Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 3. Mujeres

Hombría

Caballerosidad

Espero que de lo dicho hasta ahora sobre este escollo, «Mujeres», hayáis deducido que encierra tantos peligros para la mujer como para el hombre. Pero también tiene su lado luminoso si sabéis sortearlo.

El remo que os ayudará a sortearlo es la caballerosidad.

Muchos de los puntos que os he propuesto como parte del buen camino entran dentro de la caballerosidad.

Los caballeros de antaño se comprometían por juramento a ser caballerosos, es decir, a proteger y auxiliar a las mujeres y a los niños.

Eso les exigía un profundo respeto y una tierna simpatía hacia ellos, unidos a una fuerza viril de mente y de cuerpo con la que hacerles frente, por ellos, al escándalo, a la crueldad o al ridículo y, en algunos casos, ayudarlos contra sus propias debilidades.

Un hombre sin caballerosidad no es un hombre. El que tiene esa caballerosidad y respeta a la mujer jamás se rebajará a comportarse como una bestia, ni permitirá que una mujer se pierda con él y pierda el respeto a sí misma y el de los demás. A él le toca dar ejemplo, un buen ejemplo, y no desviarse.

He conocido a un hombre que llevó esa caballerosidad todavía más lejos: llegó a levantar a una mujer que había caído. Ella esperaba que él se uniera a su libertinaje, pero el respeto cortés con que la trataba, que pasaba por alto sus faltas y que le otorgaba por el simple hecho de ser mujer, la hizo pensar en el respeto que se debía a sí misma y la devolvió a su sitio.

La caballerosidad, como otros rasgos del carácter, se desarrolla con la reflexión y la práctica; pero, una vez adquirida, coloca al hombre sobre una base nueva y más elevada, para sí mismo y para el mundo.

Para ser caballeroso hay que poner a la mujer en un pedestal y ver siempre lo mejor que haya en ella; sentir simpatía por los débiles, los ancianos y los enfermos, y proteger a los pequeños.

Para ello hace falta tal dominio de uno mismo que permita apartar de la mente todo lo impuro, de modo que las propias ideas sean limpias y honrosas, y el sentido del deber tan elevado que el ridículo y la burla no signifiquen nada.

«No es asunto mío»

«No es asunto mío» suele ser la pantalla tras la que los cobardes esconden su falta de caballerosidad. Para un hombre, todo aquello en lo que puede prestar un servicio a alguien es asunto suyo, y mucho.

Con esto no quiero decir que deba meter las narices en los asuntos de los demás ni andar preguntando «¿Está usted bien?» o cosas por el estilo.

Pero si puede tender la mano a una mujer que ha caído, o ayudar a un joven que intenta mantenerse puro, entonces su caballerosidad puede hacer mucho bien. Más aún: puede servir a los demás con su ejemplo, llevando una vida limpia y recta y demostrando que no se avergüenza de ello.

Ser dueño de uno mismo depende de uno mismo

Recordad que cada uno es uno, y que tiene que trazarse su propio camino hacia la felicidad. Conviene apartarse de la multitud para tomar las decisiones prácticas que llevan a dominar los deseos que nos asaltan a lo largo de la vida.

Mantenerse alejado de las compañías licenciosas, sean hombres o mujeres; estar siempre ocupado y hacer mucho ejercicio: boxeo, natación, excursiones, remo, etc.; apartar la mente de los pensamientos lascivos dedicando el tiempo libre a buenas aficiones y buenas lecturas; no beber, no fumar ni comer en exceso, ni dormir en una habitación caldeada o sobre un colchón blando, porque todo eso aviva la tentación.

Un scout con sombrero de campaña avanza a grandes zancadas apoyado en un bordón

El atletismo es también una válvula de escape para las fuerzas naturales. Contiene los elementos de lucha y de victoria de la fuerza física que se asocian a la guerra; por eso hay que mantenerlos en su sitio y no usarlos como formación para convertir a los jóvenes en carne de cañón.

Ya sabéis lo que es el Escultismo y el inmenso valor que tiene, así que no hace falta repetirlo.

