Aventura hacia la edad viril
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Aventura hacia la edad viril · 1. Hombres valientes

La primera locomotora

Stephenson no fue el primero que inventó la locomotora. En 1801, cuando él tenía diecinueve años, otro hombre, Richard Trevithick, construyó un carruaje de vapor que circulaba por un camino corriente; pero nunca llegó a generalizarse.

El señor Blackett, dueño de una mina cercana a la casa de Stephenson en Wylam, probó el carruaje de Trevithick e intentó mejorarlo para arrastrar los vagones de carbón de la mina, pero no lo consiguió.

Stephenson estudió con atención estas máquinas y, por fin, decidió hacer una mejor con la ayuda de Thirlwall, el herrero de la mina donde trabajaba.

Trabajaron en ello durante diez meses y, el 25 de julio de 1814, la probaron: fue capaz de arrastrar 30 toneladas cuesta arriba a 4 millas por hora (unos 6,5 kilómetros por hora). A partir de entonces funcionó con regularidad durante más de un año, mientras Stephenson descubría sus puntos débiles y planeaba una máquina mejor.

Y, en efecto, hizo una máquina mejor que fue todo un éxito. Pronto tuvo cinco máquinas funcionando en un pequeño ferrocarril de 8 millas que arrastraba vagones de carbón en la mina de Killingworth. Esto fue en 1822.

El primer ferrocarril

Entonces nació la idea de hacer un ferrocarril más grande. Se formó una compañía para reunir el dinero con el que comprar los terrenos y construir la vía de un ferrocarril de Darlington a Stockton.

¿Cuál creéis que fue la mayor dificultad para construir esta línea? No fueron los puentes ni las trincheras en los cerros. No: fue la negativa del duque de Cleveland a dejar que la vía atravesara sus tierras, porque los trenes espantarían a los zorros y le estropearían las cacerías.

Por fin se construyó la vía, y el 27 de septiembre de 1825 se inauguró la línea con gran pompa. Delante iba un jinete con una bandera. Le seguía una locomotora conducida por George Stephenson, que arrastraba un convoy de treinta vagones, unos llenos de pasajeros y otros de carbón.

Arrancaron a 5 millas por hora, una velocidad que se consideraba muy adecuada para que los pasajeros disfrutaran del paisaje y para transportar las toneladas de carbón por el país. Luego Stephenson le dijo al jinete que se apartara de la vía porque iba a ir más deprisa, y a los pocos minutos los asombrados pasajeros se encontraron corriendo ¡a 12 millas por hora!

Aquella velocidad se consideraba excesiva para el uso normal. El señor Nicholas Wood, que escribía sobre los ferrocarriles de la época, decía que lo que la gente podía esperar de los trenes eran 6 millas por hora, y que ¡era una locura imaginar que pudieran ir a 16 o 18 millas por hora!

Se llevaría una buena sorpresa si resucitara y viera nuestros trenes expresos, que circulan a 60 o 70 millas por hora.

George Stephenson sostenía que el que decía locuras era el señor Wood y, para demostrarlo, hizo que su vieja máquina, la Rocket, corriera a 29,5 millas por hora arrastrando una carga de 9,5 toneladas.

«Buffalo Bill»

Un scout conocido en todo el mundo, el coronel Cody, «Buffalo Bill», murió hace muchos años en los Estados Unidos. Era especialmente conocido por los scouts de Norteamérica, pero también es un héroe para los de muchos otros lugares del mundo, porque en los últimos años de su vida visitó casi todos los países civilizados con su espectáculo del Salvaje Oeste.

¿Por qué lo llamaban Buffalo Bill?

Se alistó en la caballería de los Estados Unidos y se hizo muy famoso como explorador. Después firmó un contrato para abastecer de carne a los hombres que construían el ferrocarril Kansas-Pacífico, que cruzaba el país, y conseguía esa carne cazando búfalos.

Se dice que mató 4820 en dieciocho meses. ¿Cuántos cazaría al día? Me parece que unos nueve. ¡Eso es muchísimo! Con esto no digo que lo hiciera ni que no lo hiciera: solo cuento lo que he leído.

