Qué pueden hacer los Scouts
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Qué pueden hacer los Scouts

6. Aventuras en el mar y en el hielo

Una vez hice un viaje con mis dos hermanos en una barca pequeña. Remontamos el Támesis hasta donde pudimos, hasta que el río se convirtió en un arroyo y, al final, en un charco demasiado pequeño para que flotáramos en él. Entonces cargamos con la barca por encima de la colina y la echamos al agua en otro arroyo cercano, que corría en sentido contrario. Aquel arroyo fue creciendo y creciendo hasta convertirse en el Avon, que nos llevó hasta Bath y Bristol. Después cruzamos el poderoso Severn y navegamos por el Wye desde Chepstow hasta nuestra casa en Gales. Menudo viaje, ¿verdad?: de Londres a Gales por río.

Por las noches acampábamos y nos hacíamos la comida nosotros mismos; conseguíamos las provisiones en las granjas o en los pueblos que íbamos encontrando, y pescábamos en el arroyo. En otra ocasión hice un viaje en canoa desde Oxford por el Támesis hasta Weybridge, y desde allí remontamos el Wey hasta Godalming. Otra vez atravesamos Escocia de mar a mar navegando por un canal. Todas las veces me divertí muchísimo.

Estos viajes por canal ofrecen a los muchachos una oportunidad espléndida de practicar el escultismo marino a muchas millas del mar, y probablemente puedan daros una nueva manera de disfrutar al aire libre. Os sorprenderá ver cuántos viajes se pueden hacer por Inglaterra en barca, si os decidís a empezar. Los canales cruzan toda Inglaterra de norte a sur y de este a oeste.

Podéis seguir en un mapa los distintos canales, escoger el que lleve al lugar que queréis visitar y poneros en marcha en cuanto tengáis barca y tripulación.

Por supuesto, si sois Scouts Marinos es muy sencillo: os lleváis vuestra propia barca de remos o de vela, con mantas para taparla por la noche y usarla como tienda.

Si no tenéis barca, pues tendréis que comprarla, pedirla prestada o alquilarla. Otra posibilidad es arreglarlo para viajar como pasajeros o como tripulación en alguna embarcación.

Pero lo hagáis como lo hagáis, os estaréis embarcando en algo que os va a divertir mucho y, si practicas tus técnicas scouts, puedes aprender muchísimo incluso en un viaje corto.

Técnicas scouts en el viaje

Ir siguiendo la ruta en el mapa a medida que se avanza es, desde luego, una práctica espléndida de lectura de mapas. También puedes dibujar un mapa a mayor escala y añadir cosas que no aparecen en los mapas pequeños, como casas, presas, embarcaderos, la altura de los puentes sobre el agua y cosas así.

Por supuesto, debes llevar un cuaderno de bitácora con lo que hiciste y lo que viste cada día, y hacer una descripción general de la región y de los pueblos por los que ibas pasando.

Todo lo relacionado con remolcar la barca, desembarcar y los demás incidentes que implica manejar una embarcación será una práctica muy parecida a la navegación en el mar. Y la cocina, el montaje de las tiendas, la vida de campamento y el estudio de la naturaleza os darán la mejor experiencia como scouts.

La importancia del escultismo marino

Os digo, scouts, que deberíamos levantarle una estatua a ese viejo… bueno, no diré lo que pienso de él, pero me refiero al káiser Bill (N. del T.: se refiere en tono de burla al káiser Guillermo, emperador de Alemania). Hizo mucho por nosotros al traernos esa guerra. Gracias a la guerra, los Scouts Marinos tuvieron ocasión de prestar al país un valioso servicio haciéndose cargo de la vigilancia de la costa, una oportunidad que de otro modo no habrían tenido. Además, muchos de ellos consiguieron trabajo en buques auxiliares, dragaminas y buques hospital, y, por último, algunos pasaron a la Gran Flota. Gracias a su buen trabajo y a su disciplina scout, dejaron muy alto el nombre de los scouts entre los oficiales de la Marina Real y de la Marina Mercante.

