13. Exhibiciones
Lo que sigue son algunas ideas para exhibiciones que resultan interesantes y formativas tanto para los scouts como para el público. Merece la pena que los Jefes de Tropa se tomen un poco de trabajo para preparar una exhibición después del campamento, o en alguna ocasión en el local, y así mostrar a los padres de los chicos y a otras personas interesadas en el Escultismo algo del trabajo real y de sus resultados. Le da más interés incluir de paso varias cosas propias de la vida de campamento, como en la exhibición que se describe más abajo. Por ejemplo, en el campamento, antes del ataque de los indios, los scouts debían estar ocupados cocinando, haciendo señales y jugando a juegos de campamento, como saltos y boxeo, en lugar de estar sin hacer nada. Eso da a los espectadores una buena impresión de la actividad de un campamento scout, además de enseñarles qué clase de cosas se hacen en él. Los scouts que no participen en la exhibición pueden ser muy útiles «haciendo de valla» alrededor para mantener despejado el espacio; forman una barrera más vistosa que las cuerdas y los postes.
1. La exhibición del «Mercury» (The «Mercury» Display)
Publicada en The Scout el 9 de octubre de 1909.
No está mal preparar de antemano una exhibición para el último día, antes de levantar el campamento, e invitar a ella a los amigos y a la gente de los alrededores. Sus distintas partes pueden servir entonces como temas de instrucción y de práctica durante el campamento. Así resultarán de lo más interesantes para los chicos, los ensayos servirán para inculcar disciplina y, si los temas están bien elegidos, se darán enseñanzas valiosas.
Como ejemplo, esto es lo que organizamos para nuestra exhibición en el río Hamble, donde teníamos a nuestra disposición el buque escuela Mercury, además de un terreno adecuado en tierra.
Primera parte: a bordo. El Mercury está en alta mar, en medio de una calma chicha en los trópicos. La tripulación se entretiene con juegos acuáticos: carreras de natación, caminar por la cucaña enjabonada, montar en caballitos de madera, saltos de trampolín, waterpolo y una exhibición de salvamento. Se avista una ballena. ¡Botes al agua! Caza de la ballena. Fuego a bordo. Cada uno a su puesto contra incendios. Se abandona el barco. Se construye una balsa y los botes la remolcan.
Segunda parte: en tierra. Un campamento de pieles rojas, con tipis y hogueras, y unos pocos indios a su cargo. Se oyen cantos a lo lejos. Entran pieles rojas con pinturas de guerra y se dispersan hacia sus fuegos y sus tiendas. Se colocan vigías. Juegos de campamento: tiro con arco o con jabalina, «pega al oso», la pelea de gallos, etc. Un vigía anuncia que a lo lejos arde un barco. Agitación. El jefe reúne a los guerreros en un gran círculo y les dirige un discurso exaltado en una jerga inventada. Danza de guerra y coro del Ingonyama. Un segundo vigía anuncia que el enemigo está desembarcando. Los indios desmontan las tiendas y se retiran al bosque, dejando a unos exploradores y a una retaguardia para vigilar y replegarse poco a poco a medida que se acerca el enemigo.
Los botes y la balsa desembarcan. Se montan tiendas y refugios. Se encienden fuegos y se cocina (exhibición de cocina de campamento: un ave asada dentro de barro, pan enrollado en un palo, etc., y confección de esteras). Se colocan centinelas. Señales. Juegos de campamento (boxeo, saltos, tira y afloja). Los vigías dan la alarma con una señal de humo. El campamento se prepara para la defensa: se tiran las tiendas y se apagan los fuegos. Los scouts forman en dos filas, la primera rodilla en tierra, para recibir la carga, mientras un grupo ha salido a esconderse para tender una emboscada al enemigo. Entran los pieles rojas arrastrándose, hasta que se reúnen en número suficiente. Entonces se levantan y cargan contra el campamento. Al acercarse a los defensores, se ven de pronto atacados por el flanco por los de la emboscada. Enseguida comprenden que los han superado en el arte de explorar. Se detienen, levantan las manos y hacen el saludo scout. Los blancos se lo devuelven. Confraternizan y se dan la mano. Forman todos un gran semicírculo y cantan «There's a King in the Land To-day» («Hoy hay un rey en esta tierra»), de la opereta El rey de Cadonia, y «God Save the King».
2. Buenas acciones (Good Turns)
Una Patrulla de scouts ha salido de expedición a correr aventuras como los caballeros andantes. Hacen un alto y se sientan a descansar. Preparan té.
