8. Frugalidad, fumar y ciclismo
Hoy hay muchos Boy Scouts que dentro de unos años serán hombres muy ricos, aunque no tengan mucho con qué empezar. Es seguro, porque muchos están decididos a hacer fortuna, y si un muchacho empieza siendo ahorrador, por lo general acaba teniendo éxito.
Quien empieza a ganar dinero de muchacho seguirá ganándolo de hombre. Algunos, claro, quieren conseguirlo por medios fáciles, y esa regla no funciona. Algunos ven una fortuna en apostar a un caballo o a un partido de fútbol; pueden ganar unos chelines de vez en cuando, pero puedes estar completamente seguro de que perderás la mitad de las veces. Es una forma estúpida de intentar ganar dinero, porque los corredores de apuestas, que viven de ello, confían en que siempre habrá suficientes tontos que les den su dinero.
Ese dinero no se gana: solo se consigue por azar, y por eso no merece la pena tenerlo para un muchacho con cabeza.
Muchos muchachos pobres se han hecho ricos, pero fue porque se lo propusieron desde el principio. Trabajaron e invirtieron, para empezar, cada penique que ganaban.
Muchos muchachos ya están en ello, y espero que muchos Boy Scouts también. Para hacer fortuna se dan dos buenas reglas. La primera es: «Gasta menos de lo que ganas». La segunda: «Paga al contado y no te acostumbres a deber».
Una fortuna gracias a un martillo
Probablemente muchos de vosotros habréis oído hablar del martillo pilón de vapor de Nasmyth, que se usa en todas las grandes fundiciones.
Pues bien, de niño Nasmyth trabajaba en el taller de su padre y pasaba gran parte de su tiempo libre en una fundición de hierro del barrio. Le dio por usar herramientas y hacer toda clase de modelos de máquinas, igual que vosotros, los Boy Scouts que trabajáis para conseguir la insignia de la especialidad de Ingeniero.
Hizo un modelo de máquina de vapor tan grande que un hombre se lo compró para mover una máquina herramienta de su fábrica, y así empezó a ganar dinero vendiendo los modelos de máquinas que hacía en casa.
Más tarde se fue a trabajar a un enorme taller de ingeniería, porque venía de una familia muy numerosa y sentía que su padre no podía mantenerlos a todos.
No le bastaba el pequeño sueldo que cobraba en el taller, pero se fabricó su propio hornillo y descubrió que, con su ayuda, podía vivir con diez chelines a la semana. Trabajó tan bien en el taller que el gerente le subió el sueldo a quince chelines semanales.
Pero, como había descubierto que podía vivir con diez, metía en el banco los cinco chelines de más cada semana, y mientras tanto seguía haciéndose herramientas en sus horas libres. Con el tiempo montó su propio negocio, con su propio dinero y sus propias herramientas, y por fin inventó su célebre martillo pilón de vapor.
A los cuarenta y ocho años había reunido una gran fortuna y tenía grandes ingresos. Muchos hombres no se habrían conformado y habrían seguido hasta hacerse millonarios, pero Nasmyth no. Se alegró de retirarse del trabajo duro con dinero suficiente para tener un hogar feliz, donde podía fabricar telescopios y estudiar astronomía, y también para hacer el bien a la gente que no estaba en una situación tan buena como la suya.
Y dio a los jóvenes un buen consejo con estas palabras:
«Si tuviera que resumir en una frase toda la experiencia que he reunido y ofrecérsela a los jóvenes como medio seguro de alcanzar el éxito en cualquier posición, sería esta: “El deber primero; el placer, después”. Estoy convencido de que lo que otros llaman mala suerte viene, en nueve de cada diez casos, de poner esa máxima del revés: satisfacer primero el placer y atender después al trabajo y al deber».
Un hombre pobre, un labrador, se hizo rico escribiendo poesía. Se llamaba Stephen Duck, el poeta jornalero. Pero, por desgracia, muchos trabajadores, al ver su buena fortuna, pensaron que escribir poesía sería una manera fácil de ganar dinero en lugar de trabajar duro. Y Horace Walpole, cuando escribió sobre Duck, dijo «que, si había triunfado como poeta, también había conseguido descarriar al menos a veinte trabajadores».
Pocos jóvenes hay que, en un momento u otro de su vida, no se hayan creído unos poetas espléndidos. Espero que esto les sirva de advertencia y que vean en el trabajo duro el medio para abrirse camino en la vida.
