Jóvenes caballeros del Imperio
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Jóvenes caballeros del Imperio

3. Utilidad

Ley 3. El deber del scout es ser útil y ayudar a los demás.

Y debe cumplir con su deber antes que nada, aunque tenga que renunciar a su propio placer, a su comodidad o a su seguridad. Cuando le cueste decidir cuál de dos cosas hacer, debe preguntarse: «¿Cuál es mi deber?», es decir, «¿Qué es lo mejor para los demás?», y hacer eso.

Debe estar siempre preparado para salvar vidas o ayudar a los heridos.

Y debe intentar, en la medida de lo posible, hacer cada día una buena obra a alguien.

Hazlo ahora

Una vez, conduciendo mi coche por un camino polvoriento, adelanté a un hombre y, después de pasarlo, me pregunté si no debería haberle ofrecido llevarlo. Luego pensé que seguramente iría a poca distancia, a alguna casita cercana.

Pero a medida que me alejaba, no veía ninguna casa ni ningún desvío, y me dije que aquel pobre hombre tendría que recorrer a pie todo ese camino polvoriento cuando yo podría haberlo llevado.

Mientras seguía allí sentado dándole vueltas, el coche me alejaba más y más millas de aquel lugar. De repente decidí que debía volver y hacerle una buena obra a aquel hombre. Pero ya había ido tan lejos que, cuando regresé al sitio donde esperaba encontrarlo, no había ni rastro de él. Seguramente había tomado un atajo por el campo, y nunca volví a verlo.

Pero aquel recuerdo me acompañó durante mucho tiempo, y desde entonces, siempre que conduzco, decido rápido y no dejo pasar la ocasión, cuando se presenta, de llevar a cualquier caminante cansado.

No pretendo hacerme pasar por muy bueno por hacer esta clase de buenas obras, porque son muy fáciles cuando se tiene coche. Lo que quiero que veas es que nunca debes dejar pasar una oportunidad, porque podrías lamentarlo: quizá no vuelva a presentarse. Tu lema debe ser: «Hazlo ahora».

Buenas obras

Recordad siempre, mientras vais por este mundo, que solo recorremos este camino una vez y que, si dejamos pasar una oportunidad, puede que no vuelva nunca.

Creo que nuestra primera tarea en la vida es ser felices. Este mundo, con todas sus bellezas y su felicidad, se hizo para que lo disfrutemos. Cuando llegan nubes de penas y disgustos, solo son el contraste que nos muestra lo que es la verdadera felicidad y nos hace apreciarla cuando la tenemos.

El camino más corto y más seguro hacia la felicidad es hacer felices a los demás. Y aunque no podamos hacerlos felices, al menos podemos serles útiles. Pero muy a menudo se nos olvida, o, como me pasó a mí con el coche, lo dejamos para cuando ya es demasiado tarde y la oportunidad se nos escapa.

Para ser feliz siempre, lo que hay que hacer es hacer siempre buenas obras. Para que se convierta en un hábito, al principio hay que practicarlo mucho, y por eso la Ley Scout incluye hacer una buena obra cada día.

Al principio quizá cueste un poco acordarse cada día de que tienes ese deber, y puede que te resulte difícil encontrar algo que ayude a los demás. Pero si perseveras y te esfuerzas día tras día, muy pronto se convertirá en un hábito, y entonces descubrirás cuántas cosas pequeñas puedes hacer que cuentan como buenas obras, aunque en sí mismas sean pequeñas.

Podría contaros historias largas e increíbles de las distintas buenas obras que han hecho los scouts, pero una de las más simpáticas que he oído últimamente es la de un scout que dejó con mucho cuidado una piel de naranja en la acera. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió:

—¡Le estoy haciendo una buena obra a otro scout: le doy la oportunidad de hacer una buena obra quitándola de en medio para que nadie resbale!

«Un terrible accidente»

Una tarde me encontré a un muchacho tendido en el suelo, bastante malherido. Tenía la pierna izquierda rota y una arteria cortada en el brazo derecho, y además, por lo visto, el pecho muy quemado.

