2. Boxeo, fútbol, natación y payasadas
En mi vida he pertenecido a muchos clubes de distintas clases. Por supuesto, en Londres hay clubes donde los caballeros mayores se sientan en sillones mullidos a leer el periódico, mientras unos camareros silenciosos les sirven café y puros. Todo está pensado para su comodidad, y hay normas estrictas que prohíben hablar en voz alta o fumar, salvo en los salones de fumadores, para no molestar a los demás socios.
Yo mismo pertenecía a uno de ellos, así que sé lo muy cómodos y lo muy incómodos que son: demasiado estirados para mi gusto.
En el ejército francés hay otra clase de clubes. En ellos, oficiales y soldados pueden llevar a sus amigos para enseñarles los trofeos y los recuerdos interesantes del regimiento.
En Cachemira conocí otra clase de club. Eran una especie de cobertizos donde los ancianos del pueblo se reunían por la tarde a contar historias sobre la tribu y su pasado. Los jóvenes se sentaban alrededor para oír las hazañas gloriosas de sus antepasados en la guerra y en la caza, y así aprendían a ser hombres de provecho cuando les llegara el turno.
En los bosques espesos de Canadá vi grandes refugios levantados por los cazadores, que usaban ellos y otras personas que pasaban por allí durante sus expediciones de caza o de pesca. Esos mismos hombres los habían construido y equipado con todos los enseres de un hombre de los bosques: cerrojos sencillos, muebles toscos pero cómodos, y adornos de pieles y cuernos ganados en la caza, además de dibujos o tótems tallados. Ese es el tipo de club que más me gusta de todos.
Un Club Scout (N. del T.: lo que nosotros llamamos «local», ya sea de Patrulla, de Tropa o de cualquier otra unidad) es distinto de todos los anteriores, pero, si es bueno, tiene un poco de cada uno.
Para que sea cómodo y para que dé buena imagen de la Tropa, debe mantenerse limpio y ordenado, de manera que, aunque no sea exactamente un club londinense, tampoco sea en absoluto una jaula de osos.
Como en la salle d'honneur francesa, en sus paredes deben estar los trofeos y los logros de la Tropa: los cuadros de honor, los registros de premios y competiciones, las fotos de campamentos, las banderas, los tótems y cosas por el estilo.
Y, como el club de la aldea de Cachemira, el local scout es el lugar donde los jóvenes van a oír las grandes hazañas de quienes los precedieron y de sus compañeros, y donde reciben el espíritu y la fuerza para hacer lo que esos hombres hicieron.
El club del que un scout se siente más orgulloso es aquel en cuya construcción o decoración ha metido mano, o cuyos muebles ha fabricado.
He visto muchos clubes scouts de todo tipo, pero los más interesantes y, con diferencia, los mejores han sido los que los propios muchachos han equipado, más que los que les ha proporcionado la generosidad de otros.
Por qué un scout debe saber usar los puños
Es curioso que muy pocos extranjeros sepan usar los puños, así que, cuando van a por ti, sacan una navaja o una pistola. Pero el británico considera esos métodos cobardes: le gusta enfrentarse al otro de hombre a hombre y pelear hasta que gane el mejor. Un muchacho británico que no sepa boxear no está preparado para salir al mundo.
No quiero decir que tenga que buscar pelea y meterse con la gente, pero sí debería ser capaz de defenderse y de defender a otros a los que molestan y que no pueden defenderse por sí mismos.
Seguro que en algún momento de su vida tendrá que hacerlo.
Así que, como scout, si te propones cumplir tu lema y estar Siempre Listo para lo que pase, tendrás que aprender a boxear y mantenerte en práctica constante. No es difícil de aprender, pero tiene montones de trucos que hay que aprender de alguien con más experiencia, y que no puedes aprender solo sin llevarte una buena paliza mientras aprendes.
Cuando le coges el gusto, es muy divertido y es el mejor ejercicio posible. Te da rapidez de vista y de reflejos, y te da fuerza y músculos en un tiempo asombrosamente corto.