El caballo y el carro. Entra un carro muy cargado. El carretero está de mal humor con el caballo, que va cubierto de espuma (de jabón). Los scouts acuden en su ayuda: le aflojan los arreos, le dan un cubo de agua, le secan el sudor y le echan heno. Al mismo tiempo dan té y comida al carretero, que se recuesta tan a gusto a disfrutarlos mientras el caballo come. Luego el carretero se levanta, enciende la pipa con un tizón que un scout le alcanza del fuego y sigue su camino dando palmaditas al caballo. Mientras tanto, los scouts echan arena delante del caballo para que el camino resbale menos, se ponen en las ruedas y ayudan a sacar el carro.
La mujer y los niños. Los scouts siguen descansando después de que se haya ido el carro. Entra una mujer con un bebé en brazos, tirando de la mano de un niño que llora. Los scouts le dan té. Luego uno coge al bebé en brazos, otro se sube al niño a caballito y la madre los sigue, pero camina muy débil. Los demás scouts la observan un momento. Después dos corren hacia ella, hacen una silla entrelazando las manos por las muñecas y se la llevan sentada entre los dos.
Hacer cercas para los granjeros. Hace falta un montón de ramas flexibles, una docena de estacas, podaderas, un mazo, etc. Los scouts, dirigidos por el Guía de Patrulla, clavan una hilera de estacas de 3 pies (unos 90 centímetros) a 18 pulgadas (unos 45 centímetros) una de otra y entretejen entre ellas las varas de mimbre para hacer cercas de zarzo. Otros scouts se ponen a escardar con la azada. Entra un viejo granjero, ve a unos chicos en sus tierras y cree que están haciendo alguna travesura. Sale de puntillas y vuelve con un látigo. Se acerca sigilosamente por detrás del grupo, pero, cuando está a punto de atacarles, ve lo que están haciendo. El Guía de Patrulla le explica (con mímica) que le están quitando las malas hierbas, arreglándole las cercas y cortándole leña. El viejo granjero (con mímica) dice: «¿Queréis decir que estáis haciendo todo esto por mí?». «Sí». Se marcha muy contento y vuelve con una cesta de manzanas (o de otras cosas buenas) y se las ofrece a los chicos, pero el Guía de Patrulla (otra vez con mímica) le da las gracias y le dice que no necesitan ninguna recompensa. El granjero, muy sorprendido, dice: «¡Pues sí que es buena esta!» (con mímica), e insiste en darle algo a cada scout, que lo acepta con una sonrisa de oreja a oreja y se lo come. Y mientras el viejo se aleja a pasitos, le cantan el coro de «Siempre listos» para mostrarle que están contentos.
La niña perdida. Para esta escena hay que preparar de antemano un cochecito de niño rudimentario, hecho con una caja vieja y cuatro ruedas pequeñas. Al principio las ruedas deben ir guardadas dentro de la caja, porque los scouts tienen que montarlo haciendo como que lo construyen. Los scouts descansan. Entra, sola, una niña pequeña que se ha perdido. Mientras ella deambula, los scouts la miran; uno se levanta, la llama y por fin va hasta ella y la lleva con los demás. La miman, le dan de comer y, con martillo y demás herramientas, se ponen a fabricar el cochecito. Cuando está terminado, entra la madre, desesperada, buscando a su hija por todas partes, y al final la encuentra entre los scouts. Gran alegría. Los scouts meten a la niña en el cochecito y la madre se marcha despidiéndose de ellos con la mano, agradecida, y tirando del cochecito.
El ciego. Entra una pandilla de golfillos burlándose de un ciego que va tanteando el camino con el bastón. Los chicos le tiran el sombrero y le apartan el bastón de una patada. Los scouts acuden a socorrerle, ahuyentan a los chicos y los persiguen hasta capturarlos. A cada prisionero le atan las muñecas con una pañoleta, le echan los codos bien atrás y le pasan un bordón por detrás de la espalda, entre los dos codos, y así lo dejan inmovilizado. Mientras tanto, uno o dos scouts ayudan al ciego a encontrar su sombrero y su bastón, y luego lo acompañan y lo encaminan. Después el Guía de Patrulla hace como que habla a los prisioneros: les explica lo que son los scouts, cuyo deber es ayudar a la gente en todo lo posible en lugar de abusar de ella. Entonces los prisioneros quieren hacerse scouts. Los desatan inmediatamente. Hacen el saludo y la Promesa. Todos los demás scouts les dan la mano. Forman y se marchan juntos cantando el Ingonyama.
