Jóvenes caballeros del Imperio
9. Economía
Ley 9. Un scout es económico
Se espera que todos los scouts guarden cada céntimo que puedan y lo pongan en el banco. Así podrán valerse por sí mismos cuando se queden sin trabajo, en lugar de convertirse en una carga para los demás, o podrán dar dinero a otros cuando lo necesiten.
Hoy hay muchos scouts que, con los años, llegarán a ser hombres muy ricos aunque empiecen con muy poco. Es algo seguro, porque una buena parte de ellos están decididos a hacer fortuna, y el muchacho que empieza siendo ahorrador suele conseguirlo al final. El que empieza a ganar dinero de niño seguirá ganándolo cuando sea un hombre. Por supuesto, algunos quieren hacerlo por la vía fácil, y eso, por regla general, no sale a cuenta.
Algunos creen que harán fortuna apostando a las carreras de caballos o a los partidos de fútbol. Puede que de vez en cuando ganen unas monedas, pero podéis estar completamente seguros de que perderán la mitad de las veces. Es una manera muy tonta de intentar ganar dinero, porque los que recogen las apuestas y viven de ello confían en que siempre habrá suficientes tontos que sigan apostando y llenándoles los bolsillos.
Ese dinero no se ha ganado con el trabajo, sino por azar; por eso, para un muchacho con ideas de hombre, no vale la pena tenerlo.
Infinidad de muchachos pobres han llegado a ser hombres ricos, pero porque se lo propusieron desde el principio. Trabajaron para conseguirlo y, para empezar, metieron en el banco cada céntimo que ganaban.
Muchos chicos ya lo están haciendo, y espero que muchos scouts lo hagan también. Hay dos buenas reglas para labrarse un porvenir. La primera: «Gasta menos de lo que ganas». La segunda: «Paga al contado y no te endeudes».
Seguramente muchos de vosotros habréis oído hablar del martillo de vapor Nasmyth, que se usa en todas las grandes fundiciones de hierro.
Pues bien, de niño, Nasmyth trabajaba en el taller de su padre y pasaba buena parte de su tiempo libre en una fundición cercana. Allí aprendió a manejar las herramientas y a construir toda clase de maquetas de máquinas, igual que podéis hacer vosotros, los scouts que estáis trabajando para conseguir la insignia de especialidad de Ingeniero.
Construyó una maqueta de máquina de vapor tan grande que un hombre se la compró para mover una de las herramientas de su fábrica. Así empezó a ganar dinero vendiendo las máquinas que fabricaba en casa. Con el tiempo se fue a trabajar a un gran taller de ingeniería: era uno de los hijos de una familia muy numerosa, sabía que su padre no podía mantenerlos a todos y estaba resuelto a mantenerse a sí mismo.
Con el pequeño sueldo que ganaba de muchacho no le llegaba para pagar a alguien que le hiciera la comida, pero se fabricó su propia cocina y descubrió que, con su ayuda, podía vivir con diez chelines a la semana.
Trabajó tan bien en el taller que el patrón le subió el sueldo a quince chelines semanales. Pero como ya había encontrado la manera de vivir con diez, cada semana metía en el banco los cinco chelines sobrantes. En sus horas libres siguió fabricándose herramientas, hasta que pudo montar su propio negocio con su dinero y sus herramientas, y por fin inventó su célebre martillo de vapor.
Para entonces tenía cuarenta y ocho años y había logrado unos grandes ingresos y una fortuna considerable. Muchos hombres no se habrían conformado con eso y habrían seguido hasta hacerse millonarios. Nasmyth no: se dio por satisfecho con retirarse del trabajo duro con dinero suficiente para comprarse un hogar feliz, donde se dedicó a construir telescopios, a estudiar astronomía y a hacer el bien a personas menos afortunadas que él.
A los muchachos que querían triunfar en la vida les daba este buen consejo:
«Si tuviera que resumir en una frase toda mi experiencia y ofrecérsela a un joven como receta segura para triunfar en cualquier puesto que ocupe, sería esta: primero el deber y después el placer».
