Roverismo hacia el éxito · 5. Irreligión
Las posibilidades del electrón
¿Sabéis qué es un electrón? Es una partícula pequeñísima de electricidad que nos llega del Sol desde millones y millones de kilómetros de distancia. Es difícil describir lo pequeño que es.
Tomad un átomo: el átomo es la partícula de materia más pequeña que existe. Es tan diminuto que no se puede ver y, sin embargo, una burbuja de hidrógeno del tamaño de una letra de imprenta contiene varios millones de átomos.
Pues bien, un átomo es mil veces más grande que un electrón.
El profesor Arthur Thomson, que lo explica todo en Esbozos de la ciencia (Outlines of Science), muestra que, si un átomo se ampliara hasta el tamaño de la catedral de San Pablo, un electrón vendría a ser como una bala pequeña. Esto nos hace pensar que en este mundo hay un sinnúmero de cosas pequeñas de las que no nos damos cuenta y que, sin embargo, son maravillosas.
«Un electrón —dice sir William Bragg— solo puede mantener una existencia independiente si se mueve a más de mil kilómetros por segundo. De lo contrario, se adhiere al primer átomo con el que se cruza». Puede desplazarse a entre 16 000 y 160 000 kilómetros por segundo; dicho de otro modo, podría dar la vuelta al mundo media docena de veces en un segundo. Eso ya es una maravilla, pero más maravilloso aún es que los hombres de ciencia hayan podido descubrirlo. Y han ido más lejos: han averiguado que la septuagésima parte de un grano de radio produce treinta millones de electrones por segundo.
Tal es la inmensa cantidad de fuerza y energía que nos rodea. Se ha descubierto hace poco, y todavía no ha aparecido nadie capaz de dominarla para que el hombre pueda aprovecharla. El día que ocurra, las condiciones de vida serán enormemente distintas.
Hace unos años no sabíamos nada de la electricidad. Desde entonces se ha descubierto y se ha usado con resultados maravillosos. Ha hecho posibles multitud de cosas que nuestros abuelos habrían tomado por obra del demonio, como la telefonía y la telegrafía sin hilos; y, sin embargo, ahí están. El descubrimiento de los electrones demuestra que incluso las ideas de los últimos años sobre la naturaleza de la electricidad se han quedado anticuadas. ¿Quién puede predecir lo que se descubrirá en los próximos años?
Sir W. Bragg dice: «La energía atómica cubrirá nuestras necesidades futuras. Quizá pasen mil años antes de que podamos dominar un átomo, o quizá mañana tengamos ya las riendas en nuestras manos. Esa es la peculiaridad de la física: la investigación y los descubrimientos accidentales van de la mano».
¡Qué oportunidad tan espléndida para quien haga de los átomos, las moléculas y los electrones su afición! Podría llegar a ser uno de los mayores benefactores que la humanidad haya conocido jamás.
Las maravillas y los misterios de la Naturaleza no tienen límite. Ahí tenéis grandes oportunidades que se abren ante vosotros, los miembros de las generaciones futuras. Hay un material valiosísimo por estudiar; pero cuanto más estudiéis, más humildes os sentiréis ante la obra del Creador.
Naturaleza telescópica
Mirad al cielo. Un avión vuela muy alto, casi fuera de la vista. Pero ¿qué hay más allá, más arriba que el avión?
Un espacio sin límites. Observad de noche con un telescopio y veréis que esos puntitos que llamamos estrellas son soles inmensos, con planetas que giran a su alrededor igual que nuestra Tierra gira alrededor del Sol, junto con media docena de cuerpos semejantes, y que todos cruzan constantemente el espacio a grandes velocidades.
Muchas de esas estrellas están tan lejos que su luz (y ya sabéis lo deprisa que viaja la luz) tarda quinientos años, y a veces más, en llegar hasta nosotros. Una de ellas pudo haber estallado en tiempos de Enrique V, después de la batalla de Agincourt, y su luz todavía nos estaría llegando.
