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Juegos scouts · 13. Exhibiciones

5. El ladrón del diamante (*The Diamond Thief*)

(Sale mejor al aire libre y en pantomima).

Un grupo de buscadores ha recorrido una región salvaje de Sudáfrica y ha encontrado un diamante magnífico. Ahora vuelven con él hacia la civilización. La peste equina ha acabado con sus caballos, así que hacen el viaje a pie, cargados con las mantas, la comida y las cazuelas.

Cuando aprieta el calor del día, acampan un rato con la idea de seguir de noche. Montan tiendas con las mantas, encienden fuegos y se hacen la comida, tejen colchones, cantan canciones de su tierra, juegan a las cartas, etc. Sacan el diamante de la lata de sardinas donde lo guardan para que todos lo vean y lo admiren. Luego lo vuelven a guardar con cuidado. Dejan la caja al descubierto, a la vista, y nombran a un hombre centinela para que la vigile. Los demás comen y, poco a poco, se tumban a dormir.

Cuando el campamento está en silencio, el centinela se cansa de estar de pie, al rato se sienta y empieza a dar cabezadas. Mientras dormita, aparece el ladrón del diamante: se acerca sigilosamente al campamento y se agazapa, vigilando al centinela dormido; cuando este se despierta un momento sobresaltado, el ladrón se pega al suelo. Al final el centinela se recuesta y se queda dormido. Palmo a palmo, el ladrón se arrastra hasta él, le aparta a escondidas el fusil (o la pistola) para que no pueda alcanzarlo, se desliza rápidamente hasta la caja del diamante, la coge y se escabulle sin que nadie lo descubra. Va dando rodeos, camina hacia atrás y borra sus huellas al pasar, para despistar a sus perseguidores.

El jefe del grupo se despierta bostezando, mira a su alrededor y se sobresalta al ver que no hay ningún centinela de pie. Se levanta de un salto, corre hacia el centinela dormido, lo sacude y le pregunta dónde está el diamante. El centinela se despierta aturdido y asustado. Los demás se despiertan y se agolpan furiosos a su alrededor, amenazándole y acosándole a preguntas. De pronto uno ve las huellas del ladrón y sigue el rastro a tirones, unos pasos cada vez; los demás le siguen y le ayudan a encontrarlo, unas veces uno y otras otro, hasta que salen de escena. El jefe está a punto de seguirlos cuando se detiene, les hace señas para que sigan adelante y se vuelve hacia el centinela, que está de pie, atontado. Le da una pistola y le insinúa que, ya que ha arruinado a sus amigos con su deslealtad, más le vale pegarse un tiro. Luego el jefe se vuelve para seguir a los demás y los busca con la mirada. Justo cuando el centinela culpable se está llevando la pistola a la cabeza, se oye un grito a lo lejos. El jefe le impide dispararse, y los dos se quedan escuchando los gritos lejanos.

Vuelven los demás hombres trayendo al ladrón y el diamante, sano y salvo. Se sientan en semicírculo, con el jefe en el centro, sobre un montículo o una caja, y el diamante delante de él. Juzgan al ladrón, que está de pie con los brazos atados, y lo condenan a ser fusilado. El ladrón se aleja unos pasos, se sienta de espaldas a los demás y piensa en su vida pasada. Luego juzgan al centinela y, como castigo por su descuido, lo condenan a fusilar al ladrón. Se levantan todos. Empiezan a cavar una tumba. Cuando está lista, hacen ponerse de pie al ladrón y le vendan los ojos. El centinela coge una pistola y le dispara. Los demás traen una manta, ponen al muerto en ella y lo llevan a la tumba, por el lado opuesto al público, para que todos puedan ver cómo bajan el «cadáver» a la fosa. Luego retiran la manta, rellenan la tumba y pisotean la tierra. Todos dan la mano al centinela para mostrar que le perdonan. Por último, recogen el campamento y siguen su viaje con el diamante. Otra posibilidad es ahorcar al ladrón en un árbol y dejarlo colgado.

Para eso, al pie del árbol que va a hacer de horca se cava de antemano una pequeña zanja; se tapa con cuidado con hierba, etc., y se esconde en ella un muñeco hecho para que se parezca lo más posible al scout al que van a ahorcar. Cuando llevan al prisionero a la ejecución, se le hace tumbarse junto a la zanja para atarlo. Mientras los scouts se afanan a su alrededor atándolo y poniéndole la soga, cambian, claro está, al chico de verdad por el muñeco, y el chico se desliza a la zanja y se queda allí escondido.

