Aventura hacia la edad viril · 2. Cuerpo
La caza de la ardilla
Una vez vi a un muchacho perseguir a una ardilla por un árbol… ¡y atraparla! No era un chico inglés, sino un nativo del sudeste de África central. Al parecer, para él una ardilla era lo que para ti una tableta de chocolate. Vio la ardilla en un árbol apartado de los demás, se colgó el hacha del cinturón y trepó al árbol en lo que a mí me pareció una persecución inútil.
La ardilla subió a las ramas finas de la copa, donde el muchacho no podía alcanzarla. Aun así, él subió hasta donde el árbol aguantaba su peso y sacudió la rama en la que estaba la ardilla.
Esta saltó a otra rama y fue brincando de rama en rama hasta que vio un escondite.
Su refugio era un largo rollo de corteza colocado en la horquilla de una rama.
Lo habían puesto los nativos con la misma idea con que nosotros colgamos cajas nido para los pájaros, solo que en este caso era para atraer a las abejas y que hicieran allí su panal.
El señor Ardilla se metió dentro y se escondió. El muchacho llegó enseguida, se quitó la única prenda que llevaba y tapó con ella la boca de la colmena para que la ardilla no pudiera salir; luego bajó al suelo con su paquete y así consiguió su chocolate.
Reconoció que había tenido suerte de que la colmena estuviera allí, pero que, aunque no hubiera estado, habría cazado igualmente la ardilla, porque al final esta se habría cansado de huir y se habría quedado quieta, agarrada a una rama, y él la habría matado lanzándole el hacha. Eso suponía trepar mucho, pero era un experto: dijo que sabía trepar desde que tenía memoria y que siempre había cazado ardillas, porque era muy divertido. Me pregunto cuántas ardillas atraparíamos tú y yo si nos pusiéramos a perseguirlas trepando.
Cada scout, un escalador
Hace algún tiempo, la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales concedió su medalla de bronce a un scout de Sheffield por subir a un árbol a rescatar a un gato.

Por lo visto, el gato había subido y tenía miedo de bajar. El árbol medía setenta pies (unos 21 metros) y era difícil de escalar. Pero un scout no se desanima ante las dificultades, y aunque tardó tres cuartos de hora, al final lo consiguió.
Me alegra muchísimo que alguien de nuestra Hermandad se distinga así; es un ejemplo magnífico.
Quiero ver a más scouts trepando. Es un gran deporte, y cuanto más lo domines, más verás que te hace crecer y te fortalece como ningún otro.
Os he dicho muchas veces lo espléndidos que son los zulúes, pero es curioso que, aunque tienen las piernas y los muslos muy musculosos y el pecho desarrollado, los músculos de los brazos y la espalda no los tienen tan desarrollados, y sus manos son pequeñas. Se debe a que caminan y corren grandes distancias, pero apenas trabajan con los brazos y las manos. Verás la diferencia con nuestros marineros y artilleros: ellos tienen brazos fuertes, y los puños y las muñecas grandes, gracias al ejercicio continuo de tirar de cabos y levantar grandes pesos.
Aquí es donde entra la escalada: no todos podemos ser marineros, pero sí podemos izarnos arriba y abajo trepando.
Habréis oído hablar de aquel hombre de Estados Unidos al que llaman la Mosca Humana. Es capaz de intentar subir por la fachada de cualquier edificio, por alto que sea. Dice que su éxito depende de la fuerza de sus dedos. Los ha ejercitado hasta tal punto que puede colgar todo el peso de su cuerpo con solo agarrarse a cualquier piedra o bajante.
Así que trepar no es solo una diversión y un gran medio para desarrollar los músculos, sino que puede ser muy útil para ayudar a otras personas… o a los gatos. Y ahí es donde empieza su utilidad.
Fútbol
Es un gran juego para hacerte fuerte y activo, y también para forjar el carácter.
Está claro que el fútbol es el juego más atractivo del mundo, porque reúne a multitudes enormes que van a verlo.
Pero verlo no tiene ninguna gracia comparado con jugarlo tú mismo. Odio ver a otro hacer lo que creo que debería hacer yo, y espero que todos los scouts piensen así del fútbol: que es un juego para jugarlo, no para mirarlo.
De niño practiqué casi todos los deportes: críquet, tenis, remo, natación y carreras, pero el que más me gustaba era el fútbol.
Creo que disfrutaba con él porque, aunque te llevas algunos golpes fuertes y acabas cansado, juegas por el honor y la gloria de tu equipo más que por los tuyos.
Eso es, a mi juicio, lo que disfrutan los scouts en el Escultismo. Se ganan la fama para su Patrulla (es decir, para su equipo) más que para sí mismos, y cuando juegan, trabajan o luchan con esa meta, no solo tienen éxito, sino que disfrutan mucho más que si buscaran la gloria para ellos solos.