Gracias a la guerra, la Marina Mercante se dio a conocer al mundo en vez de acabar en el fondo del mar por culpa de los submarinos alemanes. Con su valentía y su pericia, los oficiales y marineros de ese cuerpo se ganaron la admiración de todo el mundo. Muchos de ellos recibieron condecoraciones y recompensas del rey. Ahora se les ha concedido un uniforme reglamentario como señal de su nueva categoría.

Gracias a la guerra, se hundieron muchos barcos viejos, que se sustituyeron rápidamente por otros nuevos. Estos se construyeron pensando en la comodidad de los oficiales y los marineros. Antes, cualquier agujero o rincón se consideraba bastante bueno para ellos, mientras que los pasajeros y la carga tenían mucho espacio. Ahora es al revés, y la carrera en el mar tiene por delante un futuro distinto: honrosa, cómoda y, esperemos, bien pagada.

Los scouts del Britannic

Todos los scouts de nuestra hermandad se sentirán orgullosos de la historia de cómo se portaron los dieciséis Scouts Marinos que iban a bordo del buque hospital Britannic cuando el enemigo lo torpedeó en el Mediterráneo.

Los alemanes negaron que lo hubieran atacado sus submarinos y pretendieron echar la culpa del crimen a los turcos, porque, según las leyes de la guerra, atacar un buque hospital es un crimen. Y nadie puede confundir uno de esos barcos con ningún otro: están pintados de blanco, llevan una ancha franja verde alrededor y grandes cruces rojas pintadas en los costados. El ataque se produjo a las ocho de una mañana radiante y, como el Britannic era uno de los mayores barcos del mundo (47 000 toneladas), no había posibilidad de error: se veía perfectamente.

Se salvaron unos cien tripulantes, que poco después volvieron a casa. Este es el relato que publicó el Liverpool Courier sobre el buen servicio y el valiente comportamiento de los scouts:

«Cuando torpedearon el Britannic, los scouts ocuparon sus puestos. Su alojamiento había saltado por los aires. Estaban ocupados atendiendo a las enfermeras y enseñándoles dónde estaban los botes, mientras que a dos de ellos, E. Ireland y J. Price, se les asignó acompañar al capitán y al primer oficial para repetir sus órdenes con megáfonos. El señor B. Coe, maestro de armas, destacó a estos dos chicos para una mención especial por su sangre fría. Fueron los últimos scouts en abandonar el barco. En el Britannic no quedaban más de media docena de personas cuando los chicos se deslizaron por una cuerda de 50 pies hasta el agua y nadaron cincuenta yardas hasta una balsa.

Las mujeres primero, los scouts después

»La conducta de los chicos en una situación tan terrible fue ejemplar y merece una calurosa felicitación. Cuando se les ordenó abandonar el barco junto con las enfermeras, se negaron, y las mujeres tuvieron que irse sin ellos. Cuando los scouts dejaron el Britannic, el barco estaba en muy mal estado. El señor Coe se quedó asombrado del valor de los chicos. En vez de esperar a que les dieran órdenes, se pusieron a trabajar como si fuera parte de su tarea. Los oficiales estaban encantados y maravillados con la manera en que se habían portado los chicos.

»Price contó cómo se salvó del Britannic junto con Ireland. Después de llegar a nado a una balsa, tuvieron que remar lo más deprisa que pudieron para escapar del remolino que provocó el barco cuando por fin se hundió. Ireland dijo que el barco se hundió en solo una hora y desapareció a las 9:10. Al principio se hundía despacio, pero al final desapareció rápidamente. Tenía las hélices fuera del agua. Se escoró, y el último hombre en abandonarlo, un hombre mayor que estaba mareado, pudo bajar caminando por el casco hasta el agua.

»W. Sampson, otro scout, que había hecho tres viajes en el barco, contó que algunos de los botes salvavidas corrían peligro por culpa de las hélices. Él se tiró al agua y se quedó enredado en un nudo de cuerdas. Para soltarse tuvo que bucear y nadar un trecho bajo el agua.

