Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 3. Mujeres

Matrimonio

Tendréis vuestras aventuras amorosas

Conozco las dificultades que esto supone. La vida corriente de una ciudad o de un pueblo tiene poco de romántica y de emocionante, y a vuestra edad la mujer se apodera de vuestro pensamiento de una forma nueva y seductora.

Por eso, escoger compañera es una gran aventura para un joven. Unas veces querrá exhibirla ante los demás como muestra de hombría, y otras preferirá tenerla solo para él.

No penséis que esto no es natural; al contrario, como ya he dicho, responde a las leyes que gobiernan tanto a los animales como a los hombres.

Pero en el caso del hombre hay una diferencia. El hombre tiene una mente y una inteligencia que los animales no poseen; puede ver el romanticismo que hay en elegir a la compañera a la que va a entregar su admiración, su amor y su devoción. Todo eso está muy por encima del instinto animal. Es lo que forma el amor humano, en contraposición a la sensualidad animal; y cuanto más se eleva sobre el instinto animal, menos se parece a la bestia y más al hombre.

El paso más importante hacia la felicidad en este camino es elegir a la muchacha adecuada, pues ya se sabe que hay mujeres y hay muñecas.

Una muchacha de aspecto sencillo junto a otra muy emperifollada, con un gran sombrero de plumas

El amor bobo

Los muchachos muy jóvenes, por supuesto, se dejan llevar por completo por la cara y la figura: hoy se enamoran de una y mañana de otra, siempre perdidamente, y a veces de dos o tres a la vez.

Seguramente creen que es la aventura más gloriosa del mundo, pero quizá unos días después resulte ser la tragedia más desastrosa que le pueda ocurrir a nadie. A muchos jóvenes les pasa en esta etapa de su vida que, con cada riña amorosa, les entran ganas de suicidarse; pero no lo hacen.

Os consolará saber que esto le pasa a todo muchacho y que se conoce como «amor bobo». No tiene nada de malo, ni hay en ello motivo para avergonzarse o deprimirse. De hecho, al cabo de un tiempo, cuando aparece la muchacha de verdad, uno se ríe de sus primeras ideas sobre el amor.

Pero durante la época del amor bobo nunca hay que olvidar que uno es un hombre y no una bestia. Hay que portarse como un hombre, jugar limpio y con honradez con la muchacha, pensando en los futuros hijos, ante los que más adelante habrá que responder.

Uno siempre va sobre seguro si corteja a muchachas que puede llevar a su casa y de cuya amistad con su madre y sus hermanas no se avergüenza.

Recordad que, sea quien sea, ella es hermana de alguien; pensad en él y portaos con ella como querríais que los demás se portaran con vuestra propia hermana.

Cómo encontrar a la compañera adecuada

La compañera adecuada aparecerá tarde o temprano, siempre que uno no pierda la cabeza. El amor bobo se esfumará y encontraréis a la muchacha cuyo carácter admiráis y respetáis, cuyos gustos se parecen a los vuestros y cuya camaradería habéis deseado. No os atraerá solo su persona, sino su personalidad.

Descubriréis una forma de amor nueva, serena y profunda, que os unirá a ella y que, si sois inteligentes, nunca dejaréis que se apague.

¿No querréis que ella llegue a vosotros pura y limpia? ¿Y vosotros? ¿Vais a esperar de ella lo que vosotros ya no podéis ofrecerle?

Eso no sería ni varonil ni justo. No, si queréis tener una felicidad real en la vida y disfrutar del gozo supremo de casaros con una mujer buena de la que podáis esperar amor y respeto.

No empecéis vuestra vida de casados con una mentira, porque tendréis que seguir mintiendo siempre, y eso acabará con la confianza mutua.

Advertencia de un tocinero sobre el noviazgo

Si no habéis leído el libro titulado Cartas de un comerciante hecho a sí mismo a su hijo (Letters from a Self-Made Merchant to His Son), os espera algo muy agradable. Es un libro muy divertido y, a la vez, un consejero profundo.

