Conclusión
Estas son algunas de las experiencias menores que, aunque no sean muy sensacionales en sí mismas, forman parte del trabajo diario de un «agente de inteligencia» (es decir, de un espía). Además de librar ese trabajo de cualquier sospecha de monotonía, le añaden, por lo general, ese toque de aventura y emoción que hace del espionaje el deporte fascinante que es.
Y cuando uno se da cuenta, además, de que puede dar resultados de valor incalculable para el propio país en tiempo de guerra, siente que, aunque sea un tiempo que se disfruta a manos llenas, no es tiempo perdido. Y si el «agente» cae prisionero, o «pasa» sin honores y sin que nadie le conozca, sabe en el fondo de su corazón que ha luchado por su país con tanto valor como sus compañeros que cayeron en la batalla.