Digamos ahora solo una palabra sobre la tolerancia: todos somos distintos, y no debemos pensar que, porque otras personas nos parezcan inferiores, hay que despreciarlas.

Por ejemplo, uno puede ser buen atleta y Pérez no serlo, pero ser bueno con los libros. No hay por qué despreciarlo: hay que vivir y dejar vivir.

Ya hemos visto con detenimiento los problemas sexuales tal como se presentan en la juventud, y espero que ahora os sintáis más tranquilos al respecto. La vida debe ser natural y sencilla; cuanto más sana es la vida que se lleva, menos problemas de este tipo surgen y menos motivos hay para preocuparse.

Recordad que, si tenéis dificultades que os preocupan, lo mejor es contárselas a vuestro padre, si podéis hablar con él, o a un sacerdote, un pastor, un médico o un maestro de moralidad reconocida.

Darle vueltas a las dificultades nunca sirve de nada.

Quien vive de verdad conforme a la Ley Scout no puede equivocarse mucho.

Hay un magnífico adagio latino con el que podemos terminar muy bien:

Mens sana in corpore sano: «Mente sana en cuerpo sano».

Una meta magnífica.

Mantened vuestro cuerpo limpio por dentro y por fuera: lavaos bien todos los días y, si es posible, nadad. El estreñimiento y la falta de higiene de los órganos genitales suelen producir irritaciones que llevan a las dificultades.

Es una lucha; pero si estáis decididos a vencer, saldréis de ella mejorados por la experiencia que hayáis ganado: habréis fortalecido vuestro carácter y el dominio de vosotros mismos, conservado una mente limpia y sana, y reforzado vuestro cuerpo con el poder de la virilidad.

Recordad también que no lo habréis hecho solo por vuestro bien, sino porque es vuestro deber hacia vuestra patria y hacia vuestra raza: para tener a su tiempo hijos fuertes y sanos, tenéis que conservaros puros.

Algunos piensan que, si no dan rienda suelta a su instinto de vez en cuando, no podrán cumplir cuando se casen. Es absurdo: la continencia no debilita las facultades.

La imaginación tiende a soñar, y los sueños pueden ser sugestivos y traer la tentación.

Sin embargo, la imaginación es una parte importante de la autosugestión y de la autocuración; por eso, el muchacho soñador es, en realidad, el mejor preparado para curarse a sí mismo siguiendo las líneas que os he propuesto.

La influencia de los padres

Muchos hombres que han sobresalido en la vida y han ocupado puestos eminentes reconocen que deben buena parte de su carácter y de su éxito a la influencia de su madre.

Es natural, porque ella los ha cuidado y les ha dado lo mejor de sí misma desde su más tierna infancia.

Un hombre tiene con su madre una deuda que nunca podrá pagar del todo. Pero lo mejor que puede hacer es demostrarle su gratitud coronando con el éxito los esfuerzos que ella hizo.

Seguramente se habrá hecho grandes ilusiones sobre lo que su hijo llegará a ser en el mundo, y si este resulta ser un vago o un fracasado, la desilusión, tan amarga como secreta, le ensombrecerá la vida.

Los muchachos no piensan lo bastante en esto. Son crueles sin querer: a menudo olvidan lo que ella ha hecho por ellos y lo mucho que agradecería cualquier cosa que hicieran por ella.

Recuerdo a sir Thomas Lipton contándome la historia de su vida. Me di cuenta de lo feliz que hizo a su madre cuando, siendo recadero, le entregó el primer sueldo que ganó, y ella le dijo: «Ya verás, Tomás, muy pronto me estarás comprando un carruaje con su tiro de caballos».

Aquella frase se le grabó en la imaginación y sobre ella construyó su ambición. Desde entonces dedicó todos sus esfuerzos a reunir dinero suficiente para dar una sorpresa a su madre regalándole un carruaje con su tiro de caballos.

Me contó que, de los muchos momentos emocionantes de su vida, el que más orgullo y satisfacción le había dado fue aquel en que le entregó a su madre el premio que había ganado para ella.