No me paré a preguntar cómo había ocurrido; me limité a observar lo que se había hecho para curarlo. Le habían ligado el brazo con un torniquete hecho con un pañuelo bien apretado con un palo, para cortar el chorro de sangre de la arteria; le habían entablillado la pierna con dos trozos rectos de madera, y le habían cubierto el estómago con una mezcla de lana, aceite y harina, de modo que, con un poco más de horno, el paciente habría quedado convertido en un buen pastel.

Poco más tengo que añadir, porque no había nada malo en lo que se había hecho, salvo que el herido pertenecía a una patrulla de Boy Scouts que estaba practicando primeros auxilios.

En la misma tropa, otra patrulla estaba cocinando un sabroso guiso irlandés, amasando una masa dentro de una mochila (lo cual, digo yo, es tan buena idea como hacerlo ¡dentro de mi chaqueta!), horneando en una vieja lata de galletas y asando rosquillas en estacas clavadas cerca del fuego. (A los novatos que quieran saber cómo se hacen estas cosas, les recomiendo que estudien el capítulo de cocina de campamento de Escultismo para muchachos).

Lo importante de aquellos guisos es que la comida estaba bien cocinada y cualquiera se la habría comido con gusto.

En la misma tropa, unos señaleros hacían su trabajo de enviar y recibir señales. Y también estaba allí uno de sus jinetes, haciendo de estafeta a caballo, con un caballito que sabía ensillar y cuidar tan bien como montar. Casi todos los scouts de esa tropa eran scouts de primera clase, con una edad media de 13 años.

A unas 200 yardas (unos 180 metros) de su pequeño campamento había otra tropa de scouts más jóvenes, de unos 11 años. Cuando los vi, estaban todos muy atareados preparando el té en numerosas fogatas, y formaban una escena de lo más pintoresca.

Además, una tercera tropa tenía su campamento en otro lugar, donde se habían reunido tres patrullas de muchachos de unos 15 años: magníficos ejemplares de jóvenes británicos, robustos y de piernas largas. Daba gusto verlos cruzar el césped a «paso scout», y más gusto todavía descubrir que eran tan buenos scouts como parecían. Casi todos eran scouts de primera clase. Me invitaron a entregarles las insignias de especialidad que habían ganado, entre ellas buen número de primera clase, ciclistas, bomberos, músicos, electricistas, cocineros, etc. Acababa de dirigir unas palabras a la tropa sobre lo que me alegraba verlos tan espabilados cuando sonó la alarma de incendio: el edificio estaba ardiendo. Se dieron unas órdenes breves a los jefes scouts y cada patrulla salió enseguida a paso ligero en una dirección distinta.

Corrimos hacia el lugar donde había empezado el fuego. Apenas tuvimos tiempo de ver (con los ojos de la imaginación) densas nubes de humo con lenguas de fuego y chispas que saltaban por todas partes del edificio en llamas, y las ventanas llenas de mujeres y niños gritando. Eso es lo que veíamos cuando llegó un grupo de scouts que colocó la manguera contra incendios, empalmándola desde una parte del edificio, mientras por otra llegaba una segunda patrulla con una escalera extensible.

Antes de que pasaran cuatro minutos desde que sonó la alarma, el bombero jefe estaba subido a la escalera, dirigiendo la boquilla de la manguera con un potente chorro de agua hacia las ventanas de la habitación (supuestamente) en llamas. Todo se hizo con mucha habilidad, rapidez y en silencio; las patrullas se merecían de sobra las insignias que habían ganado. El Denstone College, donde vi todo esto, es uno de los colegios que han adoptado el Escultismo como deporte y formación para sus alumnos, y, según los profesores que hacen de jefes scouts, los resultados son de lo más satisfactorios.

Las buenas obras de los scouts

Hace poco, en un mismo día, me encontré con tres casos de scouts que cumplían con su deber.