En cualquier caso, lo llamaban Buffalo Bill por su gran éxito como cazador de búfalos.

Aventuras de un muchacho

Fue un pionero a la antigua usanza en las praderas del oeste de los Estados Unidos, y empezó a serlo cuando era casi un niño.

Más adelante reunió a unos cuatrocientos vaqueros e indios y viajó por todo el mundo para enseñar a la gente cómo era la vida del Oeste muchos años atrás.

En una ocasión, cuando cazaba búfalos, un príncipe de sangre real fue de cacería con él, acompañado de algunos amigos, para conocer este deporte.

Mientras galopaban detrás de una manada, uno de los hombres del coronel Cody se acercó a caballo y le gritó:

—Oiga, coronel, uno de sus reyes se ha caído del caballo tres veces. Se puede hacer daño si le vuelve a pasar. ¿Qué hacemos?

Y Cody le respondió a gritos:

—¡Átale la corona con un pañuelo por debajo de la barbilla y amárralo a la silla con una cuerda! ¡Así irá de maravilla!

Un jinete galopa tras un búfalo mientras otro jinete cae del caballo
El vaquero y el príncipe

Buffalo Bill y los Boy Scouts

Buffalo Bill se interesó mucho por los Boy Scouts y fue Jefe de Tropa en su país.

Una vez llevé a Canadá una Tropa que, desde allí, fue a visitar al coronel Cody. Fue muy amable con los muchachos, les enseñó muchas habilidades scouts y les presentó a algunos de sus exploradores pieles rojas.

Uno de nuestros scouts sacó una foto magnífica en la que aparecían juntos Buffalo Bill, un piel roja y uno de nuestros scouts.

Buffalo Bill, un scout y un piel roja posan de pie
De izquierda a derecha: Buffalo Bill, un scout y un explorador piel roja

Buffalo Bill decía que no había nada en el mundo como el Escultismo para hacer de un muchacho un hombre completo, capaz de cuidar de sí mismo y digno de confianza para salir adelante en las situaciones más difíciles.

¿Tenía razón?

Slatin Pachá

«Rowdy House» (N. del T.: algo así como «Casa Alborotada») era el nombre que leí hace algunos años en la verja de una casa de Jartum. Un nombre curioso para una casa, aunque desde luego era un lugar alegre. Era el hogar de un hombre famoso, sir Rudolf Slatin Pachá, gobernador de Omdurmán, la ciudad nativa situada en la orilla del Nilo opuesta a Jartum. Si quieres un scout, ahí lo tienes.

En 1884 había sido gobernador de una provincia del Sudán, pero cayó prisionero de los sudaneses cuando estos se rebelaron contra sus gobernantes, guiados por el Mahdi, o profeta. Durante doce largos años fue esclavo. ¡Imagínate, doce años! Pero, como un verdadero scout, se mantuvo alegre y lleno de fe todo el tiempo, y al final logró escapar. Estaba solo, vigilado y a más de 1000 millas de desierto de sus amigos. La fuga parecía imposible, pero él le quitó el «im» a la palabra «imposible», se hizo con un camello y escapó a Egipto. Aquello supuso semanas de viaje nocturno, escondiéndose y valiéndose por sí mismo como solo un verdadero scout sabe hacerlo. Pero llegó al final.

Un hombre huye a lomos de un camello al galope
La huida de Slatin

Esto te demuestra lo que la audacia y el espíritu scout pueden hacer por ti, por negra que parezca la situación.

Selous, perseguido por los mashukulumbwe

Conocí a otro hombre que escapó de forma asombrosa: Fred Selous, un famoso cazador de elefantes de Sudáfrica. Había ido con dos cazadores nativos a la región situada al norte del Zambeze, hoy conocida como Rodesia del Norte, pero que en aquel tiempo (1887) estaba ocupada por una tribu salvaje llamada los mashukulumbwe.

