Aventura hacia la edad viril
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Aventura hacia la edad viril

2. Cuerpo

Supongo que cualquier muchacho normal con agallas querría ser como ellos, y espero que todo scout sea un muchacho normal y que, por eso mismo, esté deseando aprender a llegar a ser un hombre completo.

Por supuesto, entendéis que el primer paso es haceros fuertes y tener buena salud.

Es verdad que algunos grandes hombres no han sido muy fuertes. Lord Nelson, por ejemplo, era enfermizo; también lo eran Napoleón y Wolfe, el que tomó Quebec.

Pero estos hombres compensaron su debilidad física siendo más listos y llenando su espíritu de valor y de entrega a su deber, sin pensar en su propia comodidad ni en su seguridad.

Un muchacho tiritando, tapado con mantas y tumbado directamente sobre el suelo, rodeado de su equipo de acampada
A Tomasito, el Pie Tierno, le dijeron: «Pon mantas debajo»; pero Tomasito sabía más que nadie… y tiritó de frío.

Cómo formar a los muchachos para que sean valientes

La mayoría de las tribus del mundo están a favor de formar a sus jóvenes para que sean hombres fuertes y valientes, porque la seguridad y el bienestar de su pueblo dependen de la dureza y el valor de sus hombres, y no, como en los países civilizados, de su habilidad para el trabajo de oficina.

Gracias a esa resistencia y a ese valor, los pieles rojas de Norteamérica y Canadá consiguieron defenderse durante mucho tiempo del hombre blanco, aunque este tenía armas modernas.

El guerrero piel roja, con su penacho de plumas y su traje de piel de búfalo, era una estampa hermosa: un cazador hábil y un gran explorador, sobrio y resistente. Era el tipo de salvaje que uno admira.

Pero, por desgracia, está desapareciendo. La viruela ha diezmado varias tribus y ha matado a miles de ellos. Muchos murieron en las guerras entre tribus y contra los colonos blancos, y muchos más fueron víctimas del whisky que les vendían los comerciantes.

Así que hoy en día el indio es cruel, una criatura semicivilizada sin mucho que admirar. Aun así, en lugares remotos me he encontrado con cazadores indios de la vieja escuela, con una habilidad asombrosa para seguir huellas y sobrevivir. Se ganan la vida como tramperos en parajes apartados. Ya no viven con su tribu ni participan en sus ceremonias, pero son muy interesantes, con todo su arte y su experiencia de la vida en el bosque, sus supersticiones y sus tótems.

Así que, para el Boy Scout aficionado a la vida en el bosque, el indio todavía puede ser un modelo en el arte de los bosques y en muchas otras cosas útiles e interesantes.

Pieles rojas

Los tipis y el resto del equipaje para los desplazamientos no se transportan en carros, sino en travois, unas angarillas que suelen arrastrar los ponis, los perros o las propias personas.

Un hombre arrastra un travois cargado
Los travois pueden arrastrarlos los perros o un hombre

El penacho indio está hecho de plumas, y cada una representa un mérito o una proeza de su dueño, como las insignias de especialidad que los scouts llevan en la manga, de modo que no hay dos exactamente iguales.

Sus armas eran el arco y las flechas, fabricados y trabajados con primor.

Los pieles rojas cazaban búfalos galopando todos juntos y disparándoles flechas a corta distancia.

Un indio a caballo junto a un bisonte en plena carrera
Un bisonte canadiense en el momento decisivo

Últimamente, algunos deportistas estadounidenses han ido a las montañas Rocosas a cazar con arco en lugar de rifle. Aprendieron el arte de los cazadores indios y han tenido mucho éxito.

Pero eso es otra historia.

Antes de que un muchacho piel roja pudiera convertirse en guerrero —o, como diríamos nosotros, en Rover—, tenía que superar unas pruebas dolorosas que demostraran si era lo bastante valiente para merecer el ascenso.

Un hechicero pintado de amarillo dirigía la prueba de esta forma. A cada muchacho lo sujetaban dos guerreros, que con un cuchillo romo le hacían cortes en los brazos y en las piernas y se los atravesaban con palillos de madera. De esos palillos colgaban el escudo, las armas y la bolsa de medicinas de los guerreros, además de un cráneo de búfalo.

Se levantaba un poste o un barril en el centro. Algunos guerreros bailaban en círculo a su alrededor, unidos entre sí por una guirnalda. Mientras bailaban, los dos guerreros llevaban a cada muchacho de la mano y lo hacían correr en un círculo más amplio, cargando con el peso de todo lo que colgaba de los palillos. Lo obligaban a correr y a sonreír todo el tiempo, hasta que los palillos le desgarraban la carne. Entonces sus acompañantes lo soltaban y se marchaban corriendo, y lo dejaban recuperarse como pudiera.

