Qué pueden hacer los Scouts
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Qué pueden hacer los Scouts

5. Entre los maoríes y los pieles rojas

El príncipe de Gales se divirtió mucho en Nueva Zelanda y aprendió muchas cosas sobre los maoríes, los habitantes originarios de ese país.

Retrato de perfil de un maorí con la cara tatuada
La cara tatuada de un maorí

Antiguamente eran una raza espléndida de guerreros valientes y caballerosos. Tenían muchas de las costumbres de otras tribus salvajes, incluida la de comerse a otras personas, pero también tenían un espíritu muy generoso y deportivo, incluso en la guerra.

Sus grandes oradores hablaban a la gente con mucha elocuencia y grandes ideas, igual que lo han hecho algunos portavoces de los pieles rojas y como lo hicieron también los jefes zulúes. (Una vez oí al viejo Mnyamana, que era el «primer ministro» de Cetshwayo, el rey de los zulúes, pronunciar un discurso que un buen entendido que lo escuchaba comparó con uno de Cicerón).

Los maoríes me trataron con mucha amabilidad, y entre mis tesoros guardo un diente de ballena encantado que me regaló un miembro de la tribu: durante cientos de años había dado suerte en la guerra a sus jefes guerreros, y ahora ya no lo necesitaban, porque vivían en paz bajo la protección británica.

También tengo un pequeño hei-tiki de jade, o amuleto, que me regalaron en Nueva Zelanda y que, si se lleva colgado al cuello, ¡evita que uno se ahogue! Y además me obsequiaron con una capa adornada con plumas que, aunque no puedo lucirla en Piccadilly, es una prenda muy elegante en los bosques de Nueva Zelanda.

Los maoríes demostraron ser unos enemigos valientes cuando nuestras tropas lucharon contra ellos en 1867, y hay montones de buenas historias sobre su carácter deportivo.

No puedo asegurar que sea cierto, pero una vez me contaron que, en una ocasión en que los británicos habían rodeado uno de sus campamentos fortificados y se habían adueñado del único manantial de los alrededores, los maoríes enviaron un mensajero con bandera blanca para decirles:

«No sé si se han dado cuenta, pero han tomado el único manantial que hay por aquí, y si no tenemos agua, no podemos seguir luchando».

Y en otra ocasión, según me contaron —aunque eso me cuesta un poco más tragármelo—, en plena batalla los maoríes izaron la bandera blanca. Cuando les preguntaron si eso significaba que se rendían, respondieron:

«Oh, no. Pero nos hemos quedado sin munición. ¿Podrían prestarnos un poco para seguir?».

No me lo creo, pero muestra bien el espíritu con que luchan.

En marcha

Su vestimenta es escasa: por lo general, una falda de fibra vegetal y una pequeña capa de hierba tejida. Llevan el cuerpo y la cara tatuados con dibujos. Sus armas son lanzas (con horribles puntas dentadas hechas de espinas de pescado afiladas), garrotes, hachas de madera y hondas para lanzar piedras.

El tana (ejército) se mueve bajo el mando del rangatira (jefe), que lleva a su lado a su tohunga (médico y sacerdote). El equipaje —mantas, comida y unos pocos utensilios de cocina— lo llevan los muchachos a la espalda. Ningún hombre carga con peso una vez que ha pasado la ceremonia de entrada en la edad adulta, porque iría contra su mana (dignidad personal). (Los maoríes tienen normas muy estrictas sobre lo que un hombre puede y no puede hacer).

El campamento

Los hombres construyen pequeñas chozas o cobertizos con madera del bosque u hojas de palmera. Encienden el fuego frotando palos. Cocinan en un hoyo excavado en el suelo y forrado de piedras: encienden fuego dentro hasta que las piedras están al rojo vivo, sacan las cenizas, colocan la comida, la cubren con hojas y la dejan cocerse sola.

La caza

Su comida favorita es el loro, el cerdo o el perro. Los cerdos son salvajes, pero se dice que descienden de los cerdos que el capitán Cook y otros exploradores llevaron para criarlos.

