1. Los diferentes rangos de los espías
Cambiemos por el momento la palabra «espía» por «investigador» o «agente militar». Para fines bélicos, estos agentes pueden dividirse en:
- Agentes estratégicos y diplomáticos. En tiempos de paz estudian las condiciones políticas y militares de todas las naciones que podrían llegar a ser enemigas en una guerra. Su trabajo incluye crear conflictos políticos y preparar el terreno para la guerra; por ejemplo, sembrar la sedición entre los egipcios, entre los habitantes de la India o entre la población bóer de Sudáfrica, para provocar un levantamiento si es posible y así crear confusión y distraer a las tropas en tiempo de guerra.
- Agentes tácticos, militares o navales. En tiempos de paz observan hasta el menor detalle del armamento y del terreno. Su trabajo incluye hacer preparativos tácticos sobre el propio terreno, como reunir material para puentes de reserva, preparar emplazamientos para cañones, planear cómo cortar las comunicaciones, etc.
- Agentes de campo. Son los que actúan como exploradores: se disfrazan para inspeccionar las posiciones del enemigo e informar de sus movimientos en el campo de batalla. Entre ellos hay agentes residentes y agentes oficiales.
Todas estas tareas se reparten, a su vez, entre agentes de distintos rangos, desde los embajadores y sus agregados hacia abajo. Se envía a oficiales de la armada y del ejército a hacer investigaciones especiales por todos los países, y se colocan detectives a sueldo en los lugares donde es probable conseguir información.
También hay espías que son traidores. De ellos no tengo nada bueno que decir. Son hombres que venden por dinero los secretos de su país. Por suerte, en Inglaterra no tenemos problemas con ellos, aunque sí hemos tenido un ejemplo notorio en Sudáfrica.
Agentes estratégicos
En la presente campaña, la traición de guerra de los alemanes —es decir, su investigación política y militar— no ha tenido el éxito que cabía esperar de una organización tan maravillosamente montada. Con las enormes sumas que ha invertido en ella, el Estado Mayor alemán podría haber reclutado razonablemente a hombres de una posición más alta, capaces de tomar el pulso a la situación política mejor que sus agentes justo antes de la crisis actual. Lo cierto es que sus planes para provocar revueltas en un momento crítico no encontraron ninguna respuesta. Tenían grandes ideas para avivar la discordia y el descontento en Egipto y en la India, pero hicieron sus cálculos sin conocer lo suficiente a los pueblos orientales ni lo que sentían hacia Gran Bretaña y hacia Alemania, sobre todo hacia Alemania.
Contaban con el problema irlandés como si fuera a desembocar sin remedio en una guerra civil en Gran Bretaña, una guerra que nos obligaría a emplear en nuestras propias islas buena parte de nuestra fuerza expedicionaria.
Nunca previeron que bóeres y británicos colaborarían amistosamente en Sudáfrica. Supusieron que el ejército de ocupación no podría retirarse de allí, y no previeron que Sudáfrica enviaría un contingente contra las colonias alemanas del sur de África mientras las tropas regulares reforzaban nuestro ejército en casa.
Imaginaron que los dominios de ultramar andaban demasiado escasos de hombres, barcos e instrucción como para servir de algo. Nunca previeron que los hombres de Gran Bretaña acudirían en masa a tomar las armas, ni que su carácter nacional les había dado de sobra las cualidades necesarias para ello. Todo esto podrían haberlo descubierto si los alemanes hubieran empleado a hombres de mejor posición social y más educación.
Agentes tácticos
Además de descubrir detalles militares de un país, como la preparación de sus hombres, sus abastecimientos, su eficacia y muchas cosas más, estos agentes tienen que estudiar las características tácticas de montes y llanuras, carreteras y vías férreas, ríos y bosques, e incluso de los posibles campos de batalla, sus posiciones de artillería y mucho más.
En la guerra actual, los alemanes han estado usando unos proyectiles enormes a los que, por sus explosiones de humo negro y denso, se les ha apodado «black marías» o «Jack Johnsons». Para poder disparar estos cañones hace falta construir antes unos cimientos muy sólidos. Pero los alemanes lo previeron mucho antes de la guerra y trazaron sus planes en consecuencia.