Fútbol bajo el fuego
En la Primera Guerra Mundial, una vez estaba en un puesto de observación viendo cómo nuestros cañones bombardeaban las trincheras enemigas.
De madrugada, los alemanes habían lanzado grandes bombas sobre nuestras posiciones desde un reducto, así que el comandante inglés decidió castigar aquel reducto.
Se ordenó a varias baterías que a una hora determinada abrieran fuego contra el reducto alemán, y sus oficiales observadores se adelantaron hasta un puesto de vigía que dominaba la posición enemiga. Desde allí veían dónde caía cada disparo y podían corregir la puntería comunicándose por teléfono con la batería.
Me senté con ellos a mirar con mucho interés cómo estallaban los obuses, que pasaban sobre nuestras cabezas como trenes expresos interminables y caían en el blanco con un fogonazo, una nube de humo y barro y un rugido furioso. Era un espectáculo fascinante.
De pronto me llamó la atención un movimiento en nuestras trincheras. Algunos de nuestros hombres salían corriendo del bosque hacia delante.
«Ajá —pensé—, vamos al ataque».
Pero no: los hombres volvieron corriendo, y luego echaron a correr hacia un lado. Entonces, para mi asombro, vi que ¡estaban jugando al fútbol!
Sabían que, con aquel bombardeo, el enemigo no se atrevería a asomar la nariz fuera de las trincheras, así que aprovecharon para hacer un poco de ejercicio y entrar en calor.
No sé a quién se le ocurrió llevar un balón a las trincheras; supongo que había un scout cumpliendo su lema, «Siempre listo», para cualquier eventualidad, hasta para jugar al fútbol en las trincheras.
Recuerdo un caso parecido de hace muchos años, en Kandahar. Habíamos ido allí con el equipaje justo. Llegó una helada, se congeló un pequeño lago cerca de la ciudad, y en cuanto el hielo fue lo bastante grueso para aguantar a una persona se llenó de soldados y oficiales británicos patinando. El misterio era de dónde habían sacado los patines.
Creo que muy pocos hombres que van a servir a las cálidas llanuras de la India llevan patines de hielo, y aunque los tuvieran, no se los llevarían viajando con tan poco equipaje para acampar en Afganistán. Pero se los llevaron.
Cómo aprovechar el tiempo que pasas durmiendo
Un muchacho que disfruta de la vida, de sus juegos y diversiones, refunfuña cuando llega la noche y piensa que es una pérdida de tiempo tener que irse a dormir ocho o diez horas de cada veinticuatro.
Cuando tenemos cincuenta años, parece mentira que hayamos gastado entre dieciséis y dieciocho de ellos durmiendo. Pero ¿de verdad los hemos gastado?
Si trabajas y juegas con intensidad durante el día, gastas muchas fuerzas, y la máquina que te mantiene en marcha (o sea, tu corazón) necesita sangre nueva para seguir funcionando con la fuerza adecuada. Así que tienes que dejar de trabajar y quedarte quieto mientras eso ocurre.
Pero nueve de cada diez personas olvidan que, para tener sangre nueva, los pulmones necesitan aire puro, ¡y en abundancia!
Si te acuestas en un cuartito cerrado, quizá con la cabeza debajo de las sábanas, tus pobres pulmones solo tienen aire de segunda mano para mezclar con tu sangre.
En consecuencia, la mezcla sale floja, tu cerebro y tu cuerpo quedan mal alimentados y al día siguiente no tienes mucha energía. Te cansas de jugar y el trabajo te aburre. No estás enfermo, pero no disfrutas de la vida.
Si noche tras noche llega sangre pobre a tu corazón y a tus arterias, te irás debilitando poco a poco hasta convertirte en una criatura lenta y enclenque. Sin embargo, hay un remedio fácil y rápido.
En lugar de debilitarte, podrías fortalecerte aprovechando cada noche el tiempo de sueño para ganar salud y fuerza. Basta con abrir la ventana por arriba y por abajo y dejarla abierta. Deja entrar el aire fresco mientras duermes a gusto entre las mantas. Dicen que en un perro es señal de salud tener la nariz fría. Yo creo que con un muchacho pasa lo mismo: si al despertarse por la mañana tiene los dedos de los pies calientes y la nariz fría, va camino de estar sano.
Yo voy más allá. Abro la ventana por la noche, pero para salir, porque tengo la cama fuera, en el balcón. No le pido al aire fresco que entre: salgo yo a dormir en él. Durante ocho años no he dormido bajo techo y nunca me he encontrado mejor; es más, no me he resfriado ni una vez.
Recuerdo que en el primer campamento scout que hicimos había un muchacho que era recadero de una herrería. Tiempo después me dijo que, aunque no hubiera aprendido nada más en aquel campamento, al menos había aprendido a dormir al aire libre. Cuando volvió a casa se lo contó a sus padres, y al principio le contestaron: «No, gracias, eso no es para nosotros. Nos moriríamos de un resfriado».
Pero, al cabo de un tiempo, los convenció de que durmieran con las ventanas abiertas, y no las han vuelto a cerrar desde entonces. Así que aquí tienes un lema:
Pies calentitos y nariz fría, buena salud y ninguna avería.
Números de payaso
Cuando hacía de payaso en las pantomimas de mi regimiento, aprendí a saltar a través de una ventana o de la esfera de un reloj pintada en un telón. Unas veces me lanzaba en plancha y otras dando una voltereta. Las dos cosas le gustaban al público y eran fáciles de hacer una vez que te acostumbrabas. Pero, como todo, al principio exigían mucha práctica constante.
El salto en plancha era casi como tirarse de cabeza para nadar, solo que un poco más de lado que de barriga. Y, por supuesto, al otro lado tenían que recogerte con una sábana o en brazos de los compañeros que esperaban preparados detrás del telón.

