Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 2. Vino

Veracidad

Durante un tiempo, mi ocupación fue descubrir espías. Desde luego, una manera fácil de averiguar la nacionalidad de alguien de quien sospechas es darle un pisotón y escuchar en qué idioma protesta. Pero un cazador de espías extranjero me contó que, cuando sospechaba que un hombre era un oficial británico disfrazado, tenía una prueba infalible: entablaba conversación con él y, a la primera oportunidad, lo llamaba mentiroso. Por muy hábil que fuera el oficial ocultando su identidad, al oír que lo llamaban mentiroso reaccionaba inevitablemente ante el insulto y se delataba.

Y es verdad. La palabra «mentiroso» es una puñalada para un hombre de honor. Detesto oírla usar, como tan a menudo hacen hombres y muchachos sin pensar, cuando discuten por cualquier tontería y se llaman «mentiroso» unos a otros.

Me imagino que, de tanto oírla, acaban acostumbrándose; pero un hombre de honor nunca se acostumbra. Para él siempre será el mayor de los insultos.

Respeto de sí mismo

El respeto de sí mismo es un ingrediente importante del carácter. Ningún hombre que no pueda respetarse a sí mismo (los borrachos, los holgazanes, los mentirosos y los pedigüeños) puede esperar que los demás lo respeten.

Y aquí entra un pequeño defecto: las propinas. Un scout debe hacer favores a los demás por cortesía y buena voluntad, sin aceptar recompensa.

El hombre que acepta una propina se rebaja y se pone al mismo nivel que un mendigo que acepta una limosna.

Últimamente me ha entristecido mucho ver cómo se ha extendido la costumbre de las propinas entre los taxistas, los mozos de hotel, los camareros y otros que, como hambrientos, persiguen a sus clientes para sacarles unos céntimos.

Y, sin embargo, como hombres, les avergonzaría que los mantuvieran o recibir una limosna. En los puestos mejor pagados, las propinas llevan a lo que se llama «gratificaciones» y, todavía más arriba, al soborno y la corrupción.

Hasta ahora, nuestros hombres han sido lo bastante hombres y han tenido el suficiente respeto por sí mismos como para no rebajarse hasta ese punto; aún puede decirse con verdad que «a un británico no se le puede sobornar».

Los samuráis formaban una hermandad fundada hace mil quinientos años por caballeros japoneses, a semejanza de nuestros caballeros medievales. Su ideal era el bushido, que animaba a sus miembros a preferir:

  • La pobreza a la riqueza.
  • La humildad a la ostentación.
  • La discreción a la notoriedad.
  • El sacrificio al egoísmo.
  • El interés del Estado al interés particular.

Y todo ello unido al valor personal, la fortaleza, la lealtad, la templanza y la castidad.

Si un bushi cometía un acto deshonroso, se le invitaba a hacerse el harakiri; es decir, a quitarse la vida abriéndose el vientre según un ceremonial estricto. Estos caballeros eran extremadamente quisquillosos en cuestiones de honor y dignidad. A uno de ellos, llamado Gongoro, le clavaron una flecha en un ojo en mitad de una batalla. Eso no le impidió seguir combatiendo y dirigiendo la lucha hasta el final. Uno de sus amigos intentó sacarle la flecha y, para ello, tuvo que tumbarlo boca arriba; pero, como un tirón normal no bastaba, le puso el pie en la cabeza para hacer más fuerza. Cuando por fin lo consiguió, Gongoro, en vez de darle las gracias, se puso en pie de un salto y lo retó a un duelo a muerte por haber humillado su dignidad poniéndole el pie en la cabeza.

La vergüenza convierte a un hombre en un paria

¿Sabéis cuál es una de las mayores tragedias de este mundo?

Ver a un hombre avergonzado. Solo con verlo, casi se avergüenza uno también.

Hace muchos años presencié una escena de este tipo, solo durante unos instantes, y desde entonces no se me ha ido de la cabeza.