Examinaron todo el terreno en el que podrían combatir, tanto en Bélgica como en Francia, y allí donde veían una buena posición para los cañones construían los cimientos y los emplazamientos. Como esto se hacía en tiempos de paz, había que hacerlo en secreto. Para no despertar sospechas, un alemán compraba o alquilaba una granja en el lugar donde se quería construir el emplazamiento. Luego echaba los cimientos de un granero nuevo o de otra dependencia de la granja —o, si estaba cerca de una ciudad, de una fábrica— y, cuando estaban terminados, levantaba encima una construcción ligera.
No había nada en todo esto que despertara sospechas, y así se hicieron muchos de estos emplazamientos antes de que empezara la guerra. Cuando esta estalló y las tropas llegaron al terreno, derribaron a toda prisa los edificios y allí estaban los emplazamientos, listos para los cañones.
Hace algunos años llegó un informe a la Oficina de Guerra: una potencia extranjera estaba construyendo emplazamientos en un lugar del que nunca se había sospechado que tuviera valor militar, y era evidente que pensaba usarlo con fines estratégicos.
Me enviaron a comprobar si el informe era cierto. Por supuesto, no podía ir como oficial: despertaría sospechas, no me dejarían ver nada y probablemente me arrestarían como espía. Así que me fui a pasar una temporada con un granjero amable de la zona, y todos los días salía a cazar perdices y a disparar desde algún puesto escondido por ahí. Lo primero que hice fue observar la campiña en general y tratar de adivinar qué puntos tendrían más valor como posiciones de artillería.
Luego salí a buscar perdices (y otras cosas) por los montes que había elegido, y muy pronto encontré lo que buscaba.
Allí había oficiales tomando ángulos y medidas, acompañados de trabajadores que clavaban estacas en el suelo y marcaban líneas con cinta entre ellas. Como yo pasaba con la escopeta en la mano, el morral al hombro y un perro al lado, no me prestaron ninguna atención, y desde las colinas vecinas pude seguir lo que hacían. Cuando se marchaban a comer o volvían a sus cuarteles, yo salía a cazar por el terreno que habían dejado, y aunque no consiguiera un gran morral, al menos reunía una buena colección de dibujos y medidas de los planos de los fuertes y emplazamientos que habían trazado sobre el terreno. Así que, a los pocos días de empezar sus trabajos, ya teníamos sus planos en nuestro poder. Aunque después plantaron árboles en todos esos lugares para disimular los fuertes, y levantaron edificios en otros para ocultarlos, nosotros sabíamos perfectamente dónde estaban los emplazamientos y qué forma y tamaño tenían.
Plantar árboles para esconder obras de defensa tiene a veces el efecto contrario: le enseña a uno dónde están. Un caso notable fue el de Tsingtao, que las fuerzas japonesas y británicas arrebataron a los alemanes. Como allí no había ningún bosque natural, me costó poco saber dónde estaban los fuertes por las plantaciones recientes que había en los alrededores.
Agentes residentes
Estos hombres se instalan de forma casi permanente en el país donde operan. Unos pocos ocupan puestos altos en el mundo social y comercial; suelen ser nuevos ricos ansiosos de condecoraciones y recompensas. Pero la mayoría de los espías residentes son gente de menos categoría, que cobra un sueldo fijo por su trabajo.
Su tarea consiste en recibir instrucciones y repartirlas en secreto entre otros espías que van de un sitio a otro, y en enviar los informes de estos al cuartel general. Por eso tienen un apodo: son los «apartados de correos» del servicio de inteligencia alemán.
También recogen información de cualquier fuente que tengan a mano y la envían a su país. Un tal Steinbauer fue hace algunos años uno de los principales «apartados de correos» en Inglaterra. Estuvo agregado al séquito del káiser durante la última visita de este a nuestro país, cuando vino como invitado del rey a la inauguración del monumento a la reina Victoria. Un caso de espionaje juzgado en Londres reveló sus métodos: uno de sus agentes fue arrestado después de haber estado vigilado durante tres años. El juicio de Karl Ernst confirmó lo descubierto y sacó a la luz las operaciones de hombres como Schroeder, Gressa, Klare y otros.
Muchos recordarán también el caso del doctor Karl Graves. Este alemán fue arrestado en Escocia por espionaje y condenado a dieciocho meses de prisión, pero poco después lo pusieron en libertad sin dar ninguna razón oficial. Desde entonces ha escrito un relato de lo que hizo, y resulta interesante ver cómo enviaba y recibía la correspondencia del cuartel general del espionaje alemán en sobres con el membrete de los señores Burroughs & Wellcome, los famosos químicos. Se hacía pasar por médico y mandaba sus cartas a través de un posadero de Bruselas o de un modisto de París, mientras que las que iban dirigidas a él llegaban a través de un oscuro estanco de Londres. Una de esas cartas se extravió porque llevaba mal la inicial de su nombre. Correos la devolvió a Burroughs & Wellcome, y al abrirla encontraron dentro una carta en alemán envuelta en billetes, como pago por los servicios prestados. Aquello despertó sospechas contra él: lo vigilaron y al final lo arrestaron.
