Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 1. Apuestas

Profesión adecuada

En cuanto al dinero, la mayoría de nosotros necesitamos unos ingresos seguros que nos eviten ser una carga para los demás y nos permitan disfrutar de la vida y ayudar a que otros disfruten también de ella. Por eso, en vez de arriesgar el dinero confiando en la suerte, intentando quitárselo a otro menos afortunado, aprovechemos el tiempo en conseguir unos ingresos seguros a cambio de nuestro trabajo honrado.

Esto significa, como primer paso, prepararse para ejercer una profesión en la vida.

He dicho que no me gusta llevar caddies en el golf porque eso empuja a los muchachos a aceptar trabajos en los que cobran algo en el momento, pero sin oportunidades de futuro. Son trabajos que hay que dejar cuando uno se hace hombre, y entonces se encuentra con que no está preparado para ejercer ninguna profesión. Y por eso, en muchos casos, acaba convertido en un holgazán inútil.

Pero no es solo el caddie el que empieza mal en la vida. A muchos muchachos se les presenta la oportunidad de un trabajo bien pagado, y sus padres les insisten en que lo acepten, sin pararse a pensar en otra cosa: qué será de ellos más adelante.

Un obrero manejando una máquina y un paje vestido de época

Muchos de esos trabajos bien pagados no llevan a nada estable y dejan al muchacho desorientado justo en el momento más importante de su vida, cuando debería empezar a subir los primeros peldaños de una carrera que llegara a ser su sustento.

Otro error frecuente es que, aunque un joven encuentre un camino con buenas perspectivas, lo emprende solo porque parece gustarle, sin pararse a pensar si de verdad está capacitado para él; y con el tiempo él mismo, o sus jefes, descubren que no es la persona adecuada, así que tiene que dejarlo y buscar otro. Se convierte en una clavija cuadrada en un agujero redondo, y el resultado es que nunca llega a asentarse.

Lo que hay que averiguar es para qué trabajo está uno más capacitado. Si al principio se acepta otro trabajo en el que se cobra bien, hay que tener siempre la vista puesta en lo que de verdad conviene para aprovechar la oportunidad cuando llegue. Pero, al mismo tiempo, hay que tener cuidado de no creer que la hierba del prado vecino es más verde que la del propio.

Si uno es una clavija cuadrada, tiene que echar el ojo a un agujero cuadrado e intentar conseguirlo.

Encontrad el rastro y no os separéis de él, sin preocuparos por cómo acabará la cacería. La diversión está en seguir el rastro, no en lo que se encuentra al final.

Cuando yo era joven y aún no había encontrado mi camino, seguí esta regla: aceptar lo primero que se me ofrecía y usarlo para conseguir algo mejor. Si pescáis un pececillo con una lombriz, con él podéis pescar uno más grande, y con el más grande buscar otro mayor todavía, hasta conseguir uno que merezca la pena.

He aquí el consejo que dio a su hijo un comerciante que se había hecho rico por su propio esfuerzo: «Si descubres que te da para vivir proporcionar a un semejante un abrigo de pieles que lo deje satisfecho, eso quiere decir que has triunfado en tu carrera: no solo has conseguido lo suficiente para vivir, sino que has puesto tu trabajo al servicio de los demás».

Y eso es lo que significa disfrutar de la vida.

Si queréis seguir la sugerencia de ese comerciante y aceptar cualquier trabajo pagado mientras se os presenta una oportunidad adecuada, en muchos casos no podríais hacer nada mejor que alistaros en la Real Fuerza Aérea, porque allí el servicio es de corta duración, está bien pagado y es muy interesante.

Pero es que, además, en ese trabajo hay mucho de verdaderamente educativo, y, si se toma con buen espíritu, da los últimos toques a la formación recibida en la escuela. Y, mientras tanto, se gana en carácter, en esa clase de carácter que permite emprender una carrera cuando se presenta la oportunidad.

Asimismo, se puede conocer la vida en otros países, que es la mejor manera de ganar experiencia y hacer amigos.

Ahorro

Desde la Gran Guerra del catorce, nuestros críticos dicen que nuestra nación se está hundiendo. Yo no sé qué decir; pero veo que el director de la escuela de la City de Londres dice que los muchachos de hoy tienen más energía que los de ayer y que mejoran día a día. Eso, por lo menos, es una buena señal.

Lo cierto es que hoy hay más personas que ahorran dinero y menos que escupen en cualquier sitio. No creo que estas dos cosas tengan ninguna relación entre sí, pero son dos hechos.

En las próximas páginas sugiero que practicando el dominio de uno mismo se gana en carácter; pero también se gana otra cosa, al menos algunas veces: dinero. Si limitamos el consumo de alcohol, de tabaco y de comida innecesaria, además de otras cosas que no nos hacen falta, nos habremos ahorrado lo que cuestan, y a la larga esa suma llegará a ser algo nada despreciable.

Nunca le aconsejo a nadie que haga lo que yo no he hecho, y lo que estoy recomendando ahora lo he practicado yo.

