Aventura hacia la edad viril · 1. Hombres valientes
Héroes
Cuando empecé a dibujar, no di clases con ningún maestro. Aprendí solo, sobre todo mirando los cuadros de buenos artistas y copiando sus dibujos y pinturas. Así llegué a dibujar lo bastante bien como para esbozar lo que veía y para dibujar a Tomasito el Pie Tierno y otros dibujitos para la revista The Scout.
Pues bien, de forma parecida leí las vidas de los héroes de antaño, y de ellos aprendí mucho de lo que uno debe saber hacer para cumplir con su deber.
A los muchachos les aburren las clases de historia en la escuela. A mí también me pasaba, hasta que me di cuenta de que, si aprendía lo que hicieron otros hombres cuando se vieron en apuros, sabría qué hacer si alguna vez me encontraba en un caso parecido. Y os puedo decir que eso me ha ayudado muchas veces, así que aconsejo a los scouts que hagan lo mismo.
Leed historia para estudiar las vidas y aventuras de hombres valiosos, y tratad de imitarlos igual que copiáis el estilo de dibujo de un artista.
Por ejemplo, he escrito mucho en la revista The Scout sobre Drake, el gran marino. No repito la historia de sus aventuras solo para divertiros, sino para enseñaros cómo un hombre valiente y patriota superó con éxito muchas dificultades y peligros.
Veréis una y otra vez cómo, cuando tuvo que plantar cara a grandes problemas, cuando le atacó la fiebre, cuando sus hombres se amotinaron, cuando cruzaba mares desconocidos en barcos frágiles y con pocos víveres, nunca dejó que el miedo lo dominara: siguió adelante pensando solo en cumplir con su deber, y siempre salió victorioso.
De todas las biografías que leí de niño, mi héroe era el capitán John Smith. Su espíritu alegre, jovial y aventurero; su astucia y su paciencia; sus lances arriesgados; su caballerosidad y su fe religiosa: todo eso me llegaba tan hondo que, siempre que me encontraba en un gran aprieto en la vida, solía preguntarme: «¿Cómo lo habría intentado John Smith?». Y así, por lo general, se me ocurría qué hacer.
Sin embargo, no hace falta remontarse a tiempos antiguos para encontrar héroes. Todavía hoy hay algunos a los que podemos estudiar y seguir.
En sus vidas, todos ellos siguieron, ante todo, el ejemplo de aquel gran héroe, Cristo, que dio su vida para enseñarnos a estar Siempre Listos para hacer el bien a los demás, aunque nos cueste la vida. Durante su vida en la tierra, vivió de un modo parecido a como vivimos hoy muchos de nosotros, como uno más entre la multitud. Así que, en las peores dificultades, basta con que te vuelvas hacia Él y pienses: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?», y enseguida sabrás cómo afrontar el problema.
¡Sí! Te aconsejo que estudies historia, que leas las vidas y aventuras de hombres honrados y la historia de Cristo. Recuérdalo e intenta obrar en todo lo que hagas como lo habrían hecho ellos; así no te equivocarás, y quizá tú mismo llegues a ser un héroe.
Sir Francis Drake, el terror del Caribe
Hace unos años navegué por el Caribe. Cualquiera que haya leído algo sobre piratas sabe que el mar Caribe baña el norte de Sudamérica, que ocuparon los españoles entre 1500 y 1700.
Este mar, que rodea las Indias Occidentales, era en aquel tiempo el escondite de piratas, bucaneros, corsarios y toda esa alegre chusma que acechaba a los barcos españoles cargados de tesoros.
Es un trozo de mar azul que centellea bajo un sol abrasador, barrido por brisas constantes y salpicado de islas cuyas bahías se esconden entre las palmeras. Se mire como se mire, era un lugar ideal para los piratas, y lo seguiría siendo si todavía los hubiera.
Una de las ciudades más antiguas del Caribe es Cartagena. Se alza orgullosa como hace cientos de años: una ciudad de catedrales y grandes edificios, rodeada de murallas y baluartes, a orillas de una laguna o brazo de mar que tiene una sola entrada, muy estrecha y bastante alejada de la ciudad.
Fue aquí donde aquel viejo lobo de mar, sir Francis Drake, llevó a cabo una de sus audaces expediciones. En 1586 entró en la laguna con varios barcos y los fondeó en el extremo de una estrecha península que lleva hasta la ciudad.
Los españoles adivinaron que los británicos desembarcarían y avanzarían a lo largo de la península, así que levantaron una sólida barricada de lado a lado y la defendieron con arcabuceros y cañones. Parecía que se habían hecho inexpugnables.
Pero los británicos, tras desembarcar, avanzaron sigilosamente y sin disparar, a cubierto siempre que podían, y no se reunieron hasta llegar junto a la barricada. A una señal, lanzaron un ataque violento y cayeron sobre el enemigo con hachas y cuchillos.
Los españoles, al ver que sus armas de fuego no les habían servido de nada, echaron a correr hacia la ciudad, con los británicos persiguiéndolos como una manada de lobos.
