1. Apuestas
La parte oscura de este escollo es la ociosidad y las apuestas en las carreras, en el fútbol y en los combates de lucha.
La parte buena es el sano disfrute del verdadero deporte, de las aficiones y de ganarse la vida.
- Deportes y falsos deportes.
- Los caballos: su lado bueno y su lado malo.
- La lucha es un deporte; el boxeo por dinero es un negocio para sacar dinero. El fútbol es un gran juego para los jugadores, pero malo para los espectadores.
- El negocio del dinero está matando el verdadero deporte…
- … con la ayuda de los anuncios de prensa.
- El daño de las apuestas.
- Jugar el juego es mejor que apostar en el juego.
- Lo que se puede hacer en su lugar:
- No estar ocioso.
- Aficionarse al verdadero deporte.
- Tener aficiones.
- Trabajar para vivir en vez de fiarse de la suerte.
- Escoger bien la profesión.
- Aprender a asumir responsabilidades.
- Ahorrar en las buenas épocas.
- Servir al prójimo y sacar de ese servicio toda la felicidad que se desee.
- Sentido común.
- Sonreír siempre.
- Libros útiles que leer.
Mis caballos, camaradas míos
Dick no era malo en el fondo. Era un gran amigo mío y le enseñé un montón de trucos. El primero, quedarse quieto durante horas si yo le ordenaba no moverse de un sitio. Una vez, en la frontera noroeste de la India, eso me fue muy útil. Uno de los caballos de mi escuadrón se había escapado del campamento durante la noche y había desaparecido. Aquel caballo, el A44, era uno de los mejores del regimiento y lo montaba el sargento mayor, así que todo el mundo estaba preocupado por su desaparición, sobre todo el coronel.

Salí a buscarlo montado en Dick. Había estado lloviendo y nevando toda la noche, y gracias a eso encontré pronto sus huellas, que seguí unas veces por el barro y otras por la nieve. Me llevaron a un terreno salvaje, en las montañas, a ratos rocoso, donde costaba distinguirlas.
Tras horas de trabajo y unos cuantos kilómetros recorridos, las huellas me condujeron a una montaña por la que era más fácil subir a pie. Así que desmonté, ordené a Dick que me esperase allí y seguí arrastrándome entre rocas y barrancos hasta que tuve mi recompensa: encontré al viejo A44 temblando de frío, sangrando por muchos cortes y muerto de miedo. Me costó un buen rato bajarlo de la montaña; pero cuando por fin llegamos al llano, allí estaba Dick esperándonos tan tranquilo, y pronto pude volver en él al campamento, llevando triunfante mi presa. El pobre A44 nunca se recuperó: jamás volvió a ser el caballo de antes y al final murió de unas fiebres malignas. Pero el coronel quedó muy contento de que Dick y yo lo hubiéramos encontrado, y más tarde aquello me vino de maravilla.
Fue así.
Dick era mi caballo «de lujo»; es decir, aunque era mío, solo se me permitía usarlo para desfiles o para dar un paseo normal por los alrededores. No podía usarlo para tirar ni para cazar.
Pues bien, un día que lo montaba cerca del campamento, vi un precioso jabalí que cruzaba mi camino. Aquello fue demasiado para mí. Ordené a mi asistente indio que me diera la lanza y me lancé con Dick tras él para intentar cazarlo, olvidándome de las órdenes.
Después de un buen galope llegamos cerca de él. Me preparé para clavarle la lanza, pero Dick se paró en seco y se encabritó. Por poco me tira de la silla. El motivo era que, entre otras cosas, yo le había enseñado que, cuando yo le hiciera una reverencia a alguien, él debía alzarse de manos y patear el aire.
Así que, cuando me agaché para herir al jabalí, Dick pensó que yo estaba saludando e hizo lo que tenía por costumbre: se encabritó.
El jabalí podía haberse escapado fácilmente mientras Dick hacía el tonto, pero era listo y se dijo: «Esta es mi oportunidad de acabar con estos dos». Y, en vez de huir, se lanzó contra nosotros.
Cuando se nos echó encima, me preparé para recibirlo con la lanza; pero, como para hacerlo tenía que agacharme, Dick volvió a hacer su gracia y no acerté a herirlo, de modo que el jabalí pudo hacerle a Dick un corte con los colmillos en las patas traseras, por suerte sin alcanzarle la barriga. Volvió a la carga por segunda vez, pero, cuando se nos echó encima de nuevo, le clavé a Dick las espuelas en los ijares con tanta fuerza que lo hice saltar en el aire en lugar de encabritarse, y, como el jabalí pasó por debajo, pude clavarle la lanza en el lomo y matarlo.
Ahora el problema era dar la cara ante el coronel y explicarle por qué estaba herido mi caballo «de lujo».
—Disculpe, señor —le dije—, un jabalí me atacó y tuve que defenderme.
—Muy bien, todo eso está muy bien —dijo el coronel—, pero ¿cómo es que llevaba usted una lanza en la mano montando su caballo de lujo? Aunque, déjeme ver, ¿no es ese el mismo caballo que le ayudó a recuperar al A44 cuando se escapó? Sí. Pues bien, joven, no use su caballo de lujo cuando vaya a cazar jabalíes.
Caballos
Me encantan los caballos. En mi habitación tengo una lista de honor con los distintos caballos que me han acompañado en diferentes momentos de mi vida.
Han sido muy buenos amigos míos, ya fuera en el campamento, en la caza, jugando al polo o en las carreras. Hierve la sangre al ver a esos animales espléndidos, los mejores de su raza, entrenados al minuto, darlo todo para ganar bajo la dirección de los maestros del arte de las carreras.