Viajaba en tren por la selva, en un lugar muy remoto del extranjero. El tren se detuvo en un punto donde trabajaban un capataz blanco y un grupo de nativos. En lugar de acercarse, como suelen hacer esos hombres, contentos con la llegada del tren, para enterarse de las últimas noticias del mundo y hablar aunque fuera un rato con otros hombres blancos, aquel capataz se apartó, nos dio la espalda y esperó con ansia a que el tren se marchara y los blancos lo dejaran otra vez en paz.

Pregunté por él y me dijeron que había sido un oficial de caballería muy conocido en Londres y en todo el país como deportista y hombre popular.

Pero se había dado a la bebida, y esta lo había atrapado y arruinado hasta convertirlo en lo que ahora teníamos delante: un paria, un hombre avergonzado.

La juventud tiene mucha voluntad, pero poca perspicacia

«La juventud tiene mucha voluntad, pero poca perspicacia». Eso es lo que algunos dicen de vosotros. Me recuerda una ocasión en que estaba en Sudáfrica haciendo un reconocimiento con una patrulla del 7.º de Húsares y, al cruzar el cauce seco de un río, nos topamos con un león.

Uno de nosotros le disparó y lo hirió de gravedad. El león consiguió escapar e intentó esconderse en un cañaveral de cañas y juncos donde era imposible, o al menos muy peligroso, seguirlo, porque él tenía la ventaja de poder ocultarse tumbado y de oír y olfatear a cualquiera que se acercara a su escondite.

Así que, a toda prisa, pusimos centinelas alrededor del cañaveral para que nos avisaran si salía. Nuestro plan era colocar a los hombres con sus fusiles en los puestos adecuados y luego prender fuego a la hierba para obligarlo a salir.

Tardamos bastante en conseguirlo, porque las cañas del lado de barlovento estaban verdes y no prendían.

Yo estaba muy bien situado sobre una roca desde la que podría verlo si salía en esa dirección, y me esforzaba por localizarlo entre las cañas. De pronto, mi vigilancia tuvo su recompensa: vi que las cañas se movían de un lado a otro y me di cuenta de que el animal venía hacia mí.

Un hombre con fusil avanza agachado entre cañas altas, junto a un león oculto en la espesura

El corazón me latía de emoción. Besé el cartucho para que me diera suerte y esperé con el fusil preparado para darle su merecido en cuanto asomara el hocico.

Se acercaba cada vez más, hasta quedar a unos pocos metros de mí. Pensé que ya era mío: a esa distancia no podía fallar. Las cañas se abrieron. Iba a disparar cuando, en lugar del león, apareció delante de mí el sargento veterinario.

Uno de los deberes del sargento veterinario, cuando un caballo se ha herido de gravedad, es coger su revólver y acabar con su sufrimiento. Así que este amigo, al ver que el león estaba herido, pensó que su deber era seguirlo y rematarlo.

No se le ocurrió que su revólver no era más que una cerbatana y que quien habría hecho la faena no habría sido él, sino el león.

Y por poco fui yo quien acabó con él. Pero era un principiante en cuestión de leones; no había tenido mucho trato con ellos. Había demostrado una voluntad espléndida, pero poca perspicacia. Y lo mismo les pasa a muchos jóvenes cuando tienen que vérselas con los leones de la vida real sin preparación ni aviso.

Autosugestión

El dominio de sí mismo, o el ser dueño de uno mismo, se considera hoy materia de estudio científico, y hay muchos médicos que han reunido magníficas estadísticas de curaciones logradas por medio del esfuerzo de la imaginación.

Por distintas vías se conocen curaciones conseguidas por «la fe en la curación», es decir, porque el paciente cree que vencerá la enfermedad.

Creo que la mayoría de nosotros hemos experimentado alguna vez esta clase de curación.

Pongamos que uno tiene una herida en la pierna. Le duele toda la pierna y parece que va a desmayarse. No puede apoyar el pie en el suelo. ¡Ay, cómo duele! Nos tumbamos o nos sentamos un rato a quejarnos.