Nota: la tumba se prepara así. Hay que hacer antes un hoyo cerca del borde del escenario. Luego se hace un túnel por el que el «cadáver» pueda salir de la tumba arrastrándose y marcharse bajo tierra. Para ello se cava una zanja, se cubre con tablas o con cercas de zarzo y se tapa de nuevo con tierra y césped, de modo que el público no lo note. La tumba se hace igual, pero menos honda y rellena en parte de tepes. Los que cavan quitan la tierra de encima y, ocultos por los demás, que se apiñan alrededor, retiran la tabla y amontonan los tepes en la superficie. En cuanto bajan el «cadáver» a la tumba, este se escabulle por el túnel y así sale de escena. Los que cavan echan un poco de tierra, saltan dentro y la pisotean, y después apilan los tepes encima hasta dejar una tumba de buen aspecto. Todo esto exige ensayarlo bien antes, pero, cuando se hace bien, resulta muy efectista, sobre todo si se acompaña con música apropiada. Es una buena exhibición para un espectáculo al aire libre con el que atraer público cuando se recaudan fondos para la Tropa.

6. Juega limpio (Play the Game)

Un poema de Henry Newbolt.

Primera escena: cuadro vivo de unos chicos jugando al críquet.

Recitado:

Hay un silencio que corta el aliento esta noche en el campo: faltan diez carreras y hay un partido que ganar, la pelota bota traicionera, la luz ciega, queda una hora de juego y sale a batear el último. Y no es por ganarse una chaqueta con galones ni por la esperanza egoísta de una temporada de gloria, sino porque la mano de su capitán le golpea el hombro…

[Acción: el capitán se acerca al bateador, le pone la mano en el hombro y le dice con apremio:]

«¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Y juega limpio!».

Segunda escena: cuadro vivo de unos soldados que se retiran tras un combate muy reñido; entre ellos, un joven oficial.

Recitado:

La arena del desierto está empapada de rojo, roja con los restos del cuadro que se rompió; la ametralladora Gatling se ha atascado y el coronel ha muerto, y el regimiento está cegado por el polvo y el humo. El río de la muerte se ha desbordado, Inglaterra queda lejos y el Honor es solo un nombre, pero la voz de un colegial reagrupa las filas…

[Acción: el joven oficial se adelanta y apunta con la espada al enemigo, y los soldados que se retiraban se vuelven, dispuestos a cargar con él, mientras grita:]

«¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Y juega limpio!».

Tercera escena: un desfile de hombres de toda clase, los viejos a la cabeza, los de mediana edad en el centro y los jóvenes detrás —soldados, marineros, abogados, obreros, futbolistas, etc.—, escoceses, irlandeses, ingleses y de las colonias, todos cogidos de la mano.

Recitado:

Esta es la consigna que, año tras año, mientras el colegio siga en su lugar, cada uno de sus hijos ha de oír, y nadie que la oiga se atreverá a olvidarla. Todos la llevan con alegría por la vida, como una antorcha encendida, y al caer la lanzan a la multitud que viene detrás…

[Acción: el que encabeza el desfile despliega una bandera del Reino Unido y grita a los demás:]

«¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Y juega limpio!».

[Uno de los del centro grita entonces a los más jóvenes:]

«¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Y juega limpio!».

[El más pequeño de los jóvenes se adelanta y grita al público:]

«¡ÁNIMO! ¡ÁNIMO! ¡Y JUEGA LIMPIO!».

7. Cuadro vivo del asalto a Delhi (Tableau of the Storming of Delhi)

[Escena: el puente levadizo en ruinas de la Puerta de Cachemira. Grupos de oficiales y soldados a punto de volar la puerta. La descripción se lee en voz alta mientras se mantiene el cuadro.]

Lord Roberts, en Cuarenta y un años en la India (Forty-one Years in India), cuenta cómo las tropas británicas tomaron la Puerta de Cachemira de Delhi durante el Motín. Los tenientes Home y Salkeld, con ocho zapadores y un corneta del 52.º Regimiento, se adelantaron para volar la puerta y abrir paso a la columna hacia Delhi. Al parecer, al enemigo le asombró tanto la audacia de aquella acción que durante uno o dos minutos apenas ofreció resistencia. Pero pronto se dio cuenta de lo pequeño que era el grupo y de a qué había venido, y enseguida abrió un fuego mortífero contra el valiente puñado de hombres desde lo alto de la puerta, desde la muralla de la ciudad y a través del portillo abierto.