Una señora me contó que, viajando en un tren abarrotado, a ella y a su hija las metieron en un vagón que ya iba lleno de muchachos.

Al principio no le hizo ninguna gracia, pero pronto supo la diferencia que hay entre los scouts y los demás muchachos. Aquellos eran scouts, y enseguida ayudaron a las señoras a subir el equipaje al vagón; luego les hicieron sitio de sobra sentándose unos en las rodillas de otros, mantuvieron el orden y se portaron tan bien que la señora se encariñó con todos ellos, se puso a hablar con ellos y le parecieron «encantadores y muy caballerosos».

Otra señora me contó que le habían pedido permiso para acampar en su finca y, como desde hacía años dejaba acampar allí a algunos muchachos, no quiso negárselo. Al mismo tiempo, no le hacía mucha gracia tenerlos allí, porque le resultaba caro y molesto: cada año tenía que limpiar y arreglar el terreno cuando se iban. Al día siguiente de que los scouts levantaran el campamento, mandó, como de costumbre, a unos hombres a arreglar el terreno, y para su gran sorpresa volvieron diciendo que allí no había nada que hacer: el terreno estaba limpio, habían retirado los desperdicios y las cenizas y habían repuesto el césped. Entonces recordó que los que habían acampado eran scouts y no muchachos corrientes. Estará encantada de volver a verlos.

Aquella mañana hacía muy buen tiempo y calor, pero por la tarde el tiempo cambió de repente: se puso frío, con viento y mucha lluvia. Muchas mujeres y niños habían salido ese día a la playa o al campo. Uno de esos casos fue el de una mujer con sus dos hijos, que tuvieron que hacer parte del camino de vuelta en una barca descubierta y después en una lancha motora, con su ropa de verano, sin paraguas ni impermeables.

Allí había un scout que, por lo visto, había previsto el mal tiempo, porque llevaba dos impermeables, y ofreció uno para tapar a los niños.

«¡Bueno! —diréis—, eso fue bastante fácil: él se quedó bien abrigado y seco con el otro».

Pues no, no fue así: le puso el otro a la mujer, se fue al lado de sotavento y allí se apañó como pudo; sonrió e hizo como si una ráfaga de aire frío en la espalda fuera lo mejor para el cutis. Y eso es lo que cualquier otro scout habría hecho en su lugar.

La caballerosidad de los scouts

Ayudando a la policía

En varias ocasiones he tenido el honor de conceder medallas de plata a scouts por su valor al salvar vidas o ayudar a la policía.

El jefe scout Crowther, de los Boy Scouts de Huddersfield, acudió en ayuda de un agente de policía al que estaban atacando unos maleantes en un barrio bajo. Aunque lo agredieron por ello, Crowther consiguió ayudar al agente haciendo sonar su silbato para atraer a más policías. Los principales culpables fueron detenidos, y el magistrado los condenó a seis meses de cárcel y, al mismo tiempo, felicitó al señor Crowther por su decidida actuación.

El scout P. L. G. Brown, de la 7.ª Tropa de Southampton, hizo algo muy parecido. Vio a un agente de policía forcejeando con cuatro maleantes violentos y, aunque había una multitud hostil a su alrededor, Brown recordó su deber y corrió a ayudar al agente. Aunque recibió una patada en la rodilla, logró hacerse con el silbato del policía y tocarlo; así atrajo a más agentes, y los cuatro maleantes fueron detenidos y castigados.

Brown se marchó sin dar su nombre y sin darse ninguna importancia por lo que acababa de hacer, pero más tarde lo descubrieron y le concedieron la Medalla de Plata.

Después, cuando pasaba revista a los scouts de Gateshead, me contaron el caso de dos scouts a los que iban a premiar por su valor al ayudar a la policía.

Los scouts de Newton Abbot estaban cerca de un coche cuando este chocó contra una carreta, la destrozó e hirió a sus dos ocupantes. Los scouts detuvieron el coche y, aunque el conductor intentó seguir adelante, metieron sus bordones entre los radios de las ruedas y, aguantando así, impidieron que el coche escapara hasta que llegó la policía y se hizo cargo.