»El Britannic estaba a unas seis millas de la costa cuando ocurrió todo. Hubo que renunciar al intento de llevarlo a la orilla. Los scouts, tras pasar un rato en mar abierto, fueron recogidos por un crucero francés y llevados al Pireo».

La admiración del maestro de armas

En una entrevista con el maestro de armas Coe, se supo que, cuando empezó el desastre, él bajó corriendo al fondo del barco, donde estaba el alojamiento de los chicos. El alojamiento de los scouts había volado por los aires, pero, por suerte, ninguno de ellos estaba allí. Cuando se dio la alarma, los chicos ocuparon sus puestos. Algunos de los scouts atendían a los heridos, y entre todos subieron a unas mil personas hasta la cubierta superior. Los chicos estaban acostumbrados a los simulacros y se sabían sus tareas a la perfección. Ireland, uno de los scouts mencionados antes, estaba en el puente con el capitán, y Price, otro scout, acompañaba al primer oficial gritando las órdenes por un megáfono.

Cuando se dio la orden de abandonar el barco, las enfermeras subieron a los botes esperando que los chicos las siguieran. Pero no fue así: los scouts se negaron a dejar el barco y los botes tuvieron que irse sin ellos.

«Los scouts tuvieron que deslizarse por una cuerda de 50 pies, y el roce les arrancó la piel de las manos. Dos de los chicos tuvieron que nadar para ponerse a salvo. No encontraba palabras para alabar lo suficiente el valor y la calma de los chicos. Todos estaban sorprendidos de lo perfectamente que trabajaron y de su total ausencia de miedo. Los chicos no querían dejar el barco y hubo que ordenárselo.

»Los oficiales del Almirantazgo francés les dieron ropa. Llegaron a Liverpool con gorras de marineros franceses.

»Durante el tiempo que habían estado en el barco, que fueron doce meses, habían hecho diversas tareas: camareros de la tripulación, mensajeros y ayudantes del capitán y de los oficiales. Los más jóvenes no parecían asustados por los peligros y amenazas que habían vivido.

»Una madre cariñosa saludó así a su hijo: “¿Qué tal te ha ido?”.

»“Me mojé entero, y estas ropas me las ha prestado un maquinista”, fue la respuesta infantil.

»“¿Cómo estás, chaval?”, preguntó otro padre.

»“Listo para otro barco”, fue la rápida respuesta».

El Revenge

En la batalla de Horn Reef, el HMS Lion, entre otros muchos de la flota, se distinguió al entrar en combate.

No es el primer barco con ese nombre en la Armada británica. En los viejos tiempos de Isabel I, el Lion era una fragata al mando del capitán Fenner, y formaba parte de la escuadra, junto con el Revenge, que libró la desesperada batalla final contra los españoles.

Nuestra escuadra, de solo seis barcos, fue atacada por la gran flota española, de cerca de cincuenta naves, que cayó de repente sobre los británicos al doblar el extremo de una isla desde la que había zarpado.

Nuestra flota tuvo que retirarse lo más deprisa posible, pero a sir Richard Grenville no le gustaba abandonar a algunos de sus hombres, que estaban en tierra en la isla, y mientras esperaba para recogerlos se vio rodeado por los barcos españoles.

Quizá habría podido escapar, pero era leal a sus hombres y no quiso dejarlos. Cuando los tuvo a bordo, su única posibilidad era intentar abrirse paso entre los barcos españoles que lo cercaban, y se lanzó contra ellos con tanto ímpetu que muchos prefirieron apartarse antes que atacarlo.

Pero pronto se le acercó el gran buque insignia, el San Felipe, quitándole el viento de las velas. Al mismo tiempo llegó otra gran fragata por el otro costado, mientras otras dos se aproximaban, de modo que eran cuatro barcos atacando a uno solo.

Pero el Revenge les plantó cara a todos con gallardía. Eran las tres de la tarde, y el combate siguió con una energía terrible durante el resto del día.

