Roverismo hacia el éxito · 4. Charlatanes y presuntuosos
Falta de sentido del humor
G. K. Chesterton señaló que el cuclillo medio no tiene sentido del humor.
«Pocas personas —dijo— parecen entender lo fantástico cuando se usa con lógica, según el principio de la reductio ad absurdum. Por ejemplo, un hombre dice que no debe existir la propiedad privada de ninguna clase, que no hay nada que un hombre posea que no deba compartir con los demás. Pero si se le responde: “Magnífico, ponga usted en práctica su propuesta comunista con su cepillo de dientes o con sus pantalones”, contesta que no hay que meter la burla en la discusión. Habría que replicarle que es él quien ha dicho un absurdo, quien ha hecho una broma; la diferencia está en que uno ve la broma y él no».
No penséis que he puesto este ejemplo para mostrar cierta parcialidad en política o en otros asuntos. Del lado reaccionario se dicen los mismos absurdos. Por ejemplo, cuando el compañero corriente del club o de la profesión le dice a uno con toda seriedad, como me dijo una vez un caballero en un club: «Yo siempre combato al enemigo con sus propias armas». A lo que le repliqué:
—¿Y cuánto tarda usted en picar a una avispa? —o bien—: ¿A qué saben los caníbales? —o alguna otra cosa por el estilo.
En casos así, el compañero del club dirá que eso es una fantasía, pero en realidad el fantasioso es él.
Falta de respeto
En The Times del 18 de febrero de 1922 se leía: «Lord Morley lamenta la decadencia que sufre el respeto en la democracia moderna, y lord Bryce, en un trabajo publicado recientemente, expresa la misma inquietud, aunque cree que el respeto resucitará en el futuro. Esperamos que así sea. La petulancia, la vanidad y el cinismo vuelven a los hombres egoístas y desdeñosos. Se preguntan: “¿Quién podrá enseñarnos algo bueno?”, y como no encuentran respuesta en su cabeza, dejan de creer en la bondad. Cuando eso ocurre, el respeto desaparece, y con él queda destruida toda esperanza de progreso moral o espiritual».
Estoy de acuerdo con lord Bryce: el respeto puede revivir, y estoy convencido de que lo harán revivir los jóvenes que ahora empiezan a vivir. Os toca a vosotros resucitarlo.
Y ahora les toca a los «snobs»
El esnobismo es la causa del malestar social que hoy está dañando a las naciones. Vosotros, los jóvenes, podéis frenarlo si os lo proponéis.
Les corresponde a los mejor situados —a vosotros, que habéis tenido la suerte de recibir una educación mejor— tender la mano de la amistad y la buena voluntad a vuestros hermanos menos afortunados. Si sois caballeros, como decís ser, seguro que lo haréis. Me alegra de verdad creer que las mejores escuelas públicas y universidades ya están llevando adelante este programa, no con condescendencia, sino como hermanos, como hombres y como conciudadanos.
Vuestros hermanos mayores lo hicieron así durante la guerra para salvar al país: compartieron los sacrificios, y oficiales y soldados fueron camaradas.
Y vosotros, los jóvenes menos afortunados, pensaríais muy poco de vosotros mismos si otro equipo tuviera la suerte de ganaros un partido y os enfadarais con ellos y los tratarais mal. No lo haríais, porque sería muy poco deportivo. Así que no seáis malos deportistas con un compañero que ha tenido la suerte de tener más dinero que vosotros.
Al fin y al cabo, es vuestro conciudadano y un hombre como vosotros. Y también tiene buen corazón. Parodiando a Chevalier: «Cuando llegas a conocerlo, te das cuenta de que es bueno, pero primero hay que conocerlo».
Cuando se juega al fútbol cuerpo a cuerpo, con todo el equipo vestido igual y todos cubiertos de barro de los pies a la cabeza, no hay mucha diferencia entre unos jugadores y otros. Vuestros hermanos mayores, ricos o pobres, de cuna alta o baja, se llenaban de barro por igual en las trincheras de la última guerra, compartían por igual los horrores, los peligros y la muerte, y ni siquiera ella los separaba.
