Prefacio
Cómo ser feliz, pobre o rico
Esto os dará una idea de qué trata este libro y de qué se entiende por «éxito»:
- Cómo ser feliz, pobre o rico.
- Una excursión en canoa es como el viaje por la vida.
- Hay que sortear los escollos con los consejos de los viejos pilotos.
- Y llegar a la conclusión de que el verdadero éxito es la felicidad.
- Dos bases de la felicidad son: «Tomar la vida como un juego y prodigar amor».
- Los birmanos son el ejemplo de un pueblo feliz.
- La felicidad no es el mero placer. Tampoco es el resultado de la riqueza.
- Es el resultado de un trabajo activo, más que del disfrute pasivo del placer.
- El éxito depende del esfuerzo individual en el viaje por la vida y de evitar ciertos escollos peligrosos.
- La autoeducación, como continuación de lo que se ha aprendido en la escuela, es indispensable.
- Avanzar con confianza.
- ¡Remando cada uno su propia canoa!
- Lo que otros han dicho sobre este asunto.
- Cantos.
- Libros que leer.
Este prefacio explica el objeto del libro.
El viaje de la vida
Una vez me sorprendió un temporal mientras remaba en una canoa de corteza de abedul, cruzando un lago en el norte de Canadá. Fue una experiencia emocionante mientras duró, pero mereció la pena.

Habíamos viajado por ríos y arroyos, unas veces tranquilos y otras turbulentos, pero siempre entre los paisajes variados de unos bosques grandiosos. Por eso fue algo nuevo salir de la corriente a un gran lago. Habíamos empezado la travesía con un sol radiante y, de repente, nos encontramos con un cielo que se oscurecía, un vendaval que se levantaba y unas aguas embravecidas. La frágil canoa, que hasta entonces solo habíamos visto como un medio para movernos por el río, se había convertido en nuestra única esperanza de salvar la vida. Si hacía agua o chocaba contra algún obstáculo (y allí había bastantes), estábamos perdidos. El remo ya no era un simple medio para avanzar: se había convertido en una herramienta para esquivar el embate de las olas y, a la vez, hacernos avanzar. Todo dependía de cómo lo usáramos.
«En una travesía de cuatro horas por una bahía abierta, os encontraréis con miles de olas, ninguna igual a otra, y cualquiera de ellas puede llenaros la canoa de agua con suma facilidad si no la cruzáis como es debido.» Así lo escribe Stewart E. White en su delicioso libro El bosque (The Forest), y a continuación explica cómo hay que afrontar el problema. Cuando las olas azotan la proa, hay que remar por el lado de sotavento. Cuando la canoa remonta una ola, hay que dejar que la cresta le levante un poco la proa, pero en cuanto empieza a bajar por el otro lado, hay que girar enseguida el remo para recuperar el rumbo.
El efecto de esta palada para enderezar la canoa debe compensarse con un movimiento del cuerpo en sentido contrario. Después, el seno de la ola os permitirá dar dos o tres paladas y avanzar un poco. Este doble giro en cada cresta hay que hacerlo con mucha delicadeza; si no, la embarcación se llenará de agua. Con las olas de costado, hay que remar de frente, y todos los ajustes se hacen únicamente con el movimiento del cuerpo. Para que la canoa no vuelque al chocar con el ángulo de la ola, hay que inclinarse hacia un lado. El momento crítico, por supuesto, es aquel en que la cresta pasa por debajo de la canoa. Si hay que atravesar una ola encrespada, hay que hundir bien en el agua la pala del remo para no volcar e inclinarse mucho hacia sotavento, de modo que el costado y la mitad de la quilla no reciban el golpe del agua.
«Hay que recuperar la posición correcta al instante, porque, si os quedáis inclinados un segundo más de la cuenta, os hundiréis. ¡Trabajo arriesgado!»
El autor sigue dando detalles parecidos e instrucciones sobre cómo arreglárselas con el mar en calma o con las olas de frente, de costado o de popa.