Con estas historias de niños pobres que han sacado adelante su vida y se han hecho ricos no quiero que penséis que considero el dinero como vuestro objetivo en la vida. Solo deberías desear ganar el dinero suficiente para ponerte en una situación en la que puedas vivir feliz, hasta la vejez si hace falta, y mantener a una familia sin depender de los demás.
Y te contaré otra historia de un hombre pobre que hizo fortuna, aunque una fortuna distinta de la que da el dinero.
El remendón de Portsmouth
Este hombre era John Pounds. Tenía un pequeño taller de zapatero remendón en Portsmouth, donde trabajaba duro y bien, así que la gente empezó a llevarle sus botas para que se las arreglara, prefiriéndolo a cualquier otro remendón, porque sabía que hacía un trabajo honrado y que con él sacaba más partido a su dinero.
Pronto empezó a ganar mucho más de lo que necesitaba para vivir.
Sin embargo, no se compró una casa grande para instalarse en ella a su gusto.
Hizo algo mejor. Mientras trabajaba, algunos muchachos desocupados solían acercarse a su tienda a mirar cómo trabajaba afanosamente; y él, mientras cosía y remendaba, charlaba con los muchachos y se interesaba por ellos. Los muchachos son buena gente, y cuando encuentran a alguien que se interesa por ellos, aunque vayan vestidos con harapos, se interesan por él a su vez; poco a poco les van entrando ganas de oírle hablar y empiezan a imitarlo, procurando tener un trabajo estable.
Entonces empleó sus ahorros de una forma mejor que darse buenos banquetes: dio de comer a aquellos muchachos que necesitaban desesperadamente una comida. Y poco a poco puso en marcha una especie de club o escuela para sus andrajosos amigos. Al final tenía una especie de Tropa Scout de muchachos que aprendían oficios manuales bajo su supervisión, que se hacían fuertes con su buena alimentación y que, gracias a su enseñanza, se convertían en hombres trabajadores.
Así pudo enviar al mundo a un grupo de trabajadores buenos y fuertes que, de otro modo, habrían acabado echados a perder.
Y de este pequeño esfuerzo en Portsmouth surgieron escuelas parecidas para niños pobres y clubes de muchachos en distintas partes del reino.
En los viejos tiempos, los caballeros tenían que ser frugales según su código: es decir, debían ahorrar todo el dinero posible para mantenerse a sí mismos sin ser una carga para los demás y para poder dar más a obras de caridad.
Si eran pobres, no debían mendigar dinero, sino ganárselo con su trabajo.
La frugalidad es parte de la hombría, porque supone trabajo duro y sacrificio, y los muchachos nunca son demasiado jóvenes para trabajar a cambio de dinero. Esto ha sido así especialmente desde el final de la Gran Guerra, porque, debido a la escasez de hombres, se han abierto muchos puestos de trabajo para los muchachos buenos, y los Certificados de Ahorro del Gobierno les han dado una gran oportunidad de poner su dinero en una inversión segura.
Cómo pueden ayudar los scouts a pagar
Ahorrando dinero de todas las maneras posibles e invirtiéndolo en el Fondo del Gobierno, los scouts pueden hacer algo grande por su país y, de paso, un pequeño bien a sí mismos.
Cuando un scout tiene seis peniques o más para invertir, puede pedir en la oficina de correos más cercana una cartilla de sellos de ahorro. (N. del T.: en aquellos días la moneda inglesa no era decimal; el penique era la moneda más pequeña, y seis peniques, un sixpence, eran medio chelín. Doce peniques hacían un chelín, y veinte chelines, una libra esterlina (£). El ahorro no se hacía en el banco, sino en las oficinas de correos, donde se compraban sellos de ahorro que se pegaban en una cartilla.)
La cartilla tiene treinta y una casillas, cada una para un sello de seis peniques. Después de comprar su primer sello y pegarlo en la primera casilla, el scout puede disfrutar viendo cómo se van llenando las demás. En cuanto están llenas las treinta y una, puede cambiar la cartilla por lo que se llama un «certificado de ahorro».
Al cabo de un año, esos 15 chelines y 6 peniques, gracias al interés que paga el Gobierno, se convierten en 15 chelines y 9 peniques. Es poca cosa, quizá, pero luego crece más deprisa.
