Jóvenes caballeros del Imperio
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Jóvenes caballeros del Imperio

7. Obediencia

Ley 7. Un scout obedece las órdenes de sus padres, de su Guía de Patrulla o de su Jefe de Tropa sin replicar.

Aunque reciba una orden que no le guste, un scout debe cumplirla como lo haría un soldado o un marinero, o como si se la diera su entrenador en un partido de fútbol. Debe obedecer de todos modos, porque es su deber. Después de obedecer, puede ir a exponer sus razones en contra, pero la orden tiene que cumplirla de inmediato. Eso es disciplina.

Juega el juego

Imagina que juegas de extremo en un partido de fútbol. Tienes el balón y un buen hueco para lanzarte a una carrera, cuando de repente oyes a tu capitán gritarte: «¡Al centro!». ¿Qué harías? ¿Seguir con el balón o pasárselo al delantero centro?

Por supuesto, obedecerías al capitán y se lo pasarías.

¿Por qué?

Porque sabes que si cada jugador jugara para su propia diversión y su propia gloria, su equipo no ganaría nunca: sería un desbarajuste.

Para evitarlo, cada jugador tiene asignado un puesto en el campo, y el capitán, que está colocado donde mejor puede ver cómo se desarrolla el partido, da las indicaciones que ayudarán a su equipo a ganar.

Naturalmente, el éxito depende de que cada jugador obedezca las órdenes del capitán con eficacia y de buena gana.

Y este sistema no da buenos resultados solo en el fútbol o en el hockey, sino en todos los juegos de la vida.

Ahora lo vemos a gran escala en el frente, en el gran juego de la guerra, donde los hombres obedecen las órdenes de su capitán no solo cuando les conviene, sino muchas veces cuando eso significa peligro o muerte para ellos. Pero al hacerlo saben muy bien que, aunque se sacrifiquen, están ayudando a su bando a ganar. Y ese es justo el espíritu con el que hay que jugar el juego de la vida.

Así que acostumbraos a obedecer las órdenes, aunque sea en cosas pequeñas, os guste o no cumplirlas. Si lo practicáis a diario en asuntos menores, como obedecer a vuestros padres en casa o a vuestro Guía de Patrulla cuando salgáis de excursión, la obediencia se os volverá algo natural en los deberes más importantes de la vida. Entonces vuestros compañeros y superiores os considerarán hombres valiosos, a los que se puede confiar un puesto y que juegan el juego respetando las reglas y obedeciendo a su capitán, no para su propia gloria, sino para que gane su equipo.

Disciplina británica

Hace ciento treinta años, cuando Gibraltar sufría el asedio de franceses y españoles por mar y por tierra, las tropas inglesas que defendieron valientemente la plaza durante tres largos años fueron por fin socorridas por la flota de la metrópoli. Aunque muchos querían rendirse y estaban hartos de todo aquello, el general Elliot, comandante de la guarnición, mostró una determinación tan tenaz y exigió una disciplina tan estricta que logró mantenerla unida.

Sus medidas de defensa dieron tan buen resultado que todos los hombres comprendieron que el camino hacia la seguridad y el éxito pasaba por obedecer estrictamente sus órdenes. De hecho, fue un caso en que la obediencia ganó la batalla. Los soldados admiraban y querían al viejo general por su tenacidad, su humanidad y su sentido del humor.

En una ocasión, un hombre se atrevió a desobedecer una orden. Cuando lo llevaron ante el comandante, el general dijo que un hombre capaz de desobedecer una orden en un momento tan crítico no podía estar en su sano juicio: tenía que estar loco. Así que ordenó que se le aplicara al culpable el tratamiento establecido para los locos: había que raparle la cabeza, aplicarle ampollas, sangrarlo y encerrarlo en una celda acolchada a dieta de pan y agua; además, se rezaría por él en la iglesia.

Pues bien, el general tenía razón. Si un hombre no es capaz de obedecer las órdenes cuando todos están en peligro, es que está loco. Pero a un hombre le resulta difícil obedecer en esos momentos si nunca aprendió a hacerlo en tiempos normales; por eso en el Ejército y en la Armada se mantiene una disciplina tan estricta en tiempos de paz.

A los hombres se les enseña a obedecer con el mayor cuidado y sin vacilar hasta las órdenes más pequeñas, hasta que adquieren tal costumbre que, cuando reciben una orden importante y peligrosa, la cumplen sin rechistar. Y cuando se puede confiar en que todos obedecerán, al comandante le resulta fácil maniobrar con sus tropas, llevarlas a la batalla y tener alguna posibilidad de éxito.

