Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · Prefacio

El placer no es la felicidad

Mucha gente cree que el «placer» es lo mismo que la «felicidad», y ahí es donde se tuerce el camino.

El placer, a menudo, no es más que una distracción. Quizá encontréis placer en ver un partido de fútbol o una obra de teatro, en leer una buena historia, en criticar a los vecinos, en comer demasiado o en emborracharos. Pero el efecto es solo pasajero: dura un instante. Y muchas veces la reacción es cualquier cosa menos placentera: ¡qué dolor de cabeza al día siguiente!

La felicidad es otra cosa: uno la lleva consigo y le llena toda la vida. Uno se da cuenta de que el cielo no es algo vago que está allá arriba, en las nubes, sino algo tangible que está aquí, en el mundo, en el propio corazón y en lo que nos rodea.

Arnold Bennett define la felicidad como «la satisfacción que se siente después de realizar un esfuerzo honrado».

Pero la felicidad es algo más que eso. Por ejemplo, como él mismo dice: «Casi cualquier matrimonio es mejor que no casarse; hay una felicidad intensa en la camaradería amorosa de la compañera y en la confianza sin límites de la compañía de los hijos».

El difunto sir Ernest Cassel, a quien casi todo el mundo señalaba como «un hombre que ha triunfado en la vida», confesó al final que había fracasado.

Había reunido grandes riquezas, poder y posición, y había tenido un éxito fuera de lo común en sus actividades comerciales, industriales y deportivas. Pero al final de su vida confesó que no tenía lo más importante: la felicidad.

Era, como él mismo dijo, «un hombre solitario».

«La mayoría de la gente —dijo— cree en la teoría de que la riqueza da la felicidad. Quizá yo, que soy rico, tenga derecho a decir que no es así. Las cosas más valiosas que uno desea conseguir son las que el dinero no puede comprar.»

Al menos hay algo reconfortante y estimulante para el pobre en esta declaración.

Así lo dice también el proverbio cingalés: «El que es feliz es rico», pero de ahí no se sigue que el que es rico sea feliz.

Los pobres ricos

Mi mujer y yo hicimos un viaje original: una excursión a pie por el borde del desierto del Sáhara, donde se une con el terreno árido y pedregoso de los montes Aurés. Llevábamos dos mulas para cargar el equipo de acampada y dos guías árabes armados que también nos servían de escolta.

Durante la excursión cruzamos la carretera que construyeron los franceses hasta la ciudad del desierto llamada Biskra, y allí, en lugar de la habitual hilera serpenteante de camellos, vimos coches alborotando la llanura.

Iban a toda velocidad hacia su destino, el gran hotel de Biskra, sin poder darse cuenta del encanto que tiene caminar buscándose uno mismo la comida (hasta en las pequeñas grietas del suelo que anuncian que debajo hay setas), cocinarla al aire libre y pasar la noche bajo las estrellas.

Al verlos, los dos exclamamos a la vez: «¡Pobres millonarios!».

Sí, los ricos se pierden muchas diversiones.

El trabajo activo trae la felicidad

Ni siquiera la felicidad del hogar es completa, porque no llega lo bastante lejos fuera de él y corre el riesgo de volverse egoísta. Y el egoísmo es la raíz del malestar.

Un scout no se conforma con ser bueno: hace el bien. Es bueno de forma activa, no pasiva.

Un scout cruzado de brazos y otro que corre con energía

La verdadera felicidad es como el radio, el elemento radiactivo. Es una especie de amor que crece en proporción a lo que da; por eso la felicidad está al alcance de todo el mundo, incluso de los pobres.

El reverendo canónigo Mitchell decía: «No pidáis a Dios que os haga felices; pedidle que os haga útiles, y de verdad creo que entonces la felicidad os vendrá por añadidura».

A mí la felicidad me parece en parte pasiva, pero sobre todo activa.

Pasiva por la contemplación de las bellezas de la naturaleza: la gloria de una puesta de sol, la majestad de las montañas, las maravillas de la vida animal, el olor de una hoguera de campamento. Todo eso, unido a la alegría de un hogar feliz, produce un sentimiento de gratitud hacia el Creador que solo puede satisfacerse expresándolo de forma activa: el esfuerzo por ayudar a los demás es lo que calma ese anhelo. Lo que cuenta es la actividad de hacer el bien.