Fue magnífico el valor y la buena voluntad que demostraron estos scouts al ayudar a los agentes del Rey. Por hacerlo recibieron golpes, pero ¿qué son unos cuantos moratones? Desaparecen en unos días; lo que no desaparecerá es la satisfacción que cada uno de estos scouts sentirá durante el resto de su vida por haber cumplido con su deber.

El scout del Labrador

El doctor Wilfred Grenfell es el modelo ideal de scout en tiempos de paz, y durante su labor como misionero en el Labrador vivió muchas aventuras.

En una ocasión tuvo que ir a ver a un enfermo que vivía a dos días de camino y salió con su trineo y su tiro de perros para cruzar un brazo de mar helado, lo que le ahorraría un largo rodeo por tierra. Pero era abril, cuando el hielo empieza a volverse traicionero y a romperse.

Había siete millas (unos 11 kilómetros) de hielo que cruzar, con una isla a mitad de camino.

Llegó bien a la isla, y desde allí avanzaba hacia la orilla de enfrente cuando notó que el hielo empezaba a estar en mal estado y blando, lo que allí llaman sish: hielo que el mar ha ido golpeando hasta romperlo en grandes placas y que luego tritura con su movimiento.

Al darse cuenta de que se hundía con el trineo, se quitó el pesado abrigo y las pieles engrasadas, sacó rápidamente el cuchillo, cortó los tirantes de los perros y se enrolló en la muñeca el del perro guía.

Así, los perros lo arrastraban mientras se hundían en aquella papilla de agua y nieve. El perro guía alcanzó un témpano y Grenfell, muy contento, se iba acercando a él tirando del tirante, cuando de pronto el perro se soltó del arnés y su amo se quedó hundiéndose en el sish junto con los demás perros.

Entonces, por suerte, se agarró al tirante de otro perro y tiró de él hasta que logró llegar al bloque de hielo y subirse a él; luego ayudó a subir al resto de los perros.

Pero aquel bloque era bastante pequeño y no tardaría en romperse; así que vio que su única oportunidad era abrirse paso a duras penas por el hielo picado (porridge-ice) hasta otro témpano más grande que le sirviera de balsa.

No perdió la esperanza, como habría hecho mucha gente: no estaba dispuesto a darse por muerto antes de estarlo.

Así que se quitó los guantes y los mocasines, los ató a la espalda de los perros, les sujetó bien los arneses para que no se escurrieran, se ató los tirantes a las muñecas para que el tiro lo arrastrara, y entonces intentó ponerse en marcha.

Pero a los perros no les gustaba enfrentarse al peligro, y tuvo que empujarlos para que bajaran del bloque; incluso entonces solo forcejeaban por volver, hasta que uno de ellos, su favorito, entendió lo que quería cuando su amo lanzó un trozo de hielo hacia otro bloque, echó a andar hacia allí y arrastró a los demás a seguirlo.

Así, tirando de su amo, los perros fueron pasando con esfuerzo de un bloque a otro, hasta que por fin llegaron a uno más grande que los demás, de unos diez por doce pies (unos tres metros por tres y medio).

En realidad no era hielo sólido, sino un bloque de nieve helada que podía deshacerse en cualquier momento. Pero era lo mejor que habían encontrado, y con el viento que arreciaba y la corriente, pronto empezó a llevarlos a aguas más abiertas, alejándose de la orilla y bordeando la costa. Así que no tenían más remedio que sacar el mejor partido posible de aquella pobre balsa improvisada.

El frío era intenso, y el pobre Grenfell, como buen scout, pensó enseguida en cómo hacerse un abrigo. Sus mocasines eran botas altas y blandas de piel de foca que le llegaban hasta los muslos, así que los abrió en dos con el cuchillo y, con unas tiras, se hizo con ellos una especie de capa para la espalda.

