Qué pueden hacer los Scouts
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Qué pueden hacer los Scouts

4. Hacer buen deporte

Vida al aire libre

Cuando estuve en la India, siendo un soldado joven, tenía mucho trabajo, así que no disfrutaba de las mismas oportunidades que mis superiores para ausentarme e irme lejos, a la jungla, de cacería. Pero al cabo de un tiempo descubrí que podía conseguir una actividad tan buena como la suya, solo que muy cerca del lugar donde estaba acuartelado. De hecho, buena parte de mis mejores cacerías las hice en los alrededores del cuartel. Recuerdo que un día un oficial no se explicaba cómo lo había logrado: había abatido un buen ciervo a solo un cuarto de hora de mi bungaló. No se lo creía, porque solo para salir del pueblo y de las casas vecinas, que me rodeaban por tres lados, se tardaban diez minutos, y el cuarto lado lo cerraba el río. Pero yo salí a caballo, rifle en mano, crucé al galope el lecho del río, ancho y arenoso, pasé el agua por un vado que conocía, y en diez minutos estaba en un terreno salvaje y lleno de maleza en la otra orilla.

Enseguida avisté un ciervo escondido entre unos arbustos. Desmonté y empecé a acecharlo, pero pronto me di cuenta de que tendría que atravesar un terreno muy abierto para ponerme a distancia de tiro.

Había hecho teñir mi ropa de verde para que se confundiera con el terreno, que en esa época del año tenía la hierba crecida. Mi única oportunidad, por tanto, era deslizarme a ras de suelo por el claro, con la esperanza de que el ciervo no me viera, disfrazado como iba.

Me fui arrastrando cada vez más cerca. Cada vez que levantaba la cabeza para mirar alrededor, me detenía y me pegaba a la tierra, inmóvil, hasta que volvía a pastar y yo podía avanzar unos metros más.

El tiempo pasaba y yo seguía muy lejos para disparar, cuando de pronto oí a mi espalda un leve bramido. Me volví y, para mi sorpresa, allí estaba otro ciervo de una especie distinta, bastante cerca, mirándome con ojos alerta; era evidente que no lograba decidir qué era yo. Debí de parecerle algo así como un tanque a los alemanes la primera vez que vieron uno.

No había un segundo que perder. Giré sobre el estómago con el rifle y disparé a quemarropa antes de que el ciervo tuviera tiempo de pensar. Por pura suerte le acerté en la base del cuello, y cayó muerto.

Pero esa no fue mi única suerte, porque al medirle la cornamenta descubrí que era una de las mayores que se habían cobrado en la India. Y todo en menos de un cuarto de hora; de hecho, ¡solo habían pasado diez minutos desde que salí de mi bungaló! Lo único que convenció a mi amigo de que no lo tenía preparado de antemano fue que la pieza estaba claramente recién cobrada.

Conocer la lengua

Os voy a contar el secreto de mi éxito. Era sencillamente este: me había tomado la molestia de aprender la lengua del país, así que podía hablar con la gente del lugar. Ellos se mostraban muy amistosos conmigo y se asombraban de que todos los oficiales se tomaran el trabajo de ir tan lejos a cazar, cuando podían hacerlo muy cerca de casa.

Pero los demás oficiales no habían aprendido la lengua, y no los habrían entendido aunque se lo hubieran dicho.

Una y otra vez, cuando salíamos a cazar jabalíes con lanza y perdíamos de vista la presa, venía un lugareño a decirnos dónde encontrar el jabalí. Por suerte, yo lo entendía, cuando otro se habría quedado sin una buena caza.

Otra buena caza de la que disfruté fue el espionaje en tiempo de guerra en un país enemigo. Y podéis intentar hervir un huevo sin fuego: os saldrá lo mismo que si intentáis espiar sin saber idiomas extranjeros.

Ya es bastante difícil si solo se sabe uno. Es mucho mejor saber dos o tres, para no levantar sospechas o para poder pasar de un país a otro.

No basta con saber leer y escribir el idioma o conocer su gramática. Lo más importante es que seas capaz de hablarlo con las expresiones de todos los días del país, y con los movimientos de manos, hombros y cejas con que la mayoría de los extranjeros acompañan lo que dicen.