Pero hay otra forma de ahuyentar el dolor:

«¿Una herida? Sí, pero solo es un agujerito que duele a su alrededor. No en toda la pierna: eso son imaginaciones. No; el dolor está solo en la pequeña herida, en un punto reducido, así que es un dolor muy pequeño. Animaos, caminad, mantened la pierna en movimiento para que no se quede rígida. Entrad en calor y ya no os dolerá. Ya estáis mejor, ya hay alivio».

La idea es que, para curarse de aquel mal, hay que usar la imaginación más que la voluntad.

El doctor Coué explicó una vez la diferencia de esta manera: si se pone un tablón corriente en el suelo, es muy fácil caminar sobre él.

Si ese mismo tablón se pone como puente entre las azoteas de dos casas, a 30 metros sobre la calle, es imposible cruzarlo. La voluntad quiere que uno pase al otro lado, pero la imaginación le hace pensar que se caerá, y la imaginación derrota a la voluntad. Esa es la relación habitual entre ambas: gana la imaginación.

Así, cuando uno sufre, debe concentrar el pensamiento e imaginar el alivio que desea, y luego imaginar que lo va consiguiendo poco a poco; y, de hecho, lo consigue.

De cada cien personas que sufren, están enfermas o necesitan ayuda, noventa y nueve están así porque creen estarlo. Todo es cuestión de imaginación; pero si uno usa la imaginación en sentido contrario y se imagina que está mejorando, acabará mejorando y, en la mayoría de los casos, se pondrá bien.

El doctor Coué demostró la verdad de esta teoría con la multitud de pacientes que acudían a él cada día quejándose y salían de allí contentos.

Y no trabajaba ni por dinero ni por recompensa.

Pero lo principal es que la autosugestión no solo puede curar la enfermedad y la pena, sino también la mala memoria y, muy especialmente, el miedo nervioso (de ahí su importancia para los jóvenes). Puede ahuyentar el deseo del alcohol o del tabaco, la tentación sexual y muchas otras formas de complacencia.

Cómo Tommy Tomkins derrotó a la muerte

El cólera, el gran azote de la India, cayó sobre el regimiento. Tommy Tomkins, un veterano de mi escuadrón, hombre de constitución recia, se puso enfermo. En pocas horas estaba en un estado lamentable.

—Pobre Tommy, este no sale —sentenció el sargento encargado del hospital.

Sin embargo, durante las cuarenta y ocho horas siguientes se mantuvo entre la vida y la muerte y, al cabo de ellas, para sorpresa de todos, volvió a la vida.

Más tarde, cuando estaba convaleciente y fui a visitarlo al hospital, me reveló el secreto de cómo había vencido a la muerte.

Sabía que se estaba muriendo; el médico casi se lo había dicho. Pero también le había dicho al nativo que lo cuidaba que solo había una manera de salvarlo: conseguir que le mantuvieran calientes las extremidades. Para eso había que ponerle en los pies botellas de agua caliente o ladrillos calientes.

En cuanto el médico se dio la vuelta, el enfermero, en lugar de ocuparse de las botellas de agua caliente, sacó el narguile del sitio donde lo tenía escondido, se sentó en cuclillas en un rincón y se puso a fumar tan tranquilo.

Aquello puso furioso al pobre Tommy, pero, como no podía ni moverse ni hablar, pensó que no tenía remedio. Eso sí, se juró que, si se curaba, le daría al nativo tal paliza que tardaría mucho en olvidarla. Y se puso a pensar con ahínco qué castigo le daría y cuándo podría levantarse de la cama para aplicárselo. Se olvidó por completo de la muerte y se quedó absorto en la idea de darle a aquel individuo su merecido en el momento oportuno.

Y así fue como volvió a la vida.

Fue la fuerza de la voluntad y de la imaginación lo que lo sacó adelante.

Yo también viví una experiencia parecida. Estaba en el hospital, muy enfermo de disentería, cuando me llegó la noticia de que, si me ponía bien para cierta fecha, me darían el mando de una columna que iba a perseguir al enemigo.