Cuando uno contempla los diminutos microbios y átomos que se ven por el microscopio y los vastos mundos que se observan por el telescopio, empieza a comprender lo que significa el infinito. Y si piensa que todas estas cosas, grandes y pequeñas, funcionan con un orden perfecto dentro de un plan inmenso —las estrellas recorriendo sus órbitas por el espacio sin límites; el nacimiento y el crecimiento de nuevos volcanes en la Tierra; la vida, la reproducción y la muerte, en ciclos constantes, de las plantas, los gérmenes, los insectos y los animales—, no puede menos que llegar a la conclusión de que tiene que existir una Mente, un Creador, que lo gobierna todo.
El mundo animal
La vida animal está ahí, al alcance de la mano, para que la estudiéis si queréis conocer mejor las maravillas de la Naturaleza.
Hay pájaros de plumaje maravilloso y de un mecanismo complicadísimo, con huesecillos que les permiten volar, con un ingenio enorme para construir sus nidos y con un instinto migratorio que los lleva cada año a recorrer medio mundo hasta lugares determinados. Ahí tenéis también las abejas, modelo de colonia socialista donde todas trabajan por el bien común, con una maravillosa división de tareas y un gran sentido de la disciplina.
¿Podríais haceros amigos de alguien que tenga un colmenar y os deje observar lo maravillosa que es su organización? Así veríais por vosotros mismos cómo las abejas recogen la miel y fabrican la cera a partir del polen de las plantas, mezclándolo con su propia saliva; cómo las constructoras forman con ella celdas exactamente iguales en forma y tamaño, ligeramente inclinadas cuando van a contener miel; cómo las obreras que la recogen de las flores llegan y las llenan para alimentar a la comunidad; cómo la reina pone sus huevos en las celdas de cría, donde las nodrizas alimentan a las recién nacidas; cómo las ventiladoras, colocadas en filas especiales, mantienen la colmena aireada con sus alas, y cómo las centinelas y las guardianas impiden la entrada a los intrusos.
La mente
Entre los animales grandes, sean salvajes o domésticos, focas o panteras, caballos o perros, se comprueba que todos son sagaces: todos tienen mente y memoria para dirigir sus facultades.
No solo la madre humana ama a sus hijos. La tigresa ama igualmente a sus cachorros, y la perdiz a sus polluelos.
También el macho protege a la hembra, ya sea un mono, un jabalí o un pez, y en eso son tan valientes y caballerosos como cualquier caballero de la Antigüedad.
He visto animales sacrificar su vida para proteger la de sus crías con tanto arrojo como cualquier soldado que defiende su hogar o su país.
Cualquiera que haya tenido perro sabe cómo defienden estos animales a su amo y sus cosas, incluso a costa de su vida, sin esperar recompensa alguna, solo por cariño.
Por sus actos se nota lo mucho que disfrutan expresando su afecto. Son felices cumpliendo lo que se les manda y haciendo pequeños trabajos para su amo.
El hombre también posee todos estos atributos: mente y memoria, valor y caballerosidad, afecto y felicidad, como los animales, pero en un grado mucho mayor. Y puede usarlos con mucho más provecho.
El alma
Como hombres, tenemos sobre los animales la capacidad de reconocer y apreciar las maravillas y las bellezas de la Naturaleza. Podemos admirar el esplendor de una puesta de sol, la belleza de las flores y los árboles, la majestad de las montañas, la luz de la luna y los paisajes.
Pero, además, podemos crear cosas, que es más de lo que los animales pueden hacer: muchos saben pintar, otros escribir poesía y otros hacer música. Eso es lo que tenemos de más que los animales para disfrutar de la vida.
De todo esto se deduce que de nosotros debe esperarse algo más que de un árbol o de un animal, cuyas facultades son limitadas; algo más que disfrutar del sol, como hacen ellos.
El hombre tiene inteligencia y la capacidad de usarla. Pero la desperdicia si no la usa o si la usa mal; por ejemplo, cuando, en vez de trabajar en el vasto universo que Dios ha creado a nuestro alrededor, nos dedicamos a pelearnos con el vecino de al lado por alguna tontería de política o de creencias.