El puente sobre el foso que había delante de la puerta estaba destruido, y costó bastante cruzar por la única viga que quedaba. Home pasó primero, con los hombres que llevaban los sacos de pólvora. Mientras sujetaban los sacos a la puerta, mataron al sargento Carmichael e hirieron al havildar (sargento nativo) Madhoo. Los demás se dejaron caer entonces al foso para que el grupo encargado de prender la carga, que había llegado con Salkeld, cumpliera su parte. Cuando intentaba prender la carga, Salkeld recibió un disparo en la pierna y otro en el brazo, y entregó la mecha al cabo Burgess. Burgess lo consiguió, pero cayó herido de muerte al hacerlo. En cuanto se produjo la explosión, el corneta Hawthorne tocó el toque del 52.º como señal para que avanzara la columna de asalto. Así entraron las tropas por la Puerta de Cachemira, y Delhi fue tomada. Por desgracia, el teniente Home murió a las pocas semanas en la explosión accidental de una mina que estaba haciendo estallar; de lo contrario, habría recibido la Cruz Victoria.

8. La S. A. C. (The S.A.C.)

[La South African Constabulary (Policía Sudafricana) era un cuerpo de 10 000 hombres a caballo que reuní en Sudáfrica durante la guerra de los Bóeres para que hiciera de policía en todo el Transvaal, la Colonia del Río Orange y Suazilandia. Eran hombres de una talla espléndida, y su dedicación intrépida al deber les dio gran fama tanto entre los bóeres como entre los británicos, y también entre las tribus nativas. Igual que el uniforme de los Boy Scouts está copiado del de la S. A. C., los Boy Scouts pueden muy bien imitar el ejemplo de valor y eficacia de los hombres de aquel cuerpo. La escena siguiente se basa en un hecho real: la detención de un jefe por un solo soldado.]

Escena: al fondo, un kraal o poblado nativo de chozas de paja en forma de colmena. Muchos guerreros nativos pasean o están sentados por allí. El jefe, un salvaje grande y apuesto con pinturas de guerra, entra por la derecha con uno o dos indunas o cabecillas. Todos los guerreros se levantan a la vez de un salto para saludarle, con la mano derecha en alto, y gritan todos: «¡Bayete!».

El jefe se compara entonces con un león y a los blancos con chacales, y anuncia que algunos de la tribu han capturado a un grupo de blancos, a los que manda traer. Entran por la derecha más salvajes, que conducen a los prisioneros blancos: dos o tres hombres, mujeres y niños. Los hombres están heridos y ensangrentados. Se apiñan en el centro derecha, al fondo del escenario. Los guerreros gritan excitados, cogen sus azagayas, bailan la danza de guerra alrededor de los prisioneros y luego se lanzan a matarlos, pero el jefe los detiene desde el centro izquierda gritando: «¡Quietos! ¡No los matéis! Todavía no. Tengo un uso mejor para ellos». Y explica que pedirá al Gobierno de Pretoria que pague por ellos un rescate en oro. Cuando reciba el oro, los soltará, para que sus hombres puedan matarlos entonces. Los guerreros lo aclaman a gritos, se agolpan alrededor del jefe (en el centro izquierda) y se inclinan ante él, besándole los pies o el suelo que pisa. En medio del alboroto aparece por la derecha un soldado de la Policía Sudafricana; desmonta y se queda de pie. Los guerreros se apartan encogidos hacia la izquierda, detrás de su jefe, y miran al soldado con rabia.

Soldado: ¿Qué es esto, perros?

(Avanza hacia el jefe y dice:) Jefe Sikomo, soy un mensajero del gran Rey Blanco.

Los guerreros retroceden (hacia la izquierda) uno o dos pasos y dejan al jefe solo (en el centro izquierda). De repente, el soldado saca dos pistolas: con una apunta a la cabeza del jefe y con la otra encañona a los guerreros. A estos les dice:

Soldado: Vuestro jefe es hombre muerto si movéis un dedo para rescatarlo. En cuanto a vosotros, guerreros, daos la vuelta; si alguno asoma la cara por aquí, se llevará una bala en el corazón. Ahora, que cada uno suelte las armas (lo hacen), y ahora, andando.

(Los guerreros se vuelven de espaldas al soldado).

Soldado (a los prisioneros blancos): Ahora, buena gente, seguid vuestro camino. Estáis a salvo.

Se marchan deprisa (por la derecha).

Soldado: Y ahora, guerreros, vuestro jefe se viene conmigo o cae aquí muerto. (Al jefe). Te conviene venir conmigo por las buenas. Voy a llevarte, vivo o muerto. Me da bastante igual cómo; eso depende de ti. Así que, guerreros, a vuestros kraals, o Sikomo muere.