«Por lo que he visto, estoy convencido de que lo que muchos llaman mala suerte se debe, en nueve de cada diez casos, a que invierten esa máxima: satisfacen primero su placer y atienden después al trabajo y a la obligación».
Un pobre jornalero del campo se hizo rico escribiendo poesía. Se llamaba Stephen Duck y era conocido como «el poeta trillador». Por desgracia, unos cuantos trabajadores más, al ver su buena fortuna, pensaron también que escribir poesía era una manera más fácil de ganar dinero que el trabajo duro. Horace Walpole escribió de Duck que «triunfó como poeta, pero también consiguió echar a perder al menos a veinte buenos trabajadores».
Pocos hombres hay que no se hayan creído, en algún momento de su vida, unos poetas espléndidos. Espero que esto les sirva de advertencia y que se queden con el trabajo duro como medio para llegar a algo en la vida.
El hombre que «no lo soltó»
Lord Strathcona empezó su vida como un chico pobre en Escocia y acabó siendo uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña; y no solo rico en dinero, sino también en la admiración y el cariño de muchísimos de sus colegas y compatriotas.
Cuando tenía dieciocho años y todavía era simplemente Donald Smith, se marchó a Canadá y entró en la Compañía de la Bahía de Hudson. Esta compañía compraba pieles a los indios y a los tramperos, y sus puestos comerciales estaban en lugares muy lejanos y apartados, para estar cerca de los terrenos de caza de esa gente.
Además, como no se podía confiar en los indios pieles rojas, los puestos eran fuertes con guarnición, preparados para defenderse en caso de ataque.
Al joven Smith lo destinaron a un lugar llamado Mingan, allá arriba, en el noreste de Canadá, en el Labrador, una región fría, desierta y triste.
Al cabo de un tiempo allí, los ojos empezaron a darle muchos problemas y temió quedarse ciego. No había ningún médico ni nadie a quien consultar, así que emprendió el camino de vuelta a Montreal para que lo viera un doctor. Llevó como guías a dos mestizos.
Durante semanas avanzó a duras penas por aquellas tierras salvajes y terribles, entre la nieve y la ventisca, pero al final llegó a Montreal.
¿Creéis que lo recibieron como a un héroe?
Ni mucho menos. Sus jefes se volvieron contra él por haber abandonado su puesto sin permiso y le ordenaron que regresara inmediatamente.
Al principio se enfadó tanto, como nos habría pasado a muchos de nosotros, que llegó a pensar en mandarlo todo a paseo y dejar la Compañía de la Bahía de Hudson.
Pero, pensándolo mejor, comprendió que, después de todo, sus jefes tenían razón. Lo habían puesto allí para encargarse de unos almacenes valiosos y de un trabajo importante; su deber era quedarse en su puesto y no marcharse a las zonas civilizadas por su propio bienestar.
Así que aceptó la reprimenda y emprendió el largo y penoso viaje de vuelta a su sombrío puesto del Labrador.
Por suerte, había podido ver a un médico que le curó los ojos.
Fue un viaje espantoso, tan duro que sus dos guías sucumbieron y murieron.
Pero una vez más Donald Smith no se rindió: siguió luchando y, al final, destrozado y agotado, se las ingenió para llegar a su puesto.
No soltar su empeño fue precisamente el secreto de su éxito. Durante trece años se mantuvo firme en su puesto en aquella región terrible. Entonces sus jefes vieron que cumplía su deber con tanta firmeza que lo ascendieron a un cargo más alto y de más responsabilidad, y luego a otros, hasta que llegó a ser director general, o Chief Factor, de la Compañía.
Después surgió la idea de construir el Ferrocarril del Pacífico Canadiense de un extremo a otro de Canadá.
La gente decía que era un proyecto disparatado, que un ferrocarril nunca sería rentable en aquellas inmensas tierras salvajes, que por entonces ni siquiera se habían explorado como es debido.