Al cabo de dos años son ya 16 chelines y 9 peniques.
Y así sigue hasta que, al cabo de cinco años, gracias a un interés adicional que concede el Gobierno, llega a una libra, sin que el dueño haya tenido que añadir nada.
Cuando un scout tenga su libra en el banco, hará bien en seguir invirtiendo en más sellos de seis peniques de la misma forma; y así, invirtiendo con el tiempo más y más dinero, se encontrará dueño de varias libras.
Es asombroso lo mucho que se consigue juntando lo que parecen sumas pequeñas y ahorrando cada penique que puedas, evitando las tiendas de golosinas, las máquinas tragaperras y los cines.
Hace poco, los scouts de Belfast han dado un ejemplo del valor de aprovechar lo que sobra con el éxito asombroso que obtuvieron recogiendo botellas.
Una botella vieja, por sí sola, no parece valer gran cosa; pero, si sigues recogiendo una cada día, poco a poco reúnes un buen montón; y cuando otros muchachos hacen lo mismo, enseguida se llega a algo grande.
Los scouts de Belfast se pusieron manos a la obra, y en dos meses, cada uno haciendo su parte, recogieron más de 3.000 botellas, que pesaron 200 toneladas; con su venta reunieron la enorme suma ¡de 1.100 libras!
Las donaron al Fondo de Ambulancias de los scouts.
Del mismo modo, si cada scout reúne una pequeña suma y la invierte en bonos del Gobierno, es decir, se la presta al Gobierno, puede que piense que hace muy poco por ayudar al país; pero si todos los scouts se unen para hacerlo, se puede llegar a algo grande, igual que con la recogida de botellas.
Si cada scout tuviera una libra en el banco, eso supondría doscientas mil libras de ayuda para el país.
¿Qué tiene de malo fumar?
Fumar está muy bien para los hombres como costumbre agradable, pero cuesta un dinero que, de otro modo, podría emplearse en algo mejor que verlo desaparecer en una nube de humo (25.000.000 de libras es muchísimo dinero, pero es lo que se gasta en tabaco en Gran Bretaña en un año). Y además no le sienta muy bien a la salud.
Pero para un muchacho que todavía está creciendo, el tabaco es un veneno terrible, porque siempre debilita el corazón. El corazón es una especie de bomba que impulsa la sangre por unos tubitos, las venas, hasta cada rincón del cuerpo, y esa sangre se convierte en hueso, carne y músculo, que te hacen un hombre fuerte y sano.
Si el corazón se debilita por fumar o por cualquier otra causa, no puede bombear bien la sangre, y el muchacho no crecerá grande y fuerte. Poco a poco se irá debilitando, se cansará con facilidad, no le apetecerá comer, tendrá dolores de cabeza y mala vista, y acabará convertido en un pobre gusano abatido en lugar de en un joven alto, despierto y activo.
Nadie empieza a fumar de muchacho porque le guste, porque sabe mal hasta que uno se acostumbra, y además te pone malo.
Pero algunos muchachos son un poco tontos: les da miedo lo que dirán los demás, y aguantan algo que no les resulta agradable para parecer hombres y que los vean como tales. Se creen muy elegantes y muy hombres cuando van por ahí con un cigarrillo entre los labios, pero cualquier adulto que los ve piensa que son unos pequeños tontos.
Los scouts no fuman
Se ha aprobado una ley para impedir que los niños fumen, porque es muy malo para su salud. Si a un niño lo ven fumando, se expone a que lo detengan y lo castiguen, y bien está que así sea para los que son tontos. Pero cualquier chico con un mínimo de sentido común, y con el valor de defender sus opiniones, se da cuenta del daño que puede hacerle el tabaco y no es tan burro como para fumar. Los scouts no fuman. Selous no fumaba, ni tampoco Burnham, el gran explorador americano, y podría nombrar a muchos otros. Saben que el tabaco a menudo estropea la vista y el aliento, y también el sentido del olfato, que para un scout es de lo más importante conservar, sobre todo para explorar de noche, cuando tiene que servirse de la nariz tanto como de los oídos y los ojos para encontrar las cosas.
Cómo descubrieron los scouts el tabaco
Es muy interesante mirar atrás y averiguar cómo empezó la costumbre de fumar.