(Los guerreros salen por la izquierda. A Sikomo:)

Soldado: ¿Qué, vienes?

Sikomo se vuelve a medias para llamar a sus guerreros, pero el soldado le amenaza con la pistola. El jefe, con un gesto de desesperación, se da la vuelta y sale por la derecha, seguido por el soldado con la pistola en la mano, que mira hacia atrás para protegerse de un ataque de los guerreros.

9. Pocahontas, o la captura del capitán John Smith (Pocahontas, or the Capture of Captain John Smith)

Escena: en la selva de Virginia, en 1607.

Entra una partida de pieles rojas explorando. El explorador que va en cabeza hace de pronto señas a los demás para que se detengan y se escondan, y él se queda mirando atentamente hacia delante. El Guía de Patrulla se le acerca arrastrándose y hablan en un susurro fuerte.

Ala de Águila (el Guía de Patrulla): ¡Eh, Zorro Plateado! ¿Qué ves?

Zorro Plateado (el explorador que va en cabeza): Jefe, hace un momento he visto una figura extraña ahí delante, pero ahora no la veo. Había un indio, uno de la odiada tribu de los assock, y a su lado un ser que parecía un hombre y a la vez no lo era. No llevaba plumas ni pinturas de guerra. Tenía todo el cuerpo tapado con pieles o telas, y la cabeza cubierta con una especie de protector enorme. Es verdad que tenía dos brazos y dos piernas, pero su cara era de un color horrible: no bronceada como la nuestra, sino de un blanco espantoso, como la de un muerto, y medio tapada por una mata de pelo.

Ala de Águila: Debe de ser un hechicero o un demonio.

Zorro Plateado (sin dejar de mirar hacia delante): ¡Mira, se mueve!

(El Guía de Patrulla se adelanta de un salto y se agacha junto a Zorro Plateado).

Zorro Plateado: Ahí, junto a aquel abedul. ¿Qué es eso que lleva? Un bastón de hierro, pesado y brillante. Mira, apunta con él a esos patos. ¡Ah!

(Se oye a lo lejos un disparo).

Ala de Águila: ¡Exploradores! Tenemos delante al demonio. Escupe fuego y humo por un bastón de hierro.

Zorro Plateado: Sí, y mirad cómo caen muertos los pájaros ante él.

Ala de Águila: Sí, es un auténtico demonio. ¡Qué trofeo para nosotros si conseguimos matarlo y arrancarle la cabellera!

Exploradores: ¡No, no! Es un demonio. ¡Nos matará!

Zorro Plateado: Sí, eso es verdad. Hay un dicho: «Deja dormir a los perros que duermen, y no te harán daño». Dejemos en paz a este demonio, y así no nos hará daño.

Exploradores: ¡Sí, sí!

Ala de Águila: Exploradores, ¿qué charla de mujeres es esta? ¿Ya no sois exploradores ni guerreros cuando veis a un enemigo? Cuanto peor es el enemigo, mayor es la gloria de vencerlo. ¿Cuatro exploradores sioux tienen miedo de uno solo, aunque sea el mismo demonio? Volved a vuestras tiendas, pero no os llaméis nunca más guerreros. ¡Sois unos perros por tener siquiera esos pensamientos! Yo voy a por esa cabellera: ¡demonio o no, voy a conseguir esa cabellera!

Zorro Plateado: Perdón, jefe, no soy ningún cobarde. Me enfrento a cualquier hombre, pero no había contado con una bruja o con el demonio. Pero si tú piensas hacerle frente, yo también.

Exploradores: Sí, y todos nosotros también.

Ala de Águila: Bien dicho, exploradores. Pero silencio, viene hacia aquí. ¡Qué suerte! Mejor que arrancarle la cabellera será cogerlo vivo y presentárselo vivo a nuestro rey. ¡Escondeos! Tumbaos cerca de su camino y, cuando yo dé la señal, os echáis sobre él y lo sujetáis.

(Se esconden todos a la derecha).

(Entra por la izquierda el capitán John Smith, acompañado de un guía indio que va atado por la muñeca al brazo izquierdo de Smith con una liga, es decir, una cinta de color).

Smith: ¿Qué tal, mi mentiroso amigo? Acabas de decirme que en esta parte del país no hay indios, y aquí hay huellas de varios, muy recientes; y mira dónde la hierba, recién pisada, todavía suelta jugo. Deben de estar muy cerca. Menos mal que te tengo atado a mí, porque si no podrías escaparte y dejarme sin guía; pero ahora, pase lo que pase, correremos juntos los riesgos. ¿Qué te parece, mi gorrioncillo rojo?

