Aventura hacia la edad viril
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Aventura hacia la edad viril · 2. Cuerpo

¿Y la natación?

Todo scout debe aprender a nadar. He conocido a muchos que aprenden a la primera; otros tardan más. A mí me pasó eso: al principio no era capaz. En el fondo de mi corazón creo que el agua no me gustaba mucho, pero un día me armé de valor y me encontré nadando bastante bien.

Un muchacho se queda en la orilla con aire triste mientras otros se tiran al agua y nadan
Tomasito ve a todos felices, que se echan al agua y saben nadar; pero él, infeliz, no sabe y no se puede echar.

Me había esforzado demasiado y había luchado con mucha tenacidad, pero aprendí que lo mejor era tomárselo con calma y tranquilidad, y de vez en cuando sumergirme y bucear con los ojos abiertos. El agua acabó gustándome y nadar en la superficie me resultó bastante fácil. Algunos chicos a los que les da un poco de miedo el agua dicen:

—¿Para qué sirve nadar? Ni mi trabajo ni mis diversiones van por ese lado.

Bueno, meterse en el agua es muy divertido, pero mucho más si sabes nadar. ¡Qué tonto queda el chico que tiene que quedarse andando por donde no cubre, sin poder unirse a sus amigos cuando van al mar o al río!

Pero esto es algo más que diversión. Si vas a remar o a navegar a vela, no es justo para tus compañeros que no sepas nadar. Si el bote vuelca y todos saben nadar, no pasa nada; pero si alguno no sabe, los demás tienen que arriesgar la vida para mantenerlo a flote.

También puede ocurrir que veas a alguien ahogándose. Si sabes nadar, te tiras, lo sujetas como es debido y lo llevas a la orilla, y habrás salvado la vida de un ser humano. Pero ¿y si no sabes nadar? Entonces lo pasas fatal. Sabes que deberías hacer algo más que gritar pidiendo ayuda mientras otro ser humano lucha por su vida y se va debilitando ante tus ojos.

No voy a describirlo: es una pesadilla horrible, y será aún más terrible para ti el resto de tu vida, cada vez que pienses que tuviste parte de culpa de que aquel pobre chico se ahogara. ¿Por qué culpa tuya? Porque, si hubieras sido un verdadero scout, habrías aprendido a nadar y habrías podido salvarlo.

Aprender a nadar en quince minutos

Intenta deslizarte arrastrándote por la superficie del agua. Lo dice una autoridad en la materia, que garantiza que una persona que nunca ha aprendido podrá nadar en menos de un cuarto de hora.

Esto coincide de lleno con lo que dije en Escultismo para muchachos (Scouting for Boys), donde aconsejo a los principiantes que intenten nadar como un perro, que es como se aprende en Australia y en Estados Unidos. Conviene practicar primero en seco: tumbado boca abajo, golpea suavemente el suelo con un pie y con otro alternativamente. Luego, si puedes agarrarte al borde de una piscina, practica cogiendo el agua con la palma de la mano y trayéndola despacio hacia ti.

Pero la mejor práctica se hace en el agua, agarrado con las manos a la escalera de la piscina y pataleando, con las piernas y el cuerpo lo más rectos posible. Muy pronto podrás soltar una mano y usarla también en el agua.

Después, desde la escalera y de cara al agua, lánzate suavemente hacia delante con el cuerpo y los brazos rectos y las rodillas rígidas, e intenta avanzar arrastrándote por la superficie.

Es mejor hacerlo en agua algo profunda, para no caer en la tentación de bajar una pierna y apoyarte en el fondo para pararte.

Al bañista miedoso le ayuda que un amigo lo sostenga un poco desde el borde con un listón de madera bajo el pecho. A veces también le da confianza que la superficie del agua esté al nivel del borde y no más abajo.

Así que adelante, amigos que no habéis podido sacar la Primera Clase porque no sabéis nadar. Podéis aprender en un cuarto de hora si lo intentáis, deslizándoos por la superficie del agua como os he explicado.

Una vez entregué la Cruz de Plata al Valor por salvar una vida a una dirigente scout, la señorita Wodehouse, y la Cruz Dorada a uno de sus scouts, Cole, porque entre los dos habían salvado de ahogarse al Rover Mate Powell.

