Roverismo hacia el éxito · 4. Charlatanes y presuntuosos
El provecho de viajar
Una vez paseaba por los muelles de Southampton cuando me llegó un olor a especias y a café que salía de uno de los almacenes del puerto. No pude evitar entrar a averiguar de dónde venía. El encargado me dijo que era un cargamento de Montevideo traído por los barcos de Río de Janeiro y del Río de la Plata. Al instante mi imaginación voló hacia un gran libro que había leído en mi juventud: el Viaje del «Adventure» y del «Beagle».
¡La tentación era demasiado grande! Allí mismo saqué un billete para Sudamérica, aunque para hacerlo tuve que pedir dinero prestado.
Unas semanas después ya estaba en camino. El viaje, la variedad de personajes a bordo, los nuevos países que visité, lo que pude ver de aquellas gentes desconocidas y aquel ambiente nuevo, todo ello unido a la visita de las enormes pampas y de los gloriosos Andes, me amplió la mente y me dio ideas nuevas. En unas pocas semanas adquirí conocimientos que de otro modo solo habría logrado con años de estudio.
Aunque no se pueda ir de viaje, hay mucho que ver en el propio país y muchos aspectos de la vida que investigar, aunque sea viajando en bicicleta o a pie. En la propia ciudad o en el propio barrio, si no se puede ir más lejos, habrá algún monumento histórico, algún lugar o alguna persona que merezca la pena visitar o cuyas experiencias valga la pena escuchar. Los viajes de este tipo, hechos con el deseo de observar e investigar todo lo posible sobre las personas y las cosas, son un paso inestimable hacia la autoeducación.
David Grayson cuenta en El camino amigo (The Friendly Road) cómo dejó su granja para hacer una excursión a pie, sin dinero y sin un plan fijo, con el único objeto de empaparse de la belleza del campo y de conocer a otras personas para descubrir la bondad que había en ellas. Y resultó que encontró gran valor en el pastor del pueblo, compasión y sencillez en un millonario, un espíritu despierto en un granjero sin esperanzas y amplitud de miras en un orador socialista.
Menciono este libro no solo por su encanto y su interés, sino porque la aventura del autor es justamente un ejemplo de lo que cualquiera puede hacer si quiere educarse a sí mismo por medio de las excursiones. Es un método al alcance de todos, igual que el libro, que no está fuera del alcance de la mayoría.
Conozco también otro sistema de autoeducación que usan los estudiantes de las universidades de Canadá y de Estados Unidos. Los jóvenes que no tienen la suerte de contar con dinero suficiente para pagar la matrícula no dejan que eso les quite la esperanza de obtener una educación universitaria: durante las vacaciones de verano trabajan de camareros en los vapores que navegan por el río. Así ganan dinero suficiente para cubrir los gastos del curso y, al mismo tiempo, aumentan su conocimiento de los hombres y de las cosas, ocupando su tiempo libre en trabajar en vez de holgazanear.
Autoexpresión
Si una persona siente el deseo de expresar sus pensamientos e ideas por medio de la poesía, la prosa, la oratoria, la pintura o la escultura, hay que dejarle que lo haga. Solo le sugeriría que no intente, como hacen muchos, adoptar ideas extremistas hasta haber visto algo de mundo.
Expresarse bien es una virtud, y de las más excelsas.
Todo hombre tiene lo que se llama un «don» de alguna clase. Uno de vosotros puede ser artista o actor por instinto aunque trabaje en una tienda o en una carpintería; otro puede ser cantante aunque se gane la vida como mozo. En todos los hombres hay muchos «dones» ocultos. ¿Por qué se les llama dones?
Porque son una cualidad natural: un don de Dios. Por eso, quien lo posee debe usarlo para Dios, y la manera de hacerlo es emplear ese don en beneficio del prójimo. Que el canto o la actuación sirvan para alegrar a quienes están tristes, que el prestidigitador actúe para divertir y que el pintor abra los ojos de los demás a la belleza; que todos ellos pongan su talento al servicio del prójimo y no al servicio de sí mismos. Así harán un trabajo grato a Dios, y no el de un charlatán, y encontrarán la verdadera felicidad.