Así pues, os toca a vosotros, los jóvenes de la nueva generación, pobres o ricos, continuar esa camaradería siendo buenos amigos. Si lo hacéis, conservaréis vuestro viejo país, el que ellos salvaron para nosotros.
Antes, quien no había tenido ocasión de recibir la educación de las escuelas públicas era mirado con desprecio por quienes sí la habían tenido. Pero creo que los alumnos actuales de las escuelas públicas son menos «snobs» en este sentido de lo que éramos los muchachos de mi época.
Hoy las escuelas públicas tienen clubes sociales y deportivos en beneficio de los menos afortunados, y procuran que sus miembros se conozcan mejor personalmente; cuanto más lo hagan, mejor será para ambas partes y para el país.
No basta con pagarles la cuota: también hay que darles la amistad. Los responsables deberían considerar este paso como un punto de suma importancia en la educación que hoy se imparte en las escuelas públicas. Y todo joven debería considerarlo parte del servicio a la comunidad al que está obligado.
Como ya he dicho en otra ocasión, la buena voluntad y la cooperación, tanto de los ricos como de los pobres, son la clave de la prosperidad de todos y de la paz del país.
El elemento humano
Una vez llevé conmigo a un elegante joven oficial de los Life Guards por los barrios del sureste de Londres, para enseñarle la otra cara de la vida de los salones y los clubes. Yo había conocido algo de aquella vida en mi juventud, en mis tiempos de fontanero, y pensé que verla podría resultarle educativo.
Y aquella visita resultó educativa para mí.
Para empezar, me gustó ver que no era tan snob como para presentarse con sus polainas de costumbre y todo acicalado. Cuando llegamos a una especie de club del barrio que yo no conocía, sacó una pipa vieja, pidió una cerveza y en pocos minutos ya estaba rodeado de varios tipos que se reían a carcajadas con las historias que les contaba.
Más tarde, de vuelta a casa, me perdí en aquel laberinto de callejuelas y acabé confesando que no había manera de dar con el puente de Waterloo. Él se puso enseguida al frente y dijo:
—Por este callejón.
Entonces comprendí que mi amigo estaba acostumbrado a frecuentar aquellos lugares. Tenía tantos camaradas por aquellos barrios como en los círculos de la «buena sociedad». Sabía apreciar a la gente por lo que valía y no por cómo vestía.
No era condescendencia: era, sencillamente, sentido humano. Y eso es «buena medicina» para cualquiera de nosotros, como dicen los pieles rojas.
Las «personas superiores» parecen creer a menudo que, si un hombre viene de una clase social distinta de la suya, no tiene corazón. A esa clase de «personas superiores» es a las que yo llamo «snobs».
El pedante extremista
Un pedante extremista es una persona que se deja llevar por la exageración. Con eso me refiero a soltar algo creyendo que es una idea brillante, cuando en realidad no es fruto ni del conocimiento ni de la experiencia.
Puede ser un discurso, un poema o un escrito en prosa. Expresar los sentimientos es algo bueno, pero cuando se lleva al extremo suele subirse a la cabeza e inflarla.
Muchos jóvenes, al llegar a los veintidós años, creen saberlo prácticamente todo y quieren que los demás lo crean también. A los treinta se dan cuenta de que aún les quedan una o dos cosas por aprender, y a los cuarenta están muy ocupados aprendiendo. (Yo tengo setenta y tres años y todavía estoy aprendiendo).
Los políticos, sobre todo los de ideas extremistas, suelen decepcionar a sus primeros partidarios a medida que envejecen. La razón es que, con el paso del tiempo, aprenden muchas cosas, la experiencia les amplía la visión y llegan a la conclusión de que sobre cualquier asunto hay más de un punto de vista.
Cuando era joven, solía tener ideas maravillosas y las escribía con un fervor poético que yo tomaba por inspiración. Cuando las releí más tarde, aquellas palabras no valían nada. Ahora acabo de recibir una carta de ocho páginas de un joven que, evidentemente, pasa por el mismo estado de ánimo. Habla de… bueno, es difícil saber de qué habla cuando dice lo siguiente: «Las personas como yo sufren porque vieron en el espíritu del Escultismo una religión y una poesía más dinámicas que mil sermones de oro, promesas y leyes, y porque quisieron seguirlas a través de los valles de espinas de la conveniencia y de los mares de la intolerancia y la falta de imaginación que van y vienen de una orilla a otra en la psicología corriente de las multitudes».