También te enseña a jugar limpio y a encajar golpes duros con una sonrisa.

Antes y después del combate hay un apretón de manos para demostrar que no hay resentimiento y que, aunque te hayan dado, no guardas rencor.
Te conviene mucho hacerte boxeador y saber usar los puños si hace falta porque, como acabo de decir, quizá un día lo necesites para ayudar a otras personas.
Pero puede llegar todavía más lejos: puede permitirte defender a tu país y dejar en buen lugar el nombre de los británicos.
Hace bastantes años, cuando estaba en Sudáfrica, dos caballeros muy conocidos de Johannesburgo tuvieron una disputa y decidieron batirse en duelo para zanjar sus diferencias.
Pero no era uno de esos duelos a la extranjera, en los que uno se enfrenta al otro con floretes y gana el primero que toca al rival. No: nuestros dos hombres acordaron arreglarlo a la británica, con los puños.
Así que una buena mañana se encontraron en un lugar tranquilo, Orange Grove, justo a las afueras del pueblo. (Por cierto, aquel lugar se hizo famoso más tarde gracias a lord Roberts: cuando un oficial del Estado Mayor irrumpió muy agitado en la sala con noticias importantes, él le dijo: «Espera un momento, estoy ocupado». Estaba jugando con un niño pequeño).
Los contendientes eran el señor Fred Shaw y el señor Williams. Shaw tenía unos treinta y nueve años; Williams, treinta y cuatro, y era bastante más corpulento.
En el primer asalto, Shaw cayó derribado por un golpe terrible en la oreja que le levantó un gran chichón en la cabeza. Durante tres asaltos peleó con valor, medio aturdido, hasta que otro golpe en el mismo sitio, en vez de tumbarlo, le reventó el chichón y pareció darle nuevos ánimos: se rehízo y siguió peleando con más ganas que antes.
A partir de ese momento, durante veintisiete asaltos, llevó la mejor parte, y Williams recibió un duro castigo la mayor parte del tiempo. Pero en el vigésimo séptimo asalto Shaw resbaló y cayó, con su rival encima. En la caída se golpeó la cabeza contra el suelo y quedó inconsciente unos minutos, así que se le dio por fuera de combate.
De modo que, aunque había llevado la mejor parte de la pelea, la perdió. Fue mala suerte en un gran combate.
Pues bien, ese hombre ha escrito un libro titulado La ciencia de la defensa personal, y si a tu Tropa le interesa el boxeo, te recomiendo que lo pidas en tu librería. Está lleno de buenas fotos de las mejores posturas y técnicas de ataque y defensa, y muestra exactamente adónde apuntar y qué esquivar en la pelea.
En particular, el autor muestra lo malo que es el estilo de pelear jorobado y encogido, y el agarrarse continuamente al rival, comparado con el boxeo británico limpio y erguido. Y también te enseña el gran secreto, que consiste en colocar bien los pies al pelear, en vez de ese baile fantasioso y agotador que acostumbran algunos. Practicando el boxeo puedes pasar una tarde o una mañana de lluvia muy entretenida.
La forma de jugar al fútbol
El secretario de un club de fútbol escribió la siguiente nota sobre un equipo contra el que su club había jugado hacía poco:
«Aunque nuestros rivales pesaban menos, todo nuestro equipo coincidió en que era el once más deportivo con el que se habían encontrado. Su juego fue completamente limpio y, aunque les ganamos por mucho (siete a cero), en ningún momento dieron la impresión de rendirse.
»Eran alegres, y su deportividad se ganó el corazón de muchos espectadores».
¿Quiénes creéis que eran esos muchachos que aguantaron así, con una sonrisa todo el tiempo? ¡Pues scouts, claro! Y scouts de la mejor clase.
Me alegró mucho recibir este informe de alguien que era un completo desconocido para mí, pero que evidentemente pensaba que el espíritu scout era algo bueno y alegre.
Y vaya si lo es.
Quiero felicitar al equipo que jugó tan bien un partido tan cuesta arriba y que, con su deportividad, enseñó a los demás que los scouts saben jugar sin espíritu agresivo y sin tragarse el disgusto, algo tan frecuente cuando los muchachos corrientes ven que las cosas no les salen bien.
