Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 5. Irreligión

Las grandes cataratas

Abraham Lincoln, cuando se detuvo a contemplar las cataratas del Niágara, dijo: «Esto me trae a la mente el pasado brumoso: cuando Colón descubrió el continente, cuando Cristo murió en la cruz, cuando Moisés guio a los israelitas a través del mar Rojo; más aún, cuando Adán salió de las manos del Creador. Entonces, como ahora, el Niágara rugía aquí… Más viejo que el primer hombre, el Niágara es hoy tan fuerte y tan fresco como hace diez mil años. El mamut y el mastodonte vieron el Niágara, y desde entonces, hace mucho, muchísimo tiempo, ni un solo instante se ha secado, se ha detenido, se ha dormido ni se ha puesto a descansar».

John Wesley Hill escribe sobre lo mismo: «Estas reflexiones sobre el Niágara abarcan todo el tema de la Creación, la existencia de Dios, el misterio y el poder del universo, la historia, la redención y el destino del hombre… Porque este reconocimiento de Dios en la Naturaleza exige dar un paso hacia la realización de lo divino en los asuntos humanos».

Es muy cierto, y lo entenderéis si alguna vez tenéis ocasión de encontraros en el asombroso desfiladero que forman las cataratas Victoria, en el sur de África. Allí el Zambeze, con la mitad de anchura que el Niágara, despeña sus aguas desde trescientos metros de altura a un abismo oscuro.

Lejos de centrales eléctricas, tranvías y restaurantes para turistas, esta catarata poderosa impresiona todavía más la imaginación.

Su estruendo, que se oye a varios kilómetros de distancia, no ha dejado de sacudir el aire desde que el mundo existe. Las gargantas en zigzag, de trescientos metros de profundidad, que el río ha excavado a lo largo de sesenta kilómetros de roca sólida, muestran un proceso de desgaste no de miles, sino de muchísimos miles de años. Allí uno aprende algo sobre la pequeñez del hombre y de sus esfuerzos pasajeros, peleando y armando alboroto por cosas que no merecen la pena. Uno se da cuenta, pequeño e insignificante como es, de la grandeza que lo rodea y de que existe un creador: Dios.

La belleza de la Naturaleza

Muchas personas que viven en las ciudades nunca, o casi nunca, llegan a darse cuenta de la belleza de la Naturaleza. Sus ojos están acostumbrados a ver escaparates, anuncios y gente, y a seguir el lema de «la seguridad ante todo».

Pero quienes de algún modo han vivido en contacto con la Naturaleza y saben ver sus bellezas pueden, cuando van a la ciudad, encontrar allí jirones de ella, incluso en las callejuelas más estrechas.

Hubo una época de mi vida en que tenía que cruzar el puente de Westminster todos los días al amanecer y al anochecer, y casi no había día en que no me detuviera a contemplar, con un placer intenso, el espectáculo que formaban los colores grandiosos con que se visten la aurora y el ocaso, y los tonos gris perla y lila de las sombras difusas y las siluetas que allí dominaban gracias al humo del viejo y querido Londres.

Un hermano mío, que era pintor, llegó a trasladarse a Newcastle para pintar el humo y el vapor, que forman efectos maravillosos bajo la luz del sol y las nubes.

Las propias nubes forman cuadros, y a veces cuadros que invitan a reflexionar. Todavía llevo grabada en la memoria una puesta de sol que contemplé hace treinta años en la sabana sudafricana: un despliegue grandioso, como una entrada radiante que conducía a brillantes salones de oro, la puerta por la que pasan los que «se van al oeste».

¿Os ha sugerido alguna vez esa idea una puesta de sol?

El hombre que me acompañaba estaba rezando.

¿Por qué me gusta la pesca? No es solo por pescar. Disfruto lo mismo cuando pesco algo que cuando no pesco nada. Voy a pescar, no a coger peces. Es decir, lo que me atrae es el entorno.

