7. Sobre el acecho y el bordón de los scouts
El otro día estuve observando cómo formaban a un grupo de soldados para esconderse del enemigo y sorprenderlo, y me encantó ver que se les enseñaba del mismo modo que enseñamos a los Boy Scouts. De hecho, el instructor era un oficial que había sido Boy Scout, y lo ayudaban varios Boy Scouts.
Cuando alguien empieza a arrastrarse hacia un sitio sin ser visto, suele ponerse a cuatro patas y avanzar deprisa. Pero, mientras avanza así, se le ve con más facilidad de lo que cree.

La manera de avanzar sin que te vean es arrastrarse despacio, pegado al suelo, pulgada a pulgada.
Es más difícil que la primera, a menos que la hayas practicado bien. Avanzas apoyado en los antebrazos, adelantando un brazo por encima del otro por turnos, con el cuerpo y las piernas rígidos todo el tiempo. Con un poco de práctica, es asombroso el ritmo que puedes llevar si quieres.
He visto carreras de hombres en esta postura, y se movían por el terreno muy deprisa y con gran sigilo entre la hierba y los arbustos bajos.
Practica así el acecho hasta que lo domines por completo, y no lo olvides nunca. No solo puede ayudarte a ganar algún juego o a seguir a animales salvajes, sino que puede llegar a salvarte la vida.
Hace algún tiempo, catorce jóvenes montenegrinos, que eran aliados nuestros en la Gran Guerra (N. del T.: la Primera Guerra Mundial), se escaparon de las prisiones alemanas donde los tenían como prisioneros de guerra. Huyeron de dos en dos acechando de esta manera por la noche; se escondían durante el día y fueron avanzando poco a poco hasta llegar a la frontera de Holanda.
Algunos tardaron ocho días en llegar; dos de ellos, diez. No se atrevían a acercarse a ninguna aldea ni a ningún lugar habitado, y tuvieron que vivir de las raciones que habían podido guardar antes de huir, que eran escasísimas y horribles.
Los perseguían sin cesar soldados y policías, y la frontera estaba fuertemente vigilada por centinelas. Pero aun así intentaron cruzarla al final, y solo atraparon a dos. Lo consiguieron, sobre todo, porque todos habían aprendido el arte del acecho.
Uno de ellos tuvo que avanzar arrastrándose durante nueve horas, y se hizo cortes graves en las manos con las piedras; pero, si no hubieran sabido hacerlo como es debido, nunca habrían escapado.
Acechar en la oscuridad
Los jefes del frente dicen a menudo que los soldados que han sido Boy Scouts les resultan especialmente útiles en la guerra de trincheras, porque saben esconderse y arrastrarse en la oscuridad sin perder el camino.
Hay que saber que la mayor parte del trabajo de ataque se hace de noche, para que el enemigo no te vea.
Un oficial que solía emplear a Boy Scouts para este trabajo se desesperaba cuando intentaba hacerlo con otros soldados, porque eran muy torpes. Solo volvió a estar contento cuando encontró entre sus hombres a uno que había sido ladrón, ¡y lo convirtió en Boy Scout de Primera Clase! (N. del T.: se refiere a una etapa de progresión de aquella época.)
Pero moverse de noche exige mucha práctica. Muchos han perdido el camino, y con él la vida, por salir a combates nocturnos creyendo que lo harían bien sin haberlo probado antes.
Eran como aquel hombre al que preguntaron si sabía tocar el violín y respondió que no lo dudaba, porque otras personas lo tocaban, aunque él nunca lo había intentado.
Moverse de noche se parece mucho a lo que tiene que hacer un ciego, y en cuanto lo pruebes descubrirás que te gustaría tener dos cerebros en lugar de uno, trabajando a la vez.
Por ejemplo, si te mandaran a llevar un mensaje, irías por un camino que conoces y que puedes ver, y tu mente solo tendría que ocuparse de recordar el mensaje. Pero con un ciego es distinto. No solo tiene que pensar en el mensaje: necesita un segundo cerebro que piense en el camino que sigue y recuerde cada señal que le indica que va bien. Así entenderás que un simple recado resulta el doble de difícil para quien no puede ver.
Pues bien, si te mandan a hacer una tarea en una noche oscura, estás en la misma situación que el ciego. Tu cerebro está pensando en el trabajo que hay que hacer: intentas esconderte del enemigo y averiguar dónde está. Pero necesitas otro cerebro que te ayude a fijarte con cuidado en tu dirección, guiándote por las estrellas, la brújula o las señales del camino, para no perderte.
Quien hace mucho trabajo en la oscuridad va adquiriendo poco a poco ese segundo cerebro, pero no le llega de golpe: al principio exige bastante práctica.