Así pues, a medida que vayáis teniendo éxito, recordad que vuestros progresos no solo serán una satisfacción para vosotros, sino que darán felicidad allí donde más se merece: en el corazón de vuestra madre.

Y cuando alguna de las dificultades o tentaciones de las que os he hablado os inquiete, pensad en vuestra madre. Pensad en lo que ella desearía. Actuad en consecuencia y saldréis adelante.

Si se os presentan problemas que creéis no poder resolver por vosotros mismos, acudid a vuestro padre. Recordad que él pasó por las mismas dificultades y que puede ayudaros. Si por alguna razón vuestro padre no puede, habrá algún otro hombre mayor de vuestra confianza a quien podáis acudir.

Salvaos y ayudad a salvar la raza

Como ya os he dicho, al daros estas ideas solo quiero ayudaros a alcanzar la felicidad.

La felicidad depende mucho de la salud, aunque también de saber que uno trata de contribuir al bienestar de la nación tanto como al suyo propio. No tiene sentido casarse, y en algunos casos es un verdadero crimen hacerlo, si uno no está en condiciones, no está sano y no es capaz de engendrar hijos sanos. Parte de vuestra responsabilidad como padres será enseñar a vuestros hijos a crecer sanos.

En nuestro país se pierde una gran cantidad de felicidad por la mala salud, y la mayor parte de esa mala salud podría remediarse si la gente se cuidara razonablemente.

¿Sabéis que, en realidad, solo uno de cada tres hombres está sano, y que uno de cada diez es inválido?

De los ocho millones de jóvenes —jóvenes, no viejos decrépitos— que fueron llamados a filas durante la Gran Guerra, más de un millón resultaron no aptos para el servicio por motivos médicos.

La mayoría había nacido sana, pero sus padres o ellos mismos dejaron que su organismo se debilitara.

Otra parte nació con defectos por culpa de sus padres o de sus madres, sobre todo a causa de las enfermedades venéreas.

Si se sumaran todas las horas de trabajo que se pierden cada año en Gran Bretaña por enfermedad, saldrían catorce millones de semanas. Pensad en lo que eso supone en comercio y en salarios; y, sin embargo, es una pérdida muy fácil de remediar si la gente supiera cuidarse y tuviera la inteligencia de hacerlo.

Si sois maquinistas o conductores, sabéis el enorme cuidado que exige mantener una máquina bien engrasada, alimentada con suficiente vapor o gasolina, manejar las palancas con suavidad y conservar limpias todas sus piezas. Requiere atención constante y un conocimiento a fondo de cada parte de la máquina; solo así se mantiene en buen estado de funcionamiento y marcha con suavidad y eficacia.

Pues bien, todos llevamos en el cuerpo humano una máquina más admirable que cualquiera construida por el hombre, y que exige todavía más atención y mejor comprensión si queremos conservarla en buen estado. Más aún: si la cuidamos, podemos mejorarla, desarrollarla y fortalecerla, cosa que no puede hacer con su máquina el maquinista que no entiende nada de ella, la somete a toda clase de tratamientos equivocados y luego pretende que siga intacta y funcione con precisión.

Cómo conservarse sano y fuerte

Cuando estaba de servicio en las selvas de las costas oriental y occidental de África, donde las fiebres son frecuentes, me fijé en que muchos de nosotros nos manteníamos sanos mientras marchábamos todos los días; pero, en cuanto hacíamos un alto y descansábamos, aunque fuera un solo día, algunos cogían la fiebre.

