Mis aventuras como espía
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Mis aventuras como espía

6. «Cazando mariposas» en Dalmacia

Una vez fui a «cazar mariposas» a Dalmacia. Cattaro (la actual Kotor), la capital, ha quedado demolida en la guerra actual. Hace más de cien años la bombardeó y la tomó la flota británica. Por entonces se la tenía por inexpugnable. Se asienta al fondo de una bahía de unas quince millas (unos 24 kilómetros) de largo que, en algunos tramos, solo tiene unos cientos de yardas de anchura y discurre encajonada entre montañas. Desde Cattaro, al fondo de la bahía, un camino en zigzag sube por la montaña vecina hasta la frontera de Montenegro.

Cuando los barcos británicos intentaron atacar desde el mar, el canal se cerró con cadenas y se tendieron barreras flotantes de lado a lado. Pero los defensores no contaban con el ingenio del marinero británico, ese «hombre para todo», y pocos días después, para asombro de la guarnición, los cañones empezaron a bombardearlos desde la cresta de las montañas cercanas.

El capitán británico había desembarcado sus cañones en una bahía del Adriático y, con aparejos, los había subido por la ladera, arrastrándolos todos juntos por los pasos rocosos hasta la cima.

Allí emplazó sus baterías y al final bombardeó la ciudad con tanta eficacia que tuvo que rendirse. Quizá fue muy propio de nosotros: tomamos la ciudad solo porque estaba en manos de nuestros enemigos. No la queríamos y, cuando la tuvimos, no sabíamos qué hacer con ella. Así que se la entregamos a los montenegrinos, y así les dimos un puerto propio. Por eso los montenegrinos sienten admiración y gratitud hacia los británicos y, aunque tratados posteriores la devolvieron a Dalmacia, nunca han olvidado la buena acción que tuvimos con ellos en aquella ocasión. Desde entonces se han construido otras baterías en esas montañas, y mi misión era averiguar su posición, su potencia y su armamento.

Para ello fui armado con las armas más eficaces, las mismas que me habían servido bien en campañas parecidas: un cuaderno de dibujo con muchos dibujos de mariposas —unos terminados y otros a medias— de todas las familias y especies, desde la «almirante roja» hasta la «vanesa de los cardos».

Con ese cuaderno, una caja de pinturas y un cazamariposas al costado, estaba libre de toda sospecha para cualquiera que se cruzara conmigo en la ladera solitaria de las montañas, incluso en la zona de los fuertes.

Estaba cazando mariposas, y esa fue siempre una buena excusa ante quienes me miraban con recelo. Con toda franqueza, con el cuaderno de dibujo en la mano, les preguntaba inocentemente si habían visto por allí tal o cual mariposa, porque estaba deseando atrapar una. Noventa y nueve de cada cien no distinguían una mariposa de otra —ni yo tampoco—, así que uno pisaba terreno seguro, y ellos solían mirar con simpatía al inglés chiflado que quería cazar esos insectos.

Nunca miraron los dibujos de las mariposas lo bastante de cerca como para darse cuenta de que las delicadas venas de las alas eran el plano exacto de su propio fuerte, y de que los puntos de las alas indicaban el número y la posición de los cañones y sus distintos calibres.

En otra ocasión descubrí una forma sencilla de disfrazarme: recorrer como pescador el país que quería examinar. Mi misión era localizar algunos pasos de montaña e informar de si las tropas podrían atravesarlos. Así que vagabundeé remontando varios arroyos que bajaban de los montes y, mientras pescaba tranquilamente, pude inspeccionar toda la zona.

Pero un día un campesino se nombró mi guía y se empeñó en no separarse de mí en toda la mañana, enseñándome dónde se podía pescar. La verdad es que por entonces yo no era muy pescador, no tenía ningunas ganas de sacar peces y mis aparejos estaban demasiado destartalados para eso.

Azoté el agua con empeño con una mosca imposible, solo para que el hombre no se fijara en mi verdadero trabajo, con la esperanza de que acabara cansándose y se marchara. Pero no lo hizo. Durante un buen rato me observó con el mayor interés y, de paso, me dio a entender que no sabía nada de la pesca con mosca, pero que tenía un sistema mejor: reunir primero a los peces y luego echarles un gusano o una babosa.

Entonces se puso a enseñarme su sistema, que consistía en escupir en el agua. Desde luego, aquello atraía a los peces, o los espantaba, y me aseguró que, si hubiera tenido un gusano, habría sacado todos los que quisiera. Al final me libré de él mandándolo a hacer un recado cualquiera y, mientras estaba fuera, desaparecí y crucé la sierra hacia otro valle.