Qué pueden hacer los Scouts
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Qué pueden hacer los Scouts

1. ¿Qué les pasa a los muchachos?

Aunque hoy en día muchos muchachos tienen buenos empleos, una gran cantidad de ellos han sido despedidos por sus patronos por inútiles.

Se han hecho muchas encuestas entre quienes dirigen negocios. Se les ha preguntado qué falla en los muchachos que no les dan satisfacción, y estos son los defectos que encuentran:

  • «Su caligrafía es mala».
  • «Su aritmética es deficiente».
  • «Su ortografía es espantosa».

Son cosas que un muchacho puede aprender perfectamente en la escuela, si quiere, y que más tarde le resultarán muy útiles si las pone en práctica. Los otros defectos que señalan los patronos son estos:

  • «Los muchachos son remolones para obedecer las órdenes, y no se puede confiar en que las recuerden y las cumplan».
  • «No terminan su trabajo: lo hacen con descuido y luego lo maquillan para que parezca bien hecho, cuando en realidad está hecho de cualquier manera».
  • «No usan el ingenio ni piensan cómo podrían hacer su trabajo mejor de lo que lo hacen. No tienen iniciativa».
  • «No tienen educación: no son corteses ni amables con los desconocidos, ni muestran agradecimiento por las atenciones que se tienen con ellos».

Pues bien, espero que todo scout que lea esto repase la lista y piense en qué ha fallado. Y si encuentra algo, que intente corregir sus faltas y busque tener más éxito en la vida.

«¿Qué voy a ser?». Esa es la pregunta que muchos muchachos deberían hacerse antes de dejar la escuela, y que no se hacen, porque hay bastantes que son tontos y no miran hacia el futuro para ver qué será de ellos.

Y como no están preparados (N. del T.: B-P usa aquí el lema scout en inglés, «Be Prepared») para ninguna profesión en concreto, no consiguen ningún trabajo de verdad; van dando tumbos de un lado a otro y no llegan a triunfar en la vida.

Sí, «¿qué voy a hacer?» es una pregunta que cualquier muchacho se hace muy a menudo.

Aquí tienes un consejo para tenerlo en cuenta al responderla.

Muchos chicos piensan en un buen trabajo que les gustaría tener. A algunos les gustaría uno en el que se ganara mucho y se trabajara poco. Otros querrían ser valientes aventureros, bucaneros o vaqueros; otros preferirían irse de misioneros a países extranjeros, y así sucesivamente.

Pero si sigues mi consejo, no pensarás en lo que te gustaría ser, sino que pensarás un poco en ti mismo y en lo que te conviene ser.

Al elegir tu profesión, no te preocupes en primer lugar por lo mucho que te pagarán, sino por lo que eres capaz de hacer con tus aptitudes particulares. Por ejemplo, ves la buena vida que lleva un actor y lo bien que gana. Tiene fama y dinero a cambio de un trabajo fácil cada noche. Si eres tonto, decidirás subirte a un escenario.

En cambio, si eres scout y, por tanto, sensato, te preguntarás: «¿Valgo yo para actor? ¿Seré capaz de mantener fresca mi actuación noche tras noche, mes tras mes, de manera que el público la disfrute de verdad? No lo sé. Lo que sí sé es que se me da bien construir maquetas de máquinas y que me gusta hacerlas funcionar con electricidad».

Piensa que eso no te hará rico de golpe, pero lo mejor que puedes hacer es ser ingeniero electricista, porque es aquello para lo que estás mejor preparado, y lo más probable es que tengas éxito en tu carrera. No te dejes deslumbrar por el brillo: ve a por aquello para lo que vales. Y, al elegir tu carrera, piensa también en los demás, no solo en ti. ¿Cómo podrás ayudar a tus padres o a otras personas? Eso es algo que debes tener presente.

Un hombre trabaja en una máquina de taller
¿Y tu futuro oficio? ¿Será un trabajo duro…
Un actor con traje de época declama en escena
…¿o prefieres el crujir de las tablas del escenario?