La forma de cazar loros era esta: el cazador tenía un loro domesticado y se escondía cerca de un árbol; apoyaba una vara larga entre las ramas y sujetaba el otro extremo, con el loro posado en él. El loro silvestre, al oír su llamada, volaba al árbol y bajaba por la vara hasta llegar al cazador. ¡Qué manera tan sencilla de cazar un pájaro!

Los cerdos y los perros se asan enteros en un palo colocado sobre el fuego entre dos horquillas. Las fuentes y los platos, que se llaman para, se hacen con raíces, hojas o hierbas largas tejidas.

La iniciación

El tana (príncipe) del hapu (clan), junto con algunos de sus rangatira (jefes) y los tohunga (sacerdotes), se sientan a presenciar la iniciación de los muchachos en la edad adulta.

El sacerdote pone a los muchachos en fila y les muestra a Tapu, un demonio enmascarado de aspecto horrible. Luego les enseña que deben portarse como hombres y les advierte de que, cuando hagan algo malo, Tapu los castigará.

  1. «Luchar con valor». Los muchachos avanzan en fila contra el enemigo, dando patadas y con gestos amenazadores; siembran el pánico y luego intentan seguir avanzando, y se encuentran cara a cara con Tapu y su lanza. Vuelven a formar para la prueba 2.
  2. «Soportar el dolor». Los muchachos vuelven a desfilar en fila india, y el sacerdote les clava ligeramente el cuchillo a cada uno. Tapu está a su lado. Si un muchacho abre la boca para gritar, Tapu le pondrá la lanza en la garganta.
  3. «Ser cortés». Los muchachos vuelven a formar. Si uno de ellos pasa junto a un rangatira o un enfermo sin ofrecerle sus servicios, Tapu le cerrará el paso y le lanzará un golpe con la lanza para que cumpla con su deber. Los muchachos forman en fila para la prueba 4.
  4. «Ver lo que hay de bello en la naturaleza». Si un muchacho mira a su alrededor y no canta ni aplaude con emoción y alegría ante las montañas, los bosques, los lagos y los ríos, Tapu lo cegará sacándole los ojos con la lanza.

Cada muchacho avanza a su turno para recibir de manos del jefe una lanza como emblema de su edad adulta. Tapu se coloca junto a su camino con una lanza, amenazando con detenerlo si es un mal muchacho. El muchacho se adelanta sonriendo, y Tapu lo deja pasar para que reciba su investidura.

Lanza ceremonial maorí adornada con borlas
Lanza ceremonial de jade, madera tallada, piel y plumas

Tótems

Los maoríes tienen los tótems más elegantes, casi siempre tallados en madera.

Tienen varios que significan, por ejemplo, tapu (sagrado), con el mismo sentido que nuestros carteles de «Prohibido el paso: se denunciará a los infractores» o «Prohibido pisar el césped». Pero como no tienen lengua escrita, en su lugar usan la figura de un demonio de aspecto horrible que asuste a la gente. Son muy supersticiosos: creen en demonios que pueden hacerles daño y en otros que pueden ahuyentarlos, si la gente les hace reverencias.

Figura maorí de madera tallada
Un tapu que guarda el hogar: seguro que mantiene alejados a los ladrones

Señales

La tribu se reúne al son del tetere, una trompeta de madera de seis pies de largo (casi dos metros) que suelta un bramido parecido al de un toro. El instrumento puede ser plano y muy decorado, con los dibujos maoríes que suelen formar grecas circulares. El toque del cuerno los convoca al tungarahu, la gran reunión.

Un hombre golpea un gran gong de madera colgado de un armazón
Gong de guerra de madera para hacer señales

Danza de guerra

Después se representa un haka (cantos y danza), con una sincronización perfecta, todos a una y con un entusiasmo tremendo que acaba llevándolos a un estado de exaltación.

Los guerreros cogen las armas con la mano derecha y, formados en columna de a dos, bailan exactamente al mismo tiempo: avanzan a saltos, todos con el mismo paso, levantando mucho la rodilla y alzando a la vez el hombro de ese mismo lado.

