Aventura hacia la edad viril · 1. Hombres valientes
John Smith de Virginia
El capitán John Smith fue un gran tipo y otro lobo de mar británico. Espero que todos los que lleven el honroso apellido Smith lo consideren uno de sus antepasados e imiten su buen ejemplo. ¡Si lo hacen, Inglaterra tendrá una abundante cosecha de hombres valientes! Los que no se apelliden Smith, pero se llamen John, pueden tenerlo por el abuelo de su padrino, y los que no sean ni Johns ni Smiths pueden seguir su ejemplo como HOMBRE.
El capitán John Smith nació en Willoughby, en Lincolnshire, en 1580. Tenía dieciocho años cuando murió su padre, en 1598, y se lanzó a buscar fortuna en Francia y Holanda, donde aprendió el oficio de soldado.

Tras una breve estancia en Inglaterra, volvió a partir en 1600 y vivió muchas aventuras en el este de Europa, donde sirvió a las órdenes del archiduque de Austria y de otros comandantes, luchando contra los turcos. Su espíritu e ingenio le dejaron en muy buen lugar en el asedio de Lembach, cuando inventó un sistema de señales para la guarnición, acosada por los turcos, que acabó por poner fin al asedio. Así es como lo hizo:
El comandante de las tropas de socorro, el coronel Kissell, no conseguía hacer saber a los suyos, encerrados en la plaza, que él estaba fuera, listo para ayudarlos.
El capitán Smith le contó que unos meses antes había ensayado un método de señales con el general Ebersbaught, que por entonces mandaba la guarnición de la ciudad sitiada. El coronel Kissell le dio unos guías que, en la oscuridad de la noche, lo llevaron a una montaña, donde encendió tres antorchas a la misma distancia unas de otras. El gobernador de la ciudad las vio.
Aunque estaba a 7 millas (unos 11 kilómetros) de distancia, Smith le transmitió este mensaje:
El jueves por la noche atacaré por el este; al toque de alarma, salid.
El general Ebersbaught contestó del mismo modo que así lo harían, y así se hizo.
Este era el código de señales de Smith. Para cada letra del alfabeto de la A a la L, hacía con una antorcha tantos destellos como indicaba su posición contando desde la A. Así, la A era un destello; la B, dos; la C, tres, y así hasta once para la L. Todas las letras posteriores a la L se hacían con destellos dobles, contando del mismo modo: la M, un destello doble; la N, dos, etc. El final de cada palabra se indicaba con tres luces. Después de cada letra se hacía una pausa para que el observador pudiera anotarla, y cuando lo había hecho respondía con una luz.
Era un método lento, pero muy fácil y eficaz. Pruébalo.
Por haber matado a tres campeones turcos en tres combates singulares, librados a la vista de ambos ejércitos, el príncipe de Transilvania le concedió un escudo de armas.
Los turcos lo hicieron prisionero en la batalla de Rothenthurm, lo vendieron como esclavo y lo enviaron a Constantinopla. Allí se hizo amigo de una dama turca de alta alcurnia y lo llevaron a Viena, donde, tras sufrir muchos malos tratos a manos de su amo, un bajá, Smith lo mató y escapó.
Más tarde, Smith fue nombrado capitán de una expedición a Virginia, en los Estados Unidos, que llevaba gente para colonizar el país. Tuvo un sinfín de dificultades con su propia gente y con los pieles rojas. Una vez lo capturaron e iban a matarlo cuando Pocahontas, la hija del jefe Powhatan, intercedió por él y le salvó la vida. Después se hizo amigo de los indios, hasta el punto de que Pocahontas se convirtió al cristianismo, se casó con el teniente de Smith y se fue a vivir a Inglaterra, donde murió.

Las aventuras de Smith podrían llenar un libro, y de hecho lo llenan. Se enfrentaba sin cesar a dificultades y peligros, siempre con una sonrisa y con la determinación de salir adelante. Es un buen ejemplo para los gañanes que quieren hacerse hombres. Uno de sus dichos que vale la pena recordar es: «Imitemos a nuestros antepasados para ser sus dignos sucesores». Si tú lo imitas a él, serás tan hombre como él.
Exploradores portugueses
Hace algún tiempo, delante de numerosos scouts, el embajador de Portugal me impuso la Orden de Cristo como reconocimiento a lo que los scouts estaban haciendo en su país.
Al darle las gracias, le dije que me sentía especialmente honrado, porque esa era la misma orden que se había concedido a los antiguos scouts marinos de Portugal.
El príncipe Enrique, llamado el Navegante por sus numerosos viajes de aventura y por sus ingeniosos inventos para ayudar a los marinos a orientarse, fue gran comendador de la Orden de Cristo, y gracias a él Portugal tuvo un número considerable de exploradores y descubridores.
Por lo visto, a una o dos personas les pareció que había alabado demasiado a los portugueses, y me dijeron:
—¿Y qué hay de nuestros propios lobos de mar, como Hawkins, Drake, Raleigh y Gilbert?