La sugerencia de Prempeh para los jóvenes habladores
Tuve el honor —o quizá sería mejor llamarlo la diversión— de capturar al rey Prempeh, el soberano de los ashanti, en la costa occidental de África, cuando se excedió con los sacrificios humanos; pero esa es otra historia.
Solo lo menciono aquí para dar una sugerencia. Como monarca salvaje que era, estaba acostumbrado a decir lo que le venía en gana en el momento en que se le ocurría, sin pensar en las consecuencias. Si se enfadaba, perdía la cabeza sin que nada pudiera frenarlo, y por lo general el hombre que lo había enfadado también perdía la cabeza, aunque de otra manera.
Cuando lo capturaron, se dio cuenta de que en sus discusiones con las autoridades británicas tenía que hablar de otro modo. Si hablaba sin medir antes el efecto de sus palabras, podía decir cosas de las que luego se arrepentiría.
Así que hizo lo que muchos jóvenes impetuosos deberían hacer en una discusión, al menos en sentido figurado. Llevaba consigo una nuez grande, parecida a las nueces de Brasil, y se la ponía entre los dientes. Así, cuando sentía el impulso de decir algo inconveniente, tenía que sacársela de la boca, y eso le daba tiempo para reflexionar.

Otra lección que aprendí también gracias al rey Prempeh fue que, cuando uno tiene que imponerse a un adversario, no debe dar por hecho que ha acabado con él o que lo ha dejado fuera de combate hasta estar completamente seguro, porque puede que todavía esconda otra arma en la manga.
Me recuerda esta lección el gatillo de un fusil de chispa indígena que tengo ahora mismo sobre mi escritorio, y así es como la aprendí.
El rey, al darse cuenta de que podíamos arrestarlo, pensó en escapar de noche hacia la selva. Yo ya lo había previsto y le había tendido una emboscada, apostando a mis hombres a los lados del sendero que probablemente tomaría. Me escondí en una zanja unos metros por delante de ellos, de modo que pudiera ver recortarse contra el cielo la silueta de cualquiera que viniera hacia mí y dar la señal de capturarlo o de dejarlo pasar.
Al cabo de un rato apareció uno de los exploradores del rey, avanzando solo, de puntillas, con mucha precaución y en silencio. Al llegar delante de mí, se detuvo e intentó escudriñar la oscuridad. Algo le había hecho sospechar, y temí que diera media vuelta y fuera a delatar nuestra presencia.
Cuando lo tuve delante, a menos de un metro y de espaldas a mí, me levanté y me abalancé de repente sobre él.
Hubo una lucha intensa. Consiguió apuntarme al estómago con su arma, pero logré agarrarle el gatillo. El arma debía de ser muy mala, porque me quedé con el gatillo en la mano. Entonces nos abrazamos —y no precisamente con cariño— y rodamos varias veces el uno sobre el otro, hasta que mi asistente se metió en la pelea, como un tercer perro, y agarró a mi adversario por la muñeca justo cuando iba a clavarme el puñal en el hígado.

Como veis, tenía otro argumento para convencerme además de su arma de fuego.
Una vez conocí a un millonario que había sido payaso en un circo y que, aun después de haber amasado su fortuna, seguía trabajando en su fábrica en mangas de camisa. Era una bodega de uno de los países sudamericanos, y allí lo conocí. Me explicó que la razón de su éxito había sido empeñarse en producir vino puro de uva, en vez de los mejunjes químicos que antes se vendían a aquella gente. Había aprendido esa lección en la pista del circo: allí se dio cuenta de que el público no se tragaba los chistes de segunda mano, sacados de los periódicos o de los libros de humor y recalentados, sino que pedía chistes originales y auténticos. Y con el vino pasaba lo mismo. Desde el momento en que empezó a producir una bebida pura, sin adulterar, le llovieron los pedidos y pronto se hizo rico.