Había acampado cerca de uno de sus poblados, donde parecían muy amistosos. La segunda noche notó que el poblado estaba demasiado tranquilo, lo cual le hizo sospechar y ponerse alerta. Luego se dio cuenta de que sus dos «muchachos» —como se llama a los nativos en Sudáfrica— también estaban inquietos y alerta. Cargó el rifle, se puso los zapatos y les dijo a los muchachos que echaran arena a la hoguera del campamento para que su luz no ayudara al enemigo. Uno o dos minutos después, desde muy cerca, sonaron de pronto los disparos de tres rifles. Él mismo lo cuenta así:

Las tres balas que dispararon de frente eran sin duda para Paul, para Charlie y para mí; pero, por suerte, ninguno de los tres resultó herido. Mientras yo cogía mi rifle, que estaba sobre unas mantas a mi lado, Paul y Charlie saltaron hacia delante. «¡A la hierba!», les dije en holandés, preparándome para seguirlos.

A la descarga de los rifles le siguió inmediatamente una nube de azagayas que oía atravesar los grandes sacos de cuero en los que llevábamos guardadas casi todas nuestras pertenencias, y luego un montón de mashukulumbwe se nos echó encima. Entre nuestro campamento y la hierba alta había un pequeño trecho de terreno despejado, con surcos irregulares. Lo crucé en medio de un tropel de mis propios muchachos y de mashukulumbwe.

Estaba a unas diez yardas de la hierba alta, de espaldas a ella, cuando otro grupo de mashukulumbwe salió dando alaridos para cortarnos la retirada. Caí de espaldas en uno de los surcos, y dos hombres que salieron de la hierba se me echaron encima; uno me daba patadas en las costillas y el otro en las piernas. En un instante me levanté y me escabullí hacia la hierba alta, adonde llegué ileso y donde me sentí relativamente a salvo.

Mientras huía en la noche, llegué a un río que tenía que cruzar. La orilla estaba cubierta de una vegetación espesa y, al atravesarla, vi que un ribazo alto y cortado a pico me separaba de la corriente oscura, que yo sabía llena de cocodrilos. Como el agua parecía profunda, me desnudé para no mojar la ropa, la até en un fardo con los zapatos y la dejé en la orilla. Luego, sujetando el rifle y las dos cartucheras con la mano izquierda, me deslicé al río. El agua era bastante profunda; pero, como soy buen nadador, no tuve dificultad en cruzar manteniendo el rifle bien fuera del agua.

Me costó algo subir el ribazo alto y fangoso de la otra orilla, pero al final lo logré y dejé el rifle en terreno seco. Volví a deslizarme al agua, crucé otra vez el río y regresé con mi ropa. El agua estaba muy fría, y temblaba cuando subí el ribazo.

Uno o dos días después llegó a una aldea nativa y se refugió en ella, creyendo que la gente era amistosa, pero no lo era. Le robaron el rifle y tuvo que volver a huir. Así siguió caminando, siempre expuesto a los salvajes, a los leones, a los cocodrilos, a la fiebre y al hambre, y viviendo de lo que podía robar de noche en las chozas y los huertos de los nativos. De este modo, Selous avanzó hacia el sur, cruzó el gran río Zambeze y caminó más de 100 millas antes de llegar a un lugar seguro.

Aquello parecía imposible, porque estaba solo, sin comida y sin un rifle para cazar, en una región salvaje y hostil. Pero era un buen scout. Se dijo: «Tengo que hacerlo», le quitó el «im» a «imposible» y puso manos a la obra.

Gracias a su fortaleza de cuerpo y de espíritu y a su valentía, al final se salvó.