¿Recordáis la historia que os conté en Escultismo para muchachos (Scouting for Boys) sobre el Birkenhead, el barco en el que los soldados dieron un ejemplo tan espléndido de disciplina y obediencia? El barco llevaba 630 soldados con sus familias y 130 marineros. Una noche, cerca del cabo de Buena Esperanza, chocó contra una roca y empezó a partirse.

Inmediatamente, los soldados, a medio vestir porque acababan de saltar de sus hamacas, formaron en cubierta.

A unos se les mandó sacar los botes y subir a ellos a las mujeres y a los niños; a otros, ir a por los caballos, sacarlos de las cuadras y bajarlos al mar para que tuvieran la oportunidad de llegar nadando a tierra.

Cuando todo eso estuvo hecho, se descubrió que no había botes suficientes para todos. Así que se ordenó a los hombres que se mantuvieran formados en cubierta, mientras las mujeres y los niños se alejaban del barco que se hundía, con un grupo de hombres a los remos.

Los botes no se habían alejado mucho cuando el barco se partió en dos y empezó a hundirse. El capitán gritó a los hombres que saltaran al mar y se salvaran como pudieran, pero el coronel Seaton lo interrumpió y ordenó a sus hombres que se quedaran donde estaban y no rompieran filas, porque se dio cuenta de que, si nadaban hacia los botes e intentaban subir a ellos, probablemente los hundirían también.

Así que los hombres siguieron formados mientras el barco se volcaba y se hundía; lanzaron vítores y se fueron a pique con él.

De los 760 que iban a bordo solo se salvaron 192, y hasta estos se habrían perdido de no ser por la disciplina y el sacrificio de los demás, que obedecieron la orden de mantenerse en filas y no intentar llegar a los botes.

Ya veis el valor que tiene la disciplina en una crisis difícil o en un momento de peligro.

El gran duque de Wellington, que fue comandante en jefe del Ejército británico, al describir aquel acto heroico del Birkenhead, elogió mucho la disciplina de los hombres, pero no su valentía. Habían sido valientes, sí, pero él consideraba que todos los británicos son valientes por naturaleza. La disciplina es otra cosa: hay que aprenderla.

En una batalla o ante un gran peligro, un hombre valiente puede ser muy útil; pero si solo hace lo que le da la gana, no vale ni la mitad que otro que, además de ser valiente, ha aprendido a obedecer al instante cada orden.

Fijaos en los bomberos cuando trabajan. Todos son valentísimos y a todos les gustaría estar en lo alto de la escalera luchando contra las llamas, pero la disciplina los reparte en tareas distintas: cada uno cumple con su puesto, obedece las órdenes y hace su parte para que se apague el fuego, no para ganarse una gloria especial ni por satisfacción personal.

Hasta en la calle hay disciplina. El policía dirige el tráfico para que todos los vehículos que circulan en un sentido vayan por un lado de la calle y los que van en sentido contrario puedan seguir por el otro. Pero si el conductor de un ómnibus no tuviera ganas de obedecer y se lanzara a su aire, sin importarle por qué lado iba con tal de ir el primero, enseguida habría accidentes y atascos, y todo el tráfico se desbarataría.

Si trabajas en una empresa con mucha gente, por el bien de todos conviene que obedezcas las órdenes de quienes tienen más autoridad que tú. Si los jefes pueden estar seguros de que sus empleados cumplirán sus órdenes, podrán llevar bien los asuntos.

La disciplina es necesaria en todas partes, pero hay que aprender a practicarla de joven y en cosas pequeñas para ser capaz de hacerlo cuando llegue el momento de una gran dificultad o un gran peligro. Para eso hace falta, en primer lugar, saber dominarse a uno mismo.

Un soldado no va a la batalla porque le guste. Es un lugar peligroso y siente ganas de huir; pero se domina y se dice: «Tengo que ir, porque, me guste o no, es mi deber».

Cuando sus oficiales le ordenan atacar al enemigo, probablemente le entren todavía más ganas de salir corriendo en dirección contraria, pero se domina y se dice: «Tengo que obedecer las órdenes de mis oficiales».

Los oficiales obedecen las órdenes del general, y así todo el ejército se pone en marcha para atacar, simplemente por espíritu de disciplina: cada hombre está dispuesto a hacer su parte para que, aunque él pierda la vida, su bando gane la batalla.

Lo mismo debe pasaros a vosotros cada día. Tendréis obligaciones que cumplir aunque, por el contrario, os apetezca hacer lo que os dé la gana, como poneros a jugar; pero tendréis que mandaros a vosotros mismos y obligaros a cumplir primero con vuestro deber y divertiros después.

