Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 4. Charlatanes y presuntuosos

Congreso

Además del gobierno local, existen el gobierno del Estado y el Congreso local, para el que hay que elegir representantes del pueblo. Así, todo hombre mayor de 21 años tiene voz en la dirección del país.

Existe además el Congreso General, formado por dos Cámaras Legislativas, la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores, cuyos miembros también se eligen por votación popular. El Congreso tiene por objeto dictar las leyes a las que debe sujetarse la vida pública de la nación.

El Gabinete, o Consejo del Presidente, consta de varios miembros con funciones políticas y administrativas, y cada uno de ellos tiene a su cargo una rama del gobierno nacional: Gobernación, Relaciones Exteriores, Hacienda, Obras Públicas, Industria y Comercio, Agricultura y Ganadería, Defensa, Marina y Trabajo.

Estos ministros o secretarios de Estado los nombra el Presidente de la República y responden ante él, y él, a su vez, responde ante el Congreso.

Los miembros del Congreso y el Presidente de la República se eligen por votación secreta, y ocupa el puesto quien obtiene la mayoría de los votos.

El buen ciudadano debe estar preparado no solo para votar por la persona que de verdad garantice el bien de la comunidad, sino también para velar por la limpieza de las elecciones; es decir, para que se respete su voto y ocupen los cargos públicos quienes de verdad cuentan con la simpatía y el apoyo de la mayoría de la nación.

Falta gravemente a su deber cívico el ciudadano que no participa en las elecciones o que vota sin pensar antes en la trascendencia de su voto.

Hay que tener en cuenta, además, que no se debe votar por simpatía ni por lo que los candidatos prometen durante la campaña. El voto debe ser impersonal: debe darse a los miembros del partido cuyo programa sea una garantía de buen gobierno.

De ahí la necesidad de que todo ciudadano se afilie a un partido y, desde dentro, vigile que se adopte un programa de gobierno que atienda al bien común y que se elija bien a los candidatos que han de representar al partido, y por tanto al pueblo, en los cargos públicos. Así se puede votar en conciencia, conociendo no solo a los candidatos, sino también el programa que van a desarrollar y la solvencia moral del partido que los apoya y de los propios candidatos.

Una nueva república

Una vez, en una república recién establecida, estuve hablando con el verdugo mayor. Se lamentaba de que ya no hubiera pena de muerte, y le pregunté si era porque ahora se imponían largas condenas de prisión en lugar de la pena capital.

—Oh, no —me contestó—. Ahora somos una república democrática; ya no hay cárceles.

—¿Ya no hay delitos?

—Sí, todavía hay muchos.

—Entonces, ¿qué hacéis con los criminales?

—Los soldados se los llevan a las afueras de la ciudad y allí los matan.

(Por lo visto, para él eso no era una ejecución, seguramente porque estaba acostumbrado a cortar la cabeza a los condenados con un hacha).

—Pero ¿y los delitos pequeños? Supongamos que un hombre ha robado un pañuelo. ¿Qué hacéis con él?

—Se lo llevan fuera de la ciudad y lo matan.

(Más tarde supe que, cuando recalcaba que los mataban, quería decir que muchas veces tenían que disparar varias veces antes de que el hombre muriera).

—¡Qué horror!

—¿Y qué hacéis con las mujeres que delinquen? Seguro que los soldados no les disparan hasta matarlas.

—Oh, no, no, eso no podríamos hacerlo.

—Entonces, ¿qué hacéis con las mujeres criminales?

—Esas me las mandan a mí y yo las corto en cien pedazos. Lo que hemos abolido es la pena de muerte para los hombres.

Esto ocurría en una nación joven que quería correr antes de haber aprendido a andar. Por desgracia, hay dos o tres naciones más que están deseando soltarse de las faldas de su madre para hacer más o menos lo mismo.

En otra ocasión, estando de paso por una república joven, supe que una tarde el jefe del gobierno descansaba tranquilamente en su casa de las tareas del día cuando fue a visitarlo el jefe del ejército, íntimo amigo suyo.

El general iba en visita privada y sin ninguna ostentación. Según dijo, iba a despedirse.

—¿Se marcha usted? —le preguntó el Presidente.

—Oh, no, yo me quedo aquí. Es usted quien tendrá que marcharse, porque mañana va a haber una revolución y me van a elegir a mí en su lugar en cuanto lo hayan asesinado a usted.

Así que, para evitar complicaciones, el Presidente se marchó.

Así se gobierna en aquellos lugares.

Mejor la sartén que el fuego

Cuando me ascendieron al mando de un escuadrón de mi regimiento, resultó que me dieron precisamente mi propio escuadrón, en vez de enviarme a otro.

En aquella ocasión, los soldados hicieron algo para lo que no tenían permiso: una reunión para celebrarlo. El sargento mayor, al dirigirse a mí en nombre de todos, dijo:

—Creemos que ha sido mejor así: tener al frente a un demonio conocido que a un ángel por conocer.