Cómo ganó el capitán Nesbitt la Cruz Victoria

Cuando las tribus mashona y matabele se rebelaron contra los colonos blancos en Rodesia del Sur, en 1896, unos cuantos hombres que trabajaban en la mina Alice, con sus mujeres y sus hijos, quedaron sitiados por nativos sedientos de sangre. Se las arreglaron para enviar un telegrama al pueblo de Salisbury, a 30 millas de distancia. Cuando llegó el telegrama, en el pueblo esperaban un ataque inminente de los matabeles y los mashonas. Aun así, se pidieron voluntarios para intentar rescatar a los sitiados de la mina Alice. No se podían destinar muchos hombres sin debilitar la guarnición, pero el capitán Nesbitt se ofreció con doce hombres bien montados para hacer todo lo que pudieran. En la llanura, durante la primera parte del trayecto, el enemigo no se atrevió a molestarlos, hasta que se encontraron con el mensajero negro que traía una carta de los sitiados.

El capitán Nesbitt leyó a sus hombres el mensaje, que decía: «Se necesitan no menos de cincuenta hombres con una ametralladora». Volver a Salisbury a reunir a los treinta y ocho que faltaban les haría perder un tiempo precioso. Hacía falta una decisión heroica. Nesbitt la tomó y dijo a sus hombres que él seguiría adelante.

Aquellos valientes no necesitaron más: decidieron seguir y siguieron.

Al llegar a una zona de bosque, se toparon con la resistencia del enemigo, pero su actuación decidida les abrió paso, aunque sufrieron dos bajas: un herido y un hombre que se quedó sin montura. Estos dos, aprovechando la oscuridad de la noche, regresaron a Salisbury, donde contaron la resistencia que habían encontrado y la muy probable pérdida de toda la patrulla.

Como es natural, el desánimo y la pena se apoderaron de los habitantes de Salisbury, que pensaron que no solo habían perdido a la patrulla, sino también a la gente de la mina Alice.

A medianoche del día siguiente, el pueblo se despertó al oír un extraño griterío de los vigías que estaban en las afueras. Cundió la alarma, porque se creyó que atacaban los matabeles; pero no era eso. El ruido venía de los hombres que intentaban dar vítores con el corazón en un puño y un nudo en la garganta. Una extraña procesión avanzaba hacia la plaza. Una carreta tirada por una mezcla de mulas y caballos, con los costados blindados con planchas de acero, iba llena de mujeres, niños y hombres heridos que habían escapado de las garras de la muerte.

La escoltaba el resto de la patrulla, unos a caballo y otros a pie, porque habían cedido sus monturas para sustituir a las mulas muertas. Habían recorrido millas de camino bajo las balas, con la amenaza acechando en cada recodo, rodeados de hordas de enemigos que no pudieron con aquellos hombres desesperados, cuyo fuego les había causado muchísimas bajas. Así, cansados y débiles, con muy pocas esperanzas de sobrevivir, aquellos hombres se habían empeñado obstinadamente en no rendirse nunca y en traer a las mujeres y a sus compañeros, aunque eso supusiera enfrentarse a lo imposible. Inspirados por su magnífico jefe, hicieron lo imposible.

Por ello se le concedió la Cruz Victoria, una cruz que, sin duda, se había ganado cada uno de los hombres de la patrulla de Mazoe.

Perseguido por los indios

En la revista Deislayec se cuenta la historia de un hombre blanco que huía por el bosque de una horda de pieles rojas hurones que lo perseguían. Su única oportunidad era seguir corriendo en línea recta: si se paraba o se volvía alguna vez, sus perseguidores le darían alcance y lo capturarían. El terreno era bastante accidentado, así que, cuesta arriba, avanzaba en diagonal, caminando parte del tiempo para ahorrar fuerzas, y una vez pasada la cima bajaba corriendo por la ladera opuesta.

Pero las frecuentes colinas y el acoso constante de los hurones, que avanzaban a grandes zancadas, lo obligaban a luchar sin descanso. Más adelante, una colina más alta seguida de un valle profundo, al que a su vez seguía otra colina, le dio la idea de jugarles una mala pasada a sus perseguidores, y eso le proporcionó cinco minutos muy divertidos. Al llegar a lo alto, encontró un árbol caído que le cortaba el paso. Lo saltó dando un grito y haciendo aspavientos a sus perseguidores, como si hubiera visto una posibilidad de escapar por el valle que tenía delante. Pero, en lugar de bajar la colina, se dio la vuelta y se acurrucó bajo el tronco, cubriéndose con ramas y hierba hasta quedar completamente oculto.