A martillazos y tenazas

Sir Walter Raleigh, al escribir el relato de la batalla, contó:

«El gran San Felipe, tras recibir el fuego de la batería baja del Revenge, que le disparó con balas encadenadas, se apartó con toda diligencia, visiblemente disgustado con aquel primer encuentro.

»Del mismo modo, el Revenge se quitó de encima a muchas otras naves, una tras otra, pero su lugar siempre lo ocupaban otras que llegaban.

»Todos los barcos españoles llevaban compañías de soldados, de doscientos a quinientos u ochocientos por nave, mientras que en el Revenge no había más soldados que los marineros, y muchos de ellos estaban enfermos de fiebre, así que en realidad no estaba preparado para la guerra.

»Tras un intenso intercambio de fuego de grueso y pequeño calibre, los españoles decidieron abordar el Revenge y lo intentaron de varias maneras, con la esperanza de reducirlo con la multitud de sus soldados armados y mosqueteros, pero una y otra vez fueron rechazados y arrojados a sus propios barcos o al mar.

»Mientras la batalla continuaba, a martillazos y tenazas, hasta bien entrada la noche, se hundieron dos de los barcos enemigos más grandes. Sir Richard estaba gravemente herido desde el principio de la batalla y durante un rato se quedó sin habla, pero, a pesar de la herida, siguió al mando hasta cerca de la medianoche. Entonces le atravesaron el cuerpo de un disparo y lo hirieron otra vez en la cabeza, y al mismo tiempo su médico también recibió una herida mortal. Aun así, dijo a sus hombres que siguieran luchando, y a la mañana siguiente ya habían atacado quince naves distintas, y todas habían sido rechazadas.

»Pero, a medida que avanzaba el día, nuestros hombres flaqueaban, y cuanto más crecía la luz, más crecían nuestras penalidades.

Sin pólvora

»Se había gastado hasta el último barril de pólvora del Revenge, todas sus picas estaban rotas, habían muerto cuarenta de sus mejores hombres y la mayoría de los demás estaban heridos. Al empezar el combate solo tenía cien hombres sanos, contando los que estaban algo maltrechos, y noventa enfermos en cama. Muy poca gente para manejar un barco así y una tripulación muy débil para resistir a un ejército tan poderoso.

»Con esos cien se aguantó todo: los abordajes y asaltos de quince barcos de guerra, además de los que se fueron sumando a lo largo de la batalla.

»Los españoles, en cambio, siempre recibían refuerzos de soldados traídos de cada escuadra, y armas y pólvora a voluntad.

»De nuestro lado no había ningún descanso, ninguna esperanza, ningún refuerzo de barcos, hombres ni armas; todos los mástiles estaban derribados, todo el aparejo hecho trizas, la cubierta superior destrozada y, para entonces, ya empezaba a hacer agua por el casco; no quedaba nada arriba con que luchar o defenderse.

»Sir Richard, viéndose en esta desgracia e incapaz de seguir resistiendo, después de haber aguantado quince horas de combate y el asalto de quince naves distintas, que lo habían abordado por turnos, y de haber recibido, según se calcula, ochocientos disparos de artillería pesada; y viendo que él y el barco iban a caer en manos del enemigo, que lo tenía rodeado en círculo, y que el Revenge ya no podía moverse hacia ningún lado salvo adonde lo llevaban las olas y la marea, ordenó al condestable artillero, a quien sabía hombre resuelto, que hundiera el barco, para que a los españoles no les quedara ninguna gloria ni victoria, ya que en tantas horas de batalla, y con una armada tan grande, no habían podido tomarlo, teniendo para ello quince horas de tiempo, quince mil hombres y cincuenta y tres barcos de guerra; y exhortó a la tripulación, o a todos los que pudo, a encomendarse a Dios y a la misericordia de nadie más».

Mantente firme

En este recuerdo de los viejos tiempos has visto que los lobos de mar de la época de Raleigh dejaron en herencia a los scouts de hoy el lema «Mantente firme».