Ahí es donde entra el Escultismo. Un muchacho que, como buen scout, está acostumbrado a fijarse en los pequeños detalles, no solo de la ropa y el aspecto, sino de los modales y los gestos, puede adoptarlos rápidamente y estar así mucho más preparado para entender a la gente con la que habla y simpatizar con ella.

Yo mismo, cuando estaba aprendiendo italiano, solía ensayar con gestos la palabra ma, que significa «pero».

Y es que en italiano esa palabra significa muchísimas cosas distintas según cómo se diga y según cómo se encojan los hombros o se abran las manos al decirla.

Siempre me ha divertido mucho aprender un idioma nuevo, sobre todo observando cómo lo usa la gente. Al mismo tiempo, claro está, hay que aprender las palabras, leyéndolas o escribiéndolas, y no conozco mejor manera que leer periódicos extranjeros y cartearse con algún extranjero que esté dispuesto a escribirte en su propio idioma y a corregirte los errores cuando tú le escribas.

Por eso en el Movimiento Scout animamos a los muchachos a cartearse con scouts de otros países.

Podemos ponerte en contacto con algunos de ellos, y esperamos poder pagarte los sellos si mantienes esa correspondencia.

Deducción

Aquí tienes un pequeño relato de un ejercicio que hice observando «indicios» y leyendo su significado.

En el camino había huellas de dos caballerías que habían ido una al lado de la otra: las huellas nunca se cruzaban y cambiaban de rumbo siempre a la vez. La del lado de dentro (la izquierda) era sin duda un caballo de tamaño normal, a juzgar por el tamaño de los cascos y la longitud del paso. La del lado de fuera (la derecha) era sin duda un asno, más pequeño pero robusto: sus cascos dejaban una huella más ancha y su paso era más corto que el del caballo. Además, cojeaba bastante: una de las patas daba un paso más corto que las otras y no se hundía tanto en el suelo.

Como el asno estaba cojo, lo probable era que nadie lo montara, y como iba al lado del otro caballo, lo probable era que lo llevara del ronzal un hombre montado en el caballo (con sus propias riendas en la mano izquierda y llevando al otro con la derecha).

Además, la pata coja estaba herrada de forma distinta a las demás, con una herradura que evidentemente buscaba aliviar la lesión del menudillo, así que el asno llevaba algún tiempo lesionado.

A partir de estas señales deduje que el asno pertenecía a un caballero mayor y corpulento que había empezado la vida siendo pobre, pero que ahora vivía con bastante holgura. ¿Puedes deducir tú lo mismo? ¿O tienes una explicación mejor?

¿Por qué era gordo y rico?

Así es, en todo caso, como llegué a mis conclusiones. El asno era de un caballero corpulento porque, por regla general, las damas no montan asnos gordos, ni tampoco los jóvenes; y los hombres delgados tampoco los montan.

Además, era un hombre acomodado, porque podía permitirse pagar a un mozo de cuadra para que sacara a ejercitar al asno montado en otro caballo.

Y de joven no le había ido bien, porque era evidente que quería conservar su asno, aunque estuviera cojo, y lo había hecho herrar y ejercitar con la esperanza de que se recuperara. Si hubiera sido un buen jinete, es decir, alguien que aprendió a montar de niño, habría vendido el animal enfermo y se habría comprado otro. Pero probablemente no era buen jinete: estaba acostumbrado a su asno y no le habría gustado probar con otro. Y así fue como adiviné que era un hombre corpulento, con recursos y de edad avanzada.

Montañismo: la manera correcta de subir una cuesta

¿Has hecho alguna excursión de montaña en verano? Creo que lo pasarás muy bien si el tiempo te acompaña. Te aconsejo que repases lo que se sugiere sobre el tema en Escultismo para muchachos (Scouting for Boys): llevar tiendas scouts, cuerdas de escalada y mapas, y hacer algunos de los ejercicios y juegos que allí se proponen. Si lo haces, la excursión te resultará mucho más interesante. Aquí van algunas ideas más sobre el montañismo.