Pasaban las horas, seguían alejándose de la orilla y se acercaba la noche.

Entonces vio que necesitaba más ropa y algo de comida para él y para los perros, y lo único que podía hacer era sacrificar a uno de los queridos perros de su tiro. Hizo un lazo corredizo con uno de los tirantes, se lo puso al perro en el cuello y se lo ató a un pie; sujetándole así la cabeza, tumbó al perro de espaldas y le clavó el cuchillo en el corazón.

Mató a otros dos de la misma manera, los desolló y cosió las pieles con tiras finas de cuero; así se hizo un abrigo con el pelo hacia dentro.

Toda la ropa que llevaba hasta entonces eran unas prendas viejas de fútbol que había encontrado esa mañana en casa: unos pantalones cortos y unos calcetines del club de Richmond (rojos, amarillos y negros), una camisa de franela y un jersey. Es decir, iba prácticamente con el uniforme de Boy Scout y no con lo que cabría esperar de un médico misionero.

Pero es que, como veis, era casi tan Boy Scout como médico o misionero; y esta historia nos enseña cómo, como scout, era capaz de echar mano de cualquier cosa e inventar lo que necesitaba para salvar la vida, aunque estuviera solo con sus perros en un trozo de hielo que iba a la deriva frente a la costa del Labrador.

Quizá solo hubo un punto en el que un Boy Scout podría haberle ayudado de haber estado allí. Cuando se hizo de noche, pensó en encender una luz que llamara la atención de cualquiera que estuviera en la orilla. Así que deshilachó un trozo de cuerda y lo untó con grasa de los perros, pero cuando iba a encenderlo se dio cuenta de que las cerillas se le habían mojado y, con aquel aire tan húmedo, no podía secarlas.

Me pregunto si se le ocurrió el truco de los scouts de secarlas en el propio pelo durante un minuto o dos.

Para no quedarse helado, usó uno de los perros muertos como asiento y se abrazó a los otros perros para aprovechar su calor. Llevaba los pies en unos mocasines finos que se mojaban con facilidad, y se le estaban congelando, hasta que se le ocurrió una idea para calentarlos. Había visto a los lapones meter mucha hierba en las botas antes de calzárselas y luego rellenar las perneras con toda la hierba que les cabía.

En su isla de hielo no crecía mucha hierba, así que Grenfell tuvo que inventar algo que la sustituyera: cortó de los tirantes de los perros un poco de la franela con la que estaban forrados para que no les hicieran rozaduras, rellenó con ella los mocasines para que abrigaran y se enrolló lo que sobraba en las piernas a modo de polainas.

Así consiguió entrar en calor lo bastante para poder dormir. Hacia el amanecer se despertó pensando que tenía que hacer algo parecido a una bandera para atraer la atención de la gente de la orilla y que vieran que había alguien en peligro sobre el hielo.

El problema era: ¿cómo hacer una bandera? Me pregunto si a un Boy Scout se le habría ocurrido la manera.

Grenfell cogió las patas congeladas de los tres perros muertos y las unió atándolas con tiras de cuero crudo; así se hizo un asta, a la que ató la camisa a modo de bandera. Funcionó muy bien hasta que salió el sol y las patas empezaron a deshelarse un poco, de modo que el asta se volvió algo inestable; como cuenta el doctor, «casi se hacía nudos ella sola».

Un hombre cubierto con una capa de pieles agita una camisa como bandera
El doctor Grenfell, tal como se le veía en la isla de hielo, con una capa de pieles de perro y unas polainas hechas con la franela que quitó a los tirantes de los perros. Usó la camisa como bandera e hizo el asta con las patas congeladas de los perros.

Como buen scout, Grenfell no se desesperó nunca: siguió pensando en maneras de salir de aquel peligro.

Pensó en prender fuego a la cuerda deshilachada con un trozo de hielo a modo de espejo, con la esperanza de llamar la atención de la gente de la costa con señales de humo. Pero mientras lo preparaba vio a lo lejos el destello de lo que parecía el remo de una barca; luego lo volvió a ver y, después, vio la barca misma.