En todos los casos, todo depende de la atención concentrada, la serenidad y la rapidez. El menor descuido, y todo está perdido; pero la lucha tiene su recompensa. «Probablemente no hay nada más eficaz para despertar hasta la última de vuestras fibras físicas, mentales y nerviosas. Os llenará de euforia. Cada músculo, en tensión, responderá por instinto y con precisión al menor aviso. Sentiréis un estremecimiento de energía contenida en cuanto hayáis resuelto el problema de la última ola, y vuestra mente la olvidará para poneros delante, con ansia insistente, la siguiente. Es una especie de embriaguez. Veréis en cada ola a una persona, os enfrentaréis a ella como a un adversario personal y disfrutaréis aunque os golpee y os zarandee mientras la tormenta silba a sotavento. Gritaréis: “¡Ah, conque creías que ibas a poder conmigo! ¿Lo pensabas, verdad? ¿Creías que podrías?”. Y entre el rugido del viento y del agua os encogeréis como el boxeador que se cubre para parar los golpes, pero listos para dar una o dos paladas en la primera ocasión. Estaréis demasiado ocupados en salvar las olas para pensar en lo que avanzáis. No caeréis en la cuenta de que os vais acercando muy despacio a la meta hasta que estéis a unos pocos pasos de ella. Pero entonces no aflojéis el esfuerzo: las olas de los últimos cien metros son exactamente igual de peligrosas que las que hayáis vencido a cuatro kilómetros de la orilla.»
Sí, y así pasa en la vida.
La intención de este libro
Todo esto —el viaje tranquilo por una corriente mansa, la salida a un lago amplio, las dificultades que surgieron, la sucesión de escollos que hubo que salvar con un pilotaje cuidadoso, el triunfo sobre todos aquellos peligros, el desembarco con éxito en un lugar seguro, la hoguera de un campamento feliz y, por la noche, el sueño dichoso de un hombre cansado— es exactamente el recorrido que un hombre tiene que hacer a lo largo de su vida. Pero con frecuencia naufraga entre las dificultades o las tentaciones de un mar embravecido, sobre todo porque nadie le advirtió de los peligros que iba a encontrar ni de cómo sortearlos.
He copiado unos cuantos párrafos de los consejos prácticos de Stewart White sobre cómo remar en distintas aguas. Ahora, en las próximas páginas, quiero ofreceros consejos parecidos, sacados de mi propia experiencia, para sortear los obstáculos y las olas con los que es fácil que tropecéis al remar por los caminos de la vida.
Entre estos escollos y arrecifes están los que pueden agruparse bajo el viejo brindis «Apuestas, vino y mujeres», a los que hay que añadir los prejuicios y la charlatanería. En vuestro camino, en un momento u otro, tropezaréis con la mayoría de ellos. En los capítulos siguientes me propongo mostraros las luces y las sombras de estos escollos, y cómo, gracias al Roverismo, no solo podréis sortearlos, sino también sacarles ventaja y serviros de ellos para alcanzar el éxito.
Dar consejo
Siempre me ha parecido muy extraño que, cuando un hombre muere, se lleve a la tumba todo lo que ha aprendido en la vida, en sus travesuras de juventud o en sus éxitos, y deje a sus hijos o a sus hermanos menores la tarea de empezar a aprenderlo todo por experiencia propia. ¿Por qué no transmitirles sus conocimientos para que empiecen la vida con cierto bagaje y puedan subir enseguida en la escala de la eficacia y la sensatez?
Con esa idea me siento empujado a anotar algunas de las dificultades que me han salido al paso en la vida y a contar cuál me pareció la mejor manera de afrontarlas. No digo «cómo las afronté», porque a veces no hice lo que debía, y solo más tarde mis propios errores me enseñaron lo que tendría que haber hecho.