El comerciante es un norteamericano dueño de una empresa de embutidos que escribe a su hijo, que ocupa un puesto modesto en el negocio. Se ha enterado de que su hijo corteja a cierta joven.

Y le dice: «Me imagino que es como escribir en el agua pedirte que te dejes guiar por mis consejos en esta materia, porque, aunque un joven consulte a su padre antes de comprar un caballo, se considera perfectamente capaz de escoger a su esposa.

»Puede que los matrimonios se hagan en el cielo, pero la mayoría de los noviazgos se hacen en los recibidores, a media luz, de modo que el joven no sabe exactamente lo que se lleva.

»A un hombre no le importa mucho la familia de la muchacha mientras la corteja, pero tiene mucho que ver con ella cuando le pone casa.

»Tu madre y yo nos instalamos en una de esas casitas de cuento de las que uno quiere marcharse en cuanto va a vivir en ellas. Tenía unas enredaderas magníficas en el porche, pero no había agua en la cocina; montones de flores en el jardín, pero también montones de ratas en el sótano; media hectárea de terreno detrás, pero por dentro era tan pequeña que yo tenía que sentarme con los pies colgando por la ventana. Era el sitio ideal para ir de merienda al campo, pero la experiencia me ha enseñado que la mayoría de las meriendas campestres se hacen antes de casarse.

»Sin embargo, de un modo u otro, nos las arreglamos para estar contentos con todo aquello, porque nos habíamos propuesto divertirnos con todo lo que nos fuera saliendo al paso.

»Para la mayoría de la gente, la felicidad es algo que siempre se aplaza hasta el día siguiente, pero yo tengo por norma no posponer nunca la felicidad hasta mañana». (La cursiva es mía).

«Por supuesto, cuando te cases tendrás que tener con qué mantener la casa, y eso te va a ocupar mucho tiempo y muchos pensamientos, y te dejará muy poco margen para jugar al golf. Lo menciono solo de pasada, porque veo en los periódicos de Chicago que formabas parte de los jugadores que compitieron una tarde hace quince días. El golf es un buen juego y, aunque tonto, no hace daño a nadie, que yo sepa; pero un individuo que quiere ser jefe de una empresa de embutidos no tiene mucho tiempo que perder durante el día en ningún campo, como no sea en un campo de salchichas.

»Es verdad que un hombre necesita cierta cantidad de diversión, igual que un niño tiene derecho a un trozo de pastel al final de la comida, pero no debe hacer del pastel su comida.

»Tu sueldo todavía no es muy alto, pero puedes comprar mucha felicidad con cincuenta pesos a la semana si tienes de agente de compras a una buena mujer. Y aunque no me entusiasma mucho eso de "contigo, pan y cebolla", el amor en un piso con cincuenta pesos a la semana es lo adecuado para empezar, si la muchacha también es la adecuada. Si no lo es, da igual cómo se empiece: de todos modos se acaba mal.

»El dinero nunca debe ser el motivo para casarse, pero siempre es algo que hay que tener en cuenta. Cuando un muchacho y una muchacha no piensan lo suficiente en ello antes de la ceremonia, tendrán que pensar mucho en ello después; y cuando un hombre tiene que pasarse la velada en casa haciendo cuentas, no le queda mucho tiempo para sentar a su mujer en las rodillas más de una vez…

»No es verdad eso de que dos pueden vivir con menos que uno. Una buena mujer duplica la felicidad de un hombre, y también sus gastos; pero es una buena inversión, siempre que el individuo tenga dinero que invertir.

»Un hombre casado merece más sueldo que un soltero, porque su mujer le hará trabajar más. Probablemente se acostará y se levantará más temprano, hará las cosas con más constancia y trabajará más que el individuo que tiene que divertir a una muchacha distinta cada noche y nunca para en casa.

»Por eso te voy a subir el sueldo a setenta y cinco pesos a la semana el día que te cases».