Cuando los defensores intentaban detenerlos, los británicos los acosaban con sus armas, y así cayó la ciudad.
Drake, con su acostumbrada cortesía, invitó a cenar a los principales personajes, en concreto al gobernador y al obispo, y antes de retirarse les pidió, y obtuvo, la suma de 110.000 ducados.
Drake, como Dick Turpin, Robin Hood y otros héroes bandoleros, salvó su reputación por ser amable y generoso además de valiente.
En otros puntos del Caribe combatió a los españoles y liberó a los nativos que ellos habían oprimido y esclavizado, con lo que se los ganó. Cuando capturaba a un español, no lo mataba de hambre, ni lo torturaba, ni lo ejecutaba, como se acostumbraba entonces, sino que lo trataba con humanidad.
El ataque de Morgan
Portobelo es otro lugar interesante del Caribe. Fue aquí donde Morgan, otro aventurero (rover) británico, desembarcó y atacó la población (N. del T.: B.-P. usa la palabra «rover», con minúscula, en el sentido de aventurero; con mayúscula, «Rover» se refiere al Rover Scout. Del mismo modo, «Scout» con mayúscula se refiere a los scouts, y «scout» con minúscula significa explorador). Bajo un fuego nutrido, fabricó escalas, las apoyó contra las murallas y así conquistó la ciudad y la saqueó.
Morgan se hizo famoso por su ataque a Panamá, que estaba al otro lado del istmo del mismo nombre. El istmo de Panamá está cubierto de pantanos y selvas, y era un lugar mortal para el hombre blanco, porque la fiebre amarilla lo atacaba y mataba a muchísimos. Los españoles se las arreglaban para reunir en la ciudad de Panamá grandes cantidades de oro y plata de las minas del país, que luego enviaban por partes, a lomos de mulas o de llamas, a través de selvas y pantanos hasta Portobelo, para embarcarlas rumbo a Europa.
Tanto Drake como Morgan, además de capturar en alta mar los barcos cargados de tesoros, pensaron que sería un buen negocio esperar el paso de las recuas por tierra y hacerse así con un buen botín.
Cuando estuve allí, me pareció muy interesante descubrir que el camino de herradura de Panamá a Portobelo todavía existía, porque quienes lo usaban antaño lo habían empedrado con grandes piedras y aún se podía transitar.
Los scouts panameños habían hecho expediciones por él, recorriéndolo poco a poco y abriéndose paso a machetazos por la selva que lo había cubierto en muchos tramos. Así habían visto el mismo camino por el que se transportaba el oro y en el que se enfrentaron los aventureros británicos y los soldados españoles.
Drake murió en Portobelo en 1596. Estaba a bordo de su barco, muy enfermo de fiebre, pero no quería rendirse a la enfermedad. Cuando se acercaban al puerto, se puso el uniforme, se ciñó la espada y empezó a subir a cubierta. Pero en la escalera cayó de espaldas: la enfermedad pudo con él, lo llevaron a su camarote y allí murió, al pie del cañón.
Como era marino, su tripulación pensó que debía ser enterrado en el mar y no en tierra, así que la flota viró y arrojaron su cuerpo por la borda. Entre sus barcos había dos que habían capturado a los españoles; los hundieron a los dos en el mismo sitio, uno a cada lado del lugar donde habían arrojado el cuerpo de Drake, para que custodiaran su tumba en el fondo del mar.
Cómo engañaron a Drake
La historia del ataque de Drake a la recua que llevaba el tesoro es interesante y divertida desde el punto de vista scout. Ya os he contado que el camino de Panamá a Portobelo, o a Nombre de Dios, en la costa atlántica, atravesaba veinte leguas de selva, y que por él se llevaba el tesoro a lomos de mula para embarcarlo en los galeones españoles rumbo a Europa. Drake desembarcó a un grupo de sus hombres para atacar y capturar una de esas recuas. Los llevó en marchas largas y duras a través de pantanos y bosques, bajo el calor húmedo de aquella región, apartados del camino para avanzar lo más en secreto posible y no dar ninguna señal de su presencia.
Uno de sus espías nativos se había enterado de que el guardián del Tesoro de Lima iba a recorrer aquel camino desde Panamá una noche determinada, con una recua de catorce mulas: ocho irían cargadas de oro y una de joyas.
Había también otro convoy que llevaba comida y vino para los barcos españoles, además de algo de plata. Drake condujo a sus hombres a un punto adecuado para tender una emboscada, a medio camino entre Panamá y el pueblecito de Venta Cruz. Allí los escondió en un pastizal, mientras dos o tres exploradores indios salían a conseguir más información.
De pronto olieron humo. Era el humo del pedernal de un mosquete. Guiados por ese olor, los exploradores se arrastraron sigilosamente hasta encontrar a un soldado español dormido en su puesto.
Lo amordazaron para que no gritara, lo ataron y se lo llevaron en silencio. Drake lo interrogó y le sacó más información. Enseguida dividió a su partida en dos grupos y los colocó a ambos lados del camino, algo separados entre sí, de modo que, si la recua era grande o iba dividida en dos secciones, pudiera capturarla entera. Además, si había tiroteo, sus hombres no se dispararían unos a otros.