No estoy muy seguro de lo que quería decir, pero, en cualquier caso, debe aplicarse a esas formas extravagantes de gobierno que defienden los extremistas más recalcitrantes.

En cuanto a Gran Bretaña, nosotros preferimos un gobierno endemoniado pero conocido a uno de aspecto angelical al que no conocemos.

Política internacional

Al desarrollar nuestro patriotismo, no debemos olvidar el peligro de desvirtuarlo y convertirlo en un nacionalismo estrecho. Está bien sentirse orgulloso de su país, pero sin despreciar a los demás ni ponerlo en un pedestal más alto del que de verdad merece. El mejor patriotismo consiste en ayudar a que la nación crezca, sea eficiente y ocupe el lugar que le corresponde entre las demás naciones del mundo. Las dos últimas grandes guerras han demostrado algo que antes los pueblos ignoraban: que los países dependen unos de otros en sus tratos y en su comercio, y que el mundo solo puede prosperar y ser feliz con la buena voluntad y la cooperación de todos.

Un país puede tener las materias primas; otro, los medios para transformarlas; un tercero, la manera de darles el acabado adecuado, y un cuarto, la de utilizar esos productos. El algodón que se cultiva en la India se trabaja en Mánchester, se acaba en Bélgica y se usa en el África Oriental. Lo mismo ocurre en otros muchos ramos, incluidos los alimentos que se producen en un país y se envían a otro.

Gran Bretaña produce más carbón y hierro de los que necesita, pero no tiene suficiente carne ni maíz, de modo que intercambia sus excedentes con otros países.

Como hoy los países dependen tanto unos de otros, cuando estalla una guerra entre dos grandes naciones, estas arrastran enseguida a otras, y así es como la mayor parte de Europa se ha visto envuelta en conflictos tan terribles. Han muerto millones de hombres. Naciones enteras se han arruinado y el mundo entero vive en un estado de desasosiego. ¿Y todo por qué? Por el asesinato de un austriaco a manos de un serbio. Después de una experiencia tan terrible, esperamos que en el futuro haya más seguridad y que mejores estadistas gobiernen las naciones.

La Sociedad de Naciones y el Tribunal Internacional de La Haya se crearon para evitar que esto vuelva a ocurrir, pero las sociedades, los tribunales y las leyes no valen nada si no cuentan con el apoyo sincero de los pueblos que están detrás de ellos. A los perros se les puede poner bozal y cadena, pero no habrá paz entre ellos mientras no sean buenos amigos y estén contentos. Los bozales no importan tanto; lo que importa es el carácter de los perros. Por eso, el deber de los ciudadanos de cada Estado es tratarse cada vez más unos con otros y sentir simpatía por los de otras naciones, interesándose por su historia y por su trabajo mediante el intercambio de visitas, etc. Cuando entre los ciudadanos de distintos países se haya establecido una buena voluntad mutua, una amistad personal, esa será la mejor garantía contra las guerras futuras.

Ya veis, pues, el campo tan amplio que se abre ante vosotros como ciudadanos, por humilde que sea vuestra posición.

A los 21 años ya tenéis derecho a llamaros ciudadanos. Pero os toca a vosotros merecer ese derecho y prepararos de antemano para ejercerlo y usarlo como es debido. Ese título os da la oportunidad de servir a la comunidad, que, como ya he dicho, es la base de la felicidad.

Para desempeñar cargos en favor del bien común, aunque sean de poca importancia, hay que estar preparado, lo que, una vez más, significa adquirir conocimientos, experiencia y práctica (véase el capítulo final).

Si después de todo esto descubrís que tenéis dotes para ello, tomad parte en los asuntos públicos.

Amplitud de criterio

Cuando yo sea primer ministro, haré obligatorio que, para que un hombre pueda ser elegido miembro del Parlamento, haya dado la vuelta al mundo al menos una vez y tenga una educación que le haya enseñado que todo asunto tiene dos caras. Además, deberá haber aprendido a ser jefe, lo que significa, para empezar, dominarse por completo a sí mismo y dejar a un lado las ideas y los intereses de su partido o de su clase en favor de un resultado más noble y de un bien mayor para toda la comunidad en el futuro.

Así pues, al prepararos, tened en mente un objetivo recto. Si queréis dedicaros a la vida pública para haceros un gran nombre, conseguir un buen sueldo o una posición magnífica, no me ocuparé más de vosotros.

Eso queda fuera de mi propósito: os habréis metido en un grupo que avanza en la misma dirección que todos, lleno de celos, de odio y de malicia hacia los demás. Y lo que yo deseo para vosotros es felicidad, no política.