Cuando lo consigáis, cuando obedezcáis siempre de buena gana y con prontitud las órdenes de vuestro jefe, en las cosas pequeñas y en las grandes, pronto veréis que se ha convertido en una costumbre y no en una molestia. Y cuando llegue el momento de cumplir una orden difícil o peligrosa, podréis hacerlo al instante, sin titubear y con pleno éxito por el bien común, es decir, por el bien de tu empresa o de tu país, sin pensar en la dificultad o en el peligro que corres.

Para los scouts, su «deber» es hacer cada día una buena acción a alguien. Su «disciplina» consiste en mandarse a sí mismos hacerla, aunque resulte pesada o peligrosa y no haya nadie para verlo. La haces porque es tu deber y porque se confía en que la harás bajo tu palabra de honor.

Un scout desobediente

En la guerra de Sudáfrica tuve en mi tropa a un explorador valiente. Era un hombre con coraje y un explorador muy activo, pero no se le daba bien obedecer órdenes, y al final eso le costó la vida y echó a perder nuestros planes.

Nos llegó la noticia de que se acercaba una fuerza enemiga que no sabía que estábamos en aquella parte del país. Así que nos escondimos con la intención de sorprenderlos y capturarlos cuando llegaran.

Las órdenes eran no hacer el menor ruido y que nadie se dejara ver. Todos las cumplieron fielmente, menos este explorador. Creyó saber más que los demás y se escabulló sin que nadie lo viera para ir a observar al enemigo que se acercaba.

Al poco vio a un explorador enemigo y le disparó; el otro le devolvió los disparos, y tras un breve duelo ambos cayeron heridos de muerte.

Pero el ruido de los disparos alertó a las fuerzas enemigas. Acudieron más hombres al lugar y, al encontrar allí al explorador británico, supusieron, como es lógico, que había más en los alrededores. Así que tomaron todas las precauciones y enviaron exploradores en todas direcciones; siguiendo nuestras huellas, acabaron por descubrir nuestro escondite y avisaron a los suyos, que así pudieron escapar.

Si mi explorador hubiera aprendido de niño a obedecer órdenes, aquel día las cosas habrían sido muy distintas para él, para nosotros y para el enemigo.

Un texto scout

He aquí un texto que puede ayudar a los scouts a disciplinarse a sí mismos:

Masca chicle si tus mandíbulas necesitan ejercicio.

Este es el consejo que un comerciante que se había hecho a sí mismo dio a su hijo. Quería decirle que no hay que ejercitar las mandíbulas hablando si no se tiene nada importante que decir; que no hay que hablar por hablar y, sobre todo, que no hay que discutir cuando se recibe una orden.

Como sabéis, a los chicos les encanta hacer un montón de preguntas tontas. Antes de hablar, pensad si lo que vais a decir es realmente necesario; si no lo es, no malgastéis palabras ni la atención de los demás. Y si sentís que tenéis que mantener la mandíbula en movimiento, nuestro amigo americano os dice: «Masca chicle».

El rey silencioso de Ashanti

En la expedición de Ashanti, en la Costa de Oro, en África Occidental, cuando capturamos al rey Prempeh, llevaba en la boca una especie de nuez que parecía un puro grande y grueso. Descubrimos que lo hacía para no hablar demasiado.

Si le entraban ganas de hacer algún comentario sin sentido, o de soltar una opinión precipitada en el calor de una discusión, no podía hacerlo sin sacarse antes de la boca aquel estorbo, y eso le daba tiempo para pensarse dos veces lo que iba a decir.

Creo que no estaría mal que todos los gruñones llevaran en la boca una nuez de esas, para que, cuando de repente quisieran soltar una sarta de insultos, tuvieran tiempo de pensar y frenarse.

Scouts gritando en Wimbledon

Me contaron que una señora que pasaba por el parque de Wimbledon Common se cruzó con un grupo de Boy Scouts. Supo dónde estaban por el tremendo alboroto que armaban. Como era la mujer de un dirigente y sabía mucho de Escultismo, se acercó a los scouts y les dijo justo lo que yo les habría dicho: que, si no practican el silencio en todo momento, se les olvidará guardarlo en alguna ocasión importante y se delatarán.

Los scouts deben hablar en voz baja y sin hacer ruido, y también moverse en silencio y con ligereza.

Recordad que en un día tranquilo, o de noche, los pasos pesados se oyen desde muy lejos, incluso en el campo, y mucho más en una calle o en una casa. Así que practicad siempre a pisar con suavidad y sigilo, y pronto adquiriréis la costumbre de los scouts de moverse sin que nadie los oiga.

Supe de un oficial en el frente que lamentaba que dos antiguos scouts que tenía con él hubieran muerto o caído heridos. Había comprobado que los soldados corrientes no sabían moverse en silencio de noche, así que no le servían. ¡Ahora tiene a un antiguo ladrón como la mejor opción después de un antiguo scout!