Los gurkas son una tribu que vive en Nepal, al norte de la India. Están entre los mejores soldados de nuestro ejército. Son bajos y de constitución fuerte, con ojos rasgados y pómulos salientes, muy parecidos a los japoneses. Son muy valientes, alegres y duros, y escalan montañas de maravilla.

El comandante Woodyatt, del 3.er Regimiento de Gurkas, dice de ellos: «El soldado de montaña baja muy deprisa, mucho más deprisa que nosotros; pero las cuestas arriba las sube siempre despacio».

El inmortal Shakespeare ya se dio cuenta de esto cuando escribió: «Para subir colinas empinadas hace falta empezar con paso lento». Es algo que olvidan nueve de cada diez principiantes: hay que subir la cuesta muy despacio y con mucha firmeza, apoyando el pie entero y no solo la punta.

Los hombres de Montenegro siguen la misma regla. Montenegro es un país pequeño situado en lo alto de las montañas, en la orilla oriental del Adriático. Sus hombres son tipos magníficos, espléndidos y muy patriotas, que aman mucho a su país. Aunque no son soldados de oficio, todos visten el mismo uniforme, practican el tiro con rifle y van siempre armados hasta los dientes, con rifle, cuchillos y pistolas. Y, sin embargo, son la gente más pacífica del mundo, y los únicos que conozco que no saben lo que es robar.

Antiguamente peleaban sin cesar con sus vecinos, los turcos, y su forma de derrotarlos era fingirse vencidos y huir hacia las montañas. Los turcos los perseguían lo más deprisa que podían y, cuando ya estaban agotados y sin aliento, los montenegrinos daban media vuelta, bajaban la ladera a la carrera como una avalancha y los aplastaban por completo. Como dicen ellos: «Cualquiera puede subir una cuesta, siempre que vaya despacio; pero hace falta un montenegrino para bajarla corriendo». Y es verdad que resulta asombroso el paso que llevan al bajar sus montañas.

Máximas para scouts

La historia del Imperio la han hecho, durante cientos de años y hasta el día de hoy, los aventureros y exploradores británicos, los scouts de la nación.

Es una vergüenza para un scout que, al encontrarse con otras personas, estas hayan visto algo, grande o pequeño, cercano o lejano, alto o bajo, que él no haya visto antes por sí mismo.

Observando continuamente a los animales en libertad, uno llega a saber muy bien cómo dispararles. Todo el deporte de la caza está en el arte de acechar, no en la matanza.

Ese arte incluye, además de saber ver las huellas de los animales y otras pequeñas señales, saber leer su significado: a qué paso iba el animal, si estaba asustado o tranquilo, y cosas por el estilo.

También ayuda al cazador saber orientarse en la jungla o en el desierto, y conocer cuáles son los mejores frutos silvestres, raíces, etc., para alimentarse él mismo, o cuáles son los alimentos preferidos de los animales y, por tanto, los que mejor los atraen.

Observación

Aquí tienes una historia de observación sacada de El explorador (The Pathfinder): «El explorador Pathfinder, junto con Jasper y Mabel y dos pieles rojas amigos, bajaban por el río en sus canoas tratando de escapar de unos iroqueses hostiles que los perseguían por las orillas. Intentaron meter la canoa en un pequeño entrante junto a la orilla, donde crecían muchos arbustos. Para protegerse mejor, cortaron algunas ramas más y las plantaron a su alrededor, de modo que no se les pudiera ver desde el río, porque los pieles rojas que los buscaban venían en dos grupos: uno por la orilla, por encima de ellos, y el otro por el agua.

»La cercanía de sus enemigos los obligaba a guardar un silencio absoluto. Los iroqueses del río se acercaban despacio, pegados por fuerza a los arbustos que los rodeaban, mientras que el crujido de las hojas pisadas pronto les dio la terrible prueba de que el otro grupo avanzaba por la orilla, al mismo paso pausado, justo encima de ellos. Por la distancia que había entre los arbustos plantados por los fugitivos y la verdadera orilla, los dos grupos de indios se vieron unos a otros justo al llegar a ese punto.