Esquema del cuerpo humano en corte, con los órganos señalados con letras de la A a la L
El hombre, una maravillosa máquina cooperativa
  • A. Los nervios: la central telefónica que conecta el cerebro con las distintas partes del cuerpo.
  • B. El cerebro: concibe las ideas y dirige las acciones del cuerpo.
  • C. El esófago: lleva la comida de la boca al estómago.
  • D. Las vías respiratorias: llevan el aire de la nariz a los pulmones.
  • E. El corazón: bombea la sangre purificada, la distribuye por todo el cuerpo y la devuelve a los pulmones.
  • F. Los pulmones: purifican la sangre con el oxígeno que reciben del aire puro.
  • G. El estómago: recibe la comida del esófago, la mezcla con los jugos digestivos y la pasa al intestino.
  • H. El hígado: ayuda a recoger los jugos útiles de la comida y expulsa los nocivos.
  • I. Los intestinos: seis metros de tubo por los que pasa el alimento mientras se digiere, lo que lleva de tres a cuatro horas. Los jugos útiles se toman del alimento y pasan a la sangre, mientras los desechos pasan al recto.
  • J. Los riñones: extraen de la sangre el agua y los desechos y los pasan a la vejiga.
  • K. La vejiga: recoge el agua sobrante del cuerpo y la expulsa.
  • L. El recto: expulsa del cuerpo los restos de la comida.

Yo razonaba para mis adentros que lo que mantenía limpia y fresca nuestra sangre era el ejercicio diario, que nos hacía sudar y así nos libraba de las toxinas del cuerpo.

Un día de descanso suponía respirar menos y comer más de lo habitual y, por tanto, depurar menos el organismo.

Por eso me propuse hacer un poco de ejercicio los días de descanso y comer y beber lo de costumbre.

No estuve enfermo ni un solo día, y en una ocasión hice una media de 30 kilómetros de marcha diaria durante una semana, en un clima húmedo. Nunca me había sentido mejor.

Conmigo iba un oficial blanco que tuvo que ser sustituido cinco veces por enfermedad.

En fin, me propuse mantener mi sangre limpia y pura.

La sangre pura es la que forma la carne, el músculo y la fibra, la que da el crecimiento y la fuerza.

El corazón bombea la sangre a todo el cuerpo y es el órgano más importante que tenemos. El «paso scout», que consiste en alternar carrera y marcha en tramos cortos de cincuenta pasos, evita al corazón el esfuerzo que supone correr una gran distancia, deporte para el que no todo el mundo está físicamente preparado.

Aire fresco

La sangre necesita mucho oxígeno —es decir, aire fresco— para conservarse pura. Vivir encerrado, sin aire fresco, envenena pronto la sangre y hace que la gente se sienta cansada y aburrida sin saber por qué.

Por mi parte, duermo al aire libre tanto en verano como en invierno; solo me siento aburrido y cansado cuando paso mucho tiempo en un sitio cerrado, y solo me resfrío cuando duermo en una habitación cerrada.

El British Medical Journal de febrero de 1922 publica un informe según el cual la vida al aire libre mejora el metabolismo de los enfermos de un hospital (¡vaya palabreja! Significa sacar el mejor provecho químico de los alimentos que uno toma) hasta el punto de elevar la media en un 40 %.

Limpieza

He dicho que hay que limpiarse por dentro, pero si uno quiere conservarse sano también es importante limpiarse por fuera.

Los soldados de caballería destacan por su limpieza. Lo cierto es que aprenden a ser limpios por cómo tienen que cuidar a sus caballos, a los que hay que asear al menos dos veces al día, manteniéndoles limpia la piel y todo el cuerpo, para que estén sanos y frescos.

No siempre se puede uno bañar a diario, pero sí puede hacerse con una toalla áspera, mojarla y darse con ella una buena friega.

Respiración

«Cierra la boca y salva tu vida» es el título de un folleto que escribió Catlin a raíz de sus experiencias con los indios pieles rojas.

Estos enseñan a sus hijos desde muy pequeños a respirar por la nariz y no por la boca. Lo hacen en parte para que no ronquen y se delaten ante el enemigo por la noche, pero también porque creen que una boca abierta revela el carácter de la persona.

Un inglés quería batirse en duelo con un piel roja, pero, para que la pelea fuera limpia, renunció a las pistolas y a otras armas a las que el indio no estaba acostumbrado. Le propuso que ambos se desnudaran y lucharan armados cada uno con un cuchillo. El indio sonrió y le dijo que pelearía si el inglés seguía queriéndolo, pero que a este le iría muy mal.