«La felicidad del hogar, unida a la actividad del servicio al prójimo, da la mejor felicidad.»

A un muchacho lo llevaron ante un tribunal acusado de ser incorregible, y se excusó diciendo que la culpa era de Dios: «Si Dios no quisiera que yo fuera malo, me salvaría y me haría bueno».

Esto me recuerda a uno de los comandantes bóeres que, después de que nuestras tropas lo capturaran, lanzaba amargas invectivas contra el presidente Kruger por no haberle dado suficiente artillería.

Contaba que, cuando se la pedía, el presidente le daba una respuesta muy suya: «Si Dios quiere que ganemos la guerra, la ganaremos con artillería o sin ella».

A lo que él contestaba: «Eso está muy bien, pero Dios os ha dado un estómago con el que podéis digerir un buen pato asado, y aun así espera que lo despluméis y lo cocinéis antes de coméroslo». Y en esto hay mucho de verdad. Dios nos ha dado este mundo, con todo lo que contiene, para hacernos la vida agradable, pero de nosotros depende sacarle el mejor partido o, por el contrario, convertirlo todo en un enredo. Solo tenemos una vida corta, y es esencial hacer las cosas que merecen la pena, y hacerlas ya. Uno de los pasos principales es no conformarse con dedicar la vida y las ideas a los muros de piedra y cemento, a los negocios y a la política o a otras muchas cosas pasajeras inventadas por el hombre que, en realidad, no importan.

Observad también todo lo que podáis del mundo, con su variedad de bellezas y todo lo interesante que Dios os ofrece. Pronto os daréis cuenta de qué cosas merecen la pena para una vida feliz y cuáles no. Mirad a vuestro alrededor y aprended todo lo que podáis de las maravillas de la naturaleza.

En mi caso, desde hace algunos años me digo: «Dentro de tres años estaré muerto. Así que tengo que arreglar esto y aquello ahora mismo, porque después será tarde». Esta costumbre me ha llevado a darme prisa y a hacer cosas que, de otro modo, seguiría dejando para mañana.

De paso —y lo agradezco mucho—, también me ha llevado a visitar varias partes del mundo sin la espera fatal de «una ocasión mejor».

Una vez, soñando despierto, me vi llegar a la puerta del cielo después de haber terminado esta vida, y san Pedro me preguntaba con amabilidad:

—¿Qué tal? ¿Le gustó Japón?

—¿Japón? Yo vivía en Inglaterra.

—¿Y qué hizo usted todo el tiempo que pasó en aquel mundo de lugares tan bellos e interesantes, puestos allí para su instrucción? ¿Estuvo malgastando el tiempo que Dios le había dado?

Por eso decidí enseguida ir a Japón.

Sí, una de las cosas que atormentan a los hombres al final de su vida es que solo entonces ven las cosas en su verdadera proporción, y reconocen demasiado tarde que han perdido el tiempo en cosas que no valían la pena.

Remad vuestra propia canoa

Vosotros, los jóvenes que empezáis a vivir, tenéis una tendencia: sentiros parte de una multitud y, por tanto, dejaros llevar a la deriva con ella, pensando que así os irá bien. Sois como aquella señora a la que su director espiritual reprendió advirtiéndole de que su forma de vida la llevaría al infierno, y que replicó: «Bueno, allí irán también otros, ¿qué más da?».

Pues bien, esa es una tendencia nefasta. Recordad que vosotros sois vosotros. Tenéis vuestra propia vida que vivir y, si queréis tener éxito, si queréis ser felices, sois vosotros mismos quienes tenéis que ganároslo. Nadie puede hacerlo por vosotros.

Un hombre rema en canoa mirando hacia delante, mientras otro va en una barca de espaldas a la marcha
Remad vuestra propia canoa mirando hacia delante. Si os dejáis llevar por otros, de espaldas al peligro, podéis sufrir un accidente.

Cuando yo era joven había una canción popular titulada «Remad vuestra propia canoa», con este estribillo:

Nunca os sentéis a fruncir el ceño o a llorar: remad vuestra propia canoa.