(Pasa una flecha silbando).

¡Ja! No andan lejos. Mira, ya vienen; pero van a ver que un británico está hecho de una pasta más dura que los enemigos a los que están acostumbrados.

(Se oyen fuera los gritos de guerra de los pieles rojas. Pasan flechas. John Smith dispara, carga y vuelve a disparar sin dejar de hablar, mientras su guía nativo se encoge, asustado).

Smith (riendo): ¡Ja, ja! No les gusta mi fuego de fusil. ¡Huyen, los perros! Otro que muerde el polvo. (Da palmaditas al fusil). ¡Bien hecho, mi fiel Bess! Eres una buena chica. ¡Vamos! A por ellos otra vez. (Dispara). ¡Bien, otro que cae! Pero ahora se rehacen y vuelven a la carga; su jefe les da ánimos. Bueno, pues nosotros les daremos plomo.

(Vuelve a disparar. A su guía, que está muy asustado:)

¡Ánimo! ¡Diantre, me gusta su jefe! La última bala le ha alcanzado, y aun así no desfallece. Los vuelve a guiar al ataque. ¡Por mi cabeza, que vamos a tener una buena pelea! Ayúdame, san Jorge, y déjame mostrar de qué pasta está hecho un inglés.

(Mientras avanza, el guía, muerto de miedo, resbala y, sin querer, arrastra a Smith al suelo con él).

¡Pero qué haces, idiota! Me has perdido.

(Los indios irrumpen por todas partes, se lanzan sobre Smith y, tras una dura lucha, lo capturan y le atan los brazos a la espalda. Él se queda de pie, jadeando y sonriendo. Los indios se apartan a ambos lados, mientras Ala de Águila, con un brazo sangrando, se dirige a él).

Ala de Águila: Así que por fin te tenemos atrapado, demonio. Has enviado a cuatro buenos guerreros a sus felices cazaderos, pero ahora nos toca a nosotros y te tenemos bien sujeto: un trofeo digno de reyes, y de nuestro rey.

Smith: Bueno, ha sido una buena pelea, y os merecéis ganar por haber hecho frente a un fuego de fusil que no habíais visto nunca. Me gustaría estrecharte la mano, si tuviera una mano libre para hacerlo. Pero, por san Jorge, si no llega a ser por este bribón cobarde que me ha arrastrado al suelo, más de vosotros se habrían unido a vuestra partida de caza allá abajo. Pero ¿quién es este que viene?

(Se oye fuera el coro de los exploradores: el «Ingonyama», etc. Todos los exploradores levantan las manos y se unen al coro, mirando hacia la derecha).

(Entra por la derecha el rey Powhatan, con sus jefes y sus guerreros).

Rey: ¿Qué es esto? Ala de Águila, ¿qué tienes ahí?

Ala de Águila: Señor, acabamos de luchar contra un auténtico demonio y lo hemos vencido. No lo hemos matado para que tú, nuestro señor, pudieras tenerlo, verlo, interrogarlo y matarlo tú mismo. (Le trae el fusil). Con este artefacto usaba el rayo y el trueno del cielo, y así mata a los que odia. A cuatro de los nuestros los ha dejado muertos ahí detrás con él. Es un auténtico demonio.

Rey (a Smith): ¿Y tú qué eres? ¿Demonio, brujo o un indio pintado de blanco? ¿Qué haces aquí?

Smith: ¡Salud, rey! No soy brujo ni demonio, sino nada más que un hombre: un inglés, que es algo más que un simple hombre. Vine cruzando los mares. Tardé cinco lunas, tan lejos está mi país. Pero aquí estoy, y adonde voy yo me siguen otros. Y venimos a hablarte de un rey más grande que tú: nuestro rey, que ahora va a ser también el tuyo.

Rey (muy enfadado): ¿Cómo? ¿Un rey más grande que yo? Bribón, ¿cómo te atreves, seas demonio o no, cómo te atreves a hablar así? Sí, he oído hablar de esa gente blanca. ¿No tienes miedo?

Smith: No. Me he enfrentado a los mares y a las tormentas, a la furia de los elementos, al lado de la cual la ira de los hombres es muy poca cosa. (Riendo). No lo olvides: soy inglés, y un inglés no conoce el miedo.

Rey: ¡Ja! ¿Eso dices? Pronto lo pondremos a prueba para que no quede ninguna duda.

(Saca un puñal, se lanza contra Smith con un alarido, como para apuñalarlo, y detiene el cuchillo justo cuando toca el pecho de Smith. Smith ni se inmuta).