3. El campamento del tesoro (The Treasure Camp)
Por P. W. Everett.
Hora: las ocho de la tarde, en verano.
Dos Patrullas de scouts representan a unos exploradores que vuelven de una expedición por un país extraño y llevan un tesoro hacia la costa. Acampan para pasar la noche y dejan la caja del tesoro en la parte de atrás de la tienda. Dos centinelas con abrigo montan guardia, uno a cada lado del campamento.
Los demás scouts encienden el fuego, preparan la cena y, por último, se envuelven en sus abrigos y se acuestan. El centinela de la parte trasera del campamento nota que se mueven los arbustos y va a ver qué pasa. Un scout, vestido de ladrón nativo, se levanta y le hace frente con una lanza en alto. Cuando el centinela se dispone a defenderse, otros dos nativos se le acercan por detrás arrastrándose, le echan un paño grueso sobre la cabeza y le atan las manos y los pies. Uno de los nativos se pone el sombrero y el abrigo del centinela y se acerca a hurtadillas a la parte trasera de la tienda, mientras los otros dos ladrones esconden al centinela atado. El primer ladrón llega a la tienda y saca la caja sin que nadie lo descubra. La va arrastrando a duras penas hacia el escondite donde esperan sus dos compinches cuando el otro centinela empieza a sospechar de sus movimientos. Da la alarma, los scouts se despiertan y llegan corriendo, y capturan al ladrón con el tesoro. También encuentran al centinela amordazado, lo traen al campamento y lo reaniman.
Mientras tanto, los otros dos ladrones han huido campo a través. Al prisionero lo atan y le ponen un guardia. Al poco rato, el prisionero pide agua, y el guardia va a buscarla. Mientras está fuera, los otros dos ladrones, que han vuelto arrastrándose para averiguar qué ha sido de su compañero, reducen al centinela. Liberan a su compañero y se van los tres.
Casi enseguida los scouts descubren lo que ha pasado, y un grupo sale tras el rastro de los ladrones. Se ve caer a uno de los scouts, que evidentemente ha recibido un disparo. Otro scout hace señales al campamento pidiendo ayuda, mientras el resto del grupo sigue el rastro de los ladrones. Entretanto, llevan al herido al campamento en camilla y le curan las heridas. Al cabo de un rato vuelve el resto del grupo, trayendo triunfalmente a los tres ladrones capturados y bien atados. Es evidente que ha habido una lucha tremenda: uno de los scouts lleva el brazo en cabestrillo y otro un pie vendado; uno de los ladrones lleva la cabeza vendada, aunque puede andar, y otro va inconsciente y lo lleva a cuestas uno de los scouts. El grupo llega al campamento y los scouts vencedores bailan su famosa danza de guerra alrededor de los ladrones capturados. Luego se levanta el campamento y todo el grupo se marcha, con los ladrones escoltados.
4. Cómo se encontró a Livingstone (How Livingstone Was Found)
Esta pequeña obra, que cuenta un episodio dramático de la historia de dos grandes hombres británicos, se puede representar con mucha facilidad. Es una historia conocida en el mundo entero: cómo H. M. Stanley encontró a Livingstone, uno de los mejores «scouts de la paz» que ha tenido nunca el país. Esta escena podría formar parte de una función de los scouts a beneficio de sus fondos, cobrando una pequeña entrada. Se puede representar sin problemas en un espacio pequeño y al aire libre.
Escena: la selva, en el centro de África.
(Entran unos guerreros salvajes escoltando a su jefe, tocando el tambor y entonando el canto de su tribu. En el centro del escenario forman un semicírculo alrededor del jefe. Un explorador nativo entra corriendo por la derecha, se inclina ante el rey y habla muy agitado).
Explorador: Señor, un chacal blanco está a un grito de aquí. Un hombre blanco se acerca a ti.
Jefe: ¿Trae con él una multitud de hombres? Me dicen que los blancos nunca vienen solos. Vienen en hordas, como las langostas, con armas que hacen ruido, que escupen fuego y pican a los hombres hasta matarlos.
Explorador: No, señor; viene solo, salvo dos nativos que le enseñan el camino y le llevan el equipaje.
Jefe: ¿Qué le trae por aquí?