Una manera de hacer estos ejercicios es ponerse unas gafas oscuras y hacer el trabajo de exploración como si fuera de noche, viendo muy poco a través de ellas.
Otra es practicar por tu cuenta, de vez en cuando, haciendo tus tareas con los ojos cerrados durante cinco o diez minutos.
Así entenderás poco a poco por qué los ciegos tienen los sentidos tan maravillosamente despiertos. Pronto empezarás a adquirir tú también esa agudeza, y te será de gran ayuda si alguna vez te toca hacer exploración de noche.
Pero no olvides que exige una práctica constante. Yo sigo practicando: cuando me levanto temprano, antes del amanecer, nunca enciendo la lámpara, sino que me visto a oscuras y me muevo por la casa guiándome por el tacto y por intuición.
Y ahora, el bordón scout
¿Por qué un bordón? Pues hay muchas y buenas razones.
Empecemos por el punto de vista del explorador del Ejército.
La exploración en el Ejército
De ahí saqué yo la idea en un principio, porque siempre he llevado un bordón cuando hago exploración o estoy de servicio, y verás que a los exploradores de la Gran Guerra les encantaba usarlo para tantear el camino de noche.
Todo veterano lleva un bordón ligero. Prácticamente solo el novato va sin él.
Con él, un explorador puede tantear el camino en terreno difícil sin tropezar con hoyos, obstáculos, alambradas, etc.
De excursión
En caminos de montaña o entre matorrales, un buen bordón es una ayuda enorme. Nunca verás a un montañero nativo, ya sea del Himalaya o de Suiza, sin el suyo; y en las sabanas de Sudáfrica o en las praderas de América, el bordón es la mejor defensa contra cualquier serpiente.
La vida del soldado
Los zulúes, los masáis y otras tribus guerreras nunca dan un paso sin algún arma en la mano: normalmente una azagaya o lanza, pero a menudo un garrote pesado.
Empiezan a llevar palos desde niños, y así sus manos se acostumbran a empuñar cualquier arma, hasta el punto de que se sienten incómodos si no la llevan.
Para los niños nativos tiene un uso especial, que también resulta valioso para los scouts en una excursión a pie. Los niños nativos tienen que marchar igual que un guerrero en campaña y llevan su estera de dormir, hecha de hierba, enrollada con su comida, su manta, etc. El bordón sirve para cargar con ese hatillo.
Los usos del bordón scout
La ficha scout n.º 24, que puedes recibir a vuelta de correo pidiéndola al 28 de Maiden Lane, Londres W. C. 2, te explica, con ilustraciones, una docena o más de usos del bordón. (N. del T.: en el ejemplar del que se tradujo faltan dos páginas que no fue posible conseguir.)
Muchos hombres se trajeron a casa desde el frente los bordones que habían usado estando de servicio. En el Jamboree tuvimos una exposición de bordones, con dos categorías. Una sección mostraba los bordones que habían estado en servicio activo, con la historia de lo que habían hecho. La otra exhibía bordones decorados por scouts, y los mejores recibieron premios. Después se devolvieron todos a sus dueños; creo que formaron una colección muy interesante.
Algunos parecen pensar que, si no pueden conseguir el bordón reglamentario, no hace falta que lo lleven. Es un error completo. Un scout sin bordón va medio vestido y no está preparado para entrar en acción. No pasaré revista en las concentraciones a los scouts que no lleven su bordón. No tiene por qué ser el reglamentario que se compra en una tienda. Un buen bordón cortado en el bosque vale tanto como el mejor.
Yo, por mi parte, siempre preferiré uno que haya cortado y hecho con mis propias manos a uno comprado en cualquier tienda.
Los montañeses casi siempre llevan bordón, pero no van a comprarlo a las tiendas. ¿Por qué tendría que hacerlo un scout?
La esvástica
(N. del T.: hay que tener en cuenta que este símbolo se usaba como insignia scout antes de que lo adoptara el nacionalsocialismo alemán de Adolf Hitler.)
En la capilla de Edington, un antiguo obispo de Winchester, que murió en 1366, aparece la esvástica, la Insignia de Gratitud de los scouts.

En aquella época se la llamaba fylfot y se decía que representaba la obediencia o la sumisión: los brazos de la cruz eran en realidad piernas en actitud de arrodillarse.
Pero, como sabes por la historia de la Insignia de Gratitud que cuento en Escultismo para muchachos (Scouting for Boys), este símbolo se usaba en casi todas partes del mundo en la Antigüedad, y por eso ha tenido distintos significados.
Se ha encontrado en armas que pertenecieron a los vikingos. También se ha hallado grabada en las armas de los antiguos griegos que lucharon contra Troya.
En la India, en el bautizo de un bebé se esparce arroz en el suelo en forma de esvástica para traerle suerte.