Cuando le preguntaron por qué lo decía, explicó que el inglés solía tener la boca abierta, y que él no temía a ningún hombre que lo hiciera, porque era señal de debilidad de carácter.

Pero nosotros sabemos, además, que perjudica la salud, porque quien respira por la boca traga los gérmenes del aire, en lugar de que queden atrapados por la humedad del interior de la nariz.

La mejor manera de coger un resfriado u otra enfermedad es ir por ahí respirando con la boca abierta.

Dientes

Se dice que casi la mitad de las enfermedades de la población pueden achacarse a una mala dentadura.

Aunque todo el mundo tiene buenos dientes de niño, muy pocas personas conservan una buena dentadura pasados los veinticinco años, y eso se debe sobre todo a la falta de cuidado.

A los niños se les enseña lo importante que es limpiarse bien los dientes después de cada comida, pero los mayores no se preocupan. Los dientes picados y las encías enfermas no solo impiden masticar bien la comida, sino que pueden criar en la boca esos pequeños brotes llamados gérmenes o microbios, que, mezclados con la comida, bajan al estómago y aportan continuamente una pequeña dosis de veneno. Poco a poco, eso hace que la gente se sienta aburrida y deprimida sin saber por qué.

Si queréis saber qué gérmenes tenéis en la boca, hay un experimento interesante que todos podemos hacer. Se pone un poco de agua oxigenada en un vaso de agua y se mete en él un cepillo de dientes limpio. No pasa nada. Pero si uno se limpia los dientes con ese cepillo y luego lo vuelve a meter en el vaso, verá formarse miles de burbujas en el agua, lo que significa que otros tantos gérmenes están muriendo.

En otra parte de este libro ya he hablado de la alimentación, la templanza, el tabaco, la bebida y el sueño.

Así pues, si uno quiere ser fuerte y conservarse sano, tiene que mantener buenos hábitos: estar siempre limpio por dentro y por fuera, hacer mucho ejercicio al aire libre, comer alimentos sencillos y con moderación, no fumar ni beber mucho, respirar por la nariz y dar gracias a Dios por conservarle la vida.

Ejercicio

Una vez, una alta autoridad en materia de educación me preguntó si no me parecía que construir gimnasios en todas las ciudades —aunque costara millones— sería dinero muy bien gastado, porque contribuiría a la salud y la fortaleza de la juventud.

Le contesté que las dos razas más fuertes y sanas que conocía eran los zulúes y los butaneses, campesinos del Himalaya. En ninguno de esos dos países había visto jamás ni rastro de un gimnasio; en cambio, había gran cantidad del aire fresco que Dios puso en la Tierra, y la gente caminaba, corría y subía montañas mucho como parte de su trabajo diario. Y yo creía que esos eran los mejores tónicos que se le pueden dar a cualquier hombre.

El aire fresco y el ejercicio son absolutamente imprescindibles para la salud, tanto mientras se está creciendo como cuando ya se ha alcanzado el pleno desarrollo. Yo empiezo siempre el día con un poco de ejercicio al aire libre nada más levantarme, pero eso es solo para empezar.

Cuando hablo de andar me refiero a hacerlo con brío, y no a ir con esa flojera que parece más bien arrastrarse.

Un hombre camina desganado mientras otro, dibujado con cuatro trazos, avanza con paso enérgico

Algunos hombres hacen gimnasia; a otros les gustan las paralelas y otras formas de ejercicio que desarrollan los músculos. Se entrenan hasta que estos se convierten en grandes bultos y luego se hacen fotografiar, pero no sacan de ello nada práctico.

Un forzudo musculoso, cruzado de brazos, con taparrabos de piel de leopardo

Este trabajo se suele hacer en lugares cerrados.

El buen ejercicio debe hacerse al aire libre, y el mejor es a la vez el más fácil y el más barato:

Caminar. Las caminatas de fin de semana son lo mejor para conservar la salud de la mente y del cuerpo.