Entre los pastos exuberantes de las praderas, con sus tonos dorados y su perfume de ranúnculos, y las sombras oscuras de los árboles, uno se siente a solas con la Naturaleza. El chirrido de los insectos, el murmullo del agua, el extraño tamborileo de la agachadiza, el martín pescador azulado: estos y otros camaradas de la Naturaleza se convierten en compañeros.

Pero hay otros escenarios además de estos. Shackleton pensaba de otro modo cuando dijo que el paisaje del campo no lo era todo:

«Eso está muy bien para un almuerzo de cordero asado con mantequilla, pero hay otra clase de paisaje que pone a prueba lo mejor del alma humana. Es imposible describir lo que significa para un explorador que avanza entre la niebla por un terreno desconocido que, de repente, la niebla se disipe y se encuentre ante montañas que ningún hombre había visto antes».

Pues bien, en esto también estoy de acuerdo con él. Amo la belleza hogareña del campo inglés tanto como las vastas llanuras y las sucesivas cordilleras de Sudáfrica.

Amo los torrentes y los bosques espesos de Canadá; pero más me han impresionado la profundidad de los barrancos, la altura de los picos del Himalaya y la grandiosidad de sus crestas cubiertas de nieves perpetuas, que se alzan muy por encima del mundo, que jamás ha pisado el hombre y que llegan a lo más elevado, lo más preciado, lo más cercano al cielo.

Un río entre laderas escarpadas de alta montaña
El Kanchenjunga

Excursionismo

«Con un palo de escoba por caballo uno puede ir adonde le venga en gana».

Quizá digáis: «Sí, pero ¿dónde voy a encontrar yo montañas, océanos y bosques? ¿Cómo voy a ver y comprender estas maravillas de la Naturaleza y su mensaje?».

Pues bien, casi todo esto podéis encontrarlo en vuestro propio país si dejáis la ciudad y sus afueras y os vais al campo, a los bosques y a las praderas, con la mochila a la espalda y el bastón en la mano, o llevando vuestra tienda de campaña, vuestra manta y vuestros utensilios de cocina, y, sobre todo, la libertad. Disfrutad del aire libre que Dios nos ha dado, preferiblemente de excursión, es decir, recorriendo el país a pie y llenando el espíritu de las glorias que ofrecen el cielo, la tierra y el mar; disfrutando de los colores tan variados del bosque y del campo, aspirando el perfume de las flores y del heno, escuchando la música de los arroyos, de los pájaros y del murmullo de la brisa, y familiarizándoos con los animales y sus costumbres hasta sentiros camaradas suyos y «parte» del gran plan de la Naturaleza.

Un excursionista junto a una canoa varada en la orilla de un bosque

David Grayson escribe en El camino amigable (The Friendly Road): «De vez en cuando, estos "samuráis" tienen la costumbre de apartarse del resto de los hombres y, con la mochila a la espalda, marcharse al desierto o a las estepas del Ártico. Estoy convencido de que todo hombre necesita cambios así: una oportunidad de reflexionar y de ver la vida desde otro ángulo, de elevarse de nuevo hacia Dios. Pero ni las estepas del Ártico ni el desierto son para mí. Yo prefiero el "camino amigable" y la gente que vive a su vera».

¡Cuánto me gustaría volver a ser rover y poder salir de excursión con uno o dos compañeros que piensen como yo y tengan el mismo paso!

Dos excursionistas con mochila y bastón caminan al mismo paso; uno fuma en pipa

«Excursión» traduce aquí una vieja palabra inglesa que aún sobrevive en muchos dialectos locales. Su significado es «caminar sin prisa».

El cuerpo humano como objeto de estudio de la Naturaleza

Además de los bosques y los campos, no hace falta ir más allá de uno mismo para empezar a estudiar la Naturaleza. ¿De dónde procede uno? De una pequeña semilla que forma el cuerpo humano, con su carne, sus huesos, sus músculos y su parecido con los padres, además de la fuerza y la voluntad para obedecer a la propia mente.