El scout sonríe y silba

Cuando estaba de campamento con mi tropa de scouts en Humshaugh, en Northumberland, un caballero que vivía por allí nos invitó a visitar el castillo donde residía. Era una hermosa torre antigua, conservada tal como estaba cuando formaba parte de las defensas fronterizas contra Escocia.

Arriba del todo estaba la plataforma de combate, desde donde los arqueros lanzaban dardos y flechas y los artilleros disparaban sus culebrinas.

En el piso de abajo estaban las habitaciones donde vivía la familia, y más abajo todavía, los cuerpos de guardia y los cuartos de los hombres de armas.

En la planta baja estaba el establo del castillo, adonde se metía el ganado para ponerlo a salvo cuando los enemigos lo rodeaban. Todavía se conservaba el rastrillo que cerraba el camino de entrada al castillo; lo subían y lo bajaban unos hombres tirando de cuerdas que pasaban por poleas instaladas en el nivel inferior.

Más tarde, en tiempos más pacíficos, durante el reinado de Jaime I, se construyó una casa junto a la torre para dar alojamiento a sus habitantes. En el vestíbulo de esa casa había una noble chimenea coronada por una elaborada decoración de madera de roble. Tenía pequeñas escenas de las siete virtudes cristianas y estatuillas que representaban la fortaleza, la benevolencia, la fe, etcétera.

Son todas las cualidades que todo buen cristiano debe tener y poner en práctica.

Algo se había perdido

Pero, después de verlo todo, me di cuenta de que faltaba una virtud, y se lo hice notar a los muchachos: estas siete cualidades del cristiano se pueden cumplir sin poner en ello lo mejor de uno mismo. Podéis practicarlas como quien obedece una orden de ser bueno, servicial, caballeroso y todo lo demás; pero si lo hacéis solo porque os lo mandan, y por tanto a regañadientes, la mitad de la virtud se pierde.

Por eso creo que nosotros, los scouts, debemos añadir otra virtud a esas siete virtudes cristianas: la alegría.

Y hay otra buena razón para estar alegre.

¿Te has fijado, cuando vas por la calle, en lo poca gente que parece realmente feliz? Muchos caminan con la mirada baja, casi siempre con aire serio y ausente. Y si alguien se cruza contigo y te mira sonriendo, te relajas y te sientes un poco más feliz.

Por eso debes llevar siempre una sonrisa: hace felices a los demás.

No siempre te sentirás alegre, pero no debes dejar que se note, porque podrías contagiar tu malestar a otros. Si consigues parecer alegre, verás que poco a poco te vas animando de verdad.

Si tienes problemas, estás preocupado o te duele algo, oblígate a sonreír. Al principio te costará, pero oblígate, y descubrirás con sorpresa que tu problema no es tan grande como creías.

Todos se animan

He visto a hombres en combate ponerse muy nerviosos cuando la sombra de un gran peligro se cernía sobre ellos. Pero si uno se ponía a reír y a hablar con alegría, o a silbar, la nube pasaba de largo, todos se animaban y estaban dispuestos a hacer frente a la situación. Eso es lo que hace a nuestros hombres temibles en cualquier guerra. Aunque sufran grandes pérdidas y estén sometidos a ataques arrolladores, nuestros hombres siempre han mantenido alta la moral, y así han sacado fuerzas de flaqueza. Muchas veces ese ha sido el secreto de su capacidad para resistir, y siempre ha sido el secreto de sus victorias.

Recuerda esto, que he comprobado que es verdad en cientos de casos distintos: «Una dificultad deja de ser una dificultad si le plantas cara con una sonrisa».

La undécima Ley Scout

¿Cuántas leyes tiene la Ley Scout? (N. del T.: B-P llama «leyes» a lo que nosotros llamamos «artículos de la Ley».) Diez.

Pues bien, si hubiera una undécima, sería esta:

«Un scout no es un tonto. Piensa por sí mismo, ve las dos caras de cada situación y tiene la entereza de mantenerse firme en lo que cree que es correcto».

Un hombre que se ha criado en el campo nunca es tonto, porque tiene que valerse por sí mismo en todo momento, mientras que el que vive en la ciudad se lo encuentra todo hecho por otros. Si quiere agua, va al grifo, en lugar de buscar un valle que se abra entre colinas y le lleve hasta un arroyo.