Pero, como pasa con todo, ir a las carreras acaba aburriendo de tanto repetirlo, igual que acabaría aburriendo comer siempre buena carne asada si no tuviéramos sal a mano para sazonarla. A los asiduos de los hipódromos no les gustarían las carreras si no pusieran en ellas un poco de dinero. De hecho, a quien va a ese espectáculo sin apostar se le tiene por un excéntrico. Lo que atrae una y otra vez es la posibilidad de ganar o perder dinero, y no la simple admiración por los caballos.
En realidad, buena parte de los aficionados a las carreras ni se molestan en ir: hacen sus apuestas por teléfono, sentados cómodamente en un sillón. Las carreras se convierten así en un juego de azar, si no en algo peor. No benefician a nadie, salvo a quienes recogen las apuestas.
Las peleas se están convirtiendo en un negocio
A la par del llamado deporte nacional de las carreras de caballos está el boxeo.
Un buen combate de boxeo es digno de verse. Muestra a atletas perfectamente entrenados que demuestran su habilidad, su valor y su resistencia, tanto en el ataque como en la defensa, ateniéndose a reglas estrictas de juego limpio y con buen humor.
Debo confesar, sin embargo, que he disfrutado más en un torneo de boxeo entre scouts que en otro muy anunciado entre campeones celebrado en el Albert Hall.
Uno fue un verdadero esfuerzo deportivo por el deporte mismo; el otro, un proyecto para ganar dinero a gran escala. Lo del Albert Hall fue una exhibición en la que los contrincantes cobraron miles de libras por intercambiar unos cuantos golpes duros (y muchos abrazos), mientras los espectadores pagaban buenos precios por el privilegio de verlo; y el que de verdad ganó fue el empresario. El cacareado renacer del noble arte no es más que el despertar de unos cuantos aprovechados que saben sacarle dinero al público con una buena campaña de publicidad. Un ejemplo histórico es el gran combate celebrado en Estados Unidos entre Dempsey y Carpentier: miles de personas pagaron miles de dólares por una exhibición de unos pocos minutos que no ofreció nada notable en cuestión de puñetazos, pero que dejó una fortuna al organizador, una vez descontados los miles de dólares que se llevó la prensa por su campaña de anuncios.

Esto no se puede ni comparar con «los viejos tiempos», cuando Tom Spring se enfrentó a Jack Langan por el cinturón de Gran Bretaña en Worcester en 1824. El combate llegó hasta el asalto setenta y siete antes de que Langan cayera noqueado.
¡Mucho de deporte y poco de negocio!
El fútbol, un juego magnífico, pero…
Durante muchos años, el fútbol, como el críquet y el boxeo, se consideró un deporte limpio; eso fue antes de que se convirtieran en juegos profesionales. Como antiguo jugador de fútbol, me encanta este juego, y creo que a vosotros también os encantará. Vosotros y yo lo vemos como uno de los mejores juegos del mundo. No hay nada como él para dar salud y fuerza, agilidad y aplomo, disciplina y buen carácter; pero, sobre todo, nos da la gran lección de jugar sin egoísmo, porque el triunfo es del equipo y no de uno mismo.
Es un juego magnífico y muy emocionante para quien lo mira; por eso ha caído en las garras de quienes sacan provecho de él.
Ahora son empresas las que gestionan los campos de fútbol: los compran, pagan a los jugadores, avivan el entusiasmo del público a través de la prensa y hacen grandes taquillas.
En vez de jugar, nuestros muchachos se ven absorbidos por la multitud y convertidos en espectadores. Y ser un simple espectador se vuelve tedioso si no se sazona con un poco de esa sal de la que ya he hablado a propósito de las carreras de caballos; así es como las apuestas se convierten en el mayor atractivo del juego.
Hoy se ven grandes multitudes haciendo cola a las puertas de los campos que no tienen mucho interés en ver el partido, sino en saber cómo va el marcador y cómo cambian las apuestas.

Y hay muchos otros que ni siquiera se molestan en acercarse al campo, sino que apuestan tranquila y cómodamente desde casa. ¡Y a eso lo llaman deporte!