Los pieles rojas de Norteamérica la usaban como adorno, y se ha encontrado grabada en antiguas vasijas del Perú.
Cómo pasó de un país a otro, estando tan separados por océanos, es difícil de adivinar. Pero algunos que dicen saberlo todo sobre estas cosas aseguran que antes había un gran continente donde hoy está el océano Atlántico, y que se hundió por un terremoto.
Ese continente se llamaba Atlántida y unía Europa con América. Se supone que tenía cuatro grandes ríos que nacían en una montaña central y corrían en distintas direcciones, norte, este, sur y oeste, y la esvástica no sería más que un mapa de la Atlántida que muestra esos cuatro ríos naciendo de un mismo centro.
En cualquier caso, sea cual sea su origen, la esvástica representa ahora la Insignia de Gratitud, signo de compañerismo entre los scouts de todo el mundo. Cuando alguien ha hecho un favor a un scout, este tiene el privilegio de regalarle, a él o a ella, esta insignia en señal de agradecimiento, que lo convierte en una especie de miembro de la Hermandad y le da derecho a que cualquier scout lo ayude en cualquier lugar y momento.
Quiero recordar especialmente a los scouts que estén atentos y que nunca dejen de reconocer a quien lleve esta insignia. Su deber es acercarse a esa persona, hacerle el saludo scout y preguntarle si pueden ayudarla en algo.
Me han contado varias veces casos de scouts que lo han hecho, y eso ha aumentado muchísimo el valor de la Insignia de Gratitud para quienes la llevan, al ver que los scouts los reconocen y están deseando hacerles un favor.
Otra manera de estar «Siempre listos» se ve en esta historia.
Una jeringa de campaña
Fue en un combate en Matabelelandia. Algunos de nuestros jinetes, desmontados, disparaban sin parar contra un grupo de guerreros matabeles que respondían con fuego de fusil desde el otro lado de un pequeño valle cubierto de hierba muy alta.
Cuando avanzamos para desalojarlos de su posición, nos encontramos con unas mujeres nativas y algunos niños que se escondían en la maleza entre los dos fuegos, y algunos estaban heridos.
Esto es lo que escribí aquel día en mi diario:
«Tres veces en esta campaña he llevado al campo unas cuantas vendas de más en la mochila, y las tres veces les he encontrado buen uso. No sé si será casualidad o no, pero aquí está otra ocasión.
»Nuestro único médico estaba con el grueso de la fuerza al otro lado de la montaña, así que me puse a trabajar en su lugar con aquellos pobres desgraciados. Curiosamente, dos mujeres y dos niños estaban heridos en el mismo sitio, la parte baja del muslo, sin tocar hueso ni arterias: heridas sencillas y fáciles de vendar. Pero otro chiquillo, con muy mal genio, tenía la piel de la pierna desgarrada, ya fuera por una esquirla de roca o por una bala perdida.
»Ninguno parecía sentir mucho dolor salvo él, que no paraba de patalear y de agitar su pobre piernecita en el polvo cuando la niña que lo cuidaba intentaba hacer algo por él. Así que, cuando por fin pude ocuparme de él, la herida estaba hecha un desastre.
»Daba gusto ver a uno o dos húsares, recién salidos de pelear contra los negros, ayudando a curar a los pequeños y protegiendo con ternura a los heridos con trozos de sus propias camisas.
»En esta ocasión inventé una jeringa de campaña perfecta, que creo que patentaré cuando vuelva a casa.
»Se fabrica así, tal como lo hice yo: se coge a una chica nativa cualquiera, se le dice que vaya a buscar agua tibia y no se le da nada para traerla. Irá al arroyo, se arrodillará y se llenará la boca de agua para traerla. Cuando vuelva, el agua estará tibia.
»Se le dice que la escupa mientras uno la dirige hacia la herida y va limpiando alrededor con una pluma (había perdido lo que siempre llevo en mi botiquín de primeros auxilios: una brocha de pintor suave). Da buenos resultados».
Desde entonces he podido poner a prueba mi invento en otras ocasiones.
Una herida de bala mortal
En otra ocasión, en Zululandia, después de un combate cerca de una aldea nativa, un nativo nos trajo a una muchacha herida cargada a la espalda. No teníamos médico, así que me hice cargo del caso.
Supe que el hombre nos la había traído porque era su sobrina; si no, la habrían dejado tirada para que muriera.
Una bala perdida le había atravesado limpiamente el vientre. Creo que la mayoría de las mujeres blancas, en esas circunstancias, se habrían derrumbado o se habrían desmayado. Pero no aquella dura muchacha zulú. Se puso de pie cuando se lo pedí, para que pudiera atenderle las dos heridas, la de entrada y la de salida de la bala. Se las taponé con algodón y la vendé. La tumbé junto al fuego, la tapé, porque no llevaba ropa, le di sopa caliente y le dije a su tío que la vigilara y que me llamara si necesitaba más ayuda.