Después de esto se le rendían honores, se le daban armas y plumas y se le consideraba un guerrero.

Dos jóvenes indios caminan juntos
Los jóvenes indios tenían que superar una dura prueba antes de convertirse en guerreros

Los arapahoes

Cada tribu india tiene un signo propio en el lenguaje de signos.

Por ejemplo, los arapahoes, que acompañaban a las caravanas de carretas cubiertas, cuando hablaban de sí mismos juntaban todos los dedos de una mano, para representar un manojo de agujas, y se golpeaban el pecho con las yemas, para indicar que eran los «pechos tatuados».

Un jefe indio con penacho se lleva la mano al pecho
El signo de los arapahoes

Muchas tribus se tatúan, pero los arapahoes están orgullosos de su manera especial de hacerlo.

Todo muchacho, antes de ser considerado guerrero, tenía que bailar la danza del sol.

Es una tortura horrible que habla del arrojo y la resistencia de quienes la soportan. Por supuesto, ahora que los indios son súbditos de los gobiernos de Estados Unidos o de Canadá, ya no se permite. Pero así era hace unos pocos años.

Se clavaba un palillo de madera de un pie de largo (unos 30 centímetros) en los músculos del pecho del hombre, hasta atravesarlos por completo y hacerlo salir por el otro lado.

A cada extremo del palillo se ataba una cuerda, que se unía a otra cuerda atada a lo alto de un poste.

El hombre se echaba hacia atrás hasta quedar colgado de la cuerda. Y así se quedaba, a menudo todo el día, hasta que el palillo le desgarraba la carne.

Se llamaba danza del sol porque, durante la prueba, el hombre estaba de cara al sol y se iba desplazando poco a poco alrededor del poste a medida que el sol se movía.

Cuando el palillo había desgarrado la piel, el hechicero untaba la herida con pólvora, de modo que, al cicatrizar, le quedaba al hombre una cicatriz oscura en el pecho para toda la vida.

Eso le llenaba de orgullo, porque demostraba que había superado la prueba de tatuarse el pecho.

Un hombre se echa hacia atrás sujeto por una cuerda atada a lo alto de un poste
La danza del sol

Los hopis

Cuando estuve en los Estados Unidos, conocí algo de una tribu de pieles rojas completamente distinta: los hopis, que viven en Arizona. No son una tribu guerrera ni nómada. En lugar de vivir en tipis, construyen casas de piedra en los huecos de las rocas y en las colinas.

Aun así, tenían sus danzas guerreras y sus armas, porque a menudo tenían que defenderse de los ataques de tribus más agresivas.

Ahora crían ganado allí donde encuentran agua o pasto, aunque eso es muy difícil en una zona desértica como Arizona.

La lluvia es su mayor bendición, así que, naturalmente, veneran al dios de la lluvia. También rinden culto al trueno y al relámpago, que anuncian la lluvia, y al sol, que madura las cosechas.

Disfrazan a algunas personas para que representen a esos dioses, y estos dioses de un día bailan danzas maravillosas que la gente admira y aplaude.

Un jefe indio de pie con gran penacho de plumas, lanza y pipa
Indumentaria de un jefe piel roja

En invierno celebran una fiesta especial en honor del sol, para pedirle que vuelva y les traiga un nuevo verano. En esa ceremonia usan un gran escudo pintado con un curioso dibujo de varios colores, cada uno con su significado: el amarillo es el norte; el rojo, el sur; el blanco, el este; el verde, el oeste, y el negro, el cielo.

Un guerrero indio a caballo al galope, con una lanza en alto
Un guerrero indio

Una cosa sorprendente de los indios es su resistencia para caminar. Recorren bosques, matorrales y terrenos accidentados con un paso fácil y poco elegante, en apariencia no muy rápido y sin esfuerzo. Pero lo mantienen sin dificultad, sin pararse ni cansarse, y dejan atrás a cualquier buen andarín europeo. Los hombres que no están acostumbrados empiezan con mucho entusiasmo y se cansan en poco tiempo.

Otro detalle curioso de los pieles rojas es su manera de sentarse. Se sientan con las piernas cruzadas, y para hacerlo cruzan los tobillos y se dejan bajar sin apoyar las manos y sin caer de golpe.

Para levantarse tampoco se apoyan: se inclinan un poco hacia delante y se yerguen desde la posición de sentados. Cuando se consigue, queda muy elegante, aunque requiere algo de práctica.

Una parte muy útil del equipo de los indios es su cuerda o reata. Su nombre en inglés, lariat, procede de la palabra francesa l'arrêt, «el sujetador», y se llama así porque al principio colgaba de la silla de montar hasta el suelo, para que, si el indio desmontaba o se caía, pudiera sujetar al caballo con la cuerda si este se espantaba e intentaba escapar.