Fui el séptimo de una familia de diez hermanos; mi padre era clérigo y murió cuando yo tenía tres años. Así que crecí en un ambiente que no podría llamarse acomodado, y, cuando entré en el ejército, tuve que vivir como pude con un sueldo muy pequeño.

Eso significaba luchar. Significaba, entre otras cosas, quedarme sin desayuno o sin almuerzo, no fumar, no beber y ganar lo que podía en las horas que me dejaba libres el servicio militar, dibujando o escribiendo.

Pero trabajaba duro y disfrutaba con la lucha. Y al final salí adelante. Tuve mucha suerte, pero debo añadir que buena parte la conseguí con mi esfuerzo. Lo que suele llamarse suerte es en realidad la capacidad de ver la oportunidad que se le presenta a uno, lanzarse sobre ella y atraparla. Mucha gente se sienta a esperar a que la fortuna llegue y luego se queja de que nunca llega.

Lo curioso es que avancé más deprisa de lo que deseaba. Mi única ambición de verdad era no tener que pedir dinero a mi familia para mantenerme. Si además podía ayudarlos en algo, tanto mejor. Me encantaba mi trabajo, porque transcurría entre hombres y caballos. Estaba perfectamente contento.

Pero, cuando me llegaba un ascenso y me trasladaban a un puesto superior, aunque la paga fuera mejor y las oportunidades grandes, la idea no me gustaba y solo quería quedarme donde estaba. Recuerdo que una vez le pregunté a mi coronel si podía rechazar el ascenso, y él me dijo riendo que era imposible; no me quedó más remedio que ascender. Seguí subiendo, y en gran parte se lo debí a haber practicado el ahorro desde el principio.

El otro día me quedé asombrado al repasar algunos de mis primeros diarios de viajes y visitas a amigos: con qué escrupulosidad anotaba hasta el último penique de mis gastos y con qué triunfo apuntaba cualquier cantidad que me entraba. Puedo decir con toda verdad, como el que más, que es cierto el dicho: «Cuida los peniques, que las libras se cuidan solas».

Y así no solo podía atender a mis propias necesidades, sino que también podía aconsejar a otros a partir de mi propia experiencia y llevar por el mismo camino a bastantes amigos míos, incluido mi escuadrón. Como consecuencia, los beneficios de la cantina bajaron, pero subieron los saldos de las cuentas de ahorro. Los hombres tenían mejor salud y eran más felices. Y al dejar el servicio tenían dinero en mano para establecerse en un negocio o en la vida civil. Lo mismo os puede pasar a vosotros, que leéis esto: si no tenéis dinero, intentad ganarlo de alguna manera, pero hacedlo. Llegarán los días malos, y entonces no será justo cargar sobre los demás. Hay que pensar en esos días, que muchos olvidan para sufrir luego las consecuencias.

Si ya tenéis algo de dinero, eso no es razón para malgastarlo. Si tenéis que gastarlo, gastadlo en los demás y no solo en vuestra propia diversión.

Quizá seáis ricos, pero hay una cosa que no podéis hacer si sois de verdad lo que debéis ser: gastar vuestro dinero en lujos mientras a vuestro alrededor haya personas a las que les falta lo indispensable para vivir.

Fijaos: cuando hablo de ahorro, no quiero decir tacañería. Sed todo lo tacaños que queráis con vosotros mismos, ahorrad en vuestros propios gastos, pero no en lo que debéis gastar en los demás.

Por mi parte, he disfrutado de la vida tanto como mis amigos: cazando, jugando al polo, he disfrutado de la caza del jabalí con lanza y de la caza mayor; pero nunca compré animales caros para el deporte. Los compraba sin domar, sin ninguna formación, por poco dinero, y me divertía y me interesaba domándolos. Hay mucha gente que compra las cosas casi solo por lo que cuestan. Hay también personas que se compran un abrigo nuevo en cuanto aparece la más mínima mancha o la menor señal de uso en el que tienen. Otros, en cambio, cuando su ropa está gastada, hacen que se la den la vuelta y la llevan del revés, con lo que les dura el doble.

Un jinete y su caballo caen por los aires ante un jabalí
He disfrutado de la caza del jabalí…

Siempre hay manera de pasarlo bien con pocos medios y disfrutar tanto como si se tuvieran muchos; solo hay que saber poner en práctica el ingenio y el ahorro. En realidad, en ello hay algo de aventura que atrae a un buen deportista. ¡Pobres millonarios!

Aprovechad las oportunidades

Hace mucho tiempo vino a verme un hombre que había servido como soldado en mi regimiento, quejándose de que estaba en muy mala situación. Me dijo que había servido lealmente a su país durante los diez mejores años de su vida y que así era como su país, tan agradecido, lo trataba: dejándolo en la miseria. No tenía ningún oficio, pero su hermano, que vivía en Canadá, estaba dispuesto a aceptarlo como socio si se iba allí. Pero a él le parecía injusto tener que abandonar su país después de haberlo servido, y, además, aunque quisiera, no tenía dinero para el viaje.