Si no eres capaz de jugar con verdadero espíritu deportivo, más vale que lo dejes de una vez.
El fútbol es, a juzgar por las enormes multitudes que van a verlo, el juego más atractivo del mundo.
Pero, bien mirado, verlo no tiene ni punto de comparación con jugarlo. Detesto ver a otro hacer lo que me gustaría estar haciendo yo, y espero que todos los scouts vean el fútbol así: como algo hecho para jugarse, no para mirarse.
A mí lo que más me gusta es el polo porque, aunque se parece al fútbol o al hockey, tiene la emoción y la diversión añadidas de montar a caballo y conseguir que el caballo juegue contigo.
De todas formas, el fútbol es un juego muy bueno, siempre que consigas que muchos amigos jueguen contigo.
En el polo hay solo cuatro jugadores por bando; en el fútbol puede haber once o quince. De niño practiqué la mayoría de los juegos: críquet, rackets (N. del T.: deporte parecido al tenis), remo, fives (N. del T.: otro juego de pelota), natación y caza; pero el que más me gustaba era el fútbol. Creo que me gustaba porque, aunque recibes buenos golpes y acabas agotado, juegas por el honor y la gloria de tu equipo más que por los tuyos propios.
Creo que precisamente de ahí sacan los scouts la alegría del Escultismo.
Se están labrando un nombre para su Patrulla —es decir, para su equipo— más que para sí mismos. Y cuando emprenden un juego, un trabajo o una guerra con ese espíritu, no solo tienen el éxito asegurado, sino que lo disfrutan aún más que si buscaran la gloria para ellos solos.
¿Qué hay de la natación?
Cuando hace buen tiempo y el agua está templada, es el momento perfecto para practicar la natación. He conocido a muchos chicos que aprenden a la primera; a otros les cuesta más.

A mí me pasó: al principio no le cogía el truco. En el fondo de mi corazón pensaba que el agua no me gustaba nada, pero un día, al salir de las profundidades, me encontré nadando con facilidad. Antes me había esforzado y había luchado mucho, pero descubrí que la manera de conseguirlo era tomármelo con calma y despacio, y de vez en cuando sumergirme y bucear con los ojos abiertos. Le cogí gusto al agua, y nadar en la superficie me resultó igual de fácil. Algunos muchachos, un poco miedosos con el agua, tienden a decir: «Total, ¿para qué sirve la natación? Ni mi trabajo ni mis diversiones me llevan por ahí». Bueno, bañarse ya es muy divertido y alegre, pero lo es mucho más si el baño incluye una buena nadada. ¡Qué tonto parece el que tiene que quedarse chapoteando en la orilla y no puede acompañar a sus amigos cuando se adentran en el mar o bajan por el río!
Pero hay algo más que diversión en todo esto.
Si vas a bañarte o a navegar, no es justo para los otros muchachos que vayas con ellos sin saber nadar. Si la barca se hunde y todos saben nadar, no pasa de ser un accidente; pero si hay uno que no sabe, los demás tienen que arriesgar la vida para mantenerlo a flote.
Y luego está ese momento terrible en que ves a alguien ahogándose. Si sabes nadar, te lanzas al agua, lo sujetas de la forma correcta y lo llevas a la orilla: has salvado la vida de un compañero.
Pero si no sabes nadar, no te queda más que correr a pedir ayuda mientras tu compañero se queda sin fuerzas delante de tus propios ojos. No voy a describirlo: es una pesadilla horrible, y será todavía más horrible durante el resto de tu vida, cada vez que pienses que fue en parte culpa tuya que aquel pobre chico se ahogara. ¿Por qué culpa tuya? Porque, si hubieras sido un verdadero scout, habrías aprendido a nadar y habrías podido ayudarle.
Un soldado nada hacia la libertad
Hay otra razón para aprender: nunca sabes cuándo te puede ser de gran utilidad. Albert Bateman, licenciado del Regimiento de Manchester, fue capturado por los alemanes durante la guerra y le obligaron a trabajar como prisionero en una fábrica de carburo.