Si el chico de ciudad quiere luz, enciende la luz eléctrica, que ha instalado otro, en vez de tener que cortar él mismo una rama de pino o un trozo de corteza para hacerse una antorcha.

El hombre de campo no tropieza con los vientos de las tiendas cada vez que se acerca a una, ni se hiere el pulgar con el hacha al cortar leña, ni vuelca la canoa al subirse a ella. No es tonto: hace las cosas con limpieza y bien, y usa lo que sabe.

Esa es la manera de ser de los scouts.

«Es una vergüenza para un scout que otro vea algo antes que él». Esto ya lo sabemos por el libro Escultismo para muchachos.

El scout y la taza de café

Tengo un pequeño ejemplo, de la última vez que estuve en Canadá, de cómo un scout es digno de confianza y no es ningún tonto.

El tren en el que viajaba se detuvo unos minutos en una estación, de noche. Yo tenía ganas de comer algo y no encontraba nada, así que le pedí a un scout que estaba en el andén que intentara conseguirme una taza de café. Había mucha gente y no se veía ninguna tienda donde vendieran comida. Justo cuando el tren arrancaba, mi scout llegó corriendo por el andén detrás de mi vagón, que iba en la parte delantera del tren. Solo me alcanzó para decirme: «No se preocupe, su café está en el último vagón».

Sabía que el tren tenía un pasillo de punta a punta; solo le había dado tiempo de dejar la taza en el último vagón, y corrió a avisarme.

Un tonto, si hubiera conseguido el café, habría corrido a lo largo del tren para dármelo y lo habría derramado todo.

Un brazo desgarrado y una vida salvada

No hace mucho, un scout salvó la vida de un hombre precisamente por ser scout y no un tonto.

Un hombre manejaba la máquina de un tractor cuando la ropa se le enganchó en el mecanismo. La máquina lo estaba arrastrando hacia la muerte, cuando un scout saltó rápidamente sobre ella, tiró de la palanca y la detuvo.

Un muchacho corriente ve una máquina como algo que se mueve por razones que solo conocen la propia máquina y quien la maneja, pero no sabe cómo funciona ni cuándo.

Un scout, en cambio, cuando ve una cosa en marcha, quiere saber cómo funciona; así que aprende sobre ella y deja de ser un tonto. Además, decide qué es lo mejor que se puede hacer, y lo hace rápido. En un caso, eso me valió una taza de café, que es poca cosa; en el otro, salvó la vida de un hombre, que es algo muy grande.

Un muchacho que no es tonto en las cosas pequeñas no será tonto en las grandes.

Tramposos y primos

Cuando seas mayor, te darás cuenta de lo útil que es tu manera scout de pensar. La mayoría de los jóvenes acaban enredados y engañados por «tiburones» de todo tipo. Seguramente habrás oído hablar del «timo de la confianza»: un ladrón viejo y astuto convence a un joven novato para que le preste unos billetes durante unos minutos, solo para demostrarle que confía en él. Por supuesto, el ladrón desaparece con ellos; pero lo asombroso es que tantos jóvenes sean tan tontos como para dejarse engañar así. Lo que pasa es que esos ladrones, como mucha otra gente, saben que un gran número de muchachos son tontos.

Así es como el bolchevismo triunfó tan fácilmente en países donde los jóvenes eran, en su mayoría, tontos o pillos, dos cosas que suelen ir juntas. Llega un hombre y suelta un discurso, o reparte un panfleto, explicando lo espléndido que sería que fueran libres: no estar sujetos a ninguna ley, trabajar o no según les apetezca, tener mucho dinero y disponer por derecho propio de la propiedad de los demás. Pero no explica cómo se consigue eso: asesinando a los otros para quedarse con lo suyo y dejando que el país se arruine y se hunda en la bancarrota, porque nadie quiere trabajar.

Por eso un scout mira las dos caras de cada situación antes de decidir cuál es la correcta. Y cuando ve cuál es, se mantiene en ella.