Explorador: No lo sé, señor, pero me dio esta prenda como señal de paz hacia ti. (Entrega al jefe una pequeña cruz de madera. Se vuelve y grita). ¡Pero mira, señor, viene sin esperar tu permiso!
(Entra Livingstone, seguido de dos nativos que llevan sobre la cabeza fardos con ropa de cama, ropa y comida).
Livingstone (se detiene a la derecha, levanta la mano derecha y exclama): ¡Salve, oh jefe!
Jefe (aparte, a sus acompañantes): Así que este es un hombre blanco que ni se arrodilla ni se inclina ante mí. Que alguno de vosotros le diga que esa no es nuestra costumbre.
(Un nativo se acerca a Livingstone, le habla al oído y le imita la reverencia, etc., para enseñarle lo que debe hacer).
Livingstone (en voz alta): No; yo no me inclino ante ningún nativo. Lo saludo para mostrarle que mi mano derecha no va armada y que lo reconozco como hombre, pero solo me arrodillo ante Dios. (Se acerca al jefe y le estrecha la mano). Buenos días; me alegro de conocerte a ti y a tu pueblo.
Jefe (responde): Salud, hombre blanco.
Livingstone: Veo que tienes ahí mi prenda. Significa «buena voluntad y paz entre nosotros». Esa cruz tiene cuatro brazos, como el género humano, porque hay cuatro grandes divisiones de hombres: los blancos en Europa, los negros en África, los rojos en América y los amarillos en Asia; pero todos son seres humanos y forman las cuatro ramas de una gran familia. Los blancos están en mejor situación que los negros, los rojos o los amarillos, porque tienen el conocimiento y el amor de Dios, que los eleva por encima de los demás.
Jefe: Pero ¿qué haces aquí tú solo? ¿O traes a más gente detrás, para atreverte a entrar así en mi tierra y presentarte ante mí? ¿No sabes que con una sola señal a mis hombres podría hacer que te mataran en cualquier momento?
Livingstone: ¿Y qué importa eso? No puedes matar lo que llevo dentro, es decir, mi alma. Mi cuerpo sí podrías matarlo, es cierto, pero mi alma no la puedes tocar: vuelve a Dios, allá arriba, que se la prestó a este cuerpo mientras está en la tierra. No me matarás, porque he venido a hacerte bien: a decirte que tú también tienes alma.
Jefe: ¿Cómo? ¿Una como la tuya, que no morirá aunque yo muera? Ojalá la tuviera. ¿Podrías tú dármela?
Livingstone: No; Dios mismo lo hizo hace mucho tiempo. Solo hace falta que la desarrolles trabajando bien para Dios.
Jefe: Buen señor, me parece algo maravilloso esto que me enseñas. Siéntate y descansa aquí muchos días, y enséñame todo esto. ¡Eh, esclavos! (Los nativos se adelantan corriendo). Traed comida para este buen hombre, limpiad una choza y meted dentro sus cosas. Dad de comer también a sus hombres y dejadlos descansar.
(Los nativos extienden mantas en el suelo. El jefe se sienta en el centro, Livingstone cerca y medio de cara a él. Los nativos se sientan en cuclillas alrededor).
Jefe: Ahora cuéntame más: de dónde vienes, por qué has venido y adónde vas desde aquí.
Livingstone: No soy más que un hombre corriente. Hace años, cuando era un niño pequeño, trabajaba hilando algodón en una fábrica enorme en Escocia, lejos de aquí, al otro lado de los mares. Pero en las largas y oscuras tardes, después del trabajo, me encantaba leer libros, que vosotros, pobres nativos, todavía no entendéis. En esos libros me contaban todas las maravillas de las plantas y las flores, de las aves y los animales y de las tierras extranjeras, y me entraron ganas de recorrer el mundo. Así que crucé los mares en un largo viaje en barco, en el que aprendí sobre las estrellas y el lugar que ocupan en el cielo. Luego, cuando llegué a esta tierra, recorrí los desiertos y los bosques del sur. Vi sus montañas y sus valles, sus ríos caudalosos y la gran caída de agua que llaman «el humo que truena» (el nombre nativo de las cataratas Victoria). Después, mientras recorría la tierra, vi las plantas y los animales sobre los que había leído. (Se ríe). A los animales los vi demasiado de cerca, porque uno de ellos, un león, me atrapó una vez y casi me destroza hasta matarme. Mira aquí, en el brazo, sus marcas. Pero, como todos los scouts, yo había aprendido bien el arte de curar heridas, así que me hice un remedio cociendo hojas y preparé con ellas unas vendas.
