chilenos tienen un espíritu de igualdad.

Un muchacho de Brixham, en Devonshire, se fue a trabajar a Chile. Era scout y siguió llevando su insignia de solapa también allí, tan lejos de casa.

Un día, estando en uno de los rincones más remotos de aquel país tan apartado, se le acercó un chico chileno, le hizo el saludo scout y, señalando su insignia, le dijo:

—¿Tú boy scout? ¡Yo scout también!

Y se lo llevó a su casa a tomar el té, lo cuidó, y se hicieron buenos amigos.

¿Veis qué útil es ser scout y llevar la insignia?

Es una buena costumbre también en la vida diaria, en casa, porque quizá podáis hacer una buena acción a un scout extranjero con solo reconocerlo como scout.

Creo que no pasa un solo día sin que me encuentre con algún scout vestido de calle, pero con su insignia en la solapa; gracias a ella lo distingo y me pongo a charlar con él, mientras que sin la insignia probablemente no me fijaría en él.

Además, es una señal para la gente de fuera. La gente debe saber lo útiles que son los scouts, y muy a menudo los buscan con ansiedad para que les ayuden cuando están en apuros. Pues bien, si ven venir a un chico con la insignia, saben que es scout aunque no vaya de uniforme, y pueden pedirle que les haga una buena acción.