«Después de que nos capturaran los alemanes, unos mil soldados y yo caminamos, escoltados por la caballería, cerca de veinte millas sin comer ni beber.
»A los que se desmayaban o se quedaban sin fuerzas —contaba Bateman— los llevaban a rastras por el camino. Nos metieron en vagones de ganado, sesenta hombres en cada uno, de pie y apretados como sardinas en lata, y nos tuvieron encerrados veinticuatro horas sin que nadie viniera a abrir las puertas para dejarnos bajar ni cinco minutos.
»Uno de los soldados estaba tan agotado por el largo combate, el hambre y tanto tiempo de pie que se desplomó.
»Después nos repartieron por distintos edificios y campos. Nuestra comida diaria era una sopa aguada de patatas y nabos a las once de la mañana, y lo mismo a las cinco de la tarde, más una rebanada de pan. Diez hombres teníamos que compartir una hogaza.
»Por supuesto, no tocábamos a mucho cada uno, pobres diablos. El capataz de nuestro barracón llevaba unas botas que en Inglaterra no habría conseguido ni un vagabundo. Las mejores tenían suela de madera. Y estaban tan llenos de tierra y tan faltos de jabón que se podrían haber plantado patatas en sus cuellos, así que me aparté de ellos.
»Por supuesto, me negué a trabajar para ellos, así que me amenazaron con un palo, me encerraron en un sótano oscuro y se rieron de mí. Entonces decidí arriesgarme y escapar.
»Un chico de Londres y yo salimos corriendo hacia el Rin, que estaba a veintiséis millas. A la noche siguiente ya habíamos dejado atrás la alambrada y los perros, y nos estábamos quitando las botas y los calcetines en la orilla, detrás de un maizal, cuando sonó un disparo. Así que le dije al chico de Londres: “Jim, vienen a por nosotros. ¡Vamos!”. Y saltamos al agua.
»Enseguida los tuvimos en la orilla y oí aullar a los perros, pero fui el único que consiguió cruzar. Estuve tres cuartos de hora en el agua y me quedé helado como una piedra, así que los soldados suizos me envolvieron en mantas y me cuidaron.
»Aprendí a nadar en el Park Swimming Club de Sheffield, pero nunca imaginé que me sería tan útil, porque habría preferido morir en el fondo del Rin antes que seguir aguantando a esos alemanes que me hacían la vida imposible en la fábrica de carburo donde trabajaba».
No lo quitéis
Muchos scouts me han preguntado si no podríamos cambiar las pruebas para ser scout de Primera Clase (N. del T.: el plan de adelanto de la Tropa en los escritos de B-P abarca las llamadas clases: Tercera, Segunda y Primera) y quitar la natación.
Bueno, si hiciera ese cambio, tendría a todos los Scouts del Rey (N. del T.: es el equivalente inglés de lo que en países de América se llama Caballero Scout y similares; es decir, la insignia terminal de la Tropa) y a todos los scouts de Primera Clase protestando, y es su opinión la que me importa. Pero no hay ningún peligro de que yo llame nunca scout de Primera Clase a un muchacho que no sepa nadar.
Sé que muchos muchachos encuentran muchas dificultades por el camino, pero esa es precisamente una de las pruebas para saber si un scout tiene hombría o no.
Un muchacho que se queda sentado en su cuarto esperando que la natación le llegue sola es un pedazo de… bueno, en cualquier caso, no es mi idea de un scout. Y, sin embargo, eso es más o menos lo que hacen bastantes muchachos.
He estado en Noruega y en Suecia y, aunque tienen climas más fríos que Inglaterra, apenas hay allí un niño o una niña que no sepa nadar. Así que es más bien una vergüenza para nosotros, los británicos, que tantos de nuestros muchachos se queden en Segunda Clase por este motivo. Por el honor del país y de los scouts, espero que todos los scouts y todos los lobatos hagan todo lo posible por aprender.