Y es curioso que en el mundo se haya discutido y peleado más por la religión que por ninguna otra causa. Más que curioso, es ridículo; pero es verdad que, cuanto más apreciamos nuestras propias creencias religiosas, más intransigentes nos volvemos con las ideas religiosas de los demás.
Olvidamos que todos somos hijos del mismo Padre y que nuestra tarea es cumplir Su Voluntad, aunque sea por caminos distintos.
Hay algo, sin embargo, que es seguro: Dios no es un ser de mente estrecha, como algunos parecen imaginar, sino un gran espíritu de Amor que bendice a todo aquel que de verdad se esfuerza por hacer el bien en la medida de sus posibilidades, de acuerdo con su conciencia y a Su Servicio.
Conciencia
¿Cuál es la mejor manera de servir a Dios con la inteligencia y las demás facultades que nos ha dado?
Si hay dudas, hay que consultar a la Conciencia, esa voz que Dios ha puesto en nuestro interior. Ella nos dice enseguida qué se espera de nosotros, que por lo general será ponernos al servicio de los demás con buena voluntad y generosidad. Los animales se pelean y gruñen («a los perros les gusta ladrar y morder, pues tal es su naturaleza»), pero no pueden elevarse hasta tener miras amplias, ser caritativos, ayudar a los demás y ser bondadosos. Los hombres, en cambio, pueden hacer todo eso si se lo proponen. Es decir, el hombre ocupa su verdadero lugar cuando ejerce, en el servicio al prójimo, el amor divino que lleva dentro.
Amor
En la India se ven con frecuencia faquires que, para cumplir una promesa, llevan un brazo siempre en alto y no lo usan jamás. Ese brazo se seca y acaba muriendo. Del mismo modo, la chispa divina del Amor que hay en todo hombre, si no se ejercita, se desperdicia y muere; pero si se pone en práctica, crece más y más, se fortalece y cada día se vuelve más vigorosa.
Servir es dejar a un lado el placer o la comodidad para tender la mano al necesitado. Si practicas el servicio a los demás día tras día, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, esa chispa de amor que todos llevamos dentro se va desarrollando y se hace tan fuerte que te conduce con alegría a través de las dificultades y las penas de la vida. Te elevas por encima de ellas, te llenas de buena voluntad hacia los hombres, y la Conciencia, esa voz interior, te dice: «¡Muy bien!».
Ese Amor es como la misericordia que describe Shakespeare, que tiene una doble virtud: es una bendición tanto para quien la da como para quien la recibe. El amor es «ese algo de Dios» que todo hombre posee: es el alma.
Cuanto más amor y caridad prodiga un hombre a sus semejantes, más desarrolla su alma.
El profesor Drummond, en su obra La ley natural en el mundo espiritual (Natural Law in the Spiritual World), sugiere que es ahí donde el hombre encuentra la oportunidad de alcanzar lo que se conoce como vida eterna: una parte de Dios. Es ahí donde encuentra la alegría de colaborar en la obra de Dios. Es ahí, desde luego, donde encuentra la felicidad celestial.
En todo esto no hay ninguna superstición, como insinúan los ateos. Son hechos al alcance de cualquier hombre, pobre o rico, que puede disfrutar de ellos siempre que siga el buen camino.
Un paso hacia ese fin es leer la Biblia y conocer la historia de lo que Dios quiere que el hombre haga, para después cumplir ese deseo con buena voluntad y ayuda al prójimo. Eso convierte al hombre en un ser mejor y lo guía sano y salvo alrededor del escollo del ateísmo en su viaje hacia la felicidad.
No penséis que con lo que he dicho en este capítulo intento convertiros a una nueva forma de religión, porque no es esa mi intención.
Solo quiero que vosotros, los que leáis estas páginas, adquiráis una idea más profunda de la religión si no la tenéis, o si algún ateo está intentando arrebatárosla. Solo sugiero que a Dios se le puede conocer mejor estudiando la Naturaleza que a través de los libros. Lo he comprobado en muchos casos entre hombres de los bosques, marinos, soldados y exploradores que no tenían otra forma de entrar en contacto con la religión.