¡Precioso!
Esto me recuerda al gran poeta Browning. Cuando le preguntaron qué había querido decir exactamente en uno de sus primeros poemas, respondió: «Cuando escribí ese poema, seguramente yo sabía lo que significaba, y Dios también lo sabía. Ahora solo lo sabe Dios».
Una vez oí a un oficial del Ejército de Salvación aconsejar a un grupo de emigrantes que estaban a punto de embarcarse hacia los Dominios de ultramar. Les decía: «Antes de que pasen muchas semanas desde vuestra llegada a vuestro destino, estaréis enseñando a aquella gente a hacer mejor su trabajo, y escribiréis a casa para contar a los vuestros que nunca habíais visto un país tan dejado de la mano de Dios ni una gente tan desgraciada. Mi consejo es que escribáis esa carta, pero que no la echéis al correo hasta seis meses después; y antes de enviarla, abridla: os daréis cuenta de la cantidad de disparates que escribisteis y os alegraréis de no haberla mandado».
Creo que este mismo consejo puede servir a muchísimos jóvenes que entran en el mundo, al parecer con el único objeto de escribir sobre ideas extremistas. Si guardaran esos escritos unos años y los releyeran después, sin duda los romperían antes de que nadie los hubiera visto.
Lo prudente es aprender primero y después dar rienda suelta al pensamiento. Así se piensa sobre bases firmes y no hay que arrepentirse más tarde ni romper lo escrito.
Autoeducación
La autoeducación es la salvaguarda contra la charlatanería
En los párrafos anteriores he intentado mostrar en qué consiste el escollo de la charlatanería: el escollo de dejarse llevar por mal camino por el reclamo del charlatán, o de convertirse uno mismo en charlatán.
Ahora voy a explicar cómo se puede sortear.
La educación es la gran salvaguarda.
Por educación no me refiero a un título académico elevado, sino a la educación de la mente y del alma. La primera te permite sortear el peligro; la segunda te eleva por encima de él. Si amplías tu pensamiento adquiriendo conocimientos más vastos mediante los viajes y la lectura, aprendiendo de la experiencia de otros y del estudio de la naturaleza, estarás a salvo de las trampas de los charlatanes. Y si fortaleces tu alma con ideales elevados, amor al prójimo, buena voluntad y servicio, nunca llegarás a ser un charlatán ni un presuntuoso, como los llaman en América, y descubrirás que te sientes mejor y más feliz.
Un pedante suele serlo porque cree que lo sabe todo, cuando en realidad le queda mucho por aprender. Intenta hacerse pasar por más inteligente que los demás apoyándose en su propia ignorancia. El filósofo Bacon dijo hace mucho tiempo: «Nada hace más daño al Estado que un tonto que pasa por listo».
Cuanto más viejo y más sabio se hace uno, más se le quita lo tonto y más ganas tiene de aprender. Hay que empezar por adquirir conocimientos y experiencia, que más tarde se pueden transmitir a los demás.
Cuando uno sale de la escuela, ha recibido, junto con el resto de su clase o de la multitud, una formación ajustada a una norma general. Pero después de dejar la escuela, algunos hombres destacan, la mayoría se pierde en el anonimato y otros se hunden en el arroyo.
El éxito o el fracaso dependen mucho del propio esfuerzo. Quienes aprovechan lo aprendido en la escuela para seguir educándose por su cuenta son los que triunfan. Y para eso los libros y las conferencias son una gran ayuda.