Dentro de poco lanzaré un desafío a los lobatos y a las guías, para ver si son capaces de ganar a los Boy Scouts en natación. No se tratará de una carrera entre unos cuantos elegidos, sino de comparar la proporción de nadadores y no nadadores en cada rama de nuestro Movimiento.
La natación es muy divertida. Es estupendo sentirse dueño del agua y, en vez de tenerle miedo como a un enemigo que te puede ahogar, hacerla tu amiga y que te ayude a disfrutar de la vida.
Dejad que os lo repita: si sabéis nadar, podéis salvar una vida. Pensad lo terrible que sería ver a alguien ahogándose y, aun siendo unos muchachos grandes y sanos, no poder hacer otra cosa que quedaros en la orilla lamentándoos, solo porque nunca intentasteis aprender a nadar. Os sentiríais casi tan culpables como si hubierais cometido un asesinato.
Gracias a Dios, los Boy Scouts que sabían nadar han salvado un gran número de vidas (alrededor de 600). Tú debes estar Siempre Listo para hacer lo mismo cuando se presente la ocasión, y es muy posible que un día se presente.
Los que no saben nadar suelen excusarse diciendo: «No hay ningún sitio cerca donde pueda aprender».
Recuerda esto: hay un sitio donde puedes aprender a nadar, aunque no esté al lado de tu casa. Y hay un camino para llegar a ese sitio, si te pones a buscarlo. ¿Sabes dónde tienes que buscar ese camino? En tu propio corazón, desde luego.
Querer es poder.
Puede que haya una piscina en algún pueblo cercano, o puedes organizar tu campamento o tus excursiones a la orilla del mar o a sitios donde puedas bañarte. En muchos casos, los scouts se han hecho sus propias zonas de baño represando pequeños arroyos.
Difícilmente habrá en Gran Bretaña un lugar donde no puedas aprender a nadar, si te lo propones de verdad y te empeñas en llegar a scout de Primera Clase y, por tanto, en ser un hombre de primera categoría.
Payasadas
Cuando hacía de payaso en las pantomimas de mi regimiento, aprendí a lanzarme a través de una ventana o de la esfera de un reloj pintada en el decorado. Unas veces me tiraba en plancha y otras daba una voltereta. Las dos cosas gustaban mucho al público, y además eran agradables de hacer una vez que sabías hacerlas. Pero, como todo, primero hace falta un buen periodo de práctica continuada.
La plancha era casi igual que tirarse de cabeza al bañarse, solo que de lado, en vez de con el estómago hacia abajo. Y, por supuesto, al otro lado tenían que recogerte con una sábana o en brazos unos hombres preparados detrás del escenario.
La voltereta era mucho más difícil: había que encogerse como una pelota y pasar de cabeza a través de la esfera redonda del reloj.
Para empezar a entrenarla, se practica la zambullida con voltereta a través de un aro de madera corriente sujeto a ras del suelo.
No se empieza a aprender la «zambullida con voltereta» hasta que la voltereta sale bastante bien. Entonces se sujeta un palo en horizontal a un pie (unos 30 centímetros) por encima del colchón. Llegas caminando, apoyas las manos por encima del palo y te dejas caer, metiendo la cabeza y rodando. El peso del cuerpo tiene que ir a las manos, no a la cabeza ni a la espalda.
Con un poco de práctica, el truco te saldrá sin dificultad. A medida que lo hagas mejor y más deprisa, irás subiendo el palo.
Al cabo de un tiempo te subirás a un taburete para que la caída sea mayor, y por último a una silla.
Después podrás intentarlo a través de un aro sujeto en alto y, cuando ya lo hagas con soltura, irás tapando el aro con papel, y te lanzarás y rodarás a través de él.
Un buen ejercicio acrobático es zambullirse y rodar por encima de una fila de muchachos arrodillados, con la cabeza escondida. Se empieza, por supuesto, con uno, y luego se van añadiendo más.
