1. Hombres valientes
Héroes de ayer y de hoy
Ha habido en el mundo una multitud de hombres excelentes, desde el rey Arturo, san Jorge y otros grandes tipos, como los que describo más adelante, hasta nuestros días.
Pero yo creo, y lo creo en serio, que muchos de vosotros, scouts, llegaréis a ser uno de ellos cuando crezcáis.
Como scouts, habéis aprendido a imitar a san Jorge y a plantar cara a cualquier dificultad o peligro, y a practicar la caballerosidad del rey Arturo y de sus caballeros de antaño.
Si eres capaz de hacer estas dos cosas, hazlas: ¡ya lo has conseguido!
Y ahora, unas cuantas palabras sobre san Jorge, porque todo scout debe conocerlo.
San Jorge es el patrono de Inglaterra, de la caballería y de los scouts de todas partes. Esta es su historia. Nació en Capadocia en el año 303, se alistó como soldado de caballería a los diecisiete años y enseguida se ganó fama de valiente.
En una ocasión llegó a la ciudad de Selem. Cerca de allí vivía un dragón al que había que alimentar cada día con un vecino elegido a suertes.
El día en que llegó san Jorge, la suerte cayó sobre Cleolinda, la hija del rey.
San Jorge decidió que la muchacha no debía morir, así que salió a atacar al dragón, que vivía en un pantano cercano, y lo mató.
Algún tiempo después volvió a su ciudad natal y se encontró con que Diocleciano había dictado un decreto contra los cristianos, expuesto en un lugar público. San Jorge lo arrancó y lo pisoteó. Por eso lo arrestaron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte, y por eso los cristianos lo hicieron santo.
Cuatro siglos más tarde, el papa envió a Inglaterra a otro cristiano llamado Jorge para reavivar la fe cristiana, que entonces no andaba muy floreciente por allí. Desembarcó en lo que hoy es Bristol, que en aquella época se llamaba Cealtide, y trabajó entre la gente del valle del Severn, al que entonces llamaban Sabrina. Hizo un buen trabajo y convirtió a los habitantes de aquel lugar en buenos cristianos.
Se contaba que, con su buena labor, había salvado del demonio a la gente de Sabrina, y lo comparaban con su tocayo san Jorge, que había salvado a Cleolinda del dragón. Con el tiempo, la gente empezó a confundir a los dos y a creer que san Jorge era un santo inglés que había salvado a una dama llamada Sabrina de un demonio que recorría la tierra en forma de dragón.
El san Jorge original es uno de los pocos santos a caballo, y el san Jorge inglés era un gran aficionado a los caballos. Dictó una orden contra quienes tenían la costumbre de cortarles las orejas y rajarles la nariz, una práctica que al parecer era habitual en aquellos días, y también prohibió comer carne de caballo, como se acostumbraba entonces.
Me temo que muchos buenos scouts han roto esta regla cuando estaban en servicio activo, porque allí la carne escasea (N. del T.: se refiere a los scouts que estuvieron en el frente durante la Primera Guerra Mundial).
Cada scout, un san Jorge
San Jorge era el modelo de lo que debe ser un scout.
Es decir: cuando se encontraba con una dificultad o un peligro, por grande que pareciera, aunque tuviera forma de dragón, no se dejaba amedrentar, sino que le hacía frente con todas las fuerzas que tenían él y su caballo. Aunque no iba bien armado para aquel encuentro, pues solo llevaba una lanza, cargó contra el dragón, hizo lo que pudo y acabó venciendo una dificultad a la que nadie se había atrevido a enfrentarse.
Así es exactamente como un scout debe hacer frente a las dificultades y los peligros, por grandes o terribles que parezcan y por pobremente equipado que esté para la lucha.
Debe ir a por ellos con valor y confianza, empleando toda su fuerza para vencerlos, y lo más probable es que lo consiga.