Era un consejo para la vida, y un buen consejo, por cierto.

En la imagen que me hago de vosotros, estáis remando en vuestra propia canoa, no bogando en una barca de remos.

La diferencia es que en la canoa veis hacia dónde vais y la impulsáis vosotros mismos, mientras que en la barca no veis adónde vais y tenéis que fiaros del timonel; así que podéis chocar con algún obstáculo sin daros cuenta. Mucha gente atraviesa la vida de esta forma. Otros muchos prefieren navegar tranquilamente en un velero, empujados por el viento del azar o la corriente de la suerte; es más fácil que remar, pero también más funesto.

El hombre que mira hacia delante y rema activamente en su propia canoa forja su futuro.

Remad vuestra propia canoa; no dependáis de que otros remen por vosotros. Estáis al principio de un viaje lleno de aventuras que empieza en el arroyo de la niñez, sigue por el río de la adolescencia, cruza el océano de la edad adulta y os lleva al puerto al que queréis llegar.

Tropezaréis con dificultades y peligros, con bancos de arena y tormentas; pero sin aventura la vida sería insípida. Con un pilotaje cuidadoso y una alegre constancia, no hay razón para que vuestro viaje no sea un éxito completo, por pequeño que sea el riachuelo del que hayáis partido.

La autoeducación es necesaria

Recordad que, al salir de la escuela, no tenéis todavía la educación suficiente para convertiros en hombres. Lo principal que os han enseñado es a aprender. Si queréis tener éxito, tendréis que terminar vuestra educación por vuestra cuenta. Os propongo que lo hagáis con tres objetivos principales. Preparaos para asumir responsabilidades:

  • En vuestra profesión u oficio.
  • Como futuros padres de familia.
  • Como ciudadanos y como jefes de otros hombres.

Cuando salí de la escuela, me sentí como si estuviera en una habitación a oscuras, y la educación que había recibido fuera una cerilla encendida que solo servía para enseñarme lo oscura que estaba la habitación; pero también para enseñarme que allí había una vela que podía encender con aquella cerilla.

Y aquella era solo una de las muchas habitaciones que tiene este mundo. Conviene ver lo que hay en las demás, es decir, en otros ámbitos de la vida, en lugares cercanos o en otros países, y ver cómo vive allí la gente.

Puede que descubráis que, aunque vuestra habitación parezca oscura y triste, hay manera de dejar entrar en ella algo más de sol y mejores perspectivas, si queréis aprovecharlas. Y al tratar de hacer de vuestra vida un éxito, estaréis haciendo algo más grande que conseguir vuestra propia felicidad: estaréis haciendo algo por vuestra nación.

Os parecerá raro que una persona sola, que en comparación no es más grande que un insecto, pueda ayudar a la nación.

Pero, aun así, es cierto.

Dios hizo a los hombres para que fueran hombres.

Un scout ante un tótem, junto a un jefe indio con penacho de plumas

Sin embargo, la civilización, con la vida de ciudad, los autobuses, las tuberías de agua fría y caliente y todo preparado de antemano, tiende a volver débiles a los hombres.

Eso es lo que intentamos evitar. Habréis oído decir muchas veces que la educación que reciben los jóvenes ricos en las grandes escuelas privadas inglesas, las llamadas public schools, no sirve para nada. Es una buena educación, pero no tanto por lo que se aprende en las aulas como por lo que se aprende en el patio y fuera de la escuela. Allí el muchacho aprende a jugar limpio, a ser un verdadero deportista y a tratar a los demás con rectitud, y a tener un auténtico sentido del honor, porque sus compañeros se lo exigen. Allí adquiere disciplina.

Hasta que se gana el derecho a hacer oír su voz, se le obliga a no salirse de su sitio. En otras palabras, «se le forma a golpes». Pasa por un proceso de formación que, al final, le resulta beneficioso.

En la Antigüedad, los espartanos sometían a sus muchachos a un sistema riguroso de formación y resistencia antes de que pudieran considerarse hombres, y muchas tribus salvajes todavía lo hacen.