Por otra parte, en Enchanter's Nightshade podéis leer:

«Todos los hombres parecen querer hacer dinero en cuanto llegan a una ciudad». «Bueno, deberían casarse». «No necesitarán mucho dinero».

Los ingresos, un detalle importante

Las dos ideas tienen su parte de verdad, pero el consejo del viejo tocinero es sólido, aunque menos romántico. Antes de casaros, será asunto vuestro aseguraros de que estáis en una posición que os permita mantener a vuestra esposa y a vuestra familia; de lo contrario, los condenaréis a ellos, y a vosotros mismos, a una existencia de lucha constante.

El éxito en los negocios no es cuestión de suerte, de favores o de enchufes, ni tampoco de estudios, sino más bien de capacidad y de carácter, es decir, de absoluta fiabilidad, de tacto y de energía.

En la práctica, esto vale para cualquier actividad comercial o profesional. El otro día me preguntaron qué entendía yo por tacto, y solo pude responder citando el viejo ejemplo del fontanero oportuno: al entrar en un cuarto de baño que una señora había dejado sin cerrar con llave mientras lo usaba, dijo sin vacilar: «Disculpe usted, caballero; no sabía que estaba aquí», y volvió a cerrar la puerta.


En un local de Rovers (véase el capítulo final) estaban felicitando a un miembro por su compromiso de matrimonio.

—¿Quién es la chica?

—¡Oh, es una Guía!

—¡Espléndido! ¡Qué buena idea! ¡No podrías haberlo hecho mejor!

E inmediatamente otros dos jóvenes se sumaron a las felicitaciones al anunciar que ellos también estaban prometidos con Guías.

Veo en esto un futuro prometedor.

Así podréis tener esposas que sean mejores compañeras, porque han compartido la misma afición por la acampada y el aire libre, con toda la laboriosidad y la soltura necesarias, y con la salud y el buen carácter que da esa vida. Me imagino que, si fuera a visitaros a vuestra casa una vez casados, no solo encontraría un hogar feliz, sino también un hogar limpio, porque los campistas están acostumbrados a dejar el lugar tan ordenado como lo encontraron: no vería montones de latas viejas, papeles y otras basuras que son la desgracia de muchos de nuestros jardines.

El hombre adquiere deberes al casarse

Una vez alguien me leyó la buenaventura en las rayas de la mano y me dijo: «Su línea de la cabeza es más fuerte que la del corazón». Quería decir que no me dejaría llevar por las piernas detrás de la primera muchacha bonita que viera, sino que pensaría mucho en el carácter de la muchacha que admirara, además de en su aspecto. Y esa es, sin duda, la manera de hacer vuestra elección. Al hacerla, procurad al menos pensar muy bien en lo que esperáis de vuestra futura esposa, sin olvidar su punto de vista y lo que ella espera de vosotros como maridos. Pensadlo.

Cuando me casé, un viejo amigo, al felicitarme, me dio también una nueva visión de mi futuro estado al decirme: «Querido amigo, llevo doce años casado y seguimos de luna de miel. La vida nos ha traído cada vez más felicidad».

Y en mi caso también he comprobado que es verdad.

Espero que lo mismo os ocurra a vosotros, que leéis esto. Para ello necesitáis usar vuestra «línea de la cabeza» además de la del corazón, y eso significa empezar por acercaros a la muchacha adecuada.

Pensad que conseguir el «sí» de una muchacha no es más que un paso, y que de esa palabra depende una larga vida para los dos: de felicidad mutua o de hastío.

Así que, como ya os he dicho, «sed inteligentes»; es decir, al tomar a la muchacha que será vuestra esposa «en lo bueno y en lo malo», preparaos más bien para que el amanecer rosado dure.

Llegarán nubarrones, y tenéis que estar preparados para ello: eso es lo que quiero decir con ser inteligentes.

No tengáis secretos con vuestra esposa; así ella tampoco los tendrá con vosotros y seguiréis navegando.