Mantente firme en tu trabajo, en tu juego y, sobre todo, como recomendaba lord Kitchener, en tus ideales scouts. Eso te ayudará a salir de muchos apuros, aunque seas como un barquito rodeado de dificultades o de grandes tentaciones. Mantente firme y no te rindas nunca, aunque mueras en el intento.

Nueve de cada diez veces saldrás victorioso sin tener que rendirte; y ni siquiera en la muerte hay nada terrible si sabes que has hecho lo mejor que podías mientras tuviste ocasión.

Mira el ejemplo que dio hace poco un scout:

El scout marino Lazenby, de los scouts de Hornsea, estaba tan lleno de energía y era tan hábil como cualquier otro muchacho de la hermandad. Estaba haciendo labores de vigilancia de costas en Yorkshire cuando cogió la gripe. Se le pasó a los pulmones y le fue quitando las fuerzas. Luchó contra ella, pero la enfermedad lo tenía tan atrapado que acabó con él.

Pero, mientras se moría, sonreía a los que estaban a su alrededor y les dijo: «No os preocupéis por mí, todo va bien». Hizo con orgullo el saludo scout y así murió.

Otra gran aventura

No hace mucho, todos seguíamos con gran interés las noticias de la expedición antártica dirigida por el doctor Mawson, que había pasado enormes dificultades, casi tantas como la del capitán Scott.

El grupo de Mawson se dividió en dos. Uno, al mando del doctor, desembarcó en la Tierra del Rey Jorge V; el otro, a las órdenes del señor Wild, navegó mil millas a lo largo del continente antártico y tomó tierra en la Tierra de la Reina María. Esto ocurrió en febrero de 1912, hace nueve años.

El grupo de Wild exploró unas cuarenta millas tierra adentro, pero tuvo que retroceder por las tormentas y el mal tiempo; probablemente fue la misma tormenta que causó el retraso fatal del capitán Scott.

El doctor Mawson llevaba consigo a dos compañeros y dieciséis perros que tiraban de los trineos. Uno de sus compañeros era el doctor Mertz, natural de Suiza y muy hábil con los esquís, esos largos zapatos de madera para la nieve. El otro era el teniente Ninnis, un joven oficial de los Fusileros Reales.

Hicieron una expedición de unas trescientas millas cerca del territorio que había explorado el capitán Scott.

Entonces llegó la tragedia. El doctor Mawson la describe así en el Daily Mail:

«El 14 de diciembre hacía un día espléndido. Justo cuando lo estábamos disfrutando, nos cayó encima la desgracia. Mertz, en esquís, abría la marcha con un cuarto de milla de ventaja sobre mí y sobre el primer tiro de perros. Detrás de mí venía Ninnis, con un tiro de perros escogidos que arrastraba el trineo donde iba cargado lo más necesario para sobrevivir.

»Lo habíamos organizado así porque pensábamos que, si alguno había de sufrir un percance en una grieta del hielo, sería el primer trineo.

»Como creía que ya estábamos fuera de la zona de peligro, me sorprendió mucho ver una leve señal de grietas que cruzaba nuestro camino.

»Mertz la había cruzado sin darle especial importancia. Mi tiro estaba preparado porque yo me había dado cuenta, así que no me preocupé demasiado. Ya me había topado con unas cuantas grietas.

»Aun así, como era costumbre, grité “¡Grieta!” para avisar a Ninnis.

»Poco después miré hacia atrás y, ¡cuál no sería mi desconcierto al no ver nada más que la inmensa extensión de nieve y hielo!

»¿Dónde estaban Ninnis y su trineo?

»Entonces caí en la cuenta de lo que podía haber hecho la grieta. Volvimos atrás y llegamos a un abismo.

»Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la luz azulada del fondo, vimos un perro herido atrapado en un saliente, que enseguida se puso a aullar.

»En el mismo sitio se veían algunos restos más, pero ni rastro de nuestro compañero.