En vuestra Corte de Honor, cuando se juzga a un muchacho por haber hecho algo mal, no se le castiga sin más, sino que primero se escucha de qué se le acusa y después lo que tiene que decir en su defensa. Se escuchan las dos partes y se queda uno con la que tiene razón. Eso es juego limpio, y un británico siempre juega limpio y espera que jueguen limpio con él.

Así que también es jugar limpio contigo mismo que, cuando te sientas tentado a hacer algo al ver u oír sus ventajas, mires la otra cara de la moneda antes de decidirte.

Toda situación tiene siempre dos caras; la cuestión es ver cuál es la buena.

No olvides, pues, la undécima Ley: un scout no es un tonto. Piensa por ti mismo, y ten la fortaleza de defender lo que crees que es correcto.

La adulación más sincera

Hace poco han surgido algunos scouts de imitación: muchachos que visten como scouts y llevan insignias como las nuestras, pero que no son scouts de verdad.

No creo que la culpa sea solo suya, sino de los hombres que forman esas tropas y las llaman «scouts». Los muchachos se apuntan creyendo que son los auténticos Boy Scouts. Pero no lo son, porque no cumplen la Ley Scout como la cumplís vosotros: son solo imitaciones de los verdaderos. Y, al mismo tiempo, a la gente que no está metida en esto le resulta muy difícil distinguir a los scouts auténticos de los de imitación.

Os toca a vosotros, los verdaderos, dejarlo claro siendo más listos y más eficaces de lo que puedan ser vuestros imitadores.

¡No lo olvidéis!

Seguid haciendo vuestras «buenas acciones» a la gente, sin aceptar recompensas ni propinas por ellas. Mantened la cabeza alta y estad atentos; llevad el uniforme limpio y bien puesto; haced vuestro trabajo con constancia y, si gastáis una broma, que sea en el momento y el lugar adecuados; estad dispuestos a aceptar cualquier tarea, y seguid sonriendo.

Cómo ganarse un amigo

A un granjero le robaban constantemente la fruta de su huerto, pero nunca conseguía pillar a los muchachos que lo hacían.

—Sé quiénes son —solía decir—. Esos Boy Scouts que se han puesto de moda. ¡Si los pudiera pillar, les iba a enseñar lo que es un palo!

Como nunca lo conseguía, acabó levantando una estupenda alambrada de espino.

—¡Ahí tenéis! —dijo cuando la terminó—. ¡A ver cómo exploráis a través de esto!

Y a partir de ese día su fruta se quedó en los árboles. Pero una tarde de un verano muy seco, la hierba alta de su huerto se prendió y los frutales estuvieron a punto de arder hasta morir.

Los odiados Boy Scouts, por supuesto, se presentaron allí al instante con sus mantas de acampada. Algunos se echaron sobre la alambrada para que los demás pudieran trepar por encima, y en pocos segundos el huerto estaba lleno de scouts sofocando el fuego con las mantas.

Entonces el granjero comprendió que no habían sido los scouts quienes le robaban la fruta: si hubieran querido, la alambrada no los habría detenido.

No hace falta decir que el granjero es ahora un firme defensor de los scouts. Sabe que no son capaces de rebajarse a robar fruta.

Cómo vivir muchos años

Supongo que ninguno de vosotros, scouts que leéis esto, sois muchachos alegres (¡no me lo creo!). Pero, por si queréis llegar a los cien años, aquí tenéis la receta, escrita por alguien que lo consiguió:

«¡Estad alegres y trabajad duro!».

Eso es lo que dijo la señora Rebecca Clark, de High Road, en Wood Green, pocos días antes de morir. Tenía ciento diez años, así que algo sabría.

Creo que la mayoría de los scouts están haciendo exactamente lo que ella recomendaba, así que en el año 2010 habrá 200 000 viejos camaradas de más de cien años dando saltos en pantalón corto y sombrero raído, y cantando: «Muchachos, estad preparados».

La coquetería del uniforme

Hace poco entré en una tienda que, por lo visto, tenía mucho éxito. Era de un fotógrafo que te retrataba con el disfraz que quisieras. La mayoría de los hombres parecían preferir el traje de vaquero, pero un muchacho flaquísimo y delicado, con gafas, ¡había elegido que lo retrataran de oficial de caballería italiano en uniforme de gala!

