Jóvenes caballeros del Imperio
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Jóvenes caballeros del Imperio

5. Cortesía

Ley 5. Un scout es cortés.

Un muchacho debe ser cortés con todo el mundo, pero sobre todo con las mujeres y los niños, los ancianos, los inválidos, los lisiados, etcétera. Y nunca debe aceptar una recompensa por ser amable y cortés.

La cortesía es, en gran parte, lo mismo que la caballerosidad, que a su vez está muy unida al honor. En la Antigüedad, ambas las practicaban mucho los caballeros, que arriesgaban la vida para defender y ayudar a los más débiles, a las mujeres y a los niños, frente a los espadachines pendencieros y los merodeadores.

¿Por qué lo hacían?

No les reportaba dinero, porque para un caballero era una deshonra aceptar una recompensa por una buena acción. Solo les traía el peligro de ser heridos o de morir. Era una aventura. Eran buenos deportistas y tipos viriles. Su conciencia les decía que lo correcto era que los hombres fuertes y decididos protegieran a los más débiles. Las leyes de su tierra no los obligaban a hacerlo, pero había una ley más fuerte que los empujaba: su propio sentido del honor, que los convertía en hombres caballerosos.

El honor era el espíritu que los movía.

La caballerosidad consistía en poner en práctica lo que su honor les mandaba.

El muchacho corriente no tiene caballerosidad; o, al menos, si la tiene, la lleva bajo la superficie, porque está en la edad de las tonterías y se le olvida. Si ve a un pobre jorobado o a un lisiado, muchas veces se ríe o se lo queda mirando con descaro. Olvida que el otro es un desafortunado que ha tenido la mala suerte de nacer así.

Un muchacho sano que ve a una persona deforme debería dar gracias a Dios por tener un cuerpo sano y poder disfrutar de la vida, y debería hacer lo que pueda para hacerle la vida más agradable a su hermano menos afortunado.

Eso es lo que haría un scout, porque es caballeroso.

El juramento de los caballeros en la investidura (año 506 d. C.)

«Señor, puesto que deseáis recibir la Orden de Caballería, jurad ante Dios y ante el Libro Sagrado que no lucharéis contra el Rey, que ahora os impone la Orden de Caballería; jurad también, con todas vuestras fuerzas y poder, defender y proteger a todas las damas, doncellas, viudas, huérfanas y mujeres en desgracia; y que no rehuiréis con vuestra persona ninguna aventura, de ningún modo, en cualquier guerra que de aquí en adelante pueda haber».

Hace 1400 años, los antiguos caballeros de Britania hacían el juramento de sus deberes con estas palabras.

Su juramento se parecía mucho a la Promesa que hacen hoy los «jóvenes caballeros» cuando se hacen scouts: prometen servir a Dios y al Rey (N. del T.: en la fórmula original de la Promesa Scout, tal como la escribió Baden-Powell, lo que hoy son los «deberes para con la patria» aparecía como «deberes para con el Rey»), ayudar al prójimo, especialmente a las mujeres y a los niños, y no pensar en su propia incomodidad ni en el riesgo cuando se trata de hacer una buena acción a quien necesita su ayuda.

Los caballeros, como eran hombres a caballo, recibían el nombre de «caballería», del latín caballus y del francés cheval, que significan «caballo».

De ahí que cualquier acto hecho por un caballero se llamara «caballeroso», es decir, propio de un caballero.

Así que la palabra «caballerosidad» significa hoy hacer cosas como las que hacían los antiguos caballeros.

Es caballerosidad cumplir con tus deberes para con Dios y para con el Rey, ayudar a las mujeres y a los niños y a toda la gente en apuros, y ser decidido y valiente a la hora de cumplir con tus obligaciones.

Por eso los periódicos describen a menudo a los scouts como «caballerosos». Espero que sigan así y que continúen mereciendo ese título.

Un gran paso en la cortesía es ser agradecido. Cuando alguien te hace una buena acción, debes mostrarle tu agradecimiento diciéndole «gracias». Es una cosa pequeña, pero para quien ha hecho algo bueno es muy importante sentir que no ha sido en vano.

Un caballero sucio

Pasó un autobús bajo mi ventana. Iba abarrotado de gente, dentro y fuera. Dentro, todos los asientos estaban ocupados y una mujer tenía que ir de pie. Vi a algunos hombres que la miraban, uno de ellos con cara de fastidio porque, sin querer, ella le había dado un empujón al periódico; pero ninguno le ofreció su asiento.