Jefe: ¿Cómo? ¿También sabes curar a los enfermos y a los heridos?
Livingstone: Claro que sí.
Jefe (a sus acompañantes): Entonces traedme deprisa a mi hijo herido, Lompolo.
Livingstone (continuando): Y por toda esta tierra encontré hombres como vosotros, de buen corazón y dispuestos a recibirme, y rara vez me marché sin dejarlos más tranquilos y más felices con la idea de que tenían dentro un alma que nunca moriría, sino que viviría según el bien que hicieran, como enseguida te mostraré. Pero aquí llega tu hijo.
(Entra Lompolo, sostenido por otros. Tiene una herida grave en el brazo. Se deja caer, y Livingstone le quita el vendaje, le pone medicina nueva y lo venda, sin dejar de hablar).
Livingstone: Esta no es la cura adecuada; te daré otra mejor. Ya está, esto te sentará bien (y así sucesivamente).
(Mientras atiende al herido, se oye ruido fuera. Entra corriendo un nativo y se arrodilla ante el jefe).
Nativo: ¡Oh, jefe! Viene otro hombre blanco, con hordas de nativos armados con lanzas y fusiles. Amenazan con que, si no sales a recibirlos, nos harán un daño que no olvidaremos fácilmente.
(Entra Stanley. Va a dirigirse al jefe, pero ve a Livingstone atendiendo a Lompolo. Se detiene en seco, se acerca a grandes zancadas a Livingstone, se quita la gorra y dice:)
Stanley: El doctor Livingstone, supongo.
(Livingstone se levanta, se le queda mirando un momento y luego le estrecha la mano).
Stanley: ¡Pensar que por fin nos hemos encontrado! Llevo meses buscándole, entre la esperanza y el miedo, porque parecía que no le iba a encontrar nunca. Se movía usted con una escolta tan pequeña que es difícil seguirle la pista.
Livingstone: Me alegro de conocerle. Es usted el primer hombre blanco que veo desde hace meses. Aun así, no sé por qué quería encontrarme; pero si hay algo que desea que haga, lo haré lo mejor que pueda.
Stanley: Quizá no sepa usted que todos sus compatriotas están pendientes de su suerte y quieren que vuelva sano y salvo. Me han enviado a buscarle para llevarle de vuelta a su casa y a su tierra natal.
Livingstone: Pero ¿qué quieren de mí? No veo de qué puede servirles mi ayuda, cuando aquí sí sirve. ¿Qué es lo que quieren de mí?
Stanley: Nada más que volver a verle. Llevan años sin saber de usted. Conocen su trabajo, le quieren por él y desean verle de nuevo en casa.
Livingstone: Yo no tengo más que un hogar, y es este…
Stanley: No; me han enviado a sacarle de aquí, a llevarle de nuevo a Escocia y con los suyos.
Livingstone: No lo entiendo. Y usted, a quien no conocía hasta ahora, ¿quién es?
Stanley: Soy celta, como usted, porque usted es escocés. Yo nací en Gales. Me llamaba Rowlands, pero me hice a la mar y llegué a América como grumete; allí, empezando en el taburete de una oficina, fui subiendo hasta que mi patrón me adoptó como hijo y me dio su apellido: Stanley. Me dediqué a escribir, me hice periodista y, como tal, me han enviado a conocer este país y a buscarle a usted. Le he estado buscando durante muchos meses, hasta que empecé a temer que fuera usted un fuego fatuo al que nunca encontraría.
Livingstone: Bueno, ya me ha encontrado. Vuelva usted con quienes le enviaron y dígales que estoy bien y contento, pero que aquí tengo mucho que hacer.
Stanley (asombrado): Pero ¿no va a volver a casa conmigo?
Livingstone: Mi hogar está donde está mi trabajo; mi trabajo está aquí, así que aquí está mi hogar.
Stanley: ¿Y eso es todo lo que tiene que decir?
Livingstone: Sí, eso es todo. Si quiere usted comer y descansar, me alegraré. Si no, solo me queda decirle adiós. Tengo que ocuparme de este muchacho herido.
(Vuelve junto a Lompolo después de estrechar la mano a Stanley. Stanley da media vuelta y se marcha. Los nativos levantan al muchacho enfermo y se lo llevan, atendido por Livingstone y seguido por el jefe).