Supongo que se sentiría orgulloso del resultado, pero no creo que yo hubiera tenido valor para repartir esas fotos entre mis amigos.

Sé que esta clase de coquetería no es rara. La he visto a menudo entre los soldados: hombres de infantería, recios como pocos, que creen que quedarían mejor en un retrato con espuelas y sable de caballería.

Del mismo modo, a un lobato probablemente le gustaría que sus amigos lo recordaran para siempre con sombrero scout, una insignia de especialidad en el brazo y un bordón scout en la mano. Es una forma moderada de coquetería que tienen algunas personas, aunque, ¡gracias a Dios, no todas! Si no, seríamos sin duda una buena colección de presumidos.

El otro día, una tropa de scouts pidió permiso para llevar pantalones de montar en lugar del pantalón corto, supongo que para tener las rodillas calientes, ¡pobrecillos! Pero, como les expliqué, los pantalones de montar están reservados a las tropas o patrullas montadas, que las hay, sobre todo en las colonias de ultramar y en zonas de Gales, Dorsetshire y otros lugares.

El deseo de llevar un uniforme distinto del aprobado es una especie de enfermedad que se extiende tarde o temprano en casi cualquier agrupación, y por lo visto en la mayoría de los países.

Hace no mucho dibujé a un soldado nativo de China. En vez de llevar el uniforme atractivo, aunque algo pasado de moda, propio de su pueblo, había adoptado lo que a él le parecía muy europeo y, por tanto, elegante y a la moda.

También recuerdo haber visto a un magnífico guerrero zulú cambiar su espléndido atuendo de guerra salvaje por algo más moderno: una camisa de soldado británico. No tenía muy claro cómo se ponía, así que metió una pierna por cada manga y se la abotonó alrededor del cuerpo, del revés. No le vio nada de ridículo y se paseaba muy ufano, como si todo aquello fuera suyo.

¿Eres un dominguero o un hombre de los bosques?

Quiero sugerir a los scouts una forma de aumentar su buen nombre cuando están de campamento o de expedición: pensar en los dueños de las tierras por las que andan.

Los domingueros —es decir, los chicos de ciudad que pasan su día libre en el campo— tienden, por descuido o por ignorancia, a estropear pastos valiosos u otras cosechas, y a dejar las cancelas abiertas, de modo que las ovejas o las vacas se escapan y los granjeros pasan infinitos apuros para recuperarlas.

Agitando banderas o echando a correr a gritos, asustan a los rebaños y provocan estampidas; arrancan estacas o roban montones de valiosas varas de huerta para encender sus hogueras; por maldad o por accidente prenden fuego a la hierba y causan incendios devastadores; y, cuando se van, dejan sus desperdicios tirados.

Con los scouts no pasa eso, y quiero que todas las tropas nuevas lo recuerden. Que mantengan alto el buen nombre que los scouts tienen entre los granjeros porque entienden sus necesidades y dejan el terreno tan limpio como lo encontraron.

Al fin y al cabo, es lo que hace todo hombre de los bosques. Tiene cuidado de no dejar ningún rastro donde ha acampado, porque ha cogido la costumbre de no dejar al enemigo señales de sus movimientos. Procura en todo momento no alarmar a los que viven alrededor, y pone muchísimo cuidado en que ninguna chispa de su fuego salte a los matorrales cercanos, por miedo a los incendios forestales.

Está claro que el público ya reconoce que los scouts practican estas ideas por su cuenta. He leído en un periódico la sugerencia de que la gente que sale al campo a pasar el día haría bien en seguir el ejemplo de los Boy Scouts en la limpieza de sus campamentos.

El autor del artículo sugería también que los scouts podrían hacer un favor al campo enterrando las bolsas de papel viejas y demás restos que dejan los excursionistas.

Conozco scouts que, en muchas ciudades, ayudan a los guardas de los parques a limpiar el terreno después del paso de los veraneantes. Si hicieran lo mismo en las zonas rurales, sería estupendo para los vecinos, y se apuntarían otro tanto a favor de su buen nombre de scouts. También pueden ayudar a encontrar animales u objetos perdidos.