Graves cuenta que cierto día tuvo desde primera hora la sensación de que lo seguían. Se dio cuenta de que la ropa que había dejado doblada sobre una silla de su habitación estaba doblada de otra manera, ligeramente distinta, mientras él estaba fuera. Algo receloso, preguntó a su casera si había entrado alguien en su cuarto, y ella, visiblemente turbada, negó que ningún extraño hubiera podido estar allí.
Entonces él le sugirió que quizá había pasado su sastre, y ella le dio la razón: eso era lo que había ocurrido. Pero una o dos horas más tarde vio a su sastre, que le dijo que no se había acercado por allí. Graves dedujo, por tanto, que lo estaban vigilando.
Saberte perseguido sin saber por quién te produce, te lo aseguro, una profunda sensación de miedo, sobre todo cuando sabes que eres culpable.
Hablo con verdadero sentimiento, porque lo he vivido en más de una ocasión, desde que me dediqué a este tipo de exploración en tiempos de paz.
Agentes oficiales
No es frecuente encontrar espías corrientes con suficientes conocimientos técnicos para resultar útiles a la hora de obtener detalles navales o militares. Por eso se emplea a oficiales para conseguir esa información, tanto en tiempos de paz como en el escenario de la guerra. Pero entre los oficiales, y sobre todo entre los alemanes, no es fácil encontrar hombres que sean lo bastante buenos actores, o que sepan disfrazar su aspecto, como para no levantar sospechas. Muchos de ellos han visitado nuestros puertos en los últimos años, pero por lo general se les ha detectado, vigilado y seguido, y por el modo en que hacían sus reconocimientos ha sido fácil deducir qué tipo de operaciones tenían previstas en sus planes.
Recuerdo el caso de un grupo de estos automovilistas que recorría Kent con la excusa de visitar antiguas ruinas romanas. Cuando preguntaban a un lugareño por el sitio exacto de alguna de ellas, este les respondía que no tenía ningún mapa a mano en el que pudiera señalárselo. Entonces uno de los «anticuarios» sacaba enseguida un mapa a gran escala; pero no era un mapa inglés: tenía señalados, por ejemplo, los depósitos de agua, que, aunque existían, no aparecen en ninguno de nuestros mapas corrientes.
Además de las distintas ramas del espionaje que he mencionado, los alemanes también han practicado de forma sistemática el espionaje comercial.
Espionaje comercial
Es bien sabido que muchos jóvenes alemanes han trabajado en empresas británicas sin cobrar sueldo para «aprender el idioma». Pero tienen buen cuidado de aprender mucho más que el idioma: recogen muchas otras cosas sobre métodos comerciales y secretos que pronto se usarán en su propio país.
El espionaje comercial es importante porque la guerra comercial está siempre en el fondo de los preparativos alemanes para la guerra militar.
Carl Lody, antiguo oficial alemán, fue juzgado hace poco en Londres por un consejo de guerra y fusilado por «traición de guerra», es decir, por enviar a Alemania información sobre nuestra armada durante las hostilidades. (Se llama «traición de guerra» al trabajo secreto que se hace fuera de la zona de operaciones; cuando se hace dentro de ella, se llama «espionaje»). A Lody lo vigilaron en todo momento, y la policía de contraespionaje de Londres abría su correspondencia, de modo que la Oficina de Guerra conocía todas sus averiguaciones y toda su información mucho antes de arrestarlo.
Las enormes sumas que Alemania ha pagado en los últimos años han dado lugar a una especie de bolsa internacional de espías, formada sobre todo por germanoestadounidenses, con su cuartel general en Bélgica, que paga muy bien la información que obtienen. Por ejemplo, si alguien necesita los planos de un fuerte nuevo, las dimensiones de un barco nuevo o la potencia de un nuevo tipo de cañón, no tiene más que pedirlo a esta agencia y acordar un precio, y al poco tiempo recibirá muy buena información sobre el asunto.
Al mismo tiempo, haciéndose pasar por estadounidense, uno puede conseguir muchos detalles menores e información útil sin gastar un céntimo.