»Ambos se detuvieron, y por la conversación quedó claro que dudaban de si no habrían pasado ya por encima de los fugitivos.

»Lo cierto es que a los viajeros no los ocultaba nada más que las ramas y las hojas de aquellas plantas, tan finas que se doblaban con cualquier soplo de viento; una ráfaga un poco más fuerte de lo normal los habría dejado al descubierto. Por suerte, la línea de visión de los dos grupos de salvajes pasaba por encima del agua y de los arbustos, y las hojas parecían confundirse sin levantar sospechas. Quizá fue la propia espesura la que evitó que los descubrieran en el acto».

Pronto quedó claro que los de la orilla ya habían dejado atrás el escondite; pero el grupo del agua seguía escudriñando la orilla con unos ojos que brillaban a través de la pintura de guerra como brasas encendidas. Tras una pausa de dos o tres minutos, también estos tres empezaron a bajar por el arroyo, aunque paso a paso, como se mueven los hombres que buscan algo que han perdido. Así dejaron atrás la pantalla artificial, y Pathfinder abrió la boca en esa risa silenciosa pero sincera que la naturaleza y la costumbre habían convertido en una peculiaridad suya.

«Sin embargo, su triunfo era prematuro, porque el último del grupo que se alejaba, al echar en ese momento una mirada atrás, se detuvo de golpe, y su actitud rígida y su mirada fija revelaron enseguida que algo había despertado sus sospechas.

»Quizá fue una suerte para los que estaban escondidos que el guerrero que daba aquellas temibles señales de desconfianza fuera un explorador joven, que aún tenía que ganarse una reputación.

»Sabía lo importantes que eran la discreción y la modestia a su edad y, sobre todo, temía las burlas y la condescendencia que sin duda vendrían si daba una falsa alarma. Así que, sin llamar a ninguno de sus compañeros, volvió sobre sus pasos y, mientras los demás seguían bajando por el río, se acercó con cuidado a los arbustos, en los que seguía clavada su mirada como si estuviera hechizado».

Lo que vio el indio

«Algunas de las hojas expuestas al sol se habían secado un poco, y esa pequeña alteración de lo natural había llamado la atención de los ojos rápidos del indio. Tan ejercitados y agudos llegan a ser los sentidos del salvaje, sobre todo cuando está en pie de guerra, que detalles en apariencia de lo más insignificante suelen convertirse en pistas que lo llevan a su objetivo.

»Por el retraso que habían causado todas estas circunstancias juntas, los dos grupos habían bajado unas cincuenta o sesenta yardas (unos cincuenta metros) antes de que el joven salvaje estuviera de nuevo tan cerca de los arbustos de Pathfinder que podía tocarlos con la mano.

»Conscientes de su situación crítica, todos los del grupo escondido tenían los ojos clavados en el joven iroqués, agitado por sentimientos encontrados. Primero vino la esperanza de triunfar donde habían fracasado los más expertos de su tribu, y con ella una gloria que pocas veces había alcanzado alguien de su edad, o un guerrero en su primera batalla. Después vino la duda, porque las hojas secas parecían revivir, refrescadas por el agua que corría. La sospecha de un peligro oculto se adueñaba de su ánimo excitado y frenaba las elocuentes muestras de su avance. Tan leve había sido, sin embargo, el efecto del calor en unos arbustos cuyas raíces estaban en el agua, que cuando el iroqués llegó a poner la mano sobre las hojas creyó que se había equivocado. Pero, como nadie deja de usar todos los medios a su alcance para salir de dudas, el joven guerrero apartó las ramas y dio un paso dentro del escondite. Entonces vio ante sí las figuras del grupo fugitivo, que parecían otras tantas estatuas sin aliento. Apenas se vio y se oyó la breve exclamación, el ligero sobresalto y la mirada rápida, cuando el brazo de Chingachgook se alzó y el tomahawk del delaware cayó sobre la cabeza rapada de su enemigo. El iroqués levantó los brazos, se dobló hacia atrás y cayó al agua en un punto donde la corriente arrastró el cuerpo muy lejos, mientras sus miembros rígidos seguían forcejeando y retorciéndose en la agonía de la muerte». Y así fue como el pequeño grupo de fugitivos escapó de la captura y de la muerte.