Era ya de noche y llovía. Hacia medianoche me levanté para ver a mi paciente y la encontré tumbada, quejándose, junto a las cenizas del fuego, mientras su tío roncaba a su lado ¡tapado con la manta que era para ella!
Fui hacia él furioso, tan furioso que se levantó, huyó a la oscuridad y no volvió nunca. Así que tuve que ocupar su lugar y cuidar de la muchacha.
Pero mi ayuda sirvió de muy poco, porque la pobre murió a la mañana siguiente.
Qué hacer en un caso de anginas
Cuando volvía de Sudamérica en barco, un pasajero nos contó que hacía poco había formado parte de un grupo de viajeros que cruzaba los Andes, y que a uno de ellos le dio de repente una inflamación de garganta, unas anginas, que amenazaba con asfixiarlo.
No había ningún médico, estaban lejos de cualquier ayuda y nadie sabía exactamente qué hacer. Llevaban un manual de primeros auxilios, pero no decía nada de anginas ni de ahogos de ese tipo, y el resultado fue que el pobre hombre murió.
El que contó la historia nos pidió que cada uno dijera qué habría hecho en esas circunstancias. Ninguno lo sabía. Así que mandamos llamar al médico del barco, que vino y nos explicó brevemente la enfermedad y cómo había que tratarla: con compresas calientes en la garganta si el caso es leve y, si se agrava, manteniendo abierto el paso del aire con un tubo a través de la garganta, si es posible, o cortando las anginas, etc.
Al día siguiente, mientras yo leía sentado en cubierta, el médico pasó deprisa y me dijo: «Venga conmigo, tengo un caso de anginas para que lo vea».
Y abajo, en la enfermería, encontramos a uno de los fogoneros casi ahogándose con sus propias anginas.
Mientras yo sostenía una lente para dirigirle buena luz a la boca, el médico envolvió un estilete con un trozo de tela limpia hasta dejar solo la punta al descubierto, y con él le cortó las anginas. El hombre sintió un alivio inmediato.
Si no hubiera sido por esto, nunca habría sabido qué hacer si me encontraba con un caso así, como le había pasado a mi amigo en los Andes.
Un anzuelo en el pulgar
Una vez que me quedé a cenar en casa de un amigo, después de un buen día de pesca, lo llamaron fuera del salón para atender a una de las criadas, que, mientras limpiaba un pescado, se había clavado un anzuelo en el dedo, de modo que la punta y la lengüeta le habían entrado muy hondo.
Por suerte sabíamos qué hacer: enseguida cortó el sedal del anzuelo y lo empujó hacia delante hasta que la punta salió por el otro lado, porque sacarlo hacia atrás era imposible por culpa de la lengüeta.
Yo mismo me he hecho la misma operación cuando salgo a pescar y me he clavado mi propio anzuelo.
Sin embargo, la operación no tiene ninguna gracia. Es desagradable y dolorosa.
Qué hay que proponerse al aprender primeros auxilios
He contado estos casos, entre otros muchos que podría contar, porque mis propias experiencias sirven para enseñarte qué es lo más importante que debes saber de primeros auxilios y cómo tratar heridas y lesiones de todo tipo.
Seguro que algún día te encontrarás con gente herida, y, aunque es doloroso ver sufrir a alguien, lo es todavía más no poder ayudarlo simplemente porque no sabes qué hacer.
Es fácil de aprender si te concentras, y las oportunidades que tienes de aprender primeros auxilios mientras eres Boy Scout te dan una experiencia espléndida. Si sigues mi consejo, no te arrepentirás.
Pero no creas que, porque eres hábil con la camilla o sabes distinguir entre la «clavícula» y el «fémur», ya eres un buen socorrista. Lo que importa es saber de verdad qué hay que hacer en cada accidente. Y cuando conozcas y hayas practicado los métodos adecuados para todos los accidentes habituales, piensa en algunos menos corrientes, como anzuelos y anginas, o piernas rotas y heridas cuando no tienes las vendas ni los instrumentos adecuados, y practica cómo resolverlos.
No olvides que una cosa es vendar a otro muchacho en una práctica y otra muy distinta encontrarte con un herido grave, quizá llorando y quejándose, cubierto de barro y de sangre, que parece más una carnicería que un ser humano. Pero tienes que hacerle frente sabiendo cómo actuar con calma y serenidad, para poder librarlo del dolor y del sufrimiento. Tienes que dominar tus propios sentimientos y no esquivar tu papel, sino cumplirlo con valor y bien.