Si veis que este método no os ayuda, el siguiente paso será hablar con un ministro de vuestra religión, que os ponga en el camino correcto para conocer los verdaderos principios religiosos.
Pensamientos guía de fuentes diversas
Ser bueno está bien; hacer el bien está mejor.
Muchos celebran el nacimiento de Cristo, pero muy pocos siguen sus preceptos. Es más fácil guardar las fiestas que los mandamientos (Franklin).
El estudio del Libro de la Naturaleza es la verdadera clave de la revelación (Bacon).
La muerte y la resurrección de Cristo son una llamada a morir al pecado y resucitar a una vida nueva: en este mundo y ahora mismo.
Aunque vendierais todos vuestros bienes y los repartierais entre los pobres, si no tuvierais caridad, de nada os serviría. La caridad es paciente y bondadosa; la caridad no envidia, no se jacta ni se engríe, no obra con malicia, no busca su propio interés, no se irrita fácilmente, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, sino de la verdad; todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera (1 Corintios 13).
Dios no es un amigo que solo se fije en nuestra práctica religiosa; al contrario, es una ayuda y un estímulo si lo vemos como un amigo bondadoso que se interesa igual por nuestros juegos, nuestro trabajo o nuestra afición a coleccionar sellos (El corazón de un colegial, The Heart of a Schoolboy).
La reverencia es garantía de liberarse de los malos juicios, de amistad hacia el prójimo y de veneración a los dioses (Marco Aurelio).
Puedo entender que un hombre que solo mira a la tierra sea ateo; pero no puedo entender que un hombre que levanta la vista al cielo en una noche serena pueda decir que Dios no existe (Abraham Lincoln).
Estudio de la Naturaleza
El estudio de la Naturaleza comprende:
- Maravillas de la Naturaleza: de los gérmenes microscópicos al infinito de la astronomía; la historia geológica del mundo; la evolución; la reproducción; el orden de la Naturaleza; la vida.
- Espíritu de la Naturaleza: el instinto y la vida animal; el amor de madre; la caballerosidad masculina; la protección y la ayuda; el sacrificio propio por el bien común.
- Bellezas de la Naturaleza: forma, color, sonido y ritmo de la Naturaleza; la belleza en el arte; la expresión personal y el instinto en el arte y en el teatro; el goce de la belleza; la transmisión de ese goce a los demás; la felicidad.
Todo ello conduce al Amor y a Dios, que está a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Y el servicio de Dios significa, por tanto:
- Una reproducción sana dentro del plan de la Naturaleza.
- Disfrutar de la vida y dar felicidad a los demás.
- Amor desinteresado y servicio al prójimo.
El hombre que es ciego a las bellezas de la Naturaleza se pierde la mitad del placer de vivir.
Formad parte del equipo de Dios.
La Naturaleza es una escuela donde cada inteligencia aprende cosas distintas: uno expresará su visión de la Naturaleza con la poesía, otro con la pintura, pero todos con un Amor sereno.
Lord Avebury dice en su introducción a Las maravillas del universo (Marvels of the Universe): «Vivimos en un mundo maravilloso y bello; un mundo que es de suma importancia comprender, pues malinterpretarlo es peligroso, cuando no fatal. No hay animal ni planta que no compense, no digo ya una hora de atención, sino la dedicación de toda una vida. Muchas veces me ha apenado pensar cuánta felicidad desperdician mis semejantes por ignorar la ciencia. Quien está triste es porque quiere. Todo bosque, todo campo, todo jardín, todo arroyo, todo estanque está lleno de interés para quien tiene ojos y quiere ver».
Dos cosas llenan mi ánimo de un asombro siempre renovado cuanto más y más profundamente medito sobre ellas: el cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral dentro de mí (Immanuel Kant).
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más grande de los mandamientos. Y el segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas (Mateo XIII, 37).