La cuerda se usa para muchas otras cosas, entre ellas, para enlazar caballos o ganado.

Los indios siempre fueron hábiles con el fuego. Tenían cuatro clases de fuegos: el fuego del consejo, dentro del tipi, con un significado ritual; el fuego de la amistad, una especie de hoguera para calentar a todos los habitantes del poblado; el fuego de señales, que servía para hacer señales de humo, y el fuego de cocinar, muy pequeño y hecho con brasas.

Un scout debe ser capaz de hacer y de usar cualquiera de estos fuegos si quiere ser un buen campista.

Cualquier scout puede hacerse un tipi indio. Estas son las medidas.

Para hacer un tipi, usa una pieza de arpillera de ocho pies por dieciséis (unos 2,4 por 4,9 metros). Tomando como centro el punto X, traza un semicírculo de ocho pies. Con los trozos que sobran, marca círculos más pequeños como adorno y corta dos aletas para el punto P, y cóselas. Corta dos aberturas en forma de V de un pie a cada lado de la X y pon unos bolsillos en las esquinas de las aletas del punto P para meter una varilla. Haz primero el patrón en papel.

Dos tipis decorados, uno al lado del otro
Un tipi piel roja
Plano acotado de la lona de un tipi, en semicírculo, con los puntos P y X
Esquema de un tipi

Tribus africanas

Por una razón o por otra, se ha escrito mucho sobre los pieles rojas de Norteamérica, y a menudo la mitad de lo que se cuenta de ellos es pura imaginación o información deformada.

Por eso mucha gente piensa que los pieles rojas son los únicos salvajes dignos de admiración.

Es un gran error: en distintas partes del Imperio británico tenemos otras razas igual de nobles, con buenas costumbres y buenas ideas.

En The Scout os conté algo de los nativos de Australia, de quienes aprendí un poco cuando estuve allí, y ahora voy a hablaros de los nativos de África.

He tenido la suerte de vivir con varias de estas tribus, así que lo que sé no lo he sacado de los libros. Eso sí, en África hay tantas razas distintas que es difícil nombrarlas todas con sus costumbres.

Os voy a presentar sobre todo a los zulúes, y algo también de los masái, de los nativos de la costa occidental y de los sudaneses.

Los zulúes incluyen otras grandes tribus emparentadas con ellos, como los suazis, los matabeles, los basutos, los angonis, etc.

En el continente viven muchísimas más tribus, pero solo os hablaré de las que he visitado.

Mapa de África con los nombres de varias tribus: bereberes, árabes, egipcios, sudaneses, hausas, ashantis, masáis, suajilis, matabeles, suazis, zulúes y basutos
Esquema de África con las tribus que visitó el autor y dónde vive cada una

En marcha

Los zulúes en marcha son un espectáculo magnífico, y mientras viva no olvidaré la primera vez que vi un impi (ejército) zulú en marcha.

De hecho, lo oí antes de verlo. Cuando el maravilloso sonido de su canto me llegó desde un valle cercano, por un momento creí que era la música de un órgano de iglesia.

Entonces aparecieron tres o cuatro largas columnas de guerreros de piel bronceada que avanzaban en fila detrás de sus indunas (jefes), con los penachos blancos y negros meciéndose, las faldas oscilando y las assegais (lanzas) destellando al sol. Levantaban sus grandes escudos de cuero al ritmo del canto.

El canto scout Ingonyama tocado al órgano te dará una buena idea de lo que salía de aquellas cuatro mil gargantas relucientes. En un momento dado, cada uno golpeaba su escudo con el knobkerrie (garrote), y sonaba como un trueno.

Un guerrero zulú con tocado de plumas, lanza y bastón
Un heraldo zulú

A veces brincaban como caballos o daban una pirueta en el aire todos a la vez. Era una vista maravillosa, y la coordinación era perfecta.

Detrás del ejército venía un segundo ejército de unfaans (muchachos) que llevaban sobre la cabeza las esteras de hierba enrolladas que usaban para dormir, las almohadas de madera y las calabazas con agua para los hombres.

Estos muchachos tomaban parte en la marcha, veían las batallas, daban primeros auxilios a los heridos y cocinaban, y así aprendían a ser buenos guerreros el día de mañana.

Eran los boy scouts de su nación.

Campamentos

Al llegar al lugar de acampada, los hombres construían sus scherms, unos refugios de ramas en forma de herradura ancha, para que toda una compañía pudiera tumbarse con la cabeza bajo el refugio y los pies hacia el fuego.