Cómo se forma a un niño zulú

En Escultismo para muchachos, y de nuevo en la revista The Scout, te he contado cómo forman a sus muchachos las tribus nativas de Sudáfrica.

Cuando allí un chico se convierte en «boy scout», le arrancan la poca ropa que lleva (por lo general, una faldita de pieles de ardilla y un brazalete de alambre, que se quitan fácilmente) y le untan todo el cuerpo con una pintura blanca que no se le irá en un mes, por mucho que quiera lavarse. Le dan una lanza corta, llamada assegai, y un escudo de piel de buey, y le dicen que se marche a la espesura hasta que se le haya ido la pintura. Si alguien lo ve mientras su piel sigue blanca, lo matará.

Pues bien, ese pobre chico tiene que irse sin comida ni manta y vivir como pueda. Tiene que buscarse un refugio contra el frío y encontrar animales para comer, siguiendo huellas y acechando a sus presas; tiene que matarlas, despellejarlas y trocearlas con su assegai; tiene que hacer fuego frotando madera con madera, porque no tiene cerillas.

Tiene que conocer las distintas raíces, hojas y frutos que se pueden comer, y tiene que fabricarse cacharros para cocinarlos.

Tiene que estar siempre alerta para que no lo descubran otros hombres, y tiene que saber defenderse si lo atacan ellos o los animales salvajes.

El chico que es capaz de hacer todo esto durante un mes o más, es decir, hasta que se le quita la pintura, puede volver a su aldea, donde su tribu lo recibe con júbilo. Entonces le dan sus armas y le permiten convertirse en hombre y guerrero, porque ha demostrado que sabe valerse por sí mismo.

Pero hace falta bastante esfuerzo, y no creo que muchos chicos británicos de ciudad pudieran hacerlo, a menos que fueran boy scouts; y creo que bastantes de ellos se quedarían en el intento.

Supón, por ejemplo, que no consiguieras dos trozos de madera adecuados para encender fuego, porque no cualquier madera sirve. ¿De qué otra manera podrías conseguirlo? Doy por hecho que no llevas contigo más que el escudo y el assegai. Piénsalo.

Un sobre para un muchacho

Hay una forma de protegerse de la lluvia o del viento frío que he visto hacer y usar a los niños de Cachemira. Cualquier muchacho puede fabricarse una, y resulta muy útil cuando se acampa. Hazte una y verás.

La primera vez que vi una, pensé que era una nueva clase de pájaro o un grillo gigante. Estaba agachado, como para coger algo del suelo.

Luego empezó a moverse sigilosamente de un lado a otro. Pero cuando se volvió, vi que era un niño metido en su «sobre».

Después vi a dos de ellos sentados, charlando tan a gusto bajo la lluvia.

El «sobre» no era más que un montón de hojas largas cosidas entre sí con fibra de corteza de árbol o con hierba gruesa. Las hojas, por supuesto, estaban colocadas en hileras perfectas, cada hilera montada sobre la de abajo, de modo que la lluvia escurría como en un tejado a dos aguas; así que el sobre era impermeable.

He visto lo mismo en Japón y en China, donde la gente se hace capas y faldas de hierba alta cuidadosamente atada. Así se mantienen muy secos y calentitos.

Tribus africanas

Por una razón u otra, se ha escrito muy a menudo sobre los pieles rojas de Norteamérica, y muchas veces la mitad de lo escrito es pura invención o información de segunda mano.

La consecuencia es que la gente tiende a creer que los pieles rojas son los únicos salvajes que tienen algo bueno. Pero eso es un gran error.

He tenido la suerte de vivir con bastantes de estas tribus, así que no he tenido que sacar mi información de esos libros. Pero en África hay tantas razas distintas que es difícil hablar de todas ellas y de sus costumbres en este libro.

Por eso me centraré sobre todo en los zulúes, quizá con algunos masáis y sudaneses de vez en cuando.