Uno tras otro fueron llegando sus enemigos, saltaron el tronco y bajaron corriendo por donde sus huellas indicaban que había saltado en dirección al valle. Formando una larga fila, algunos muy rezagados y jadeando de cansancio, siguieron bajando entre los matorrales hacia el valle. Después de los primeros, nadie se paró a buscar al fugitivo, porque todos daban por hecho que los de cabeza iban tras él. Y cuando estos se dieron cuenta de su error, ya no pudieron seguir el rastro desde donde lo habían perdido, porque sus compañeros habían pisoteado tanto el suelo que habían borrado toda huella del fugitivo. Lo único que pudieron hacer fue buscar cada vez más adelante, hasta cansarse.

El fugitivo se quedó tumbado recuperando el aliento mientras contaba cuarenta indios que pasaban muy cerca de él. Cuando ya no vio más, salió con cuidado y, arrastrándose, tomó una nueva dirección, y así logró escapar.

Un guerrero con lanza y escudo alargado
Guerrero matabele

Huida de los zulúes

Conozco un caso parecido en Zululandia, donde los zulúes atacaron a tres comerciantes blancos. Uno, que estaba enfermo en la carreta, murió en el acto. Los otros dos escaparon con sus rifles por la hierba, que se extendía millas a la redonda y tenía dos o tres pies de altura. Corrieron todo lo que pudieron —uno de ellos estaba herido— hasta que los alcanzaron; entonces se tiraron los dos al suelo y esperaron a sus perseguidores con los rifles preparados.

Los zulúes se habían desplegado y avanzaban en una larga hilera. Cuando los cabecillas se acercaron, los dos hombres se pusieron de rodillas y dispararon: cada uno mató a un zulú. Cargaron rápidamente y volvieron a disparar, y cada uno mató a otro. El resto de los zulúes, al ver a cuatro de sus cabecillas muertos en pocos segundos, se detuvo, y los blancos, hundiéndose en la hierba, se alejaron arrastrándose en silencio. Cuando estuvieron lejos del lugar, después de avanzar un poco y recobrar el aliento, se levantaron y volvieron a correr.

Por supuesto, los zulúes los siguieron dando alaridos. Pero cuando los perseguidos se cansaron, volvieron a hundirse en la hierba; solo que esta vez, en lugar de quedarse quietos, se arrastraron hacia los zulúes.

Estos, que habían señalado el sitio donde habían desaparecido los dos hombres, corrieron para alcanzarlos, y se llevaron la sorpresa de encontrárselos mucho más cerca de lo que esperaban. De nuevo, los blancos hicieron hablar a sus rifles desde una distancia a la que no podían fallar, y cuatro zulúes más mordieron el polvo. Entonces el resto corrió a ponerse fuera del alcance de los tiradores ocultos.

A partir de ahí, los fugitivos lo tuvieron fácil. Es verdad que los zulúes los seguían, pero cuando ellos querían se metían en la hierba; los zulúes se paraban también e intentaban rodearlos, pero como los dos hombres cambiaban siempre de posición entre la hierba, el enemigo no sabía dónde encontrarlos, y cuando un zulú intentaba colocarse detrás de ellos, se topaba con un rifle y no vivía para contarlo. Los blancos los entretuvieron así hasta que cayó la noche, y entonces escaparon en la oscuridad y llegaron a nuestro campamento al día siguiente.

Uno de aquellos hombres tenía una fea herida en la pantorrilla, causada por un gran clavo oxidado que uno de los zulúes había usado como proyectil en su rifle. Era una herida tremenda; la recuerdo bien porque, como no había médico en el campamento, a varios de nosotros nos tocó curarlo. (Scouts, ya sabéis que en tiempos de paz tenéis que aprender a atender a heridos y enfermos, para saber qué hacer en un caso así).