El cuerpo humano es un mecanismo admirable en todas sus partes. Fijaos en el ojo: es el aparato más delicado y maravilloso, más de lo que ningún hombre podría imaginar. Informa al instante a la mente sobre las cosas cercanas o lejanas, feas o bonitas, y sobre sus colores y formas. Lee estas páginas y transmite al cerebro los pensamientos de las palabras impresas, para que este los guarde y los use más tarde cuando haga falta.

Tocad este libro con un dedo y pensad qué acción tan sencilla y, sin embargo, qué maravillosa.

El ojo telegrafía al cerebro: «Ahí está el libro, a tal distancia», y el cerebro ordena a los músculos que muevan el brazo, la mano y, por último, el dedo para tocarlo. Los nervios de la punta del dedo telegrafían de vuelta al cerebro que han cumplido la misión, e indican si el libro está frío o caliente, si es áspero o liso, etc.

Preguntadle al ateo quién inventó y construyó esta máquina maravillosa; y no un solo ejemplar, sino millones en este mundo maravilloso, todos parecidos hasta en el detalle más insignificante, pero ninguno exactamente igual ni en mente, ni en cuerpo, ni en aspecto.

Poned el dedo sobre el pulso, es decir, sobre la arteria que pasa por la muñeca. Ahí notaréis la acción maravillosa de vuestra sangre, que, purificada y bombeada, corre sin parar por vuestras arterias.

Pensad en las arterias, repartidas por todo el cuerpo, que llevan la sangre a cada parte; después, ya impura, la sangre vuelve por las venas al corazón para que los pulmones la limpien con el oxígeno del aire.

Y todo este trabajo se hace de forma constante y regular sin el menor esfuerzo por nuestra parte; da igual que estéis dormidos o caminando: el corazón hace su tarea sin descanso.

Corte del corazón con las válvulas de entrada abiertas, señaladas la vena y la arteria
Sección del corazón humano latiendo. El corazón abre sus válvulas para recibir la sangre de las venas.
Corte del corazón con las válvulas de entrada cerradas y la sangre saliendo hacia la arteria
El corazón cierra sus válvulas grandes para impulsar la sangre por una válvula pequeña hacia las arterias.

Si el corazón se pusiera en huelga y dejara de trabajar aunque fuera un minuto, morirías. Tiene sus hilos de telégrafo, los nervios, que le transmiten los mensajes del cerebro en el mismo momento en que vuestros ojos o vuestros oídos envían su mensaje al cerebro. Así, si en mitad de la noche vuestro oído os avisa de que alguien se os acerca sigilosamente con un cuchillo en la mano, el oído avisa al cerebro, el cerebro al corazón, y el corazón late con más fuerza.

Del mismo modo, si corréis o subís una cuesta, vuestro cuerpo necesita más sangre y vuestros pulmones toman más aire para renovarla, mientras el corazón trabaja con doble energía.

Le debéis mucho a vuestro corazón: vuestra salud y vuestra vida dependen de que cumpla su misión. Y, sin embargo, muchísima gente no piensa en lo que le debe.

Como muestran los dibujos, el corazón abre sus válvulas para recibir la sangre de las venas y cierra sus válvulas grandes para impulsarla por una válvula pequeña hacia las arterias. Este maravilloso mecanismo de válvulas funciona una vez por segundo.

No es bueno para el corazón forzarlo artificialmente para que sus válvulas trabajen más deprisa de lo que la Naturaleza exige. Si se le fuerza a menudo, las válvulas se debilitan y no pueden mantener la sangre en circulación como es debido, y eso provoca enfermedades. Por ejemplo, una persona bebe alcohol y hace que su corazón lata con más fuerza de lo normal; si sigue haciéndolo, el corazón se irá debilitando cada vez más.