Cuando estaba en el colegio inventé una especie de zambullida con voltereta a la que llamé «la foca». Tomaba carrerilla hacia una mesa, me deslizaba sobre ella boca abajo, hacía la «zambullida con voltereta» hasta el suelo y terminaba de pie. Quedaba muy vistoso y era muy fácil, una vez que sabías cómo.
De todos modos, lo que os he ido contando no son más que los rudimentos de los números de payaso, que se hacen solo o en combinación con otros actores. Pero ¿a quién le importan estas tonterías? Si queréis estudiar un libro sobre el tema, conseguid La vida circense para aficionados (Amateur Circus Life), de Ernest Balch, publicado por Macmillan (Nueva York), al precio de 1 dólar y 50 centavos; en Inglaterra cuesta 6 chelines.
El libro trata los siguientes temas:
- Saltos.
- Salud, fuerza y gracia.
- Diez elementos del salto.
- Cómo preparar un espectáculo.
- Un espectáculo en la escuela.
- Disfraces y disciplina.
- Dinámica del payaso.
- El número del elefante falso y otros «sensacionales».
- Cómo adiestrar animales.
- El espectáculo del cantante negro.
- Gastos.
- Dormir fuera de casa.
- Pistas para instructores.
- Para los padres.
El libro está muy bien ilustrado con fotografías de niños haciendo acrobacias, que muestran exactamente cómo deben hacerse.
La rueda
La rueda es una acrobacia fácil y corriente y, al mismo tiempo, si está bien hecha, divierte por igual al público y a quien la hace.
Al principio necesitarás un poco de ayuda: alguien de pie detrás de ti que te sujete por la cintura y te ayude a dar la vuelta.
Empiezas de lado, con la mano izquierda sobre la colchoneta y la pierna derecha en el aire. Salta con la pierna izquierda e impúlsate hasta quedar apoyado sobre las dos manos, con las dos piernas estiradas hacia arriba; luego sigue girando y aterriza sobre la pierna derecha y después sobre la izquierda.
Para esto, los brazos tienen que mantenerse rígidos todo el tiempo.
El pino
Se trata de ponerse cabeza abajo, apoyado sobre las manos. Al principio cuesta un poco de práctica aprenderlo, pero si insistes acabarás cogiéndole el truco.
Para empezar, pon la colchoneta cerca de la pared o haz que alguien te sujete hasta que consigas mantener el equilibrio. Pon las dos manos sobre la colchoneta, separadas unos dos pies (unos 60 centímetros), y, con los brazos rígidos, lanza los pies hacia arriba y hacia delante y arquea la espalda hacia atrás, separándola de la cabeza, de modo que tu cuerpo, desde los tobillos hasta la nuca, tenga la forma de una letra C.
Para practicar contra una pared, ponte de cara a ella, apoya las manos en el suelo a unas dieciocho pulgadas (unos 45 centímetros) de distancia, mantén los brazos rígidos, lanza un pie contra la pared y después el otro, e intenta mantenerte en equilibrio así. Si vuelves a caer, apoya primero un pie en el suelo y después el otro; si no aflojas las rodillas, te harás daño. Mantén los brazos rígidos para no derrumbarte y darte un golpe en la cabeza.
Si en algún momento notas que te caes, tanto al aprender esta acrobacia como cualquier otra, no te dejes caer sin más: encoge la cabeza para convertir la caída en una voltereta y levántate con elegancia y limpieza, en actitud de saludo.
Caminar sobre las manos
Es un ejercicio fácil, pero muy útil para fortalecer los brazos y los hombros de cara a hacer el pino y a saltar sobre las manos. Caminar sobre las manos es el primer paso para trabajar en parejas: un chico hace de eje mientras el otro lo sujeta y lo guía.
Caminar sobre la cuerda floja
La acrobacia que he encontrado más útil, y más popular, después de esas es la de caminar sobre una cuerda tensa. Yo empecé, como la mayoría de los chicos, caminando sobre un raíl del tren. Al principio uno se tambalea un poco, pero si llevas una sombrilla abierta en cada mano te encontrarás maravillosamente estable, y si además llevas una viga muy grande y pesada, bueno, ¡entonces ya no te puedes caer!