Cada cuatro pasos saltan todos juntos en el aire. Mientras tanto no dejan de cantar a coro y se golpean el muslo con la mano izquierda para marcar el ritmo.

Al mismo tiempo ponen caras horribles: ponen los ojos en blanco y sacan la lengua.

Un guerrero maorí baila con una lanza en la mano
¡Danza y belleza maoríes!

Caza, en el campo

Los muchachos juegan al ti. Consiste en lo siguiente: A le lanza un aro pequeño a B. B tiene que cogerlo antes de que caiga y devolvérselo a A, que a su vez tiene que atraparlo antes de que toque el suelo. Quien no lo coge pierde un punto. Se turnan para lanzarlo.

Señales de los pieles rojas

Los pieles rojas usan señales de humo y un lenguaje de signos; los africanos del oeste hablan con tambores o con señales hechas con hojas; los indios se comunican con marcas en las paredes o en los árboles; los australianos, con varas talladas; los hallmen usan silbatos; los sudaneses se llaman a voces de un pozo a otro, y así sucesivamente.

La primera señal de la que tengo noticia usada por el hombre civilizado la hizo aquel viejo aventurero, el capitán John Smith, en 1601. Por entonces servía a los austriacos contra los turcos.

El enemigo tenía sitiado un pueblo austriaco, que estaba a punto de caer, cuando llegó para salvar a sus habitantes la fuerza en la que se había alistado John Smith.

El comandante, el coronel Kisell, no sabía cómo hacer saber a sus amigos de dentro que había llegado y de qué manera podía ayudarles.

El capitán Smith le contó que unos meses antes había practicado un método de señales con el general Ebersbaught, que ahora mandaba el pueblo sitiado. Así que el coronel Kisell le dio unos guías «que en la noche oscura lo llevaron a una montaña, donde encendió tres antorchas a igual distancia unas de otras. El gobernador del pueblo las vio, las reconoció al instante y respondió enseguida con otras tres antorchas iguales, de modo que cada uno supo lo que pretendía el otro». Smith, aunque estaba a siete millas (unos once kilómetros), le mandó este mensaje:

«El jueves por la noche atacaré por el este. Cuando oigas la alarma, ¡prepárate!».

El general Ebersbaught le contestó que así lo haría, y así se hizo.

El método de señales de Smith era este. Para cada letra del alfabeto de la A a la L, hacía con la antorcha tantos destellos como el lugar que ocupaba la letra contando desde la A. Así, la A llevaba un destello; la B, dos; la C, tres, y así hasta los once destellos de la L.

Todas las letras después de la L se indicaban con destellos dobles, contando de la misma manera: un destello doble para la M, dos destellos dobles para la N, etcétera.

El final de una palabra se marcaba con tres destellos.

Después de cada letra se hacía una pausa.

Los pieles rojas

Un scout famoso en todo el mundo fue el coronel Cody, «Buffalo Bill», que murió hace poco en América. Era especialmente conocido entre los scouts de los Estados Unidos, pero también ha sido un héroe para los scouts de otras muchas partes del mundo, porque en los últimos años visitó casi todos los países civilizados con su espectáculo del «Salvaje Oeste».

Por qué lo llamaban Buffalo Bill

Se alistó en la caballería estadounidense y se hizo muy famoso como explorador. Después firmó un contrato para abastecer de carne a los hombres que construían el ferrocarril de Kansas-Pacífico a través de América, y la conseguía cazando búfalos.

Se dice que mató 4820 en dieciocho meses. ¿Cuántos son al día? ¡Me salen nueve diarios! Parecen muchos. Ojo: no digo que lo hiciera ni que no lo hiciera. Solo he leído que lo hizo.

En cualquier caso, lo llamaban Buffalo Bill por el enorme éxito que tuvo como cazador de búfalos.

Aventuras emocionantes desde niño

Era un hombre de la frontera de los de antes, de las llanuras del oeste de América. Empezó en aquella vida cuando era apenas un niño. Más tarde reunió a unos cuatrocientos vaqueros e indios y recorrió el mundo enseñando a la gente cómo era la vida en las praderas del Oeste hace unos años.