El rey Arturo
El rey Arturo era hijo del rey del sur de Inglaterra y de Gales, pero vivía con unos parientes y nadie sabía que era hijo del rey. Cuando murió su padre, hubo dudas sobre quién tenía derecho a la corona. Entonces apareció una gran espada clavada en una roca, en el atrio de la iglesia de Canterbury, con esta inscripción: «Quien saque la espada de la roca será el verdadero rey de Inglaterra».
Los nobles de todo el país acudieron e intentaron sacarla, pero no consiguieron moverla. Un día, el primo de Arturo quiso participar en un torneo, se dio cuenta de que se había dejado la espada en casa y le pidió a Arturo que fuera a buscarla. Arturo no la encontró, pero se acordó de la espada del atrio: fue, tiró de ella y salió con facilidad.
Al terminar el torneo, devolvió la espada a la piedra.
Cuando los nobles se enteraron, volvieron a intentarlo, pero no pudieron moverla. Cuando llegó Arturo, la sacó de nuevo sin ninguna dificultad. Por eso se acordó que él debía ser el rey.
Ya de joven, el rey demostró ser un caballero valiente, buen jinete y buen espadachín. Debes recordar que en aquellos días era deber de un caballero estar listo para pelear contra cualquiera que insultara a su patria, que tratara con aspereza a una dama o que no fuera estrictamente honrado y veraz. Con el tiempo, Arturo llegó a ser invencible en la lucha: nadie podía derrotarlo, y siguió adelante en su camino.
En un combate se le rompió la espada, y le preguntó al viejo mago Merlín, su consejero y protector, dónde podía conseguir otra. Merlín era un mago de verdad y podía hacer prodigios, así que lo llevó a un lago donde vieron, a lo lejos, un brazo que salía del agua blandiendo una espada resplandeciente.
El rey Arturo y Merlín subieron a una barca y fueron hacia la espada. En cuanto Arturo la tomó de la misteriosa mano que la sostenía, la mano se hundió en el agua. Mientras Merlín remaba hacia la orilla, Arturo examinó la espada y vio que era preciosa.
En la hoja llevaba grabado su nombre, Excalibur, que significa «corta acero»: una espada capaz de atravesar las armaduras de los enemigos. Tenía además una empuñadura cuajada de joyas que poseía el poder mágico, al menos eso dice la leyenda, de evitar que su dueño se desangrara si resultaba herido. No vendría mal una espada así en nuestros días.
Armado de este modo, estaba claro que Arturo triunfaría en muchísimas aventuras al servicio del honor y de la caballería.
El rey Arturo y la Mesa Redonda
Ya te he contado cómo el rey Arturo, el fundador de los scouts británicos, consiguió su reino y su espada Excalibur. Ahora te voy a hablar de los Caballeros de la Mesa Redonda.
Debes saber que al rey Arturo le costó mantenerse en el trono, porque algunos jefecillos de Gales se negaron a reconocerlo y le declararon la guerra. Pero consiguió la ayuda de otros reyes y los derrotó.
Uno de esos reyes, Leodegrance, tenía una hija muy bella, Ginebra. El rey Arturo se enamoró de ella y la hizo su esposa. La boda se celebró con gran pompa en Londres, y el rey Leodegrance le regaló al rey Arturo una espléndida mesa redonda. Todavía hoy puede verse en Winchester.
El día de su boda, el rey Arturo fundó una asociación de caballeros que se reunían alrededor de esa mesa para tratar sus reglas y obligaciones. Por eso se los llamó los Caballeros de la Mesa Redonda.
El juramento de los caballeros
En una gran ceremonia, cada uno de estos caballeros juró solemnemente que siempre obraría así:
- Reverenciar a Dios.
- Ser leal al rey.
- Ser amable y misericordioso con todos.
- Ser siempre cortés y ayudar a las damas.
- No luchar nunca salvo por causas nobles y justas.
- Ser siempre honrado y veraz.
- Obedecer siempre las leyes de la caballería.