Después, Drake hizo que sus hombres se pusieran camisas blancas sobre la ropa para distinguirse del enemigo. Luego todos ocuparon sus puestos y se escondieron a esperar el convoy.
De pronto, en el silencio de la noche, oyeron a lo lejos el tintineo de los cencerros de las mulas y el ruido de los cascos sobre las piedras. A medida que el convoy se acercaba, la emoción de los hombres iba en aumento. De repente, desde la dirección contraria, se oyó acercarse un caballo solo, y apareció un oficial español que venía al trote desde Venta Cruz. Uno de los hombres de Drake, llamado Robert Pike, que se había pasado un poco con el brandy, se incorporó para ver mejor al que pasaba. Sus compañeros tiraron de él enseguida, pero el jinete también era un buen explorador.
Vio a aquel hombre con un atuendo tan raro e inmediatamente sospechó que algo iba mal. En lugar de detenerse y dar media vuelta, se dio prisa en ir al encuentro de la recua, cuyos cencerros también había oído.
Los piratas escuchaban con ansiedad, sin saber si los había visto o no; pero, para su alivio, los cencerros de las mulas seguían tintineando. Las mulas se acercaban más y más, hasta que se dibujaron en la oscuridad con la carga a lomos. Iban derechas a la emboscada.

Entonces sonaron los silbatos de los oficiales, y los hombres se apoderaron rápidamente de las mulas y de sus arrieros. No escapó ninguno. Los piratas descargaron las mulas y rasgaron a toda prisa los fardos, solo para encontrar lana, carne seca, pan y vino. ¡Solo dos fardos llevaban un poco de plata! ¡El maravilloso cargamento de oro y joyas por el que tanto habían luchado no estaba allí!
Entonces Drake se acercó a los arrieros y los interrogó. Al final le contaron que el oficial del caballo había ido a avisar a su jefe de que acababa de ver a un hombre escondido entre la maleza con una camisa blanca.
Los nativos no llevaban camisas blancas. Ningún español se escondería a medianoche. Las camisas blancas solían llevarlas quienes hacían ataques nocturnos. Así que, atando cabos, habían llegado a la conclusión de que alguien había tendido una emboscada a la recua.
En aquel momento, la recua iba dividida en dos: la parte de delante llevaba el oro y el tesoro; la otra, víveres para la travesía.
El jefe detuvo la primera parte de la recua y ordenó a la segunda que siguiera adelante como si no hubiera pasado nada, para que la capturaran a ella si había una emboscada. Si todo resultaba ser una falsa alarma, las mulas del tesoro la seguirían al cabo de un rato.
Así lo hicieron, y en cuanto el jefe oyó el ruido del ataque de los piratas contra la otra parte de la recua, hizo dar media vuelta a las mulas en silencio y volvió a toda prisa a Panamá.
Engañado, pero no derrotado
Drake había sido engañado. ¿Y creéis que se alteró por eso? Ni mucho menos. Era un explorador. Cuando a un scout le golpean por un lado, no se rinde: busca otro. Su lema es «No digas nunca que te mueres hasta que estés muerto», ¿verdad? En esta ocasión, Drake comprendió que no tenía sentido perseguir a las mulas hasta Panamá, donde todos estarían preparados para hacerles frente.
Tampoco tenía sentido devolver a sus hombres a los barcos con las manos vacías después de tantas penalidades, así que trazó en el acto un nuevo plan.
Dejó que sus hombres se comieran las provisiones que habían encontrado en la recua y luego, montándolos en las mulas capturadas, convirtió a sus marinos en dragones y cabalgaron hacia Venta Cruz. Al amanecer llegó cerca del pueblo.
De nuevo, gracias al olor del humo que percibieron sus exploradores, supo enseguida que la guarnición había recibido la voz de alarma y los esperaba escondida en la maleza, a las afueras del pueblo.
Drake hizo desmontar a sus hombres y los llevó con sigilo muy cerca de la posición enemiga. Entonces salió al descubierto y pidió al comandante español que le dejara entrar en el pueblo. Como el comandante se negó, Drake disparó su pistola, y los españoles escondidos creyeron que era la señal de su comandante para abrir fuego. Así lo hicieron, aunque no veían a más enemigo que a Drake.
Recibió dos o tres heridas, pero fueron minucias que no parecieron afectarle mucho. Se había expuesto de ese modo para atraer el fuego de los españoles. Fue una acción arriesgada muy propia de Drake, que la llevó a cabo él mismo: como un verdadero scout, nunca pidió a otro que hiciera lo que él no habría hecho.
Lo bueno fue que los españoles habían descargado sus armas, y antes de que tuvieran tiempo de recargar sus viejos arcabuces, los hombres de Drake se les echaron encima con hachas y cuchillos.
Los españoles, sin poder disparar, se retiraron a toda prisa al amparo de las murallas, pero los piratas los siguieron tan de cerca que entraron en el pueblo junto con ellos antes de que pudieran cerrar las puertas, y así tomaron la plaza.