Le pregunté cuánto había ahorrado durante su servicio. Sonrió con ironía y dijo: «Un soldado raso no puede ahorrar mucho». Pero yo sabía por experiencia lo que muchos de mis soldados tenían ahorrado al dejar el servicio, con un buen saldo a su favor en su cuenta de ahorros, y estuve tentado de decirle: «Tenía asegurados la comida, el alojamiento, la ropa, la calefacción, la luz y el agua, todo gratis, y contaba por lo menos con un chelín y medio al día para gastar. Eso suma veintisiete libras al año. Con ello habría podido ahorrar en sus ocho años de servicio 216 libras, o por lo menos cien, descontando diversiones y cerveza, que con sus intereses habrían sumado ciento cincuenta libras en ocho años. Con eso podría haberse ido a Canadá, que no es un lugar de destierro, sino una magnífica tierra prometida». Pero aquel hombre era de los que no aprovechan las oportunidades cuando se presentan. La moraleja de esta historia es esta: «Aprovechad el buen tiempo; no esperéis a que vuelva, porque a lo mejor pronto se acumulan las nubes y estalla la tormenta».

Como dijo John Graham a su hijo: «No juegues con la cuchara antes de tomarte la medicina». Aplazar una cosa fácil la vuelve difícil, y aplazar una difícil la vuelve imposible…

Dick siempre lo estaba aplazando todo. La última vez que supe de él tenía noventa y tres años y estaba a punto de morir. Eso fue hace diez años, y apostaría a que todavía vive.

Lo importante es ahorrar desde el principio, sobre todo cuando sois jóvenes

El señor Pound escribe lo siguiente sobre los muchachos que trabajan: antes, un trabajador iba cobrando un jornal cada vez mayor hasta pasados los treinta años. Ahora, un joven de dieciocho años consigue una buena paga y llega a la cumbre a los veinticinco, y su rendimiento cae rápidamente entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco. Estos muchachos ganan más a los veinte años de lo que ganaban sus padres a esa edad, pero mucho menos que ellos a los sesenta.

¿Por qué ahorrar? Pues porque quizá algún día tengáis la oportunidad de mejorar marchándoos al extranjero o reuniendo un pequeño capital para estableceros en un negocio; pero, sobre todo, porque es seguro que un día os casaréis y tendréis que pensar en vuestra casa y en vuestra esposa, y en algo todavía más importante que muchos olvidan: los hijos.

Es verdaderamente egoísta con ellos traerlos al mundo si no hay con qué mantenerlos.

Cómo ahorrar

La forma más sencilla es abrir una cuenta de ahorro en un banco o en Correos. Cualquier empleado del banco o de Correos os informará y os dará una libreta de ahorros en la que se irán anotando los depósitos que hagáis; ese dinero produce intereses, que van creciendo poco a poco.

Otra forma de ahorrar es comprar bonos del Estado.

Otra es reunirse un grupo y formar una asociación de ahorro, ingresando el dinero en común en una cuenta de ahorros, con lo que empieza a producir intereses desde el primer momento.

A medida que crezcan vuestros ahorros, podréis invertirlos en acciones, que os darán más intereses, aunque también con más riesgo.

Invertir dinero exige cierta preparación, así que conviene que pidáis consejo a alguien con experiencia. Pero en el ahorro nacional, en las cajas de ahorros y en el ahorro postal, el dinero está asegurado, y el interés también.

El carácter en la profesión

Una vez escribí una carta de recomendación para que alguien consiguiera un buen puesto, e incluí en ella una pequeña lista de sus cualidades. Al releerla, pensé que, si quien me la había pedido me hubiera dado una lista de las cualidades que debía tener el candidato, coincidirían más o menos con las que yo había escrito. Y es que eran las cualidades que vosotros desearíais encontrar en un hombre. Lo importante ahora es saber si vosotros las tenéis. Si no, daos prisa en conseguirlas, y tendréis asegurado un empleo en el campo para el que os consideréis más aptos. Esto es lo que decía de mi recomendado:

«Es capaz y activo, digno de confianza en todos los sentidos y con iniciativa. Un jefe con tacto y con una risa sana. Esto último, por lo menos, ya vale el sueldo, porque la saca en los momentos que parecen más difíciles y la contagia a todos los que le rodean».

Pues bien, ahí tenéis carácter de sobra para llevar al éxito a cualquiera que sea despierto y disfrute con su trabajo. «Digno de confianza» quiere decir sobrio, puntual y veraz; alguien a quien se le pueden confiar dinero y secretos, que difícilmente cometerá tonterías o errores, que es leal tanto a sus jefes como a sus subordinados y que hace su trabajo igual si lo vigilan que si no. «De iniciativa» quiere decir que encontrará la manera de cumplir con su deber, sean cuales sean las dificultades que se le presenten. «Un jefe con tacto» quiere decir que es cortés y humano, que sabe guiar yendo delante y no empujando por detrás. Y el hecho de que se ría y se tome las cosas con alegría hace que los demás sigan su ejemplo, lo cual tiene un valor incalculable.