Entre esas leyes de la caballería figuraba que un caballero debía estar Siempre Listo, con la armadura puesta, para luchar por la justicia y defender al pobre, al necesitado y a su país. Nunca debía romper esta promesa. Debía mantener el honor de su país aunque le costara la vida. Si, después de haberlas jurado, no cumplía estas leyes, se le consideraba deshonrado e indigno de llevar la insignia de la caballería, y podían matarlo o expulsarlo de la asociación.
Un Rover Moot
Cuando los Rover Scouts celebraron su primera reunión, o Moot, como se llamaba entonces, tuvo lugar en el Albert Hall, y los Rovers de Holborn hicieron una representación ante seiscientos o setecientos Rovers.
Fue una representación espléndida, tanto por el vestuario como por la interpretación. Mostraba con exactitud cómo se armaba caballero, en la Antigüedad, a un joven o escudero.
La caballería
En aquellos tiempos, en cuanto un niño alcanzaba el uso de razón, se convertía en paje. Como tal, ayudaba a las damas y se hacía hábil en las tareas de la casa: era como un Lobato.
Al crecer, ascendía a escudero. Aprendía a montar a caballo, a manejar las armas y a asistir a su señor, ayudándole a ponerse y quitarse la armadura, lo que a menudo era un trabajo difícil cuando, después de un combate, estaba rota o abollada. Creo que algunas veces un escudero habría necesitado un abrelatas.
Como escudero aprendía también las leyes de la caballería y procuraba cumplirlas. Era como un scout que aprende a estar Siempre Listo. Llegaba un momento en que, una vez aprendidos sus deberes, lo armaban caballero en una ceremonia solemne. Esa ceremonia fue la que representaron los Rovers en cinco escenas, en las que todo se reprodujo exactamente como se hacía en la Edad Media.
El baño
Primero se elegía a dos caballeros para que lo acompañaran; se les solía llamar sus padrinos. Ellos debían ayudarle y guiarle durante toda la ceremonia.
En la primera parte, el escudero debía tomar un baño, durante el cual sus padrinos le echaban agua para lavarle de sus errores pasados y purificarle antes de ser caballero.
En recuerdo de este baño, parte muy importante de la ceremonia, se instituyó en el reinado de Enrique VII la Orden del Baño, que todavía hoy es una de las órdenes de caballería más importantes. Con el tiempo, el baño fue cambiando, y ahora el escudero simplemente se lava las manos en presencia de sus padrinos.
Durante el baño, el más antiguo de los padrinos lo exhortaba así: «Querido hermano, sé fuerte en la fe de la Santa Iglesia, socorre a las viudas y a los oprimidos en sus necesidades, da a cada uno lo suyo y, sobre todo, ama y teme a Dios».
La vigilia
Al caer la tarde, los padrinos llevaban al escudero a la capilla. Allí lo vestían con una túnica y una capucha marrones, como las de los frailes, para recordarle que se hacía caballero por motivos religiosos, para poder servir mejor a Dios.
Luego el escudero llevaba al altar una vela y, antes de entregarla, le clavaba una moneda de poco valor. La vela significaba su gratitud a Dios, y la moneda, su gratitud al rey.
Después, tras darles las gracias, los padrinos lo dejaban solo en la capilla, y él se quedaba allí rezando. Pasaba toda la noche rezando y pensando en la nueva vida que iba a llevar como caballero y en cómo iba a ser mejor que hasta entonces. Esa larga noche de reflexión y oración se llamaba la vigilia.
La túnica
Al día siguiente, los padrinos vestían al escudero con una túnica roja forrada de blanco. El rojo significaba que debía estar dispuesto a derramar su sangre, si hacía falta, al servicio de Dios; el forro blanco, que debía ser limpio y puro por dentro y por fuera, en todo lo que pensara, dijera o hiciera, como nuestros scouts que cumplen el décimo artículo de la Ley Scout.