Pero Ralph Parlette ha dicho: «Si me pusiera a repartir entradas gratis para una conferencia entre la gente que pasa por la calle, lo mismo me daría decirles “viruela” que “conferencia”. No tienen sitio donde meter una conferencia. No quieren pensar: van por la vida siguiendo su nariz, y siempre hay alguien que se la lleva por donde quiere. La amenaza de la democracia son los hombres que no piensan por sí mismos y que nunca aprenden a pensar bien, como aprenden a andar bien. Puede que el mundo esté preparado para la democracia, pero la democracia nunca será segura para el mundo hasta que los perezosos mentales se corrijan».
Hay perezosos y derrochadores mentales, igual que los hay físicos: personas que se dejan guiar por la prensa sensacionalista, por los oradores persuasivos, por la literatura barata y por el cine.
Los libros y cómo leerlos
Ya he dicho que los viajes, la lectura y el estudio de la naturaleza son los pilares de la autoeducación. Tomemos, por ejemplo, la lectura. Los libros que uno tiene a su alcance poseen un poder mágico: mientras otros se agobian y pierden la cabeza haciendo proyectos políticos y llevándose desilusiones, el aficionado a la lectura está sentado tan contento con lo que tiene. En cualquier momento puede, en alas de la imaginación, viajar a países lejanos llenos de historia, tener a su disposición las maravillas de la ciencia, divertirse con buenas historias o acercarse a la belleza a través de la poesía.
Los libros son los mejores amigos que se pueden tener. Uno elige los que le gustan; puede contar con ellos siempre; le ayudan en el trabajo, en las horas de descanso y en las penas. Siempre los tiene a mano en su propia casa, en la cabecera de la cama.
No son muy caros, sobre todo si se van comprando poco a poco hasta formar una colección. Y si no se puede, siempre hay alguna biblioteca pública a la que acudir para conseguir un libro gratis.
Aun así, los libros propios son los mejores amigos y compañeros. Nunca hay que comprar un libro porque sea barato: los libros baratos a menudo son libros malos. Hay que hacerse siempre con lo mejor.
Quien está acostumbrado a leer ya sabe qué libros le gustan. Pero si no habéis leído mucho, aquí tenéis un consejo: empezad cuanto antes, que nunca os arrepentiréis, y empezad por algo que os interese.
Si lo que buscáis es instruiros, una enciclopedia de una biblioteca pública, como dice el profesor Adams, es una buena ayuda para hacerse una idea de un tema, y suele dar los títulos de otros libros que existen sobre esa materia en particular. Si se trata de leer por diversión, no os equivocaréis empezando por libros como La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson, o las obras de Julio Verne. Estas y las de Shakespeare son buenas lecturas, tanto para divertirse como para instruirse. El bosque (The Forest), de Stewart Edward White, y El camino amigo (The Friendly Road), de Grayson, son libros deliciosos sobre el Roverismo.
Pero no hay que leer por encima. Si se estudia lo que se lee, es decir, si de verdad se presta atención a lo que se está leyendo, se quedará grabado mucho tiempo y al final será mucho más útil.
Si se lee con intención de recordar, se recuerda.
Aquí tenéis un consejo de Bacon: «Leed no para contradecir ni para refutar, ni para creer y aceptar sin discusión, ni para hablar y pronunciar discursos, sino para pensar y reflexionar. Algunos libros hay que probarlos, otros hay que tragarlos, y unos pocos hay que masticarlos y digerirlos. La lectura hace al hombre completo; la conversación, al hombre preparado; la escritura, al hombre exacto… El hombre que lee poco necesita mucha astucia para aparentar que sabe lo que no sabe».
A mí me ha resultado muy útil apuntar en mi diario cualquier cosa buena que oigo o leo durante el día. Hoy hay personas que hacen lo mismo en un fichero de tarjetas por orden alfabético, porque así les resulta más fácil encontrar cualquier tema por su letra.
En cualquier caso, da buen resultado, después de haber guardado en la cabeza todo el buen material posible, tomar unas cuantas notas por escrito como recordatorio.
Pero leer sin un fin no es bueno: hay que equilibrar los conocimientos que dan los libros con el conocimiento práctico del mundo, de los hombres y de las cosas. Los viajes ayudan mucho en este sentido; pero un hombre observador y metódico puede aprender tanto de sus semejantes en un recorrido de un kilómetro como un atolondrado en uno de mil.