18. La huida
Al poco tiempo, mi hermano vino a reunirse conmigo desde la zona de las maniobras, pero al hacerlo quedó también vigilado y bajo sospecha, de modo que éramos prácticamente un par de prisioneros. Tanto era así que, unos días después, a la hora del almuerzo, recibimos la visita de un amigo bien situado que también tenía contactos con la policía. Nos aconsejó que lo mejor que podíamos hacer era escapar del país mientras aún fuera posible, y se ofreció a organizarlo todo. La idea era escabullirnos hasta un puerto, embarcar en un vapor británico como si fuéramos dos tripulantes más y salir así del país.
Ese era el plan. La dificultad estaba en llevarlo a cabo. Se encontró un barco cuyo capitán estaba dispuesto a recibirnos a bordo, siempre que consiguiéramos llegar hasta él sin que nos vieran. Con la ayuda de nuestro amable camarero, le hicimos creer al detective del hotel que estábamos hartos de vivir bajo sospecha y que, con todo descaro, íbamos a tomar el tren para salir del país.
A las diez vendría un taxi a recogernos a nosotros y nuestro equipaje para llevarnos a la estación. Nadie podía impedírnoslo, porque éramos ingleses libres y no estábamos sometidos a las normas de nadie. El embajador y todas las demás autoridades se iban a enterar de aquello. Todo esto iba dirigido al detective, que se limitaría a comunicarlo por teléfono a la comisaría de la estación, donde nos detendrían en el momento de partir.
Subimos al taxi y recorrimos las calles en dirección a la estación hasta perder de vista el hotel. Entonces le dijimos al conductor que queríamos ir a otra estación. Para ello había que ir hasta el río y tomar el transbordador. Fueron momentos de mucha angustia. ¿Nos habrían descubierto? ¿Estábamos perdidos? ¿Nos estaban siguiendo?
Esas preguntas se irían respondiendo solas a medida que avanzara nuestra maniobra. Y la respuesta, cuando llegara, iba a significar muchísimo para nosotros: ¡el triunfo o cinco años de cárcel! Motivos para estar nerviosos no nos faltaban. Aun así, no nos preocupaban tanto las consecuencias como el presente: cómo escapar de la persecución y evitar que volvieran a capturarnos.
Al llegar al transbordador, pagamos al taxista y fuimos hacia el muelle. Allí encontramos un bote ya preparado y nos dirigimos hacia el barco, que esperaba entre la niebla en medio del río, listo para zarpar en cuanto subiéramos a bordo.
En aquel momento decisivo, a mi hermano se le ocurrió la temeridad de ponerse a regatear con el barquero. Yo le exigí que le pagara el doble de lo que pedía con tal de quedar libres, pero mi hermano estaba muy tranquilo y, por una vez, ¡tenía razón! Al regatear el precio disipó cualquier sospecha que el hombre pudiera tener sobre nosotros, y al final llegamos sanos y salvos a bordo y nos alejamos.