Lo que más me gustó del caso, además del valor y la rapidez de la dirigente y del scout, fue que todo se hizo con disciplina scout: todos se portaron bien e hicieron lo que había que hacer.

Los scouts se estaban bañando con las precauciones debidas, y la señorita Wodehouse y el scout Cole hacían de socorristas. De pronto vieron a un bañista en apuros; lo rescataron enseguida, lo sacaron del agua como es debido, lo llevaron a la orilla y le hicieron la respiración artificial.

Mientras tanto, los demás scouts, en lugar de gritar y correr de un lado a otro, se pusieron en silencio, pero con rapidez, a cumplir con su deber sin que nadie se lo dijera. Uno fue a llamar a un médico, otro trajo mantas y bolsas de agua caliente, y el resto formó un círculo para mantener apartada a la gente.

Todo aquello dejó en muy buen lugar a los scouts y a su jefa.

Ella, con modestia, pensaba que no debía recibir la Cruz de Plata si quien la había ayudado en el rescate no la recibía también. Pero le hice ver que toda la responsabilidad había recaído sobre ella: había tomado la iniciativa del rescate y había corrido el mayor riesgo. Si ella se hubiera cansado y se hubiera hundido, nadie la habría salvado. En cambio, si el muchacho se hubiera hundido, no habría corrido gran peligro, porque ella podía rescatarlo.

En resumen, se merecía la Cruz de Plata y se la ganó por ayudar a salvar la vida de un compañero, gracias a que se había tomado la molestia de aprender a nadar.

Nadando como san Patricio

Una pesadilla de Navidad

—¿Sabes nadar como san Patricio? —me preguntó a mi espalda una voz autoritaria.

—Sí, claro que sé nadar, aunque no como san Patricio. ¿Nadaba a braza, vestido y todo eso?

—Sí.

—Ah, entonces sí que puedo nadar como san Patricio. ¿Por qué?

—Pues si cruzas ese arroyo nadando como san Patricio, ganarás 100 libras esterlinas. Si fallas, tendrás que revolcarte diez veces sobre una cama de pinchos afilados. ¿Lo harás?

¿Cruzar a nado ese arroyuelo por 100 libras esterlinas?

Un muchacho en bañador de rayas, inclinado hacia delante, intenta meterse la cabeza en la boca
Nadando como san Patricio

—De acuerdo. ¡Cuenta conmigo, faltaría más! —Y empecé a desvestirme.

—Sí —repitió la voz—, pero como san Patricio.

—Bueno, está bien: solo a brazadas, a braza, sin hacer el muerto.

—Sí, pero como san Patricio: él nadó con la cabeza metida en la boca. Y si no lo haces, te esperan los pinchos.

—¡Dios mío!

Pero si san Patricio lo había hecho, ¿por qué no iba a poder yo?

Muy mareado y con las rodillas temblando, empecé a intentar meterme la cabeza en la boca. Si nunca lo has hecho, ¡pruébalo y verás lo que tuve que pasar!

Por supuesto, tienes que abrir las mandíbulas al máximo y torcer la barbilla; pero, aunque empujes con todas tus fuerzas, no tienes dónde apoyarte. Así que giras la cabeza y lo intentas por el otro lado.

Hice todo eso y de verdad creí que iba a conseguir morderme el cuello, ¡pero no salió! (me refiero al truco, no a la cabeza). Luego pensé que, dándole una vuelta al cuello, lo lograría. Le di unas cuantas vueltas, como a un tornillo, pero seguía sin poder morderme la cabeza. Entonces se me ocurrió una idea: darme la vuelta de dentro afuera, como un guante.

Creo que así lo habría conseguido, pero a mitad del experimento me entró el pánico al pensar qué pasaría si fallaba. ¿Y si la piel se me atascaba a medio camino y tenía que revolcarme en la cama de pinchos?

¡Mi pobre carne! Por primera vez el miedo se apoderó de mí, el corazón se me cayó a los pies y eché a correr con la cabeza enredada en la piel. Me encontré cruzando un pantano, y a cada paso los pies se me hundían más y más.