Caza

Los hombres salían a cazar para comer. Unos seguían a un antílope, se escondían entre la hierba y se arrastraban hasta tenerlo a tiro; entonces le arrojaban una assegai y lo remataban con una lanza de hoja ancha, mientras lanzaban su fiero grito: «¡Chuggu, chuggu!».

Otros ponían trampas: ataban un lazo de lianas a un arbusto doblado que hacía de resorte.

Otro método habitual era que varios hombres formaran un gran círculo y fueran estrechándolo poco a poco, empujando a la presa hacia el centro, donde la mataban con las lanzas.

Hacer fuego

Mientras tanto, los unfaans recogían leña y agua, y encendían el fuego frotando un palo entre las palmas de las manos. La cocina era muy sencilla. Los mealies (maíz) se hervían en una olla redonda hasta convertirse en una masa espesa, y la carne de los animales cazados se cortaba en tiras que se ensartaban en una assegai hasta llenarla. Luego se clavaba el arma por la punta en el suelo junto al fuego, y en cuanto la carne se calentaba se daba por suficientemente hecha para comérsela.

La iniciación de los muchachos

El induna (jefe), acompañado de algunos de los ringkops (guerreros) más veteranos, que por sus méritos se habían ganado el derecho a casarse y a tener propiedades y llevaban en la cabeza un anillo negro como señal de su rango, recibía a los muchachos de la tribu que habían llegado a la edad de hacerse guerreros. Les aconsejaban cómo comportarse, cómo usar las armas y cómo atacar a las fieras, y les advertían que jamás debían retroceder.

Si volvían derrotados de una expedición, tenían que entregar las armas y dejar que las mujeres de la tribu les rompieran el cuello. Su lema era:

Si seguimos adelante, moriremos; si volvemos atrás, moriremos; mejor seguir adelante y morir.

Después, el hechicero de la tribu, con un traje fantástico, pintaba de blanco a los muchachos, daba a cada uno una assegai y les decía que se fueran a la selva hasta que se les borrara la pintura blanca; si alguien los veía durante ese tiempo, los matarían.

Los que regresaban habían demostrado que eran hombres, porque habían sido capaces de mantenerse vivos cazando con su assegai y comiendo las frutas y raíces que encontraban en el bosque. Entonces podían ser admitidos como guerreros de la tribu y recibir de manos de los indunas sus assegais y sus escudos.

Disciplina

La disciplina de los zulúes es muy estricta, y cualquier falta contra las leyes de la tribu se castiga con la muerte.

En una ocasión, dos guerreros riñeron por la comida y uno de ellos hirió levemente al otro. El agresor fue llevado ante el induna para ser juzgado.

El induna declaró que, al herir a su compañero, había actuado como un enemigo de la tribu, y que no se le podía dejar con vida. Se lo llevaron y lo entregaron a las mujeres. Una de ellas se colocó detrás de él, le sujetó la barbilla y la nuca con las dos manos y le rompió el cuello.

Caballerosidad

Un joven guerrero llevaba como penacho la melena de un león, señal de que había luchado solo contra un león y lo había matado con su assegai.

Por eso el induna dijo que, ya que había sido tan valiente ante el peligro, volvería a serlo frente a un enemigo, y así sería valioso para la tribu. Su valor pesó más que su falta de disciplina y fue perdonado. Durante el juicio, los guerreros estaban sentados en círculo en el suelo y gruñían todos a la vez cada dos segundos, en señal de interés y de acuerdo con lo que decía el induna. Cuando este dictó el perdón, se pusieron en pie de un salto, alzaron la mano derecha y gritaron «¡Inkos!» (jefe) para mostrar su aprobación.

El perdonado se arrodilló ante el induna y le besó las palmas de las manos que este le tendía; luego se levantó de un salto y gritó: «¡Inkos!». Trajeron el tótem, y el hombre recuperó su escudo y su assegai, saludó al tótem y prometió a la tribu buena conducta y obediencia en adelante.

Señales

Entonces llegó la llamada a la tribu, con señales de humo, tambores y el sonido del cuerno de kudú, y los hombres se prepararon al instante para entrar en acción.

El impi (ejército) se desplegaba de una manera especial. Los guerreros jóvenes, ligeros de pies, corrían en fila india, agachados y siseando, hasta ocupar su posición, mientras que los veteranos, los ringkops, formaban lo que se llamaba el pecho del ejército, es decir, el bloque central y compacto que empujaba hacia delante para dar más peso al combate cuando hacía falta.

La concentración

Así, con el pecho avanzando despacio por el centro y los dos cuernos de corredores ágiles a los lados, la carga se hacía en forma de herradura, con cada hombre gritando con todas sus fuerzas mientras llegaban al punto central, igual que hacemos nosotros en nuestras concentraciones (rallies).