Dos marineros de la nave que mandaba Colón, el hombre que descubrió América hace unos cuatrocientos años, fueron enviados a tierra para explorar la isla de Cuba. Al volver contaron que la gente de allí llevaba unas pequeñas antorchas de las que aspiraba el humo.
Aquellas antorchas eran, claro está, cigarros: hojas de tabaco cultivadas, secadas con cuidado y enrolladas en forma de varita. Les prendían fuego, se las ponían entre los labios y así aspiraban todo el humo. Esto sucedió en el año 1492.
Algunos años más tarde, un explorador francés llamado Nicot llevó a Europa semillas de la planta del tabaco y las sembró, de modo que pronto empezó a usarse en Francia y en Italia.
Se dice que el viejo almirante británico sir Francis Drake fue el primer inglés que fumó; eso fue en 1583.
Cómo «apagaron» a Raleigh
Pero la historia más conocida es que sir Walter Raleigh, que exploró Virginia, en América, fue el primero que fumó tabaco en Inglaterra en aquella época. Lo hizo en el jardín de la posada Virginia Inn, en Henstridge, en el condado de Somerset.
Su criado, al ver que le salía humo por la boca, pensó que estaba ardiendo, así que corrió a echarle encima un cubo de agua para «apagarlo». Supongo que lo despediría.
A los pocos años la gente empezó a descubrir que fumar era dañino para la salud, además de resultar desagradable para quienes no fuman.
En Turquía, el sultán ordenó que a todo el que sorprendieran fumando le perforasen la nariz y le atravesaran la cara con su propia pipa, como advertencia para los demás.
Nuestro rey Jacobo I dictó una orden contra el tabaco que empieza así: «Aborrecible a la vista, odioso para la nariz, dañino para los pulmones».
En Rusia se consideraba que quien fumaba no tenía sentido del olfato, así que le cortaban la nariz. ¡Qué pasaría si hoy se hiciera eso con los conductores de coches!
Los scouts y los maestros de escuela no fuman
El capitán John Smith, el gran scout de aquellos días (N. del T.: B-P usa aquí la palabra inglesa scout, que habría que traducir por «explorador»), también exploró Virginia y vivió allí cuatro años, pero no fumaba cuando los demás le ofrecían tabaco, porque se dio cuenta de lo perjudicial que era para un scout.
Poco después se dictó una ley que prohibía fumar a los maestros de escuela, porque daban mal ejemplo a los niños.
En 1629, en una escuela de Chigwell, una de las condiciones que se exigían al maestro era que no fuese «bebedor ni frecuentador de tabernas, ni fumador de tabaco».
Los chicos de Eton tenían orden de fumar
Cuando la gran peste azotó Inglaterra, se probaron toda clase de remedios y medicinas para librar a la gente de aquella temida enfermedad, que se había extendido por todas partes. Entre otras cosas, se creía que fumar la prevenía. Por eso a los niños se les obligaba a fumar.
Un escritor antiguo cuenta:
«Oí decir a Tom Rogers que él estudiaba en Eton cuando la peste estaba en su apogeo, que a todos los chicos los obligaban a fumar en la escuela cada mañana y que nunca en su vida lo azotaron tanto como una mañana en que no había fumado».
Cómo empecé a fumar
A mí también me ordenaron fumar para no contagiarme de fiebres. Fue cuando me enviaron a una expedición a Ashanti, en la costa occidental de África, en 1895.
Lord Wolseley, que entonces era el comandante en jefe, había servido antes en aquella zona y conocía lo malsana que era la selva. Así que, aunque él no fumaba, me aconsejó que lo hiciera para desinfectar el aire a mi alrededor y no coger las fiebres.
De modo que me llevé una pipa y tabaco, y los tres primeros días fumé como una chimenea. Pero el clima es tremendamente húmedo; mi reserva de tabaco se humedeció muy pronto y se volvió desagradable, así que tiré la pipa y no volví a fumar nunca más.
Y fui uno de los pocos que pasaron toda la expedición sin caer enfermos ni una vez.