Pero Donald Smith miraba al futuro. Previó que llegaría un tiempo en que Gran Bretaña estaría superpoblada y los colonos necesitarían tierras para cultivar grano y criar ganado.
Así que invirtió sus ahorros en el ferrocarril y trabajó duro para que saliera adelante.
Todo parecía ir en su contra. Pero no lo soltó y luchó contra todas las dificultades, hasta que al final salió victorioso.
La mayoría de los hombres dejan de trabajar entre los sesenta y los setenta años, pero Lord Strathcona no lo hizo. Siguió aferrado al trabajo veinte o treinta años más que la mayoría. Pocos días antes de su muerte aún estaba trabajando en su oficina (murió a los noventa y cuatro años).
Cada día se aferraba al trabajo en su oficina: llegaba a las once de la mañana, pero rara vez se iba antes de las siete, y a menudo se quedaba hasta las nueve.
Cuando todas las oficinas vecinas de Victoria Street habían apagado las luces y cerrado las puertas, la ventana de Lord Strathcona seguía brillantemente iluminada, tanto que los policías y la gente de los alrededores la llamaban «el Faro».
Ahora bien, ¿por qué seguía trabajando horas extra aquel hombre? No era por ganar dinero: tenía de sobra. Sencillamente, lo consideraba su deber y no lo soltaba.
Además de sus aventuras en Canadá y de su capacidad para aferrarse a su deber, Lord Strathcona era un buen scout, porque era bondadoso y servicial con los demás.
Durante la guerra de Sudáfrica corrió con todos los gastos para reclutar un regimiento que luchara por el rey. Y fue un buen regimiento, de soldados a caballo, al que se dio su nombre: el «Strathcona's Horse».
Los Boy Scouts también le debemos gratitud, porque en los primeros tiempos del Movimiento, cuando luchábamos por salir adelante, me dio quinientas libras para ayudar a poner en marcha nuestra hermandad.
Así que los Boy Scouts le debemos mucho a Lord Strathcona por esto, y también por habernos dado un ejemplo vivo de cómo un hombre debe aferrarse a su deber y ser bondadoso y servicial con los demás.
El dinero no lo es todo
No quiero que, por estas historias de muchachos pobres que triunfaron en la vida e hicieron dinero, penséis que para mí el dinero es la meta de vuestra vida. Solo deseo que ganéis lo suficiente para tener una posición, vivir felices hasta la vejez y mantener a vuestra familia sin tener que pedir ayuda a nadie.
Os voy a contar solo una historia más, la de un hombre pobre que hizo una fortuna distinta de la que da el dinero.
Este hombre, John Pounds, tenía un pequeño taller de reparación de zapatos en Portsmouth. Trabajaba duro y bien, así que la gente empezó a llevarle sus botas a arreglar antes que a otros zapateros remendones, porque con él el trabajo valía más lo que pagaban.
Pronto empezó a tener más dinero del que necesitaba para sus modestas necesidades. Pero no se compró una casa grande para vivir cómodamente. Hizo algo mejor.
Mientras trabajaba, solían acercarse muchachos sin oficio que rondaban su taller y lo miraban afanarse. Él, mientras cosía y remendaba, charlaba con ellos, hasta que llegó a interesarse por ellos.
Los muchachos son buena gente, y cuando encontraron a alguien que se preocupaba por ellos, aunque fueran unos golfillos sucios y harapientos, se interesaron por él. Poco a poco empezaron a ir por su cuenta a escucharle, y después a imitarle, haciendo trabajos honrados. Él, por su parte, empleó sus ahorros en algo mejor que darse buenos banquetes: dio de comer a aquellos muchachos, que de verdad necesitaban una buena comida.
Con el tiempo abrió una escuela o club para sus amigos harapientos, y al final tuvo una especie de Tropa Scout de muchachos que aprendían oficios manuales con él, se hacían fuertes con la buena alimentación y, bajo su enseñanza, se convertían en buenos trabajadores que, siguiendo su ejemplo, ahorraban dinero.