»Debió de caer a gran profundidad, aunque él no llegara a darse cuenta: la muerte tuvo que ser instantánea.

»Lo llamamos durante horas, sin ninguna respuesta.

»Toda la cuerda que nos quedaba no bastaba para llegar al saliente, 150 pies (unos 45 metros) más abajo, donde habríamos podido recuperar el perro muerto y algunos restos más; cualquiera de ellos habría tenido un gran valor en la situación en que Mertz y yo nos habíamos quedado.

»El trineo que nos quedaba solo llevaba comida para semana y media para nosotros, y nada para los perros hambrientos. Teníamos una tienda de repuesto, y le improvisamos un armazón con un par de esquís y las patas del teodolito. Más tarde recogimos una pala rota en un campamento antiguo.

»Decidimos que, comiéndonos a los perros, tendríamos comida suficiente para llegar a la cabaña cruzando la meseta. El mar helado se estaba resquebrajando.

»Nueve horas después del accidente rezamos un responso por nuestro compañero y emprendimos el regreso. Racionábamos la comida según las millas que recorríamos.

»Con los retrasos por el mal tiempo y las raciones reducidas, los perros morían cada día. Pronto no quedó ninguno.

»A comienzos de la primera semana de enero de 1913 llegamos a un punto a cien millas de la cabaña. Las escasas raciones nos habían trastornado el estómago. Mertz estaba peor que yo, y muy débil. El tiempo era espantoso.

»Día tras día caían nevadas densas y había ventiscas. El frío nos golpeaba como nunca golpea cuando uno está en buena forma.

»Cubríamos etapas de unas pocas millas a duras penas.

»El 3 de enero se hizo evidente que el estado de mi compañero era peor que el mío. Ni siquiera la mejor comida que preparamos tuvo el efecto que esperábamos.

»El 6 de enero el tiempo mejoró un poco, pero el suelo estaba tan resbaladizo que las caídas eran continuas. Pronto quedó claro que Mertz no podía seguir a pie. Con él a bordo del trineo, aun ayudándonos con una vela, avanzábamos despacio. Tanto esfuerzo nos rindió solo dos millas y media según el cuentamillas del trineo. Apenas se podía mantener el rumbo en medio de la ventisca.

»La mañana del 7 de enero Mertz estaba mucho peor. Hacia la medianoche del 7 al 8 de enero murió.

»Mi propio estado era tal que me quedaban pocas esperanzas. Decidí seguir adelante hasta el final.

»No quiero recordar el mes que siguió, consumido por una lucha feroz contra el hambre por un lado y contra las millas que aún me quedaban por delante por el otro.

»Nevaba y soplaba el viento casi a diario. Crucé un glaciar lleno de hundimientos y muchas veces caí en una grieta hasta quedar colgado de toda la cuerda atada al trineo. Me salvé milagrosamente en esas caídas, y estaba tan débil que apenas podía trepar por la cuerda.

»Se me cayeron la piel, el pelo y las uñas.

»Inesperadamente encontré comida en un saco que había dejado el grupo de búsqueda.

»Por fin llegué a la cabaña.

»Ahora vuelvo a estar bien».

Resiste: no digas que te mueres hasta que estés muerto

Así, durante los treinta días que siguieron a la muerte de Mertz, el doctor Mawson luchó por volver atravesando aquella soledad helada. ¡Piénsalo! Muchos hombres se habrían vuelto locos bajo semejante esfuerzo; muchos habrían enloquecido si no hubieran tenido que luchar.

Pero Mawson no se rindió mientras le quedó vida, y dio uno de los mejores ejemplos de resistencia que se han visto nunca.

Así que, una vez más, ves lo valioso que es ser capaz de perseverar, aunque las cosas parezcan no tener remedio.

Aniversarios

Octubre, por ejemplo, es un mes de aniversarios gloriosos. El día 25 es el aniversario de la batalla de Balaclava, aquel despliegue de valor, disciplina y sacrificio. Es también el aniversario de otro hecho del mismo tipo, más cercano a los scouts: el naufragio del yate scout Mirror, al que hundió el vapor Hogarth.