La tentación
Durante todo ese tiempo, el escudero no podía comer. Entonces se preparaba un banquete y él se sentaba a la mesa con sus padrinos. Ellos comían y bebían, y al escudero le ofrecían comida, pero tenía que rechazar todos los platos.
Así demostraba que resistiría las tentaciones y que tenía un carácter lo bastante fuerte para dominar sus deseos.
El espaldarazo
Llegaba entonces la escena final, en la que el escudero era llevado ante el rey para que lo armara caballero.
Se formaba una procesión en la que los padrinos conducían al futuro caballero ante el rey. Uno de ellos llevaba su espada con la empuñadura hacia arriba, y de ella colgaban el cinturón y las espuelas, atados con una cinta blanca.
El rey tomaba las espuelas y se las daba a los padrinos para que se las pusieran. Significaban que el caballero debía estar listo para cumplir su deber con rapidez y diligencia, obedeciendo las órdenes pronto y de buen grado. Se le entregaba la espada como señal de desafío a su mayor enemigo, es decir, al demonio.
Después, el rey le ceñía el cinturón y le colgaba la cinta blanca del hombro izquierdo, como la llevan hoy los dirigentes scouts. El escudero, arrodillado ante el rey, alzaba las manos y los ojos al cielo, mientras el rey, con una espada desenvainada, le tocaba los hombros con la hoja y luego le daba un golpe en el cuerpo con la mano.
Ese golpe se llamaba el buffet y servía para recordarle que, como caballero, tenía un punto débil, su honor, y que cualquier ataque contra él debía dolerle más que ninguna otra cosa.
Después, el rey tomaba al escudero de las manos y lo saludaba como caballero en el pleno sentido de la palabra.
Así, la representación del Rover Moot mostró la ceremonia completa tal como se hacía antiguamente. A continuación vino la ceremonia en la que algunos scouts mayores de diecisiete años iban a convertirse en Rover Scouts, cada uno acompañado de dos Rovers como padrinos. Esta ceremonia se llama la Presentación.
Como los antiguos escuderos, los scouts se lavaron primero las manos en una gran palangana de latón que yo sostenía, mientras uno de los padrinos les echaba el agua y el otro se las secaba con una toalla. Con ello se purificaban de todo lo que hubieran hecho mal o tontamente. Después vino la vigilia: se apagaron las luces y cada scout reflexionó sobre su vida y sobre qué iba a hacer con ella.
Aconsejé a cada uno que mirara su vida como lo haría al final de ella: que echara la vista atrás, viera en qué había fallado y pensara qué haría para mejorar. Lo principal, les dije, es cumplir tu deber para con Dios y con el prójimo, y dejar la mala costumbre de pensar en ti mismo y en tu propio provecho.
Recordé a aquellos muchachos que, mientras fueron scouts, debían prepararse y capacitarse para obrar bien y ayudar al prójimo, pero que ahora, como Rovers, toda su obligación era servir a los demás lo mejor posible y de cualquier forma que pudieran.
Entonces los scouts volvieron a presentarse ante mí y, uno a uno, repitieron la Promesa Scout como Rovers. Cuando cada uno terminaba, yo le estrechaba la mano para recibirlo como Rover y le decía: «Confío en ti y en tu honor: harás cuanto puedas por cumplir tu Promesa».
Al decir la palabra «honor», le daba un golpe en el hombro para recordarle, como a los caballeros, que su punto débil era su honor, y que debía sentir como un golpe que alguien dijera alguna vez que no era recto, veraz y limpio, es decir, honrado en todo lo que hacía.
Y ahora, scouts, recordad esto: al hacer vuestra Promesa, sabéis que se confía en vuestro honor, en que haréis todo lo posible como scouts. Los demás, al observaros, pueden ver lo honrados que sois por la forma en que cumplís vuestra Promesa de obedecer los artículos de la Ley Scout y de hacer una Buena Acción por los demás.