Luché, peleé por mi vida, y seguía hundiéndome, paralizado. Intenté gritar, pero solo me salió un grito ronco, y… me desperté.

Pero todavía me pregunto si es posible nadar como san Patricio.

Cómo me hice scout marino

Ser scout marino te vuelve más hábil y resistente que acampar, y además es más arriesgado, está lleno de aventuras y te diviertes muchísimo.

Así fue como me hice scout marino:

Éramos cinco hermanos y, entre todos, teníamos un velero de 10 toneladas.

Por supuesto, era el mejor barco del mundo, o al menos eso pensábamos, y en realidad no era malo. Lo demostró con creces: lo usábamos para todo, para pescar en primavera, para navegar en verano, para hacer regatas en otoño y para observar aves acuáticas en invierno.

Nos subíamos a él siempre que teníamos un día libre, en cualquier época del año y en cualquier punto de la costa de Inglaterra. Y el viejo barco siempre estuvo a la altura.

El hermano mayor, W., había sido marino y sabía mucho de navegación, y los demás aprendimos de él. No solo aprendimos a navegar, sino también a cuidar el barco: aferrar velas, maniobrar, pintarlo, baldear la cubierta, limpiar, reparar la madera y demás. Por supuesto, sabíamos cocinar igual de bien que nadar.

Sí, y todos, menos yo, eran muy buenos nadadores.

Recuerdo que un día, al fondear en Haslar Creek, la uña del ancla se enganchó en el fondo con la cadena del muelle.

¿Qué podíamos hacer?

¿Contratar a un buzo con su equipo para que bajara a soltarla?

No teníamos dinero.

¿Cortar el cable y abandonar el ancla? Tampoco podíamos permitírnoslo.

Así que mis hermanos se pusieron manos a la obra: bajaron por el cable, pasaron mucho rato bajo el agua, salían como focas a tomar un poco de aire fresco y volvían a sumergirse.

Lo repitieron una y otra vez. Pero al final salieron todos con una sonrisa de oreja a oreja.

Un muchacho bucea cabeza abajo a lo largo de la cadena del ancla
Liberando el ancla

¡Todo resuelto!

Mientras tanto, mi trabajo era preparar chocolate caliente y toallas ásperas bien calientes para todos. Muy pronto volvíamos a navegar tan tranquilos.

¡Sí! El puerto de Portsmouth, con su ensenada de Haslar, era nuestro refugio favorito. ¡Cómo disfrutábamos izando la bandera a las ocho en punto y arriándola cuando sonaba el toque de silencio a la puesta del sol! Cuando los buques de guerra tocaban sus cornetas, nosotros hacíamos sonar nuestra sirena de niebla e imitábamos su saludo ceremonial. ¡Qué gozada ver cómo los vecinos de uniforme se apartaban para dejar paso a nuestro capitán, W., cuando saltaba a tierra a comprar huevos frescos y repollos!

¡Y cuánto nos divertíamos también con los mújoles! Son peces grandes, muy sabrosos, pero muy desconfiados y difíciles de pescar. Solíamos atraparlos saliendo en el bote de popa armados con un tridente: nos asomábamos bajo la aleta de estribor de alguno de los viejos cascos fondeados en la bahía para sorprender algún mújol que comiera en el fondo. Cuando veíamos asomar un destello plateado entre las algas, de un golpe de tridente conseguíamos un buen pescado para el desayuno.

Un muchacho de pie en la popa de un bote clava una pértiga en el agua
El scout marino

¡Qué pesca tan maravillosa hacíamos en el mar!

Recuerdo los días de lubinas y pescadillas frente a Portland, y los de caballas con la caña mientras navegábamos con el foque, lejos de las islas Farne.

Allí también nos divertíamos con los patos salvajes. Navegamos mucho, además, por la bahía de Christchurch, cazando aves acuáticas. Hacía mucho frío cuando nos tumbábamos en cubierta, bajo la vela de popa, con la nariz asomando y la escopeta lista para disparar en cuanto levantaran el vuelo.