La colisión tuvo lugar en plena noche, cuando la mayoría de los muchachos estaban abajo y llevaban el barco dos o tres hombres en cubierta. Aunque el barco quedó prácticamente partido por la mitad y se hundió en pocos minutos, los muchachos mostraron una sangre fría y una disciplina admirables, y solo gracias a eso se salvaron tantos.

Uno de los que se ahogaron era quizá el mejor nadador de todos, pero dio su vida por salvar a los demás: se quedó en su puesto, llevó a sus compañeros al puente y, en cuanto fue posible, al otro barco.

En aquella ocasión, el esfuerzo con que se salvó el scout marino Snowden demostró lo valioso que es saber nadar. Su huida del barco que se hundía fue poco menos que milagrosa. Estaba tumbado en su litera leyendo cuando oyó que daban la alarma desde el puente. Así lo contó él:

«Salté de la litera e intenté abrir la puerta del salón, pero no se abrió. Entonces sentí un choque terrible. Corrí hacia la otra puerta, pero antes de que pudiera llegar el agua ya me cubría las rodillas. Medio minuto después me llegaba al cuello.

»Para entonces yo miraba hacia arriba por el conducto de ventilación. De repente todo se volvió negro. Supe que nos hundíamos. Bajamos y bajamos, cada vez más. Luché sin saber por qué. En ese momento el salón crujió y se partió en dos, y fue como si me escupiera al agua helada. No sé cuánto tiempo estuve debajo; me pareció una eternidad. Por suerte, cuando salí a la superficie, flotaba cerca la mitad de uno de nuestros muebles. Me agarré a él. A lo lejos vi una silueta enorme, que supuse que sería el otro barco. Me decidí y empecé a nadar hacia ella. Gracias a Dios, soy buen nadador.

»A todos los scouts marinos nos han enseñado a desvestirnos en el agua, y no tardé mucho en quitarme toda la ropa. Luego nadé hacia el barco. El agua estaba terriblemente fría, y empezaba a pensar que todo había acabado para mí cuando por fin, al cabo de un cuarto de hora, me encontró uno de sus botes».

La moraleja de esta historia para todo scout es: «Aprende a nadar». Y aprende a nadar bien, para que seas capaz de quitarte la ropa dentro del agua y de mantenerte a flote mucho tiempo. Eso fue lo que le salvó la vida a Snowden.

El Día de Trafalgar

El 21 de octubre es el Día de Trafalgar, el aniversario de la gran victoria de Nelson sobre las flotas francesa y española en el cabo de Trafalgar, en España. Desde entonces hemos tenido otra victoria aún mayor, esta vez en mayo: la de Horns Rev, frente a la costa de Jutlandia. Las dos batallas se parecieron curiosamente en algunos aspectos.

En 1805 los franceses habían intentado invadir Inglaterra. Su ejército estaba listo, pero el Canal no estaba despejado: allí estaba la flota británica.

No podían cruzar hasta que nuestra flota estuviera en otra parte, así que su almirante, Villeneuve, intentó arrastrarnos hacia el Atlántico para quitarse de encima a la flota británica y dejar la costa libre para que los transportes y las tropas cruzaran el Canal e invadieran Inglaterra.

El planecito no les salió del todo bien, porque Nelson alcanzó a la flota francesa, la destruyó y volvió enseguida a su puesto en aguas propias.

Del mismo modo, en 1916 los alemanes esperaban invadir Inglaterra, pero no podían hacerlo mientras la flota británica estuviera en medio. Por eso intentaron enviar varios cruceros por la costa de Noruega y el norte de Escocia para que salieran a distintos puntos del Atlántico, atacaran o distrajeran a nuestros barcos y alejaran a nuestra flota en su persecución. Así esperaban dejar libre el mar del Norte para que sus transportes, escoltados por buques de guerra y submarinos, pudieran cruzar y desembarcar tropas en nuestras costas.