Habrá épocas de apuros y pequeñas dificultades en casa a las que nunca os habíais enfrentado. Antes de casaros solo hacíais las cosas para vosotros; ahora tendréis que dejar vuestro yo en segundo plano y hacer cosas para vuestra esposa y, más adelante, para vuestros hijos. Por vuestra parte, tendréis que desprenderos de ciertos rasgos de egoísmo, como protestar por la comida porque no es de vuestro gusto. Mirad las cosas desde su punto de vista.

Reñir no arregla nada. En lugar de eso, llevadle pequeños regalos de amor, de admiración y de orgullo, como cuando la cortejabais; sonreíd siempre, pero muy especialmente en esa época en que la mayoría de las mujeres se salen un poco de lo habitual, poco antes de que llegue el primer bebé. Tendréis que demostrar vuestra hombría y vuestra caballerosidad tranquilizándola y protegiéndola.

Si está algo rebelde, será por el amor que os tiene. Si la atendéis, sabrá corresponder. Las mujeres no solo son mucho más agradecidas que los hombres, sino que su carácter se amolda según cómo las trate su hombre.

Si él es desagradable, ella se pondrá arisca; si él es amable, ella lo será todavía más, y entonces habrá amor y sonrisas en la casa.

La felicidad de los hijos

¿Habéis leído el relato de Rudyard Kipling Ellos (They)? Lo leí mucho antes de casarme, en la sabana africana. Lo que me ha quedado en la memoria no es la deliciosa descripción del paisaje inglés, de los hogares del Viejo Mundo, etc., sino el momento en que el hombre cree sentir en su mano los dedos inquietos de un niño.

Durante años esa imagen permaneció en mi mente tan viva como en el relato. Pero ahora que he sentido de verdad una manita entre las mías, he experimentado una sensación que nunca había tenido.

Como ya os he dicho, el cielo no es solo algo vago que está en algún lugar del firmamento.

Está aquí, en la Tierra, en nuestra propia casa. No depende de la riqueza ni de la posición, sino que está en uno mismo, en el propio camino, en nuestra propia cabeza, nuestro corazón y nuestras manos.

La responsabilidad de ser padre

Pero la paternidad trae consigo una gran responsabilidad. Los niños aprenden sobre todo del ejemplo de los mayores.

El padre desagradable y egoísta no debe sorprenderse si un día su hijo reniega de él y sigue su mismo camino; entonces se dará cuenta de que estaba equivocado. Educad a vuestros hijos mediante el amor y no mediante el temor.

El padre bondadoso se gana hijas cariñosas e hijos leales. Como ya os he dicho, seréis más felices si procuráis dejar este mundo un poco mejor con vuestros actos.

Un paso en esa dirección, que está en vuestra mano dar como padres, es hacer de vuestros hijos hombres mejores que vosotros, enseñándoles lo que sabéis, lo que hay que buscar y lo que hay que evitar. Desearán especialmente la ayuda de vuestros consejos cuando se acerquen a la edad adulta.

Pensad en lo mucho o lo poco que vuestro padre hizo por vosotros, y haced algo mejor por vuestros hijos.

Eso os hará más felices.

Pero ¿estáis preparados para ello? Puede que os hayan formado, o que os hayáis formado vosotros mismos, para vuestra profesión, que al fin y al cabo solo durará unos cuantos años. Pero ¿habéis recibido alguna formación en esta otra materia, mucho más importante, de la que tanto depende el futuro de vuestros hijos?

¿Tenéis alguna práctica en la formación y la educación de muchachos? ¿En conocer sus costumbres, juzgar su temperamento y desarrollar su carácter?

Todo esto tiene una importancia enorme para vosotros, dada la responsabilidad de vuestra posición como padres.

Espero poder daros en el último capítulo algunas sugerencias prácticas sobre esto.