Los zulúes comprenden muchas otras grandes tribus emparentadas con ellos, como los suazis, los matabeles, los basutos, los angonis, etc.

Para que te hagas una idea aproximada de algunas de las tribus principales, aquí tienes un mapa de África. Hay muchos otros pueblos en el continente, pero solo doy los nombres de aquellos a los que he visitado.

Mapa de África con los nombres de varias tribus
Mapa esquemático de África con la situación de varias tribus

En marcha

Los zulúes en marcha son siempre un espectáculo precioso, y nunca olvidaré, mientras viva, la primera vez que vi un impi zulú (un ejército) en marcha.

Bueno, en realidad lo oí antes de verlo. Al principio creí que estaba sonando un órgano de iglesia, cuando me llegó desde un valle vecino el maravilloso sonido de sus cantos.

Luego aparecieron tres o cuatro largas filas de guerreros morenos que avanzaban en fila india detrás de sus indunas (jefes), todos con sus plumas blancas y negras ondeando, las faldas al viento, los assegais brillando al sol y los grandes escudos de piel de buey moviéndose al compás todos a la vez.

El coro «Eengonyama» tocado al órgano te daría una buena idea de su música tal como sonaba salida de cuatro mil gargantas. En un momento dado, todos los hombres golpeaban el escudo con su knobkerry (garrote) y producían un estruendo como de trueno.

A ratos relinchaban todos como caballos, o daban un gran salto en el aire exactamente a la vez. Era un espectáculo maravilloso, y el ritmo era perfecto.

Detrás del ejército venía otro ejército de umfaans (muchachos), que llevaban en la cabeza esteras de hierba enrolladas para dormir, haces de leña y provisiones de agua para los hombres.

Estos chicos, al marchar con ellos y presenciar las batallas, atender a los heridos y cocinar para los hombres, aprendían a convertirse más tarde en guerreros. Eran los boy scouts de su nación.

El campamento

Al llegar al lugar de acampada, los hombres construían sus scherms, unos refugios para dormir en forma de herradura, de modo que una compañía de hombres pudiera dormir con la cabeza dentro del refugio y los pies cerca del fuego.

La caza

Luego los hombres salían a cazar para conseguir comida. Algunos acechaban a un antílope cubiertos de hierba hasta ponerse a la distancia justa para lanzar el assegai; entonces se lo arrojaban rápidamente, o lo apuñalaban con su lanza de hoja ancha, lanzando a la vez su feroz grito de ataque: «¡Chuggu-chuggu!».

Otros ponían trampas con un lazo de cuerda atado a un arbolillo que doblaban para formar el aro.

Otro método habitual era que un grupo de hombres se desplegara en un gran círculo y lo fuera cerrando poco a poco, empujando la caza hacia el centro, para alancear a los animales cuando intentaban escapar.

Encender el fuego

Mientras tanto, los umfaans recogían leña y agua, y encendían el fuego frotando palos entre las palmas de las manos. Se cocinaba de forma muy sencilla. Los mealies, es decir, el maíz, se cocían en una olla redonda y se hacían puré, mientras que la carne de los animales cazados se cortaba en trozos del tamaño de un filete y se ensartaba en un assegai hasta llenarlo. Luego se clavaba el arma de punta junto a la hoguera y, mientras la carne se calentaba, se esperaba a que estuviera lo bastante hecha para comerla.

Un guerrero zulú con tocado de plumas, lanza y bastón
Un heraldo zulú

La iniciación de los muchachos

El induna, con algunos de los ringkops más veteranos —guerreros que por su valía se han ganado el derecho a casarse y tener propiedades, y que llevan en la cabeza un aro negro como distintivo de su rango—, recibe a los muchachos de la tribu que tienen edad suficiente para convertirse en guerreros. Les da muchos consejos sobre cómo deben comportarse en combate, cómo usar las armas y cómo cazar animales salvajes, y les advierte de que nunca deben retirarse.

Si volvían derrotados de una expedición, tenían que entregar las armas y las mujeres de la tribu les rompían el cuello, porque el lema era:

«Si vamos adelante, morimos; si nos volvemos atrás, morimos. Mejor seguir adelante y morir».