Un raíl o una tabla puesta de canto es, desde luego, más estable que una cuerda, y la mitad del truco para caminar sobre la cuerda está en tenerla muy bien atada y, si es posible, sujeta con cuerdas auxiliares que tiren con fuerza de cada lado. Empieza con la cuerda baja, cerca del suelo; pronto ganarás mucha confianza y podrás ir subiéndola pie a pie hasta que, sin darte cuenta, estés trabajando a bastante altura. Con un poco de práctica no te conformarás con caminar: bailarás o correrás, darás una vuelta completa sobre la cuerda e incluso fingirás que te caes.
Lord Jellicoe, nuestro gran comandante naval, sabía hacer una acrobacia bastante graciosa: se sentaba con las piernas cruzadas sobre un bordón scout colocado entre dos sillas. Es un buen número para que lo aprendan los payasos.

Es un truco corriente en los circos, cuando se ofrece un espectáculo, fallar en el primer intento o en el segundo; cuando por fin se consigue, la gente piensa que debía de ser dificilísimo y aplaude en consecuencia.
Como payaso, por supuesto, se hacen los peores intentos posibles y, al final, se hace el truco tan limpio y tan bien como se pueda. Cuanto más hables contigo mismo y más demuestres que te lo estás pasando bien, más divertido le resultará al público. Pero, por lo que más quieras, no intentes hacerte el gracioso antes de dominar todas tus acrobacias y números; si no, se reirán de ti en vez de reírse contigo.
Articulaciones flexibles
Algunos tienen las articulaciones más flexibles que otros, y si tú tienes ese don, te ayudará mucho en las acrobacias.
Yo solía hacer el truco de abrirme de piernas en el suelo y ponerme una pierna detrás del cuello. Quedaba sorprendente. Una noche lo estaba haciendo en una función ¡y me quedé atascado! No había manera de volver a bajar la pierna, así que le dije por lo bajo a una chica que actuaba conmigo:
—¡Tírame de la pierna, por lo que más quieras! ¡Tírame de la pierna!
Ella no me entendió y creyó que estaba bromeando, así que me dijo:
—Vaya, qué tipo eres, sentado así. ¿A quién imitas? ¿A un mono con dolor de muelas, o qué?
No me fue de mucha ayuda ni me dio muchos ánimos, hasta que se dio cuenta de cuál era el problema y entonces me ayudó.
También solía doblarme hasta quedar hecho un pequeño bulto, por lo que me llamaban «el Baúl» (Portmanteau). Resultaba muy útil si lo que quieres es esconderte en una caja o en un saco, por ejemplo, o que un compañero te empaquete como un fardo y te saque del escenario.
Hay algunos trucos sencillos con una silla que quedan muy vistosos si se hacen bien y que, con un poco de práctica, resultan fáciles.
Las sillas que se usan en los circos suelen ser recias y pesadas, y por eso son muy fáciles de usar.
Uno de mis números consistía en ponerme de pie entre dos sillas colocadas respaldo con respaldo y saltar con los dos pies juntos al primer travesaño, después al asiento, luego al travesaño del respaldo y, por último, a lo más alto, que era el objetivo final, aunque yo nunca llegué arriba del todo. Esto exige mucha práctica.

Y ahí es donde uno puede fallar en muchas acrobacias. No tendrás éxito si no te empeñas en insistir y seguir practicando hasta superar las dificultades.
Otro truco con sillas, y no muy difícil, es el de «la caída». Siéntate en una silla con las manos delante. Balancea la silla hacia delante y hacia atrás y, al final, cáete hacia delante o hacia atrás.
Siempre que vayas hacia delante, lanza los pies hacia delante y la cabeza hacia atrás; debes aterrizar de pie y dar una voltereta rápida para terminar levantado.
Para caer de espaldas, coloca los pies a cada lado de la silla y lanza la cabeza hacia delante; aterriza de pie y da una voltereta rápida hacia atrás.