La mayoría eran hombres acomodados, de esos a los que se llama caballeros por su ropa y su aspecto. Pero cuando llegó la verdadera prueba de ser un caballero, es decir, la de mostrar caballerosidad y cortesía hacia una mujer, el único caballero entre ellos resultó ser un joven trabajador, un chico de unos quince años con la cara y las manos sucias.

En cuanto vio a la mujer de pie, se levantó enseguida y le hizo señas para que ocupara su asiento. Espero que alguno de aquellos señores tan distinguidos tuviera el sentido común de avergonzarse al recibir una lección de buenos modales de un chico trabajador. Quizá era un boy scout. En cualquier caso, actuó como lo habría hecho cualquier scout en una situación parecida.

¿Qué es un caballero?

Mucha gente tiende a pensar que la palabra «caballero» designa a un hombre que ha nacido rico, o que un muchacho educado en colegios y universidades muy caros será por fuerza un caballero cuando crezca. Pero no siempre es así.

Un chico que ha tenido la suerte de recibir esa educación tiene, sin duda, más posibilidades de llegar a ser un caballero que muchos chicos pobres; pero, al mismo tiempo, un muchacho pobre puede ser tan caballero como uno rico.

Un caballero es lo que indica la palabra: un hombre, sí, pero un hombre gentil; no un tipo rudo, pendenciero y ordinario, sino alguien que, aunque sea grande y fuerte, sabe ser amable, caballeroso y servicial con los demás.

Un buen ejemplo, como cualquier otro, es el policía de Londres. Siempre es cortés y servicial con todo el mundo, hasta el punto de estar dispuesto a arriesgar la vida en cualquier momento para salvar a la gente en un accidente o para protegerla de malhechores, y trata a ricos y pobres, a viejos y jóvenes, con la misma atención, paciencia y buen humor.

Scouts del desierto

Hace algunos años pasé una temporada con los árabes del norte de África, en Túnez y Argelia, y me parecieron gente de primera. Les encantaba cualquier deporte arriesgado y eran hospitalarios y corteses.

Muchos de ellos salían con sus perros a ayudarme a encontrar piezas de caza, y después de un largo día recorriendo matorrales espinosos y hierba alta, cuando terminábamos de cazar, me estrechaban la mano y se iban a casa muy contentos si yo había tenido una buena jornada, sin esperar ni buscar recompensa alguna, cosa que, lamento decirlo, no suele ocurrir en Inglaterra. Aquí los hombres parecen creer que hay que pagarles por cada cosa que hacen.

Los jefes árabes eran también buenos anfitriones: me daban la mejor comida, normalmente una especie de estofado irlandés de pollo con arroz, y por la noche me acomodaban en sus propias tiendas, bajo sus mantas.

Eran gente limpia, tan valientes como corteses y muy honrados. Por eso son verdaderos scouts del desierto. En sus campamentos tienen muchas costumbres que los scouts deberían conocer, y muchas se parecen a las que practicamos nosotros.

Los árabes son siempre muy estrictos a la hora de saludarse.

La costumbre del saludo viene, como ya sabéis, de los viejos tiempos, cuando todo el mundo iba armado: al levantar la mano derecha cuando te cruzabas con otro hombre, querías mostrarle que no llevabas un arma en ella y que, por tanto, ibas en son de amigo.

Hoy ocurre exactamente lo mismo con los zulúes y otras tribus de Sudáfrica, que llevan garrotes y lanzas: cuando se encuentran con alguien, se pasan las armas a la mano izquierda y levantan la derecha para mostrar que está vacía y que no tienen intención de pelear.

Y lo mismo hacen los árabes.

Si un hombre a caballo se encuentra con otro a pie, el jinete saluda primero, porque está en una posición de más fuerza; lo justo es que el de a pie tenga el arma preparada hasta saber que el jinete viene en son de paz.

Del mismo modo, si un hombre está sentado y otro se le acerca, el que llega andando está en mejor posición para atacar, así que es él quien saluda primero para mostrar que viene como amigo.

Es de muy mala educación montar tu tienda cerca de la fuente de agua del campamento, porque parecería que te estás adueñando del manantial: cualquiera que quisiera usarlo tendría que pedirte permiso y podría ser atacado por ti al ir a por agua. Por eso un árabe monta siempre su tienda a cierta distancia del manantial, para dejar claro que es de todos.

Cuando un árabe llega a un campamento desconocido, se dirige a la tienda más grande, desmonta y va hacia el fuego alrededor del cual están sentados los habitantes del campamento. Entonces dice en voz alta:

—La paz sea con vosotros.

Y todos los que están sentados alrededor del fuego se levantan y responden:

—Y contigo la paz.