Disciplina

La disciplina de los zulúes era muy estricta, y la muerte era el castigo para casi todas las faltas contra las leyes de la tribu.

Cuando dos guerreros se pelean por la comida y uno hiere levemente al otro, el agresor es llevado ante el induna para ser juzgado.

En una ocasión, el induna señaló que, al herir a un compañero de armas, el agresor se había comportado como un enemigo de la tribu y, por tanto, no se le podía permitir seguir con vida. Lo llevaron ante las mujeres, y una de ellas, colocándose detrás de él, le cogió la barbilla y la nuca con las dos manos y le rompió el cuello.

Caballerosidad

En otro caso, un joven guerrero llevaba como tocado la melena de un león, señal de que se había enfrentado cuerpo a cuerpo con el león y lo había matado con su assegai.

Por eso el induna dijo que, como había demostrado ser excepcionalmente valiente ante el peligro, probablemente lo sería también frente al enemigo y resultaría valioso para la tribu. Su valor pesaba más que su falta de disciplina, así que fue perdonado.

Durante el juicio, los guerreros se sentaban en círculo en el suelo y murmuraban al unísono cada dos segundos, en señal de que estaban atentos y de acuerdo con lo que decía el induna. Cuando este dictaba su veredicto, todos se ponían en pie de un salto, alzaban la mano derecha y gritaban inkos (jefe) en señal de aprobación.

Saludo de amistad

Entonces el hombre perdonado se arrodilló ante el induna y le besó las palmas de las manos, que este le tendía, y luego se levantó de un salto y gritó: «¡Inkos!».

Tótem

Se sacó entonces el tótem, y el hombre perdonado, tras recoger su escudo y su assegai, lo saludó y le prometió portarse bien y cumplir en adelante con sus deberes hacia la tribu.

Señales

Después llegó la llamada a la tribu, con señales de humo, tambores y toques de cuerno de kudú, y los hombres se prepararon para entrar en acción.

El impi, al desplegarse, lo hizo de una forma muy peculiar. Los guerreros jóvenes y veloces corrieron en fila india, agachados y siseando entre dientes, para ocupar sus puestos para la carga, mientras que los hombres de más edad, los ringkops, formaban lo que se llamaba «el pecho» del ejército, la parte sólida y central que empujaba hacia delante para añadir peso a la batalla cuando hacía falta.

El rally

Así, con el pecho avanzando despacio por el centro y los dos «cuernos», como se los llamaba, de corredores ágiles llegando por ambos lados, lanzaban la carga en forma de herradura, y todos gritaban lo más fuerte que podían mientras corrían hacia el punto central, igual que hacemos nosotros en nuestros rallies.

Cazador de elefantes y scout: dos fugas difíciles

Hace muchos, muchísimos años, en Ciudad del Cabo, conocí al gran cazador de elefantes Selous. Era un hombre pequeño que no parecía nada fuera de lo común. Pero lo primero que me llamó la atención fue su mirada, maravillosa y penetrante, y su pecho, ancho y profundo. Acababa de volver a la civilización después de la tremenda hazaña de escapar él solo de una tribu hostil del norte del Zambeze.

Si logró ponerse a salvo fue, sobre todo, gracias a su vista aguda y a su corazón y sus pulmones fuertes dentro de ese «poderoso pecho». Ya os he contado la historia de aquella increíble aventura en Escultismo para muchachos.

La siguiente vez que lo vi fue en Rodesia, donde acababa de protagonizar otra fuga, esta vez acompañado de su esposa.

Por aquel entonces vivía en su granja, a unas treinta millas (unos cincuenta kilómetros) de Bulawayo. En su finca había un kraal, o aldea, de chozas habitadas por matabeles. Un día, estando él fuera de casa, algunos hombres de la aldea vinieron a preguntarle a la señora Selous si les podía prestar unas cuantas hachas. Ella se las prestó, y ellos le dieron las gracias con gestos muy expresivos y volvieron a sus chozas. A ella no se le ocurrió que pedían las hachas para dejarlos desarmados a ella y a su marido, ¡y para matarlos con ellas poco después!