Otra vez sobre el tabaco
Os interesará esta carta que recibí el otro día de un hermano scout que está en Egipto. Dice así:
«Llevo un año en Egipto, y cada vez que recibo la Gaceta me emociono. Siempre me entusiasma; me gusta mucho ver cómo va creciendo el Movimiento. Puedo decir que todo lo que aprendí como scout me resulta muy útil ahora que estoy en el ejército. Vi en la Gaceta un artículo sobre el tabaco. Quisiera decir a los Guías de Patrulla que algún día entren en el ejército que fumar es una gran desventaja. Llevo cinco años en el ejército, tengo veinticinco años y nunca he tocado un cigarrillo ni una pipa; jamás he sentido ganas de probarlos y espero no tener que hacerlo nunca. Puedo decir que no hay un solo chaval en nuestro regimiento capaz de ganarme disparando, porque he comprobado que el tabaco te destroza los nervios y también el aliento. Ahora los compañeros ya no se burlan de mí por no fumar: como yo no hacía caso de lo que me decían, pronto se cansaron de un esfuerzo inútil».
Ver el lado bueno
Aquí tenéis una historia pequeña y encantadora sobre una cena de Navidad.
Un niño, Jack, tenía una buena ración de pudin, mientras que los que estaban a su lado, Billy y Tom, tenían porciones pequeñas. Billy lanzaba miradas de envidia a la ración de Jack, se quejaba de lo injusto del reparto y al final intentó quitarle un trozo.
Como es natural, se armó una pelea: Jack chillaba que el pudin era suyo y que pensaba quedárselo, y Billy protestaba que no era justo, que él tenía tanto derecho como Jack a una ración entera. Los dos estaban tan acalorados como si les fuera la vida en ello.
Tom, en cambio, tenía la porción más pequeña de los tres, pero no se quejaba y disfrutaba de corazón de la parte que le había tocado.
Cuando alguien le preguntó:
—¿Por qué no protestas tú también para conseguir un pedazo de la ración de Jack?
Él contestó:
—Tengo un trozo de pudin bastante bueno. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Y, además, quiero jugar al fútbol después de cenar, mientras que Jack y Billy van a estar tan llenos que apenas podrán moverse.
Uno de estos niños era scout. ¿Cuál creéis que era: Billy, Jack o Tom?
¡Pues sí, era Tom, desde luego! Los scouts disfrutan de la vida, y la mejor manera de disfrutarla es estar contento con lo que tienes y sacarle el mejor partido.
Hay mucha gente que se lo toma todo muy a pecho: siempre está mirando el plato de los demás antes que el suyo, y cree que la tratan injustamente porque no está tan bien como otros. No se dan cuenta de que la vida, como la cena, es algo pasajero, al fin y al cabo. Pronto se acaba, y lo que importa no es si uno tiene un poco más de comida que otro, sino que la disfrutes. Hay mucha alegría en la vida, incluso para un muchacho pobre, si se propone ser feliz.
Si sabes ver el lado bueno de cada momento, te sentirás bien, y casi siempre hay un lado bueno incluso en los peores momentos. Por eso «el Scout sonríe y silba ante las dificultades, las penas y los contratiempos».
Una persona que no sabe ver el lado bueno, es decir, que no tiene sentido del humor, se hace desgraciada a sí misma y se vuelve áspera de carácter. Se quejará de todo, y así seguirá toda su vida hasta que se muera… ¡y entonces probablemente le echará la bronca al enterrador por hacerle el ataúd demasiado largo!
Dadme a un tipo con sentido del humor, porque nueve de cada diez veces también tendrá buen humor; es decir, contagiará su alegría a los demás. El buen humor se pega tanto como la viruela.
Una vez ascendí a oficial a un soldado de mi regimiento solo porque rebosaba buen humor. No sabía nada de asuntos militares, pero eso no me importaba: valía mucho para animar a los demás. Y nunca me arrepentí. Se le oía reír por todo el campamento, y cuando los demás lo oían, también les entraban ganas de reír. Así que éramos un grupo alegre y feliz que sabía ver el lado bueno de cada cosa, aunque desde el punto de vista de un observador corriente hubiera muy poco que ver entre el barro y la tierra, el peligro y la enfermedad. Pero nosotros nos las arreglábamos para encontrarlo y sonreír.
Hay un refrán que dice: «Sé bueno y serás feliz». Mi versión es esta: «Ten buen humor y serás feliz». Deseo que todos los scouts sean felices, y una de las mejores maneras que conozco de serlo es darse un buen paseo en bicicleta. Dejadme contaros mis experiencias como ciclista en Bosnia.
