Mis aventuras como espía
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Mis aventuras como espía

Prólogo

En tiempos de paz era difícil escribir sobre el delicado tema de los espías y el espionaje. Pero ahora que estamos en guerra y que los métodos de esos caballeros tan poco escrupulosos han quedado al descubierto, no hay ningún mal en adentrarse en esta cuestión y contar algunas de mis experiencias personales.

Los espías son como los fantasmas: la gente parece tener la sensación general de que algo así debe de existir, pero al mismo tiempo no acaba de creer en ellos, porque nunca se les ve y rara vez se conoce a alguien que haya tenido una experiencia directa con ellos. Pues bien, en el caso de los espías puedo asegurar, por conocimiento personal, que existen, y en número muy elevado, no solo en Inglaterra, sino en toda Europa.

Como ocurre con los fantasmas, cualquier fenómeno que la gente no entiende, desde un ruido repentino en un día tranquilo hasta el crujido de un aparador a medianoche, tiene un efecto alarmante en las mentes nerviosas. Por eso al espía se le mira con excesiva alarma y expectación, porque se le considera, en cierto modo, una especie de diablo.

Como primer paso, conviene quitarse de la cabeza la idea de que todo espía es por fuerza un tipo vil y despreciable. Muy a menudo es listo y valiente.

La palabra «espía» se usa con desprecio y, con el uso, se ha convertido en un insulto. Un ejemplo de mala aplicación del término, que siempre me ha parecido muy duro, es el caso del mayor André. Era suizo de nacimiento y, durante la guerra de Independencia de Estados Unidos, en 1780, se unió al ejército inglés en Canadá, donde acabó siendo ayudante de campo del general sir H. Clinton. El comandante estadounidense de un fuerte cercano a West Point, en el río Hudson, había dado a entender que quería rendirse, y sir H. Clinton envió a André a negociar con él. Para poder atravesar las líneas estadounidenses, André se vistió de paisano y adoptó el nombre de John Anderson. Por desgracia, los estadounidenses lo capturaron, lo juzgaron en consejo de guerra y lo ahorcaron como espía.

Como no intentaba obtener información, no parece muy correcto llamarlo espía. Mucha gente pensaba lo mismo: el rey Jorge III concedió una pensión a su madre y un título a su hermano, y al final sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en la abadía de Westminster.