Algunos padres se oponen a que se hable a sus hijos de los problemas del sexo y de las enfermedades venéreas. Yo he oído a algunos hombres maldecir a sus padres por no haberles hablado del sexo. Personalmente, creo que ningún padre que haya conocido los efectos de la ignorancia —o, peor aún, de las ideas equivocadas que los chicos reciben demasiado pronto de sus compañeros— dudará en advertir a sus hijos.

Un último consejo para la felicidad

Pero quiero advertiros de que todavía hace falta otro ingrediente para que vuestro cielo sea completo.

Vino a verme un hombre que había sido un gran cazador y naturalista en el África central, agricultor en la Columbia Británica, que había fundado una plantación de tabaco en el África oriental y había recorrido el mundo en una vida de aventura y de romanticismo. Ahora se había establecido en una isla de su propiedad en el océano Índico, en un clima tranquilo y glorioso, de mucho sol y con un entorno sano y bello. Cualquiera habría pensado, como él al principio, que aquello iba a ser el cielo después de todas sus aventuras; pero había llegado a la conclusión de que en aquel paraíso había un punto negro.

Se había dado cuenta de que vivía cómodamente, pero solo para sí mismo.

Esa convicción lo llevó a abandonar aquella existencia para cambiarla por la vida, es decir, por una actividad en favor de los demás.

A mí me pasó algo parecido al terminar mi carrera de soldado. Había sido muy variada y activa, con su lado agitado y su lado tranquilo, y yo había disfrutado de cada uno de sus minutos.

Al final, mi ambición era instalarme en una pequeña finca, en un rincón apartado del mundo.

Hice planes para ello, pero se me ocurrió una idea: que la ociosidad y la satisfacción del propio yo no son la felicidad, y que la verdadera felicidad solo se consigue con el servicio.

De ahí otro capítulo más de este libro.

En resumen:

El sexo es universal en las distintas formas de vida: hombres, animales, aves, peces y reptiles. También se encuentra en el reino vegetal y en las formas más primitivas de materia viva. No hay pecado en el sexo. El pecado está en el abuso del sexo.

En el hombre primitivo, el que todavía no se ha echado a perder y toma el sexo como algo natural, no existen los mismos problemas que en el hombre «civilizado». Entre los civilizados siempre ha habido cierta vergüenza y cierto misterio en torno a esta materia, y eso conduce al pecado y al abuso. De ahí el problema de la prostitución y de las enfermedades venéreas. Estas enfermedades no existen entre las razas verdaderamente primitivas que aún no se han echado a perder; cuando la «civilización» contamina a esas razas, aparecen. Y son de verdad algo espantoso. Si la sífilis no se trata pronto y de forma adecuada, puede incluso transmitirse a los descendientes. La ceguera, la parálisis y la locura son posibles consecuencias suyas. La gonorrea, del mismo modo, puede tener efectos duraderos, y los recién nacidos contagiados por sus madres quedan ciegos sin remedio. Es bueno que sepáis algo de estas enfermedades, que son consecuencia de la promiscuidad. Ocurre a menudo que una muchacha que ha andado con hombres, sin ser en realidad una prostituta, tiene una enfermedad venérea leve que se manifiesta de forma tan ligera que ella ni siquiera se ha dado cuenta. Ya veis lo peligroso que puede ser esto. Si por desgracia alguno de vosotros o de vuestros amigos contrae una enfermedad venérea, lo único que hay que hacer es ir al médico. Con los medios modernos de que se dispone para tratar estas enfermedades, pueden curarse si se atienden a tiempo.

Recordad que la meta ideal es que el hombre llegue al matrimonio tan puro como la mujer. Si en esta materia hubiera igualdad, sería un gran paso hacia una actitud más sana. Sin embargo, no esperéis resolver todos estos difíciles problemas que los reformadores sociales y otros llevan muchos años estudiando con poco resultado hasta ahora. Cada uno de vosotros puede poner su granito de arena para que las cosas mejoren. El sexo es a menudo tema de chistes obscenos que no tienen ninguna gracia. Como hemos visto, forma parte de los seres vivos y requiere un trato apropiado.