Tuve que defenderme diciendo:
—Lean la historia y verán que el cabo de Buena Esperanza lo descubrió Díaz en 1487; la India, Vasco de Gama en 1498; Brasil, Cabral en 1500, y Sudamérica, al año siguiente, Américo Vespucio. Y Magallanes descubrió ese terrible paso del sur de Sudamérica en 1519.
Todos ellos eran portugueses o españoles.
Es cierto que Hawkins exploró Brasil; que Martin Frobisher buscó el paso del Noroeste en tres viajes distintos; que sir Walter Raleigh exploró las Indias Occidentales y el río Orinoco, al norte de Brasil; que William Adams fue el primero en llegar a Japón, en 1600; que sir Humphrey Gilbert fundó la colonia de Terranova; que John Hawkins abrió el comercio con África Occidental, y que sir Francis Drake dio la vuelta al mundo siguiendo a Magallanes por el estrecho que este había descubierto.
Pero hay una diferencia de fechas: los descubrimientos de los portugueses se hicieron en tiempos de los padres y los abuelos de nuestros hombres. Si nuestros marinos se enfrentaron a dificultades y peligros con barcos pequeños e inadecuados, instrumentos de navegación pobres y una alimentación deficiente, eso dice mucho de la audacia de quienes, en condiciones todavía peores en todos los aspectos, se lanzaron antes que ellos en busca de lo desconocido.
A decir verdad, hay que dar honor a quien honor merece y recordar que, aunque los británicos somos gente de buena ley, no somos los únicos guijarros de la playa.
Espero que lo recordéis cuando os encontréis con vuestros hermanos scouts de otros países en los Jamborees.
El abuelo de mi padrino
Hace más de cien años que nacieron los ferrocarriles en Inglaterra.
Todos los scouts saben que George Stephenson fue el hombre que puso en marcha las locomotoras y que su hijo Robert fue quien las perfeccionó.
Robert Stephenson fue mi padrino, así que, naturalmente, seguí con gran interés el centenario. Pero en George Stephenson hay mucho más que esos hechos: fue un hombre que reunía todas las cualidades que vosotros, amigos, formados como scouts, deberéis tener cuando seáis hombres.
Nunca fue a la escuela. Aprendió por su cuenta, como puede hacerlo cualquiera que se lo proponga y quiera de verdad progresar.
Era un niño pobre, hijo del fogonero de una mina de carbón cercana a Newcastle upon Tyne. En aquella época había máquinas de vapor fijas que subían los vagones de carbón tirando de ellos con cuerdas a lo largo de raíles de madera. Todavía no se había desarrollado la idea de construir máquinas de vapor que se movieran por sí mismas, es decir, locomotoras.
George Stephenson nació en 1781 en una cabaña de Wylam, cerca de Newcastle, que he visto muchas veces. De muchacho ganaba dos peniques al día cuidando vacas y, mientras tanto, modelaba pequeñas máquinas de barro, con trozos de paja a modo de tubos y varillas.
A los quince años consiguió trabajo como ayudante de fogonero, y a los diecisiete le encargaron la máquina en la que trabajaba su padre, de modo que pasó a ser el jefe de su propio padre.
Siempre intentaba mejorar su máquina, y era tan hábil que le fabricaba piezas nuevas. Visitaba otras minas para estudiar sus máquinas y quería conocer los nuevos inventos, pero se encontraba atado porque no sabía leer ni escribir. Tampoco sabía aritmética, así que no podía hacer los cálculos que necesitaba. Pero estaba decidido a no ser un gañán. Comprendió que nunca podría seguir adelante con sus inventos si no aprendía. Así que, a los dieciocho años, empezó a ir a la escuela nocturna después del trabajo, y allí aprendió muy pronto lo que quería.

Tuvo que pagarse los estudios, y para ello criaba y vendía conejos; además, en sus ratos libres arreglaba y hacía zapatos.
También estudiaba los pájaros y sus costumbres, y se hacía amigo de ellos. Un mirlo vivió en su casa todo un invierno. Cuando llegó el verano, se fue volando, buscó pareja e hizo su vida, y cuando terminó volvió a vivir en la cabaña.
Entre los zapatos que arreglaba estaban los de una guapa joven que servía en una granja vecina, con la que se casó en 1802.
Tuvieron un hijo pequeño antes de que ella muriera. Ese hijo fue Robert, mi padrino.
Poco después de la muerte de su mujer, su padre se quedó ciego por una explosión de vapor en su máquina. Así que George tuvo que cuidar a la vez de su padre y de su hijo pequeño.
Eran malos tiempos. Inglaterra estaba en guerra con Francia, los alimentos estaban caros y los negocios iban mal, algo muy parecido a lo que ocurrió después de la Gran Guerra (N. del T.: se refiere a la Primera Guerra Mundial, 1914-1918). No había subsidio para los parados y los sueldos eran muy bajos.