Unos pescadores habían visto su bandera y se habían abierto paso con su barca a través del hielo hasta llegar a él y a sus fieles perros, y los pusieron a todos a salvo.

Un hombre lo había visto la tarde anterior, al oscurecer, y había corrido la voz por la costa, así que, sin que él lo supiera, durante todo ese tiempo hubo ojos angustiados pendientes de él.

La única dificultad era conseguir una barca capaz de cruzar los trozos de hielo y los témpanos que cubrían el mar agitado entre él y la costa, pero lo lograron unos brazos fuertes y decididos.

Al final, sus salvadores lo llevaron sano y salvo a tierra, donde todos los hombres, mujeres y niños del pueblo lo esperaban en la playa para darle la bienvenida con vítores, y muchos con lágrimas de alegría.

El doctor Grenfell dice que en toda esta terrible experiencia no tuvo miedo ni una sola vez. Pensó que probablemente se dormiría para siempre en la isla de hielo, pero esa idea no le inquietó demasiado.

Al mismo tiempo, sintió algo de ese pesar que les viene a muchas personas cuando van a morir: recordar cuánto tiempo han desperdiciado (incluso él) teniendo vida y oportunidades para hacer el bien a los demás, y cuántas de esas oportunidades han dejado pasar sin hacer todo lo que deberían haber hecho.

Así que seguid haciendo buenas obras cada minuto que tengáis ocasión, y cuando os encontréis cara a cara con la muerte, podréis decir:

«Hice lo que pude por cumplir con mi deber. No malgasté el tiempo en otras cosas».

Un scout valeroso

No siempre se demuestra el heroísmo en el campo de batalla; a veces es en casa o en la vida privada donde puedes demostrarlo, aunque allí tus actos no se vean tanto. Aquí tienes un caso:

El guía de patrulla Leonard Sanderson, de la 1.ª Tropa de Jesmond, sufrió un grave accidente en un ascensor que le aplastó un muslo. Aunque tenía fuertes dolores y estaba conmocionado por el accidente, le quitó importancia para no preocupar a sus padres. Pasó muchas semanas en el hospital y lo operaron varias veces, pero siempre se mostró alegre y paciente. Le enviaron muchos regalos de fruta, pero, como buen scout, los compartió con otros enfermos. Hizo juguetes para los niños enfermos y ayudó a las enfermeras a enrollar vendas. Nunca olvidó su deber de scout de dar buen ejemplo a los demás.

Un scout que había sido un granuja

«El chico que paró al caballo desbocado nunca lo habría hecho si no hubiera sido scout. Antes era un granuja de primera, siempre metido en alguna travesura».

Eso es lo que decía de él el informe.

Pero eso es lo que pasa cuando un muchacho se hace scout: deja de ser un gamberro que va armando jaleo sin sentido y molestando a todo el mundo. En su lugar, se convierte enseguida en una persona hecha y derecha, dispuesta en todo momento a ayudar a quien lo necesite, sin esperar ninguna recompensa y sin pensar si esa persona es rica o pobre, joven o vieja.

En una ocasión hablaba con un aristócrata que me contó que no hacía mucho se había roto una pierna y que, mientras se recuperaba, el médico le había aconsejado dar un paseo diario apoyándose en dos bastones.

Así que se fue a Hampstead Heath, y avanzaba muy animado, pasito a pasito, cuando llegó una patrulla de scouts; el guía lo saludó y le dijo:

—¿Podemos ayudarle, señor? Podríamos hacer una camilla con nuestras chaquetas y nuestros bordones para llevarlo.

El duque me dijo que, al ver a los muchachos e imaginárselos intentando cargar con él —porque no es precisamente un hombre pequeño—, casi se echa a reír a carcajadas; pero les dio las gracias de corazón y les explicó que caminaba a propósito para poner la pierna en forma.