En cambio, si entráis en la vida pública con el humilde deseo de servir a la comunidad, de ayudar a la mayoría y de llevar por el buen camino a un número cada vez mayor de personas, entonces la cosa cambia. Vuestra recompensa no será vuestro progreso personal, sino ver cómo los que os rodean mejoran su nivel de vida gracias a vuestro trabajo. Y eso os dará más satisfacción que todas las condecoraciones y todos los premios que puedan amontonarse sobre vosotros.

Para capacitaros para el trabajo en equipo que exige el servicio como ciudadano, ya sea como simple trabajador o como jefe, haréis bien en educaros como os he sugerido: en primer lugar, desarrollando vuestro carácter y abriendo vuestra mente, sobre todo atendiendo a las dos caras de cada asunto y defendiendo la justicia y el juego limpio; y en segundo lugar, practicando la buena voluntad tanto con vuestros adversarios como con vuestros vecinos, y tratando de comprender sus puntos de vista, ya que son vuestro prójimo.

Dos elefantes con sus cornacas transportan juntos un gran tronco
Una lección de Birmania: solo la buena voluntad y la cooperación permiten transportar con éxito un tronco grande.

Si la mayoría de nuestros hombres y mujeres practicaran de verdad esto, y también el ahorro personal que les permitiera disponer de tiempo para dedicarse a esta clase de trabajo, contribuirían en gran medida a que la cooperación y la buena voluntad sustituyeran a la fricción, que es lo que necesita la comunidad para prosperar y, a mayor escala, el mundo para vivir en paz.

Espero que, al leer esta disertación sobre los cuclillos, los peligros de este escollo y la manera de evitarlos, no penséis que este general retirado es otro ejemplar de cuclillo, cuya juventud queda ya muy lejos y que por eso se pone ahora a dar consejos sobre lo que los jóvenes deben o no deben hacer.

Puede que vosotros lo veáis así, pero lo cierto es que este viejo tiene un punto de vista distinto del de otros cuclillos: no tiene miras personales ni nada que perder o ganar. Solo lo mueve un gran amor por su prójimo y un recuerdo vivo de lo que vivió en su juventud, que le ha servido de lección. Todo ello le hace sentir una profunda simpatía por los jóvenes que empiezan a vivir. Su único deseo es ofrecerles algunas sugerencias sacadas de su propia experiencia que puedan serles útiles, prevenirlos para que no los engañen los tiburones traicioneros y ayudarlos a vivir una vida más amplia y feliz.

Puntos de meditación

Algunas máximas contra los malhumorados

  • Tomarse demasiado en serio de joven es el primer paso para convertirse en un pedante.
  • El sentido del humor os sacará de peligros y de muchas dificultades.
  • Que vuestra ambición no sea «¿Cuánto puedo sacar de este trabajo?», sino «¿Cuánto puedo poner en él?».
  • La ambición de hacer las cosas bien es la única que cuenta.
  • La presteza alegre en el cumplimiento del deber es la mejor recomendación.
  • El que se recomienda a sí mismo suele ser el que necesita recomendación.
  • Recordad que no sois más que un ladrillo en el muro, o un jugador que debe hacer su parte en el puesto que le corresponde dentro del equipo.
  • Un ciudadano equilibrado vale más que una docena de mentecatos.
  • Muchos exigen sus derechos antes de habérselos ganado.
  • La disposición a servir, y no a imponer, es lo que hace al buen socialista.
  • La felicidad la consigue quien sirve a Dios a través de su prójimo.
  • Salid de vuestro estrecho sendero cultivando vuestra mente.
  • Nunca se fracasa tratando de cumplir con el deber; en cambio, siempre se fracasa cuando se descuida.
  • No os conforméis nunca con él: tratad de saber el porqué y el cómo.
  • La cortesía y los buenos modales no valen tanto por el placer que dan a quien los recibe como por la felicidad que dan a quien los ofrece.
  • Las naciones tienen los gobiernos que se merecen.
  • Jóvenes, Dios nos dio una lengua y dos orejas para que pudiéramos oír el doble de lo que hablamos.
  • Saber esconder la propia inteligencia es señal de gran inteligencia (La Rochefoucauld).
  • Notoriedad no es lo mismo que fama.
  • Un barco, por grande que sea, puede dirigirse adonde quiera el timonel mediante un timón pequeño. Así también la lengua, siendo tan pequeña, puede decir grandes cosas (Epístola de San Juan, III).
  • Solo hay dos clases de personas que nunca cambian de opinión: los tontos y los muertos (J. Russell Lowell).

Libros útiles

  • El arte de vivir en sociedad, de L. P. Jacks.
  • Conservadurismo (Conservatism), de lord Hugh Cecil.
  • El movimiento socialista, de J. Ramsay MacDonald (*).
  • Comunismo, de H. Laski (*).
  • Los deberes y derechos de la ciudadanía, de W. D. Aston.
  • El deber cívico, de la Corporación de Estudiantes de México.

(*) Hay que leer precisamente aquellos por los que uno siente menos simpatía.