¡Ah!

Smith: ¿Era una broma? (Se ríe). Por san Jorge, creía que querías matarme.

(Entra por la derecha la princesa Pocahontas, la hija del rey. Aparte:)

Pocahontas: ¿Qué ser tan extraño es este? Un hombre, pero no un piel roja. Tiene aspecto noble. ¡Ay, que haya caído en poder de mi padre, porque sin duda lo matará!

Rey (a Smith): ¿Y no tenías miedo?

Smith: No. ¿Por qué iba a tenerlo? Hace mucho que pensé cómo afrontar mi destino. La muerte y yo ya nos hemos mirado cara a cara otras veces, y la muerte tiene una sonrisa amable para todo el que nunca ha hecho mal a sabiendas a un semejante; para alguien así ya no es un demonio temible, sino un anfitrión amable.

Rey: ¡Bien! Pues dentro de poco tendrá un invitado; porque, si dices que es amiga tuya, eso demuestra que eres, como me dijo al principio mi gente, una especie de brujo o de demonio. Por eso será bueno para esta tierra que te matemos. Además, hace muchos días que no veo la sangre roja de un hombre, y estoy harto de la sangre de los assock.

(Pocahontas se encoge y se tapa los oídos).

Me encantará ver qué aspecto tiene la sangre de un blanco, medio hombre y medio demonio. Pero primero quiero verlo acobardarse y chillar pidiendo clemencia, porque en eso está el placer de matar. (Llama a sus guerreros). ¡Eh, vosotros! Tended a este demonio en el suelo, y que aprenda que la muerte no es la alegría que él cree.

(Arrastran a Smith y lo tumban boca arriba en el suelo, en el centro. Uno le sujeta los pies, pero los demás, al ver que no se resiste, se apartan; dos se preparan para usar con él sus hachas de guerra, mientras los demás bailan danzas extrañas alrededor, cantando el coro del «Ingonyama». Los verdugos amagan golpes contra su cabeza, pero él no se inmuta).

Pocahontas (arrodillándose junto al rey, a la derecha): ¡Oh, rey! No te he pedido regalos muchas veces, y ahora te ruego de rodillas que me concedas esta petición. No tengo ningún esclavo que me proteja cuando salgo a pasear. No está bien que me lleve a un joven guerrero de nuestra tribu, y los viejos son ya tan viejos y tan lentos… Aquí tienes un esclavo del que una puede estar orgullosa: extraño a la vista, pero fuerte, grande y valiente. ¡Ah, dáselo a tu hija en lugar de a la muerte!

Rey: ¡No, no, hija mía! Si no te gusta la escena, retírate, porque morirá. Me divierte ver cuánto aguanta antes de pedir clemencia. Y cuando la pida, morirá. (A los guerreros). Ahora ponedlo de pie y probad algo nuevo para hacerle temblar.

(Pocahontas se echa atrás. Levantan a Smith, que se queda de pie, mirándolos con valentía).

Rey: Ahora te llega la muerte, y no tienes ninguna posibilidad de escapar de ella. ¿No le tienes miedo ahora?

Smith: No. ¿Por qué iba a tenerlo? Los hombres no nacemos para nosotros mismos, sino para ayudar a los demás; y si obramos así, con lealtad, sabemos que Dios cuidará de nosotros, ahora y después de la muerte.

Rey: ¿Pero después de la muerte uno está muerto?

Smith: No es así. Un cristiano vuelve a vivir.

Rey (a Smith). Pues bien, ha llegado tu hora. No sé qué te ha traído a esta tierra, pero has de saber que, seas brujo o no, tus hechizos no tienen poder sobre mí. Morirás, y yo sonreiré al verte morir.

Smith: Lo que me ha traído aquí es el deber hacia mi Rey, mi Dios y mis compatriotas: extender su poder por toda la tierra, para que tú y los tuyos conozcáis a Dios y para que el comercio se extienda y lleve paz y riqueza al mundo entero. Si aceptas estas ideas, todo irá bien; si no las aceptas, haz lo peor que puedas, pero date prisa: ¡nuestra misión es limpiar el mundo! Mátame, pero de nada te servirá, porque donde yo caiga vendrán otros mil. Sábelo, Rey salvaje: la palabra de un británico merece confianza en todo el mundo; lo primero para él son los demás, no él mismo; no abandona a un amigo en lo bueno ni en lo malo, y es leal a su Rey. Y aunque lo amenaces con la muerte o con el dolor, cumplirá con su deber hasta el final.