Lo mismo ocurre si una persona fuma demasiado, sobre todo en el caso de los jóvenes que aún están creciendo, cuyo músculo cardíaco todavía no tiene la fuerza necesaria para soportar ese esfuerzo.

Por eso, por fumar sin saber que perjudica al corazón, miles de muchachos arruinan su salud y su fuerza para el resto de su vida.

Lo anterior está tomado del libro Vida y salud (Life and Health), del doctor Shelley, que deberíais leer si queréis tener una información completa, presentada de forma amena, sobre los distintos órganos del cuerpo y su funcionamiento. La verdad es que su lectura resulta agradable. Lo que sigue no lo dice él, pero yo puedo asegurarlo: muchos de los que destacan en la carrera o en el remo mueren jóvenes, enfermos del corazón, por el esfuerzo que hicieron en ejercicios practicados cuando eran demasiado jóvenes.

Pasemos ahora al oído. ¿Habéis visto alguna vez un modelo del oído humano y la maravillosa maquinaria que contiene, que, como un teléfono, envía los sonidos al cerebro?

Estudiar aquí en detalle este aparato maravilloso llevaría demasiado tiempo, pero este corte del oído os dará una idea de cómo es.

Corte del oído humano con sus partes señaladas con letras
Sección interior del oído humano, instrumento maravilloso y delicado. El sonido entra por el conducto A y hace vibrar el pequeño tambor B; este, a su vez, hace que el martillo, C, golpee contra el yunque, D, y mueva el estribo, E, que golpea un segundo tambor, F. Ahí hay una especie de caracol, G, lleno de líquido. Las vibraciones del tambor F agitan ese líquido, que, en la parte inferior de su tubo, toca una serie de pelillos. Al agitarse, estos tocan los nervios, que telefonean el sonido al cerebro.

Creo que, si cada persona estudiara un poco su propio cuerpo y cómo funciona, enseguida tendría una idea nueva del trabajo milagroso que Dios ha hecho en él, y se daría cuenta de que Él está constantemente activo en nuestro cuerpo y en nuestro cerebro.

Y cuando, como algunos de vosotros habéis visto, esos cuerpos maravillosos hechos por Dios, con todo su mecanismo complicado, bello y preciso, han quedado aplastados, destrozados o mutilados por bombas y granadas fabricadas por el hombre, en batallas ideadas también por el hombre con todas sus villanías, uno siente que la guerra tiene algo de malvado y de profano.

Fijaos en las líneas de la piel de la punta de vuestros dedos, con sus innumerables círculos y vueltas; tomad su huella en un papel con tinta y examinadla con una lupa. Conseguid que miles de personas hagan lo mismo y veréis que no hay dos iguales. Observad cualquier parte de vuestro cuerpo y su estructura maravillosa, su sensibilidad y cómo obedece vuestras órdenes. Entonces empezaréis a daros cuenta de la maravillosa maquinaria viva que se os ha confiado para que la uséis como es debido, y sentiréis reverencia por vuestro cuerpo.

Naturaleza microscópica

Tomad una gota de saliva de la boca, ponedla en un cristal bajo el microscopio y veréis que contiene cientos de pequeños animales vivos, o gérmenes, de formas delicadas, parecidos unos a otros, dotados de vida y movimiento, y capaces de alimentarse y reproducirse.

Id al jardín o al parque más cercano y observad las plantas.

Coged una hoja de los miles que tiene un árbol y estudiadla con una lupa; comparadla con otras del mismo árbol o de la misma especie a miles de kilómetros de distancia. Todas serán exactamente iguales en forma y textura y, sin embargo, cada una tendrá una diferencia pequeñísima que la hace única. Cada una tendrá también su propia capacidad para respirar y alimentarse, para sentir el calor o el frío, la salud o la enfermedad. Cada planta nace, crece, se reproduce y muere como cualquier animal de la Tierra.