Este planecito tampoco funcionó, porque el almirante Beatty, con su escuadra de cruceros, frenó a la flota alemana nada más empezar la aventura; y sir John Jellicoe, que llegó con sus buques más pesados, acabó por poner fin a la empresa alemana y devolvió su flota a puerto dañada y desarbolada.

Después de fracasar en su intento de invasión, Napoleón fue derrotado definitivamente en tierra por nuestro ejército, a las órdenes de Wellington, en Waterloo; y los alemanes, tras fracasar en la suya, se vieron derrotados por los Aliados.

Hubo otro punto en que las dos batallas navales se parecieron: ambas dieron un héroe. En una fue el almirante que mandaba la flota, lord Nelson, que, aunque cayó herido de muerte en plena batalla, no quiso que lo bajaran hasta que murió. Incluso entonces no se preocupaba por sí mismo, sino por cómo iba la batalla; y cuando supo que era una victoria, murió contento, aguantando hasta el final y satisfecho de haber cumplido con su deber.

En la batalla de Horns Rev, entre los muchos héroes de la refriega, uno se distinguió especialmente del mismo modo que lord Nelson. No era un almirante ni un comandante en jefe. Era un simple marinero, Jack Cornwell, antiguo Boy Scout. También él cayó herido de muerte en el combate, pero se negó a rendirse: se aferró a su puesto bajo un fuego intenso hasta saber que el resultado era una victoria, y murió contento, sabiendo que, como Nelson, había cumplido con su deber.

No digas nunca que estás muerto

Hablé con un valiente oficial que acababa de volver de estar prisionero de guerra en Alemania. Me contó lo terrible que lo había pasado después de caer herido en el campo de batalla con el muslo destrozado. Los de la Cruz Roja alemana llegaron, lo vieron y pasaron de largo, en parte porque no era alemán y en parte porque creyeron que ya era un «cadáver».

Muchas horas después de haberlo abandonado, descubrieron que aún estaba vivo y lo llevaron a un hospital. Allí lo pasó bastante mal. Un clérigo alemán fue a visitarlo, pero, en lugar de consolarlo, solo le dijo que los británicos eran unos necios por intentar luchar contra un país tan noble y espléndido como Alemania.

Esto enfadó tanto a mi amigo que sacó fuerzas de flaqueza y le dijo lo que pensaba de los brutos alemanes y de su desdichado káiser, y cómo los Aliados iban a vencerlos al final.

El clérigo salió a toda prisa, pero, aunque el herido perdió su consuelo, ganó un ánimo nuevo y decidió que iba a vivir. Así que, cuando el médico pasó a hacer su ronda, le pidió que le amputara la pierna herida, porque sentía que, si no, acabaría matándolo.

El médico le dijo que no, que debía intentar aguantar un poco más. Pero mi amigo insistió con tanto empeño que al final el médico lo durmió con cloroformo y le amputó la pierna.

Al día siguiente el enfermo se sentía tan aliviado y tenía tanta hambre que se comió una lata entera de sardinas que le había ofrecido un vecino de cama. Cuando llegó el médico no pudo disimular su asombro, porque, según confesó, esperaba que el hombre muriera, si no antes de la operación, en cualquier momento después; ¡y allí estaba, radiante y atiborrándose de sardinas!

Lo que lo salvó fue su fortaleza y su espíritu de «no digas nunca que estás muerto hasta que lo estés».

Confesó que, en los largos y agotadores meses de enfermedad y dolor como prisionero, muchas veces se le vino abajo el ánimo, a pesar de la fortaleza que tenía. Pero un día se incorporó de golpe porque oyó cornetas en la calle; se asomó y vio pasar marchando una gran tropa de Boy Scouts, ¡con su sombrero, sus rodillas al aire y todo!

Por un momento creyó que estaba de vuelta en Inglaterra. Al fin y al cabo eran Boy Scouts alemanes, pero verlos lo animó tanto, haciéndole pensar en su hogar, que al final recobró la salud y las fuerzas.