Así pudo enviar al mundo un grupo de trabajadores buenos, fuertes y prósperos que, de otro modo, habrían acabado en la ruina.
De aquel pequeño esfuerzo en Portsmouth surgieron, en distintas partes del Reino, escuelas o clubes parecidos para muchachos harapientos.
Así que, con aquel impulso suyo, hizo tanto como muchos otros que han amasado millones.
Cómo un muchacho pobre se hizo rico
—¿Cómo voy a triunfar y llegar a ser importante y rico? Es imposible. ¡No soy más que un muchacho pobre!
Eso me dijo un chaval. Conseguí devolverle una esperanza mayor diciéndole:
—Nada es imposible si te lo propones. Muchos grandes hombres de hoy empezaron siendo muchachos pobres como tú, sin más ayuda que su ingenio y su ánimo.
Entonces le hablé de Sir William Arrol. A los nueve años entró a trabajar en una fábrica de algodón como «taladrador». Algunos años después era aprendiz de herrero.
Trabajó bien y duro, y era muy sensato, así que a los veintitrés años ya era capataz en la sección de calderas de los señores Laidlaw, en Glasgow. Como buen scout, era ahorrador, y tras cinco años en ese empleo había ahorrado ochenta y cinco libras de su sueldo. Con esa suma montó un negocio propio.
Al principio fabricaba calderas y vigas; más tarde, cuando el negocio creció, empezó a construir puentes.
Trabajó en ello con constancia, siempre empeñado en hacerlo bien y sin escatimar esfuerzos.
Al principio se topó con contratiempos y fracasos, pero no se dio por vencido: cuando las cosas pintaban fatal, ponía buena cara y no lo soltaba.
Y al final salía adelante, como le pasa a cualquier hombre que tiene paciencia y no lo suelta.
Se ganó la reputación de trabajar de forma tenaz y seria, y de dar mucho valor por el dinero que se le pagaba.
Por eso consiguió buenos contratos para construir puentes, y pronto amplió su negocio hasta hacerlo muy próspero.
Entre otras obras suyas están el puente del Tay y el puente sobre el Forth, en Escocia.
Murió siendo un hombre rico y muy respetado, pero ni en la cumbre del éxito olvidó que había empezado como un niño pobre, y siempre hizo lo que pudo para ayudar a otros niños pobres a encontrar el camino del éxito.
Aun así, solía decir que el éxito depende sobre todo del propio muchacho. Si un muchacho está decidido a conseguirlo y domina uno o dos oficios, probablemente triunfará. Pero si va de una cosa a otra, pierde el tiempo en diversiones y no persevera cuando la suerte se le pone en contra, ese muchacho será un fracasado y probablemente lo seguirá siendo toda su vida.
El ahorro es cosa de hombres
Como veis, si como scouts aprendéis y ponéis de verdad en práctica lo que enseña el Escultismo, tendréis toda clase de oportunidades de triunfar en la vida, porque os enseña a ser activos y perseverantes, dignos de confianza, fieles a vuestro deber y prósperos, y a aprender oficios manuales.
De hecho, os enseña a «estar preparados» (N. del T.: en el original, «Be prepared», el lema scout en inglés, que en español se tradujo como «Siempre listos».) para labraros vosotros mismos una carrera de éxito, siempre que no soltéis vuestro empeño.
En tiempos remotos, el código de los caballeros les ordenaba ser ahorradores, es decir, guardar todo el dinero posible para mantenerse por sí mismos sin ser una carga para los demás y tener más que dar en caridad.
Si eran pobres, no podían pedir dinero y tenían que mantenerse con su propio trabajo.
Por eso el ahorro forma parte de ser un hombre: significa trabajo duro y renunciar a uno mismo. Los muchachos nunca son demasiado jóvenes para trabajar a cambio de una paga, que deben depositar en la Caja Postal de Ahorros o en algún otro valor del Estado.