Rey (dando un salto adelante, furioso). ¡No quiero oír más! ¡Me pones condiciones a mí, al Rey! ¡Abajo, perro, de rodillas, y recibe la muerte de la que finges reírte! (A los guerreros.) ¡Golpead, golpead, y quitadme de en medio a esta alimaña!

(La princesa Pocahontas, que se ha quedado encogida al fondo, corre hacia delante y se pone justo delante del capitán John Smith para protegerlo de los guerreros, que se preparan, a la derecha y al fondo, para lanzarse contra él con sus lanzas y sus hachas.)

Pocahontas: ¡Alto, guerreros! Soy vuestra princesa, y para llegar hasta él tendréis que matarme primero a mí. (Al Rey.) Oh, Rey (ya no te llamo «padre»), oh, Rey, tu reinado ha sido un tiempo de sangre y de asesinatos. Antes era demasiado joven para pensar, pero ahora sé que todas tus obras son crueles, malas e injustas.

(Los guerreros bajan las armas y cuchichean entre ellos, como diciendo: «Sí, tiene toda la razón».)

Hasta ahora he sido una hija obediente. Pero se me han abierto los ojos y veo que, como Rey, no eres justo ni bondadoso con tu tribu ni con los demás hombres. Para que lo entiendas bien, te juro que si matas a este hombre matarás también a tu hija, porque no lo dejaré morir solo. (A los guerreros.) ¡Vamos, valientes, venid y haced vuestro trabajo! (Ellos se quedan atrás.) ¿Qué pasa? Nunca habéis temido a un enemigo, ¿por qué me teméis a mí?

Ala de Águila (con una reverencia). No, dulce princesa, eso no puede ser. No nos importa a cuántos hombres matemos luchando por nuestra tierra, pero esto no podemos hacerlo: levantar la mano contra una mujer, y además nuestra propia princesa.

Rey (furioso). ¿Cómo? ¿Qué palabras son esas? Habláis como si no tuvierais Rey ni órdenes. ¡Matad, golpead con tino y no perdonéis ni a hombre ni a doncella, porque ella ya no es hija mía!

(Los valientes siguen dudando.)

¿No queréis? Perros, ¿pretendéis que lo haga yo mismo? Pues lo haré, y además te mataré a ti, Ala de Águila, por esto, y a ti también.

(Entra por la izquierda un explorador indio, que corre hacia el Rey y se arrodilla, mientras fuera se oyen disparos.)

Explorador: ¡Oh, Rey! Hay más demonios blancos allí. Avanzan y nadie puede resistirlos.

Rey (a los guerreros). ¡Aguantad firmes y matad a esos demonios según vayan llegando! A todo valiente que arranque la cabellera a un hombre blanco le daré la pluma más noble para su cabeza. ¡Firmes! ¡Tensad bien los arcos!

(Mientras el Rey y los guerreros miran hacia la izquierda, fuera de escena, donde se libra la lucha, Pocahontas lleva a Smith hacia la derecha, saca un puñal y le corta las ataduras de los brazos. Él le estrecha la mano. Coge el puñal, corre hacia el Rey y, agarrándolo del pelo con una mano mientras lo amenaza con el puñal con la otra, lo lleva al centro.)

Smith: ¡Ríndete, Rey, y date preso, o te mando ahora mismo a otros cotos de caza! (A los guerreros, que se lanzan a rescatar al Rey.) ¡No, quedaos ahí! Un paso más y vuestro Rey morirá. (Pausa. Todos se quedan inmóviles.) No le haré daño si me escucha.

(Lleva al Rey al frente, en el centro, y entonces lo suelta. Los guerreros se quedan al fondo. Durante todo el rato se oye a lo lejos el ruido del combate, gritos y disparos. Los guerreros no dejan de mirar hacia fuera para ver cómo va la lucha. Smith está a la izquierda, frente al Rey, que está en el centro; Pocahontas, a la derecha; los guerreros, al fondo.)

Smith: Si queréis vivir en paz, vuestro único camino es uniros ahora a nosotros. Nuestro Dios es más fuerte que vuestros ídolos, y nuestro Rey es rey de muchas tribus, mucho más grandes y poderosas que la vuestra. Pero si os unís a nosotros, vuestras malas costumbres tendrán que acabar: no más matar a vuestra gente sin que haya cometido ningún delito, no más robarle sus bienes o sus animales, no más convertirla en esclava contra su voluntad. Bajo la bandera británica todos los hombres son libres.

(Los guerreros cuchichean entre ellos. Smith se vuelve hacia ellos.)