El afán de dinero está matando el verdadero deporte
Ahí están también los juegos de cartas. Casi nadie piensa en jugar a las cartas solo por el gusto de jugar. Tiene que ser por dinero.
Lo mismo pasa con el golf: se está convirtiendo rápidamente en otra manera de hacer dinero, y ya hay señales de que el críquet va a caer también en ese abismo.
«Las carreras profesionales de atletismo y las regatas han venido a menos porque quienes ponían el dinero vieron que no se manejaba como es debido.» La revista Cycling dice sobre las apuestas: «Ahora están de moda en cualquier competición ciclista de campo, con el resultado inevitable de que el deporte se ve manchado por prácticas desacreditadas».
Así que el futuro de nuestros deportes nacionales, en general, no pinta bien.
Pero, si las apuestas dan placer a la mayoría, dejémosles que se diviertan. Quizá les den placer y distracción por un momento, pero seguro que no les darán felicidad; y, por tanto, no habrán empleado bien ni su tiempo ni su dinero. No sé por qué, pero, cuando uno se mete en asuntos de caballos, la honradez parece no valer lo mismo que en cualquier otro sitio. Así que andaos con cuidado al apostar o al comprar un caballo.
Recuerdo haber comprado un caballo a un vendedor honrado que me dijo exactamente cuáles eran sus defectos y sus cualidades, cuánto había pagado por él y cuánto me cobraba ahora de beneficio por el tiempo que había dedicado a domarlo y perfeccionarlo.
Como tenía mejor boca que cualquier otro caballo que yo hubiera conocido, aquella doma valía algo (hablo del coronel «Jabber» Chisholme, que murió dirigiendo una batalla en Elandslaagte). Tanto es así que, después de comprarlo a aquel precio y montarlo, me di cuenta de que valía mucho más de lo que había pagado y, siguiendo el ejemplo de su vendedor, también fui honrado y le mandé un cheque por la diferencia que me pareció justa.
Advertencia
Quizá alguien diga: «¿Qué más da que el deporte sea limpio o no, si uno saca de él emoción? Todo el mundo lo hace. Apostar forma parte de la naturaleza humana, ¿y va uno a cambiar esa naturaleza? ¿Para qué preocuparse?».

Sé que da satisfacción ganar, ya sea por suerte o estudiando la forma de los caballos; pero personalmente odio ver que lo que fue un verdadero deporte se haya convertido en una empresa para hacer dinero en beneficio de unos cuantos aprovechados, a costa de la juventud. A los jóvenes se les arrastra astutamente al juego haciéndoles creer que es muy deportivo, y bajo ese disfraz a muchos se les exprime hasta llevarlos a la ruina. Como alguien que ha visto de cerca estos chanchullos, solo quiero hacer una advertencia a los jóvenes: que estén atentos para que no les tomen el pelo.
A medida que uno se hace mayor, puede juzgar por sí mismo si esa clase de distracciones le conviene o si le conviene alguna otra de las muchas que se le ofrecen.
Mucha gente se ha hecho rica con el juego, ya sea como corredor de apuestas o como prestamista, pero nadie, que yo sepa, lo ha conseguido apostando, es decir, siendo el juguete de corredores y prestamistas.
Muchos de los corredores que se han retirado a vivir en la opulencia gracias a lo que ellos llaman sus «beneficios» lo lograron porque comerciaron con el hecho de que la mayoría de los hombres son unos tontos.
(Esto me recuerda una charla que di una vez sobre «Lo que toda mujer sabe»; la idea era que ellas saben que el 90 % de los hombres son tontos y que el 10 % restante lo son todavía más).
En las carreras de menor importancia pasa también que buena parte del dinero del público sencillo va a parar a manos de una camarilla de entendidos del oficio, entre ellos los jockeys.
¿Qué hay de malo en apostar?
Es una pregunta lógica. Pues bien, para empezar, aparte de que destruye el verdadero deporte como una enfermedad, es una tontería para el apostador, porque al final casi siempre acaba perdiendo su dinero. Muy pocos hombres, si es que hay alguno, han conseguido ganar dinero apostando a la larga. Por tanto, a menos que uno sea muy rico, jugar es peligroso.
Ver a alguien ganar montones de dinero suele entusiasmar a quien lo ve y le empuja a probar suerte. Parece un camino nuevo para hacerse rico con facilidad, pero muchas veces resulta ser el camino más rápido para arruinarse. En la mayoría de los casos crea en la persona un rasgo repugnante: la avaricia. El llamado deportista solo quiere ganar por ganar el dinero que le va a quitar a otro. A medida que la avaricia se apodera de él, la honradez lo abandona; y hay muy poco de verdadero deporte en el sucio negocio de ir detrás del dinero ajeno.

Muchísimas personas han creído que este era el camino más fácil para hacerse ricas y se han hundido más allá de lo que podían, añadiendo otro delito: robar o desfalcar a sus jefes o a otros para intentar conseguir lo necesario para pagar sus deudas, y recurriendo al final al suicidio para escapar de las consecuencias. Esta triste historia se repite una y otra vez en los periódicos, pero es una advertencia que la juventud alocada nunca escucha.
He aquí un estudio de lo que costaron las apuestas durante los doce años anteriores a la guerra, solo en Londres:
- Suicidios e intentos de suicidio: 234.
- Desfalcos y robos: 3234.
- Quiebras: 530.
Se calcula que en el Reino Unido pasaron por manos de los corredores de apuestas más de 50 millones de libras en doce meses, y que la mayor parte de esa cantidad se la quedaron los corredores.