Así pues, este libro no es para los hombres con experiencia. Os lo advierto. Es para vosotros, los jóvenes, que debéis tener la sensatez de mirar hacia el futuro con ganas de vislumbrar adónde vais y qué tenéis que hacer en la vida. Y debo decir que vosotros, las nuevas generaciones, sois un poco más sensatos en este sentido que quienes os precedieron. No hagáis como los gansos que describe B. B. Valentine en la balada de negros «Ole Master»:
Hay quienes parecen gansos por cómo van en fila: los de delante no saben adónde van; solo siguen las huellas, porque los hijos imitan a los padres y nunca hacen nada que papá no haya hecho.
Propongo que llamemos a este libro Roverismo hacia el éxito. En el último capítulo veréis por qué.
Por Roverismo no entiendo vagabundear sin rumbo, sino abrirse camino por senderos con un objetivo definido y con una idea de las dificultades y los peligros que uno va a encontrar en ellos.
Contad con que os saldrán muchos escollos. He probado muchas de las amarguras, pero también muchas de las dulzuras de la vida en distintos lugares del mundo; así que no penséis que os pongo delante estas ideas sacadas de los libros. La vida sería insípida si fuera de azúcar. La sal es amarga si se toma sola, pero mezclada con los alimentos les da sabor. Las dificultades son la sal de la vida. La madre de Goethe resumía bien la vida con estas palabras: «No busco las espinas, pero recojo las pequeñas alegrías. Si la puerta es baja, me agacho. Si puedo quitar una piedra del camino, la quito. Si pesa demasiado, la rodeo».
En otras palabras, no iba dándose cabezazos en busca de dificultades: tomaba las cosas como venían y les sacaba el mejor partido. Y ese es el camino del éxito.
El único éxito verdadero es la felicidad
¿Qué es el éxito?
¿Subir a lo más alto del árbol? ¿La riqueza? ¿La posición? ¿El poder?
No, ninguna de estas cosas.
Se os ocurrirán estas y muchas otras ideas. Eso es lo que suele considerarse éxito, y además supone ganar a los demás y demostrar que uno es mejor en esto o en aquello. Dicho de otro modo, conseguir algo a costa de alguien. No creo que eso sea el éxito.
Creo que se nos puso en este mundo de maravillas y belleza con una capacidad especial para apreciarlas; en algunos casos, para disfrutar ayudando a desarrollarlas, y también para poder ayudar a nuestros semejantes en lugar de ganarles; y, con todo ello, para disfrutar de la vida, es decir, para SER FELICES.
Eso es lo que creo que es el éxito: ser feliz. Pero la felicidad no es algo pasivo, es decir, no se consigue sentándose a esperarla; eso sería muy poca cosa: solo placer.
A nosotros se nos han dado brazos, piernas, cerebro y ambiciones con los que podemos ser activos; y para alcanzar la verdadera felicidad cuenta más la actividad que la pasividad.
Dos llaves para la felicidad
El rico tiene sus limitaciones. Quizá tenga dos o tres casas con una docena de habitaciones cada una, pero solo puede ocupar una cada vez, porque no tiene más que un cuerpo.
En este sentido no está mejor que el más pobre de los pobres. Puede ver y admirar una puesta de sol, disfrutar de un día claro o de una vista hermosa, pero el pobre puede disfrutar de todo eso tanto como él. Si el pobre tiene la sensatez de hacer dos cosas en la vida, podrá disfrutarla tanto como el millonario, y probablemente más.
La primera es esta:
No tomarse las cosas demasiado en serio, sino sacar el mejor partido de lo que se tiene y ver la vida como un juego y el mundo como un patio de recreo. Shackleton dijo: «La vida es el mayor de los juegos, pero se corre el peligro de tratarla como un juego trivial… Lo principal es ganar con honradez y de forma espléndida».