En el África Central, en las islas de los Mares del Sur y entre los aborígenes de Australia, esta costumbre sigue en pleno apogeo. Yo la he visto entre los zulúes, los suazis y los matabeles, donde la formación se hace así: cuando un muchacho llega a la edad viril, lo envían solo al bosque para que demuestre allí que ya es un hombre.

Lo pintan de blanco con una sal de bismuto que no se puede lavar y que tarda varias semanas en desaparecer.

Le dan como única arma una azagaya, una lanza pequeña, y lo sueltan solo para que se valga por sí mismo.

Un muchacho africano agazapado, con una lanza corta y un escudo

Tiene que rastrear, acechar y matar animales para conseguir comida y ropa; tiene que encender su propio fuego frotando dos palos hasta sacar chispas, y mantenerse escondido, porque las normas establecen que, si otro hombre lo ve mientras está pintado de blanco, puede matarlo.

Pues bien, el muchacho que sale vivo de esta prueba y vuelve a su tribu es aclamado por haber demostrado que ya no es un niño y que merece el título de hombre.

Por desgracia, el joven corriente de los países civilizados no pasa por pruebas de este tipo.

Necesitamos con urgencia una formación parecida para nuestros muchachos si queremos conservar en ellos la dignidad de la raza y que nuestra nación no se convierta en un montón de personas débiles y desmadejadas que no hacen otra cosa que fumar cigarrillos.

Por eso digo que, si os preparáis para el éxito como os propongo en estas páginas, no solo os haréis un bien a vosotros mismos, sino también a vuestro país. «Serás un hombre, hijo mío», y así estarás formando a otros y dando un hombre más a la nación.

Y, lo que es más, gracias a vuestro ejemplo, que se extenderá por todas partes, otros también se harán hombres.

Avanzad con confianza

Pues bien, ya os he esbozado algunos de los «escollos» que encontraréis en vuestro camino por la vida. Pero habrá más.

Para vuestro consuelo, puedo deciros que he tropezado con muchos escollos que parecían insalvables, pero en todos los casos he visto que, a medida que se sortean, siempre tienen algún lado bueno. Una y otra vez me he encontrado con perspectivas que parecían malas y, una vez pasadas, los resultados han sido mucho mejores de lo que esperaba. Me ha ocurrido tantas veces que ahora casi recibo con alegría las malas perspectivas, seguro de que acabarán siendo mucho mejores de lo que parecen a primera vista.

Tengo sobre mi escritorio un pequeño recuerdo, una figura que me inspira. Me da ánimos cuando tengo delante una tarea desagradable o difícil. Tengo de ella un sinnúmero de dibujos, antiguos y modernos.

Uno de ellos es mejor que los demás. No porque esté mejor dibujado, que no lo está, sino porque en él san Jorge aparece con una sonrisa magnífica: está atacando al dragón, y la sonrisa demuestra que lo hace con alegría, decidido a vencer. Y así es como hay que atacar las dificultades, por desagradables que parezcan.

Cuando éramos un país rico y podíamos gastar monedas de oro, esa misma figura estaba grabada en ellas: un hombre a caballo atacando a un dragón horrible.

Dos excursionistas suben una cuesta, uno con la mochila a la espalda y otro con una canoa a hombros
Cargad con vuestro equipo, como hombres.

Así que no os conforméis con defenderos y esquivar lo peor del problema; no: atacadlo con la determinación de vencer y de sacarle el mejor partido de una forma u otra. Para resumir esta introducción, no se me ocurre nada mejor que copiar un párrafo de R. Blatchford publicado en The Clarion:

«Digo que en la compasión por los demás y en el servicio a la humanidad encontrará el hombre la felicidad más perfecta y duradera. Pero en esa compasión y en ese servicio hay que ser justo y no egoísta. Todas las desgracias, todos los crímenes, toda la opresión, todo lo que es repugnante, odioso y execrable, proviene de los actos injustos de los hombres egoístas. En cambio, todas las delicias, todas las bendiciones del arte, la poesía, la literatura, la amistad, la paz y el amor, son la aportación del servicio y del amor a sus semejantes de los sabios, los poetas, los pintores, los amigos leales, los padres cariñosos, los maridos y las esposas.»