Una vez, cuando era cazador de búfalos, un príncipe de sangre real fue con algunos amigos a cazar con él para ver en qué consistía aquel deporte.

Mientras galopaban detrás de una manada, uno de los hombres del coronel Cody se le acercó y le gritó:

—¡Oiga, coronel! Uno de esos reyes suyos se ha caído del caballo tres veces. Si sigue así, se va a hacer daño. ¿Qué hacemos?

Y Cody le respondió:

—¡Átale la corona con un pañuelo por debajo de la barbilla, átalo a él a la silla con una cuerda y asunto arreglado!

Buffalo Bill y los Boy Scouts

Buffalo Bill se interesó mucho por los Boy Scouts y tenía su propia Tropa en América.

Cuando llevé una Tropa de aquí a Canadá, hicimos una visita al coronel Cody. Fue muy amable con los chicos: les enseñó un buen número de técnicas scouts y les presentó a unos pieles rojas que trabajaban para él como rastreadores.

Uno de nuestros scouts sacó una foto muy buena en la que salían juntos Buffalo Bill, un piel roja y uno de nuestros scouts.

Buffalo Bill decía que no había nada en el mundo como el Escultismo para convertir a un chico en un hombre de provecho, capaz de cuidar de sí mismo y en quien se puede confiar cuando se está en un lugar peligroso. Espero que todos los scouts lo tengan presente y lo lleven a la práctica.

Lo que piensan de los scouts los de fuera

Hay algo bonito que me contaron sobre los scouts. Fue un caballero que estuvo conmigo en el sitio de Mafeking hace unos años. Me escribió para felicitarme, y no por seguir vivo ni porque el rey me hubiera concedido honores, sino por algo que él consideraba más importante: la manera espléndida en que los scouts hacían su trabajo, aun sin tener jefes con ellos y sin saber que alguien los estaba observando.

Esto es una pluma más en vuestra gorra, scouts. Me decía: «Yo formaba parte de un comité el último Día del Imperio. Teníamos una gran exhibición. Había mucho desorden, y uno de los organizadores estaba desesperado porque no conseguía hacer nada.

»De repente, el administrador del pueblo propuso: “Hay algunos scouts en el campo. Que se encarguen ellos”. Y lo oí decir desde fuera de la tienda del comité:

»—Decidle a vuestro Jefe, esté donde esté, que venga aquí.

»—Sí, señor.

»Dos minutos después había un scout firme, que saludó y dijo:

»—Usted ha pedido que viniera el scout más antiguo, señor.

»Se le dieron instrucciones y, en muy poco tiempo, todo lo que había provocado aquel desbarajuste estaba perfectamente en orden, contado y comunicado, y había una fila de scouts atentos a la puerta de la tienda esperando nuevas órdenes».

Esto ocurrió en Rodesia.

Hace poco, estando en Londres, iban en el metro diez o doce chavales. Habían estado vendiendo periódicos y ya habían terminado la jornada.

Me acuerdo de los chicos de esa clase y sé el infierno que podía ser el metro con una pandilla así a bordo, y las peleas que habría habido al intentar salir del vagón al final del trayecto.

Pero estos chicos llevaban en la solapa la insignia scout.

Me bajé en la misma estación que ellos y, mientras salíamos, uno de ellos, que sin duda era el Jefe, dijo en voz muy baja: «Chicos, bajad al andén en silencio y dejad sitio a la gente». Oí cómo la orden se iba repitiendo a lo largo de la fila y me quedé a ver qué pasaba.

Aquellos chicos, sucesores de los viejos golfos que eran el terror de la gente de bien, bajaron en orden y esperaron hasta que hubo salido la mayoría de los pasajeros.

El que había dado la orden hizo una seña con la mano y echaron a andar en fila india, marcando el paso, mientras a los primeros les recogían el billete. Estuve pensando en ellos durante toda la comida.

¡Qué diferencia marcarán en el futuro! Alguien dijo que los modales hacen al hombre.