Para que «la caída» resulte de verdad espectacular, hay que hacerla desde una silla colocada sobre una mesa pequeña. Cuando ya lo hagas bien, la silla puede ponerse encima de una segunda silla sobre la mesa. Entonces parece un número tremendo, pero en realidad es muy sencillo, porque se hace igual: aterrizando de pie, pero rodando tan deprisa que parece que caes sobre una pelota.

Para esta acrobacia necesitas sillas especiales y una mesa del tamaño adecuado para sostenerlas. Son estas:
- Mesa: 22 por 22 pulgadas (unos 56 por 56 centímetros) y unas 32 pulgadas de alto.
- Silla de abajo: 16 por 16 pulgadas y 18 pulgadas de alto.
- Silla de arriba: 14 por 14 pulgadas y 18 pulgadas de alto.
Scouts animadores
En algunos pueblos hay salones donde las Tropas pueden ofrecer representaciones teatrales, conciertos y espectáculos sobre un escenario.
¿Qué me decís, scouts que habéis ganado la especialidad de Actor? Aquí tenéis una gran oportunidad para demostrar lo que sabéis hacer. Muchos habéis estado ensayando números de payaso siguiendo las indicaciones que escribí hace algún tiempo en The Scout; habéis tenido todo el invierno para practicarlos, así que ¿por qué no os animáis y preparáis un buen espectáculo?
Pues bien, hace unos cien años, más o menos, yo mismo hacía mucho de lo que hoy pide la insignia de Animador.
¿Canciones cómicas? Bueno, no importa que tu voz no sea muy musical: lo que te dará el éxito es pronunciar las palabras con claridad y nitidez.
Puedes estarte quieto sin hacer un solo gesto, y aun así el público estallará en carcajadas si la letra es buena y haces que se oiga.
Dirígete a los que están en la última fila y asegúrate de que oyen cada palabra que dices.

Muchos principiantes bajan la voz en la última palabra, o en las dos últimas, de un verso o de una frase, y suelen ser precisamente esas dos palabras las que contienen toda la gracia, así que el público se las pierde.
No es mal ejercicio, y yo mismo lo he usado, pedir a un compañero que se siente en la última fila o en la galería más alta y que, si no oye lo que dices, agite un pañuelo blanco. Te servirá de indicador y pronto aprenderás a hacer que tu voz llegue a todo el teatro.
Actuar es muy divertido, y además de hablar claro, el gran paso hacia el éxito es interpretar tu papel con toda la naturalidad posible, como si no estuvieras delante de otras personas, sino haciendo de verdad lo que se supone que pasa en la obra.
(¡No hace falta pasarse de naturalidad! Una vez, en el escenario, tenía que fingir que me quedaba dormido, me quedé dormido de verdad ¡y tuvieron que despertarme para que siguiera con mi papel!)
¿Prestidigitación? Sí, también he hecho un poco, pero en mi experiencia los trucos más sencillos salían mejor que los más elaborados y aparatosos.
Ahora bien, todos los trucos, sencillos o no, deben ensayarse con muchísimo cuidado una y otra vez, porque el menor error te hará quedar como un tonto. Otra cosa, claro, es hacer algo que parezca un error y al mismo tiempo sacar el truco con éxito. Así te ganas al público y al final se lo pasan en grande.
Una vez hice un truco en el que cubría a una señora con una manta negra y anunciaba al público que, antes de que pudieran contar hasta treinta, ella habría desaparecido.
Conté en voz alta hasta veinte, y ella seguía sentada en su silla sin moverse. Seguí y seguí contando, fingiendo a propósito estar cada vez más nervioso y contando cada vez más despacio a medida que nos acercábamos a treinta; entonces di un paso al frente, pedí disculpas y dije que tenían que perdonarme, porque solo era un principiante.
Todo el mundo, como es natural, sintió mucha lástima por mí, así que volví junto a la señora, retiré la manta ¡y en su lugar había un burro!

Bueno, adelante, scouts. Preparad entretenimientos buenos, novedosos y originales para las tardes de invierno. Ofreced un espectáculo para divertir a vuestros amigos o para sacar dinero para los fondos de la Tropa.