Parecía una causa perdida y, sin embargo, tuve esperanza. Imaginé lo que haría como comandante y fui haciendo planes mientras ponía todas mis fuerzas en curarme. Cuanto más me esforzaba, más mejoraba. Pasaron los días y por fin entré en la convalecencia; pero la fecha llegó sin que yo estuviera en condiciones de desempeñar aquella misión.

Dos días después llegó al hospital otro hombre, también gravemente enfermo de disentería, y necesitaban mi cama para él. Al cedérsela, suspiró y dijo que venía allí a morir. Yo le dije: «¡Qué va! Yo estaba mucho peor cuando llegué. Piense en lo que va a hacer cuando salga de aquí».

Al día siguiente me marché con una escolta de tres hombres y, tras recorrer a caballo 130 kilómetros de terreno peligroso, me uní a la columna y tomé el mando.

Mientras tanto, el heredero de mi cama se imaginaba que se moría, y fue empeorando y empeorando hasta que al final le pasó lo que había pensado: se murió.

Autocuración

Pues bien, este es el arte de la autosugestión, por medio del cual un hombre puede, si se lo propone, curarse de muchas enfermedades y de casi todas sus debilidades.

Si un hombre puede vencer a la muerte con este sistema, sin duda podrá vencer la borrachera o cualquier otra tentación. No lo olvidéis: si algo os parece difícil o imposible, pensad en cómo vencerlo y luego imaginad que lo estáis venciendo; y cuando la imaginación os diga que es imposible, contestadle: «No, no es imposible. Veo lo que puedo hacer y voy a intentarlo. Puedo triunfar. Puedo. Puedo. Puedo… y pude». Apuesto diez contra uno a que lo conseguiréis.

La complacencia nace de concentrar la atención en los deseos de los sentidos, y el remedio consiste en apartar el interés de uno mismo y llevarlo hacia otras cosas y otras personas. Tener aficiones. Servir de buen grado al prójimo: así se ganan puntos en la formación del carácter.

Un scout forcejea con un diablo que lleva una banda con la palabra «Complacencia»

Amiel dice:

Un hombre sin recursos morales… no es una personalidad. Es uno más: un contribuyente, un elector, pero no un hombre. El que se deja llevar por la corriente, el que no tiene ideales ni convicciones, no es más que un mueble en el escenario del mundo, una cosa que se mueve en lugar de un ser vivo que se mueve.

Una individualidad demasiado desarrollada significa dar rienda suelta al egoísmo, que es lo contrario de lo que queremos. Pero la individualidad con carácter es otra cosa: significa un hombre con autodisciplina, energía, habilidad, caballerosidad, lealtad y las demás cualidades necesarias para ser un hombre. Y cuando estas cualidades van unidas al servicio a la comunidad, entonces se es algo más que un hombre bueno: se es un buen ciudadano.

Lo que otros han dicho sobre esta materia

  • El respeto a uno mismo, y no la estima de uno mismo, es lo que atrae el respeto de los demás.
  • El carácter vale más en la vida que cualquier otra cualidad.
  • El dominio de sí mismo es las tres cuartas partes del carácter.
  • No hay que beber entre comidas.
  • Sin trabajo no se puede formar el propio carácter. Hay que forjarlo uno mismo (Froude).
  • Haced caso al tordo cuando os dice: «Perseverad, perseverad, perseverad».
  • Pensad en el sello de correos: su utilidad consiste en su capacidad para seguir pegado a algo hasta llegar a su destino (Josh Billings).

Cuando todo parece ir mal
y llevarte hacia el abismo,
no des golpes, no te alteres, no te afanes:
sonríe.

Cuando alguien quiere hacerte de menos
quedándose con la mejor parte,
sé paciente y amable,
y sencillamente ríete.

Pero si esto es difícil
(y a veces, claro, lo es)
y no puedes sonreír, ni ser amable, ni reír,
por lo menos no hagas nada.