Un marinero sonriente rema en un bote sobre el agua agitada
El scout marino es un tipo alegre

En las aguas de Southampton también pasé muchos días felices en las marismas, usando unas tablas a modo de patines para no hundirme en el barro y arrastrándome por los canales poco profundos donde antes había visto un pato o una polla de agua. ¡Eso sí que era ESCULTISMO!

Por desgracia para los demás, al capitán se le metió en la cabeza que algún día podíamos hacer fortuna salvando un barco en apuros. Así que, cuando hacía mal tiempo, en vez de resguardarnos en el puerto, decidía que saliéramos a mar abierto a buscar barcos en peligro.

A mí me gustaba la idea de ayudar a la gente en apuros, pero por entonces no veía por qué teníamos que pasarlo mal nosotros para hacerlo.

Lo pensaba, pero no me atrevía a decirlo: W. era muy estricto con la disciplina. Lo aprendí la primera vez que hice sopa de guisantes para la tripulación: me olvidé de echarle carne al caldo y me obligó a comerme todo el engrudo espeso que salió.

Una vez que estábamos fondeados en Harwich, empezó a soplar del noroeste un temporal tan fuerte que algunos barcos del puerto tuvieron que levar anclas y buscar un sitio más resguardado.

En plena tempestad vimos salir hacia el mar un bote salvavidas, sin duda en respuesta a alguna señal de socorro.

Aquello fue demasiado para el capitán, que vio una oportunidad que no podía dejar escapar. Nos dijo:

—Hay dos canales entre los bancos de arena. Si el salvavidas coge el que no es, nunca encontrará el barco. Vamos a coger el otro y lo encontraremos nosotros.

Sin el menor entusiasmo, los pobres tripulantes tuvimos que sacar e izar las velas de tormenta y ponernos toda la ropa de mal tiempo que llevábamos.

Para levar anclas tuvimos que dejar nuestras literas calientes y salir a la intemperie que reinaba fuera.

Entre la espuma amarillenta que coronaba aquellas montañas de agua y los rociones que volaban no se veía rastro ni del bote salvavidas ni del barco, así que, empapados y zarandeados por el viento, íbamos de un lado para otro.

Aquello duró un día y una noche, y, por supuesto, no vimos nuestra presa hasta que volvimos a puerto. Allí nos enteramos de que el bote salvavidas había rescatado a la tripulación y que se habían salvado miles de libras en mercancías.

No, nunca conseguimos salvar a nadie, aunque más de una vez estuvimos muy cerca de necesitar que nos salvaran a nosotros.

Una de mis experiencias más agradables como scout marino fue un crucero de exploración fluvial. Tres de los hermanos llevamos un bote plegable de lona Támesis arriba, hasta donde pudimos hacerlo flotar, y llegamos al pie de las colinas Chiltern, donde nunca se había visto un bote.

Llevábamos con nosotros el equipo de cocina, la tienda y los sacos de dormir, y acampábamos por la noche.

Cuando llegamos a las fuentes del río, cargamos con el bote y lo volvimos a echar al agua en el arroyo que baja hacia el oeste y que, a pocas millas, se convierte en el Avon.

Atravesamos Bath y Bristol remando, a vela, empujándonos con pértigas o remolcados, según lo pedían las circunstancias, hasta llegar a las poderosas aguas del Severn.

Lo cruzamos con la escotilla abierta y llegamos felizmente a Chepstow, en la otra orilla. Allí remontamos los rápidos del Wye, por su hermoso paisaje, hasta nuestra casa, cerca de Llandogo.

De Londres a Gales, casi todo por agua, con muchas aventuras y mucha diversión.

Pero no es nada que vosotros no pudierais hacer igual de bien si lo intentarais. Inglaterra tiene unas vías fluviales espléndidas que la recorren de punta a punta y de lado a lado, para quien quiera usarlas.

Así que adelante, scouts marinos: haceos competentes y disfrutad de vuestro Escultismo Marino tanto como yo disfruté del mío. ¡Seguro que no lo pasaréis mal!

Os convertiréis en muchachos nobles, curtidos por el sol y hábiles, acostumbrados a plantar cara al peligro con una sonrisa.