En cualquier caso, aquella buena intención les ha ganado a los scouts un buen sitio en su corazón.

Práctica de rastreo

Cuando voy por una carretera o un sendero, suelo hacer cada día un poco de práctica de rastreo, porque solo con práctica constante se puede aprender a rastrear o mantenerse en forma una vez aprendido. Es bastante sencillo y fácil de hacer; lo que pasa es que los scouts no siempre se acuerdan de hacerlo.

Aquí tenéis, por ejemplo, lo que hice una mañana. No tiene nada de extraordinario, pero los scouts comprenderán mejor que nadie que esta práctica debe ser cosa de todos los días y no algo que se intenta solo en una gran ocasión. Aquel día habría fracasado si no lo hubiera practicado antes con regularidad.

Hice la práctica en un camino rural corriente, seco y duro, con una fina capa de polvo casi por todas partes, que subía y bajaba entre setos altos, y sin viento (el viento, ya sabéis, alisa pronto las huellas en el polvo y hace que parezcan más antiguas de lo que son).

Hacia las ocho de la mañana, cuando pasaba de un campo a otro, crucé el camino principal en lo alto de una cuesta.

Leí en el suelo algunas noticias, y esto es lo que decían:

«La señora Sharp está enferma esta mañana y Johnny Milne ha ido a la estación a recoger los periódicos».

Así es como lo deduje.

Solo había dos rastros frescos: unas pisadas de chico y las huellas de una bicicleta.

Las pisadas eran de botas con clavos, no lo bastante grandes para ser de un hombre, e iban por el camino que lleva a la escuela y a la estación. Era sábado, día de fiesta completo, así que no podía haber ido a la escuela; por tanto, iba a la estación. ¿Y por qué a la estación? Porque el tren de los periódicos llegaba a las 7:33, y sus pisadas volvían luego por el mismo camino (de hecho, en algún punto pisaban sobre las de ida).

En el pueblo había un muchacho, Johnny Milne, al que la tienda pagaba por ir a buscar los periódicos a la estación.

Así que, si el tren había llegado puntual, el chico habría pasado de vuelta por este punto veinte minutos más tarde, es decir, a las ocho menos siete minutos.

Las huellas mostraban además que la bicicleta subía la cuesta: iban en zigzag, y si hubiera bajado habrían sido casi rectas. Al llegar a la cima, el ciclista estaba ya cansado (más zigzags). Allí se detuvo —un giro brusco y un derrape de las ruedas en la arena— y se bajó a descansar. Era una mujer: pies pequeños, suelas sin clavos y tacones pequeños y puntiagudos.

Se quedó allí un rato (las pisadas se superponían), luego volvió a montar y siguió adelante. Pasó por este punto entre las 7:15 y las ocho menos diez. Lo sé porque las huellas de la bicicleta pisaban las pisadas de ida de Johnny Milne, que eran de las 7:15, mientras que sus pisadas de vuelta, de las ocho menos diez, pisaban las de la bicicleta; por tanto, se hicieron después de que ella pasara.

¿Qué señora iría en bicicleta por este camino a esa hora de la mañana? Una señora bastante robusta, a juzgar por lo ancho del pie y por el hecho de haber tenido que descansar al llegar arriba.

El camino llevaba a la casa de la señora Sharp, que no andaba muy bien de salud.

La ciclista debía de ser la señora Clarke, la enfermera del distrito, una mujer de cierta edad, que iba en bicicleta a visitar a la señora Sharp y seguía todavía allí, pues no había huellas de vuelta.

Un chico mira asombrado a un scout agachado que examina huellas en el suelo
«La señora Sharp está enferma y Johnny Milne ha traído los periódicos de la estación».

Así es como un scout puede leer las noticias en el suelo. Las de esa mañana no eran muy importantes, pero siempre vale la pena practicar y leerlas, porque quizá algún día quieras sacar del suelo una información importante, y solo la práctica diaria te permitirá hacerlo.