La segunda es esta:
Dejad que el Amor guíe vuestros actos y vuestros pensamientos. Por Amor, con mayúscula, no me refiero a enamorarse ni a todo lo que vulgarmente se cobija bajo esa palabra. Me refiero a ese espíritu bondadoso que se hace patente cuando se presta un servicio a un semejante, cuando se es bondadoso y compasivo, cuando se muestra gratitud a los demás por los favores recibidos. Eso es buena voluntad, y la buena voluntad es la voluntad de Dios.
Un pueblo feliz
El pueblo más feliz que conozco, como nación, es el birmano; su ingenio y su alegría son proverbiales. Su bondad con los animales es su mayor «debilidad»: ningún birmano mata un animal, ni siquiera para librarlo de un sufrimiento. No comen carne y, en general, tratan a todos los animales como si fueran domésticos. Hombres, mujeres y niños parecen disfrutar con la misma alegría de la belleza de su país, de las flores, de la luz del sol y de los bosques, y todo eso se traduce en sonrisas, canciones y risas.
Sobre todo, están libres de la avidez por el dinero, hasta el punto de que alguien podría llamarlos casi perezosos. Se conforman con reunir el dinero o la cosecha suficientes para sus necesidades y, en cuanto a lo demás, se dedican sencillamente a disfrutar de la vida. Pero su disfrute no es un disfrute inútil. Todo joven pasa por un periodo de formación como phoongy, es decir, como monje: por rico que sea, durante un tiempo se somete a la pobreza voluntaria, sin un céntimo. Vive con austeridad en un monasterio, dedicado a la oración y la meditación y a enseñar a los niños los principios y la ética de la religión. Aprende de la mejor manera posible a ayudar a quienes lo necesitan. Así, cuando vuelve al mundo, vuelve convertido en un hombre con sentido del servicio a los demás y con gusto por las cosas sencillas, que hacen de él un buen ciudadano. Una muestra digna de mención de estos buenos sentimientos se ve a lo largo de los caminos del país: de vez en cuando, el viajero encuentra recipientes de agua a cubierto donde puede calmar la sed, y bancos para los caminantes, construidos por quienes tienen medios para hacerlo.
El escritor Fielding Hall, en su libro sobre los birmanos El alma de un pueblo (The Soul of a People), dice: «Tengan éxito o fracasen como individuos, la nación birmana será siempre la más grande del mundo, porque es la más feliz».
Felicidad
La felicidad está al alcance de todos, ricos o pobres.
Sin embargo, en proporción, muy pocas personas son felices.
Creo que la razón es que la mayoría no se da cuenta de la felicidad aunque la tenga al alcance de la mano.
¿Habéis leído El pájaro azul (The Blue Bird), de Maeterlinck? Es la historia de una niña llamada Mytyl y de su hermano Tyltyl, que se propusieron encontrar «el pájaro azul de la felicidad». Recorrieron todo el país buscando y rebuscando sin encontrarlo jamás, hasta que al final se dieron cuenta de que no tenían por qué haber ido tan lejos: la felicidad, el pájaro azul, estaba allí donde ellos decidieran hacer el bien a sus semejantes, en su propia casa.
Si meditáis y aplicáis el sentido profundo de esta leyenda, veréis que se reduce a ayudaros a encontrar la felicidad a vuestro alrededor, sin tener que ir a la luna a buscarla.
Hay mucha gente que ve su trabajo como una molestia y no hace más que pensar en las vacaciones, cuando podrá disfrutar. Con frecuencia, cuando llegan las vacaciones, llueve, hace frío o les entra la morriña, y aquellos días tan deseados se convierten en un auténtico fastidio.
La verdad es que no hay que aplazar la felicidad para el futuro: hay que disfrutar de la vida todo el tiempo. El hombre sensato no ahorra para un cielo vago en un futuro borroso. Se da cuenta de que puede construir su propio cielo aquí, en este mundo y ahora mismo, y de que cuanto mejor sea el cielo que construya aquí, mejor será el que consiga en el futuro. Y así acabará entrando en el verdadero Cielo que él mismo se haya preparado: el Cielo del descanso, de la paz y de la acción de gracias.