¿Qué decís? ¿Os uniréis a nosotros para servir a nuestro Rey y vivir en paz, o seguiréis siendo esclavos de jefes crueles y viviendo con miedo y en la pobreza?

Ala de Águila: No. Nos gustaría mucho unirnos a vosotros, pero siempre hemos sido fieles a nuestro Rey, y lo que él diga, eso haremos.

Smith: Hacéis bien en ser fieles a vuestro Rey. Y bien, Rey, ¿qué dices? ¿Te unirás con todos tus valientes a nuestro poderoso Rey, o te enfrentarás a su poder y serás destruido?

Rey (de mala gana). Hablas como si fueras tú mismo un rey y un conquistador, en lugar de un simple prisionero en mis manos. O estás loco o eres muy valiente, porque podría matarte de un solo golpe.

Smith: Bueno, loco o valiente, da igual; pero ahí fuera hay otros tan locos o tan valientes como yo que ahora mismo (señala hacia la izquierda, fuera de escena) están haciendo retroceder a tus hombres. Y aunque tus hombres acabaran con todos nosotros, por cada uno que mataran vendrían mil más, y al final también a ti te llegaría tu hora. Sabe esto: cuando Gran Bretaña pone la mano en el arado para hacer una obra noble, no se echa atrás, sino que sigue adelante hasta que se establecen la paz y la justicia y se reparan las crueles injusticias. Tú seguirías siendo rey de tu pueblo, pero bajo el ala amiga del poder de Gran Bretaña, que abarca el mundo entero.

Rey (a los guerreros). ¡Valientes míos! Nunca antes os pedí vuestra opinión, pero ya habéis oído lo que ha dicho este hombre valeroso. ¿Qué pensáis? ¿Nos rendimos o luchamos contra el poder de este hombre blanco?

Ala de Águila: Rey mío, todos decimos: «Rendíos», y unámonos a ese gran poder, que nos hará fuertes también a nosotros.

Pocahontas (arrodillándose ante el Rey, a la derecha). Una vez más te llamo padre, y te ruego, por todas las esposas y los hijos de nuestra tribu, que sigas el consejo de este noble hombre y traigas por fin una paz verdadera a nuestra tierra.

(Le besa las manos al Rey y sigue arrodillada mientras él habla.)

Rey: Está bien. Noble señor, nos rendimos, y juramos lealtad a vuestro Rey por siempre jamás, en la dicha y en la desgracia. Seremos leales. (Levanta la mano derecha haciendo la seña scout.)

Guerreros (levantando la mano derecha en el saludo scout). Seremos leales.

Smith (saca de debajo de la casaca la bandera de San Jorge, la ata al bordón de un scout y la levanta en alto). ¡Contemplad vuestra bandera, la bandera de San Jorge y de la alegre Inglaterra!

(Los guerreros saludan y cantan el canto de Ingonyama. La banda toca «Rule, Britannia». Cae el telón.)

Vestuario

Guerreros: Una cinta o una tira de tela alrededor de la cabeza, con una trenza de pelo sobre la oreja y cuatro plumas de ganso con las puntas negras. El cuerpo, desnudo, pintado de color rojo ladrillo. Pantalones, de color claro si es posible, con tiras de trapo de colores y plumas de ganso cosidas a lo largo de toda la costura exterior de la pierna. Descalzos. Arco, flechas y bordón.

Rey: Como los guerreros, pero con una manta o un chal rojo sobre un hombro, y un tocado hecho con una cinta de lienzo con plumas de ganso, unas de pie y otras que siguen espalda abajo.

Pocahontas: Un tocado de cinta de lienzo, con tres plumas de ganso de pie y dos caídas a cada lado, y una trenza de pelo sobre cada hombro. Como pendientes, unas anillas de latón de cortina atadas con hilo alrededor de cada oreja. Collar de cuentas y también pulseras. Una falda, con unas enaguas cortas de color debajo. Descalza.

John Smith: Un sombrero grande con plumas de la cola de un faisán. Barba, bigote y melena larga de estopa o de pelo de crepé, que, si se quiere, pueden ir todos cosidos al sombrero. Una gola de acero o un cuello de lienzo ancho y blando; una casaca larga, marrón o amarilla, con un cinturón grande. Bombachos holgados. Medias. Zapatos con grandes hebillas. Un fusil de chispa antiguo.

Decorado

Unas tiras de papel de estraza de 1 pie a 1 pie y medio de ancho (de unos 30 a 45 centímetros), y de 2 a 3 pies de ancho por abajo, pegadas a la pared del fondo, sirven para representar árboles si se marcan con carbón y tiza imitando la corteza rugosa.