En bicicleta por Bosnia
Como sabéis, Sarajevo es la capital de Bosnia. Allí empezó la Gran Guerra: el príncipe heredero de Austria fue asesinado en esa ciudad, el Gobierno austriaco acusó a los serbios de haber planeado y cometido el asesinato, y así se desencadenó todo.
Quizá hayas olvidado dónde está Bosnia. Es la franja de tierra que se extiende al suroeste de Serbia, junto a la costa oriental del Adriático, unida a Herzegovina.
Es un país bello y montañoso, con una historia importante y una mezcla preciosa de gentes. Allí hay casi todas las religiones que existen bajo el sol: musulmanes y ortodoxos griegos, católicos y judíos, etcétera.
Pues bien, estuve en Sarajevo hace mucho tiempo, tanto que la bicicleta con la que recorrí aquella región fue la primera con neumáticos que se veía por allí.
Antes se habían visto una o dos bicicletas, pero ninguna con ruedas gordas de goma, así que me convertí en una especie de héroe antes incluso de llegar.
Había ido en vapor hasta Metković, una vieja guarida de piratas entre las marismas de la costa. Desde allí seguí por las carreteras de montaña hasta Mostar, un pueblecito encantador asentado a ambos lados de un río que corre por un profundo desfiladero. El puente que lo cruza lo construyeron y usaron los romanos, y todavía hoy sigue soportando el tráfico del pueblo sobre su precioso lomo jorobado.

Cuando visité el país lo gobernaban los austriacos, de modo que las carreteras principales, que habían construido para mover sus tropas, eran excelentes para ir en bicicleta, y las oficinas de correos, las posadas y demás estaban casi todas en manos de gente que hablaba alemán. En conjunto no resultaba un país tan difícil para viajar como cabría esperar. Pero era muy primitivo.
Por ejemplo, todas las barcas de los ríos eran simples troncos ahuecados por dentro. Y la gente tenía una manera muy sencilla de hacer funcionar sus molinos de agua: anclaban una canoa en medio de la corriente con una rueda hidráulica montada en ella, y la propia embarcación sostenía la rueda que molía el maíz.

Los habitantes del país eran gente salvaje y pintoresca. Me interesaban muchísimo, pero no tanto como yo y mi bicicleta les interesábamos a ellos.
Recuerdo que una vez bajaba una colina justo después de ponerse el sol y, al pasar a toda velocidad junto a una anciana que iba por el camino, ella dio un grito y se apartó de un salto, creyendo que había visto alguna figura demoníaca volando por allí.
En otra ocasión, mientras pedaleaba por la ladera de una montaña, me encontré con un carro de campesinos que iban a la feria. Los caballos nunca habían visto una bicicleta, decidieron enseguida volverse a casa y dieron media vuelta con esa intención.
Por suerte, salté de la bicicleta y la escondí, mientras los aterrorizados campesinos devolvían los caballos al camino y los hacían pasar a la fuerza junto al terrible monstruo que yo conducía.

En conjunto fue un viaje agradable y lleno de novedades. No puedo contar aquí las pequeñas aventuras que viví por aquellas tierras, pero debo confesar que al final acabé con mi propia máquina.
En aquellos tiempos un pinchazo era un desastre. El material para reparar las cubiertas era muy primitivo, y lo llevé en la mochila hasta el final del viaje. Por suerte, estaba cerca de la vía del tren, así que pude terminar el trayecto en ferrocarril hasta Agram (la actual Zagreb), la capital de Croacia. Allí dejé la máquina en manos de un viejo experto en bicicletas, que tardó todo el día en repararla.
Mientras tanto, unos representantes del Club de Cazadores de Agram vinieron a verme, me dieron una bienvenida oficial tras «mi maravilloso viaje» y me invitaron a un banquete y a una recepción, lo que me decidió a marcharme de allí temprano a la mañana siguiente.
Hoy resulta divertido mirar atrás y pensar que probablemente la mitad de la población de aquel país va en bicicleta al trabajo y vuelve en ella, y recordar que yo fui un héroe por haberlo hecho.
Pero, en general, a pesar de los coches y los aeroplanos, la bicicleta es uno de los mejores medios de transporte que existen. Todo scout debería proponerse ahorrar para tener una, de modo que pueda ir adonde quiera con facilidad y comodidad y, como scout, pueda también prestar un servicio a su país llevando mensajes cuando haga falta.