A George le costaba mucho mantener su casa, a su padre y a su hijo con lo que ganaba. La mayoría de sus amigos se gastaban el jornal apostando en peleas de gallos o de perros y, cuando ganaban, se bebían las ganancias. Pero George siempre se mantuvo al margen: veía que, a la larga, no compensaba. En cambio, buscó más trabajo. Después de arreglar un reloj viejo y fijarse en cómo funcionaba, empezó a reparar relojes en su tiempo libre.
Un día fue a ver una máquina nueva que habían instalado en una mina cercana para sacar el agua que entorpecía el trabajo. La máquina funcionaba mal y no achicaba el agua lo bastante deprisa. Stephenson la observó y vio en qué podía mejorarse su funcionamiento. Se ofreció a arreglarla, la desmontó, hizo algunos cambios y, cuatro días después, la máquina funcionaba alegremente y sacaba el agua con mucho éxito. Por ello le regalaron diez libras y, además, se ganó fama de buen operario. Desde entonces lo llamaban para ayudar cuando fallaban otras máquinas.
¿Fuerza o inteligencia?
Después de escribir lo anterior sobre George Stephenson, tuve que salir en coche a hacer unas gestiones. Por el camino me encontré con un anciano que, evidentemente, necesitaba que lo llevaran, así que lo invité a subir.
Mientras viajábamos, charlamos, y así me enteré de que, aunque estábamos en Hampshire, mi pasajero era del norte, de Darlington, donde se estaba celebrando el centenario del ferrocarril. De modo que hablamos de George Stephenson, y me contó esta historia sobre él.
Le habían pedido a George que fuera a reparar otra bomba en una mina de carbón vecina, y lo hizo con todo éxito. Entonces el encargado le preguntó cuánto le debía, y George respondió:
—Cinco guineas (N. del T.: una guinea equivale a una libra y un chelín).
Al encargado le pareció mucho, teniendo en cuenta el poco tiempo que había trabajado. Pero George le explicó que solo le cobraba cinco chelines por su tiempo y sus herramientas.
—Entonces, ¿las cinco libras de qué son? —preguntó el encargado.
—Ah —dijo George—, eso es por mi cerebro.
Recuerda esta historia cuando oigas quejarse, como oirás alguna vez, de que al que usa la cabeza se le paga mejor que al que usa la fuerza.
Este sencillo trabajador veía la diferencia de valor entre una cosa y otra, y cobraba en consecuencia. Sabía que, si nadie inventara o descubriera cosas con su cerebro, los trabajadores no tendrían nada que utilizar; y que, del mismo modo, el hombre inteligente que inventa algo necesita la ayuda del hombre musculoso para fabricarlo o usarlo.
Tienen que trabajar juntos, cada uno haciendo su parte, si se quiere que el trabajo salga bien. Como he dicho muchas veces, es como un equipo de críquet: cada jugador tiene que jugar en su puesto y apoyar a los demás, sin buscar su propia gloria, sino que gane su equipo.

Cómo «Geordie» salvó miles de vidas
Geordie Stephenson tenía tanta inteligencia como fuerza y, lo que es más, una gran audacia y perseverancia: era capaz de «aguantar firme» aunque las cosas parecieran ir mal.
Como su cabeza no paraba de trabajar, inventó muchas cosas. Por ejemplo, hizo un pestillo que se cerraba solo para la verja de su jardín, y un espantapájaros mecánico para ahuyentar a los pájaros de sus semillas y de su fruta. Construyó una máquina para mecer la cuna de su bebé que funcionaba con el mismo mecanismo del asador en el que cocinaba la cena. Y fabricó una lámpara que sumergía en el agua para atraer a los peces y pescarlos de noche. Como estaba lleno de ideas y era hábil, podía construir todo lo que inventaba. Su ejemplo fue la mejor formación posible para su hijo, y muy pronto Robert empezó a ayudarle en el taller.
Entre los dos llevaron a mayor escala los modelos e inventos caseros. Por ejemplo, la lámpara que usaba bajo el agua le dio la idea de hacer una lámpara de minero que pudiera usarse sin peligro en las minas de carbón, donde los mineros estaban expuestos a explosiones provocadas por la llama al entrar en contacto con el gas metano acumulado.
Esto ocurría en 1815. Sir Humphry Davy, un hombre de ciencia, inventó una lámpara parecida, basada en sus conocimientos sobre los gases, al mismo tiempo que Stephenson hacía la suya, basada en su propia experiencia en la mina.
Cuando Stephenson terminó su lámpara, no la probó con un poquito de gas en su taller: se arriesgó a bajar a una mina donde había un escape de gas para ver si explotaba o no al meter la lámpara.
Debió de ser un momento angustioso para él, porque se jugaba la vida; pero, por suerte, todo salió bien. A sir Humphry Davy le concedieron 2000 libras por su invento, y cuando se presentó la lámpara de Stephenson a las autoridades, pensaron que había copiado la idea de sir Humphry. Cuando comprobaron que nunca había oído hablar de él, le dieron 100 libras.
El público añadió 1000 libras más. Pero lo que más alegró a Stephenson, más que todo el dinero, fue que los mineros hicieran una colecta y le regalaran un reloj de plata en señal de gratitud por haber inventado un aparato que les salvaba la vida.