Cómo atrapamos al perro salvaje

La semana pasada se perdió un perro valioso en East Sussex. Se había escapado de casa y nadie sabía adónde había ido. Pasaron muchos días sin que apareciera, y se ofreció una recompensa a quien lo capturara.

Su casa estaba en Ewhurst, a muchas millas de la nuestra, pero de algún modo llegó hasta nuestro vecindario: lo habían visto correr por los alrededores y desaparecer en el bosque.

Aquella noche lo vieron a la luz de la luna, husmeando en silencio por nuestro jardín como un lobo. Y saltaba a la vista que era tan tímido y salvaje como un lobo: en cuanto aparecía alguien, salía corriendo hacia el bosque.

Lo vimos muchas veces durante aquella semana. Intentamos cazarlo con perros, con la esperanza de que se hiciera amigo de ellos y los siguiera hasta casa, pero no dio resultado. No los siguió.

Así que al final le pusimos una trampa. Arrastramos un trozo de hígado atado a una cuerda desde varias direcciones hasta la puerta del establo, para dejar rastros: si el perro daba con alguno, olería la comida y lo seguiría hasta el establo. Justo al otro lado de la puerta dejamos unas salchichas tentadoras y, por último, colgamos un buen hueso con carne, atado con un nudo ciego a una viga del techo.

La cuerda sujetaba un gran peso, que a su vez estaba atado con un nudo corredizo a la puerta, de manera que, si alguien tiraba del nudo ciego, el peso caía, cerraba la puerta y la mantenía cerrada.

La trampa estaba lista. Para asegurarnos de que el perro no saliera disparado antes de que la puerta se cerrara, pusimos una caja grande en su camino que le estorbara.

Aquella noche nos quedamos despiertos, llenos de esperanza, y antes del amanecer salí a los establos para ver si, por casualidad, el plan había funcionado.

¡La puerta del establo estaba cerrada!

Abrí con cuidado para asomarme. De repente se oyó un ladrido y un gran perro negro se lanzó hacia la salida, pero cerré la puerta justo a tiempo de impedir que escapara. ¡Lo teníamos! La trampa había funcionado de maravilla. Por la mañana le dimos de comer y le pusimos una cadena.

Después lo mandamos a su casa.

Pero, antes de que llegara muy lejos, se las arregló para soltarse de la cadena, y volvieron a verlo corriendo por el bosque. Preparamos otra vez la trampa como antes, pero, por culpa del viento, hubo que sujetar la puerta del establo abierta con un tope que solo se apartaría con la sacudida del peso al caer.

Me resultaba imposible dormir, y a medianoche fui a ver la trampa. Seguía tal como la había dejado. A las dos de la madrugada, en una noche cruel y helada, volví a visitarla. ¡La puerta estaba cerrada!

Entré con cuidado en el establo y encendí la luz. ¡El perro no estaba allí! Por lo visto había entrado y tirado de la cuerda, pero, asustado por el peso al caer, había salido de un salto justo antes de que la puerta se cerrara, y se había escapado. Volví a preparar la trampa, con la vaga esperanza de que fuera lo bastante tonto como para volver.

Cuando regresaba a casa, me pareció ver un ligero movimiento entre los laureles cercanos.

Tiré allí un trozo de carne, confiando en que el perro estuviera agazapado, y en efecto, al momento tuve la satisfacción de oír unas mandíbulas hambrientas masticando la carne.

Entonces lancé otro trozo de modo que cayera justo fuera de los arbustos. Enseguida asomó con cautela una cabeza negra, dio un mordisco al cebo y volvió a meterse rápidamente en la sombra de los arbustos.

Trozo a trozo, con pequeñas salchichas de hígado, lo fui guiando, silbándole y hablándole. Llevó mucho tiempo, pero poco a poco lo fui acercando a mí. Era un trabajo frío y desesperante, pero mereció la pena: al final dejó que la mano que le daba de comer se acercara lo bastante como para agarrarlo y sujetarlo. Y así es como conseguimos atraparlo y devolverlo a su dueño.