La mochila

No conozco nada más agradable, más animado ni más saludable que una buena excursión de fin de semana. Con una mochila a la espalda uno es libre e independiente; se carga con todo lo esencial y nada de lujos. En ella no cuenta cada kilo, sino cada gramo, que se hace notar cuando la caminata es larga. No hay nada que pueda competir con la mochila de tipo noruego, con su armazón ligero de madera o de metal, que la sujeta firmemente en su sitio sin que se mueva y sin que dé calor en la espalda. En ella cabe, además de la ropa, una pequeña tienda de campaña que se monta con el bordón o con el tronco de un árbol, y el equipo para dormir, incluida una manta impermeable.

Una mochila con armazón de madera
Mi mochila, con su armazón de madera que evita el roce en la espalda.
Una tienda pequeña montada con una vara atada a un árbol
Tienda para acampada itinerante. Peso total: un kilo.

¿Se pueden hacer estas excursiones de fin de semana durante todo el año? ¿Y el tiempo? ¿Puede haber algo mejor que una excursión en un día frío y ventoso? Y si llueve, mejor todavía: se siente una verdadera alegría cuando, al final del día, se llega a una vieja casa de labranza o a una posada con un buen fuego en la chimenea. Con la práctica de las excursiones y de la vida al aire libre, uno se curte hasta tal punto que apenas nota el tiempo que hace, y menos aún le da importancia. Con frío o con calor, con lluvia o con sol, se gana en vigor, en vitalidad y en alegría.

Todo un hombre

Un joven limpio, en la plenitud de su salud y de su vigor, es la criatura más excelsa que Dios ha puesto en este mundo.

Una vez tuve a mi cargo a un grupo de jefes suazis durante su visita a Inglaterra. Al final, cuando ya habían visto la mayor parte de las cosas interesantes del país, les pregunté cuál era la que más admiración les había causado.

(Por cierto, formaban un grupo digno de verse: habían dejado a un lado sus trajes nativos y se habían vestido de levita cruzada y sombrero de copa).

Por unanimidad señalaron como lo mejor de Inglaterra el autobús londinense. Les habían encantado sus colores vivos y la idea de que solo servía para hacer excursiones de placer.

Lo siguiente, a su juicio, era el grupo de instructores de gimnasia del gimnasio de Aldershot. Al verlos hacer sus diversos ejercicios quedaron prendados de ellos, pero no se dieron por satisfechos del todo hasta que los instructores se desnudaron y les enseñaron el desarrollo de sus músculos.

He de decir que aquellos gimnastas eran de verdad magníficos ejemplares de lo que debe ser un hombre, activos y despiertos tanto de mente como de cuerpo.

Muchos venían de hogares humildes, pero por su propio esfuerzo se habían desarrollado hasta llegar a ser lo que eran, el orgullo de su juventud. Consideraban que esta era demasiado valiosa para cambiarla por coqueteos con mujeres, bebida y tabaco. Los salvajes suazis sabían apreciar la fuerza y la belleza viriles.

Un jefe suazi con levita y sombrero de copa contempla a un gimnasta musculoso
Un hombre blanco y un hombre.

Una mujer civilizada puede apreciar todavía más a un hombre que es de verdad un hombre, no solo de cuerpo sino también de mente, fuerte y caballeroso.

Es un hombre, y desprecia a los de mente enfermiza, a los petimetres, a los que usan un lenguaje sucio y no tienen columna vertebral.

Dios os ha dado un cuerpo —mejor dicho, os lo ha prestado— para que hagáis el mejor uso de él: no para que lo ahoguéis en vino ni para que lo volváis miserable y débil con el libertinaje, sino para que lo cuidéis como es debido, lo fortalezcáis y lo desarrolléis hasta que llegue a ser una verdadera estampa de hombre y de padre de varios hijos.

Podéis conseguirlo si queréis; depende de vosotros. ¡Y qué aventura tan espléndida!

San Jorge, que luchó con el dragón, estará a vuestro lado en la lucha contra la tentación y os ayudará a vencerla, para que al final os presentéis como hombres limpios, fuertes y caballerosos ante la muchacha a la que améis. Habréis dado un paso más hacia la felicidad y habréis preparado vuestro cuerpo para servir a Dios en el desarrollo de la raza a través de sus mejores ejemplares.