Al poco rato llegó Selous a casa al galope. Le dijo a su mujer que ensillara el caballo al instante para huir: los nativos se habían rebelado en todo el país. En pocos minutos, como buena mujer de la frontera, estaba lista y montada, y huyeron de su casa camino del pueblo. No habían recorrido muchas yardas cuando oyeron un alboroto a sus espaldas, y cuando ya no se veía su casa, vieron levantarse de ella densas nubes de humo: los nativos se habían abalanzado sobre su presa y estaban prendiendo fuego a todo.

El muchacho cazador

Selous había llegado por primera vez a Sudáfrica a los diecinueve años, nada más terminar el colegio, con la única idea de convertirse en cazador de caza mayor. Rodesia se llamaba entonces Matabeleland y pertenecía al fiero jefe Lobengula y a sus famosos guerreros matabeles. En aquellas tierras abundaba la caza mayor, pero Lobengula no daba permiso a los blancos para cazar. Sin embargo, cuando este muchacho fue a pedírselo, el jefe se rio y dijo que era tan niño que le concedería su deseo.

El viejo jefe se quedó muy sorprendido cuando, en poco tiempo, Selous demostró no solo que era muy valiente y un cazador astuto, sino que superaba con creces a los mejores guerreros y cazadores de la tribu.

Selous tenía una resistencia asombrosa. Era capaz de correr milla tras milla siguiendo elefantes; era un rastreador extraordinario y tenía muy buena puntería con el rifle. Siempre se las arreglaba con muy poca comida. Como estaba siempre en buena forma y nunca había bebido nada más fuerte que agua, apenas necesitaba beber, y conseguía lo que quería comer cazando y cocinando cualquier ave o animal.

Siempre llevaba pantalón corto, porque le dejaba las piernas libres. Nunca fumó cigarros ni ninguna otra clase de tabaco, para conservar el fuelle, y podía ganar sin esfuerzo incluso a los nativos más veloces (¡y eso que ellos eran capaces de correr cuarenta millas en un día!). Era el tipo más auténticamente scout que podía encontrarse en ninguna parte. Nadie abatió tantos elefantes ni tantos leones como él.

Y cuando por fin se retiró de la vida al aire libre y volvió a Inglaterra, descubrió que no podía quedarse mucho tiempo en casa. Casi todos los años se le podía ver en algún lugar, cazando caza mayor.

Un año estaba en las Montañas Rocosas, al siguiente en África Oriental, después en Alaska o en el Sudán.

Una vez, estando en mi cuarto, vio la cornamenta de una clase de antílope que no tenía en su colección. Al momento apuntó el nombre del lugar donde la había conseguido, en algún sitio del sureste de África, y en cuanto salió de allí, como no se quedó satisfecho, no descansó hasta conseguir una igual.

Así era él: siempre dispuesto a embarcarse en una aventura. Y, sin embargo, como buen scout, era muy callado y modesto sobre lo que había hecho; nunca presumía ni hablaba de sus hazañas.

Cuando no podía ir a cazar caza mayor, salía a observar aves para conocer sus costumbres, coleccionar sus huevos y cosas así. Tenía una casa encantadora en Worplesdon, en Surrey, donde había construido un museo para guardar los ejemplares de todas las clases de animales que había cazado, y muchos boy scouts han pasado allí un día feliz contemplando las maravillosas fieras de la jungla que reunió.

El final de una gran carrera

Pero cuando llegó la guerra, Selous no fue capaz de quedarse tranquilo en casa: aunque tenía sesenta y tres años, se alistó y pronto estuvo en el frente de África Oriental. Allí, sirviendo como oficial en los Fusileros Reales, cuando todos los oficiales que estaban con él habían caído enfermos de fiebre, este veterano curtido seguía en plena forma y hacía un gran trabajo. En septiembre le concedieron la Orden de Servicios Distinguidos «por su notable valor, recursos y resistencia».

El 8 de enero, este espléndido scout cayó muerto en combate, luchando por su país.

Un final muy apropiado para una vida de aventura, ¡y el que él habría deseado! Fue el mejor scout de nuestro tiempo.