La voltereta era mucho más difícil: tienes que doblarte arqueándote hasta poner la cabeza junto a los talones para atravesar la esfera del reloj.

Lo primero que se practica es el salto y la voltereta a través de un aro de madera sostenido a un pie (unos 30 centímetros) del suelo.
Empieza a aprender el salto con voltereta cuando ya domines bastante la voltereta. Entonces te sujetan un listón de madera en horizontal, a un pie más o menos por encima de la colchoneta. Te acercas andando, apoyas las manos por delante, al otro lado del listón, y te dejas caer encogiendo la cabeza y rodando. El peso del cuerpo debe descansar en las manos, no en la espalda ni en la cabeza.
Con un poco de práctica te resultará fácil; a medida que mejores y lo hagas más deprisa, se va subiendo el listón.
Al cabo de un tiempo, súbete a un taburete para tener más caída y, por último, a una silla.
Luego puedes atreverte a pasar por un aro sostenido en alto, y cuando lo hagas con soltura, pon papel en el aro y atraviésalo.
Un buen truco es dar un salto largo en plancha por encima de varios chicos arrodillados en fila con la cabeza agachada. Por supuesto, primero saltas por encima de uno solo y luego vas añadiendo más y más.

Cuando estaba en el colegio inventé un salto al que llamé «la Foca». Corría hacia una mesa, me deslizaba sobre ella boca abajo, daba un salto y acababa a la pata coja en el suelo.
Era muy vistoso y bastante fácil una vez que sabías cómo hacerlo.
Todo lo que os he contado no es más que el principio de los números de payaso. Puedes hacerlos solo o junto con otros actores.
Algunos chicos son más flexibles que otros, y si tú tienes ese don, te ayudará mucho en estos números.
Yo solía hacer el truco de ponerme en cuclillas en el suelo y pasarme una pierna por detrás del cuello. Quedaba estupendo. Una noche lo estaba haciendo en plena actuación… ¡y me quedé atascado! Así que le dije en voz baja a la chica que actuaba conmigo:
—¡Tira de la pierna, por amor de Dios, tírame de la pierna! (N. del T.: en inglés, «pull my leg», literalmente «tírame de la pierna», también significa «tómame el pelo»).
Ella me entendió mal, pensó que tenía que hacer una broma y dijo:
—Pero ¿qué hace un tipo sentado así? ¿A qué juegas, al mono con dolor de muelas o qué?
No me ayudó nada ni me dio ánimos, hasta que se dio cuenta del problema y por fin pude soltarme.
También sabía encogerme hasta quedar hecho un fardo pequeño, y por eso me llamaban «el portamantas». Es muy útil cuando uno intenta esconderse en una caja o en una bolsa, o si tu compañero tiene que empaquetarte o sacarte del escenario.
Hay algunos trucos con sillas muy vistosos y bastante fáciles con un poco de práctica.
Las sillas que se usan en los circos son fuertes y están bien construidas, por lo que son más fáciles de usar.
Un truco que yo hacía era ponerme de pie entre dos sillas colocadas respaldo con respaldo y saltar con los dos pies al primer travesaño, luego al asiento, después al travesaño del respaldo y, por último, a lo alto; por lo menos, esa era la idea, porque nunca llegué a lo alto. Hacía falta mucha práctica.
Y ahí es donde se falla en muchos trucos: no tendrás éxito si no te empeñas en ellos y sigues practicando hasta superar las dificultades.

Otro truco con sillas que no es difícil es la caída.
Siéntate en la silla con los brazos estirados hacia delante. Balancea la silla adelante y atrás hasta que caigas hacia atrás o hacia delante. Para caer hacia delante, estiras los pies hacia delante y echas la cabeza hacia atrás; así caes de pie, das una voltereta rápida y acabas de pie.
Para caer hacia atrás, llevas los pies hacia atrás, uno a cada lado de la silla, e inclinas la cabeza hacia delante. Caes de pie y das un salto rápido hacia atrás.
Para que la caída resulte espectacular de verdad, hay que hacerla desde una silla colocada encima de una mesita. Cuando ya lo hagas bien, se puede poner la silla sobre otra silla, encima de la mesa. Parece un número tremendo, pero en realidad es bastante sencillo, porque se hace de la misma manera: caes de pie, pero dando una vuelta tan rápida que parece que has caído hecho un ovillo.
Para este truco necesitas sillas especiales y una mesa del tamaño adecuado para que encajen unas con otras. El tablero de la mesa mide 22 × 22 pulgadas (unos 56 × 56 centímetros) y tiene unas 32 pulgadas de alto. El asiento de la silla de abajo mide 16 × 16 pulgadas y está a 18 pulgadas de altura. El asiento de la silla de arriba mide 14 × 14 pulgadas y está también a 18 pulgadas de altura.