En las escuelas públicas, en las universidades y en los clubes juveniles hay sociedades de debate pensadas para formar jóvenes políticos. Pero el peligro es que a veces lo que forman son pedantes, porque sus miembros no son más que imitaciones de políticos que hablan de lo que han leído u oído a otros, y no de lo que saben por sí mismos.
Un artículo de imitación no atrae a nadie. Muchos estadistas famosos empezaron su carrera a mitad de la vida, es decir, cuando ya habían visto algo del mundo y de la vida. Muchos políticos notorios empezaron la suya cuando todavía eran niños, en los clubes de debate, y nunca pasaron de ser pedantes. (Ojo: no es lo mismo ser famoso que ser notorio).
Pero si, una vez adquirida la experiencia, uno se encuentra en situación de ayudar a su comunidad participando en la vida pública, tiene que formarse todo lo posible para desempeñar esa función. Como ya he dicho, es mejor ser estadista que político, es decir, trabajar por el bien de toda la comunidad y no solo de una parte de ella.
Un paso para conseguirlo es ser capaz de captar con facilidad las ideas y sus distintas facetas; otro, ser capaz de expresarlas con palabras. A los jóvenes que se creen con dotes de orador, lord Bryce les dio este consejo profundo, recordando el pasado: «Todavía veo a mi profesor en clase, de pie delante de mí, dirigiéndose a los muchachos, y de ahí saco esta conclusión: una vez que se tiene un buen argumento para seguir una línea de acción, un argumento bueno y suficiente, no hay que buscar otro, porque seguramente debilitaría el primero».
Para aprender a expresarse bien en público, no hay nada como participar en alguna obra de teatro. Da una formación práctica en la dicción y en establecer un contacto magnético con el público. Enseña a expresarse con la voz y con el gesto, y quita la presunción. Joseph Chamberlain me dijo una vez que debía buena parte de sus primeros éxitos a haber actuado en el teatro como aficionado.

Escuchar
Después de haber dicho tanto sobre la oratoria, hay que recordar siempre el gran valor y el gran arte que hay en saber callar. A menudo uno siente la tentación de meter sus propias ideas en una discusión, pero en general es mejor estarse quieto y dejar hablar a los demás. Así se aprende. El que habla mucho suele delatarse ante el observador silencioso.
En todo comité hay hombres que son los que hablan y a los que apenas se presta atención. Es al hombre callado, el que solo habla cuando tiene algo importante que decir, al que se escucha. Es el que hace de esfinge.
«El hombre callado es el que suele sacar las cosas adelante».
Servicio
A medida que uno se forma en carácter y en eficacia, su meta constante no debe ser solo conseguir una posición o mejorar su situación personal, sino adquirir la capacidad de hacer el bien al prójimo y a la comunidad. Una vez que uno ha alcanzado una posición desde la que puede servir a los demás, ya se ha situado en lo alto de la escalera que conduce al verdadero éxito y a la felicidad.
El servicio no incluye solo esos pequeños actos personales de cortesía y bondad hacia el prójimo; esos son rectos y buenos, y son los que todo scout hace cada día. Pero lo que yo quiero decir es algo más elevado y más grande: el servicio al propio país como ciudadano.
Esto no significa, en general, querer convertirse en líder de los asuntos cívicos para imponer a los demás las propias ideas políticas, sino sencillamente ser una persona de confianza, un ciudadano útil al Estado en su conjunto, y no mirar solo qué es lo mejor para una parte concreta de él.
Rudyard Kipling muestra en La gloria del jardín (The Glory of the Garden) que en el servicio de la comunidad, en el bien común, hay un lugar para cada persona.
Una vez que uno ha visto, según sus dotes particulares, en qué puede ser útil, tiene que arrimar el hombro, exactamente igual que cuando juega para su equipo en un partido de fútbol. De hecho, un ciudadano servicial se parece mucho a un futbolista: primero se hace eficaz como individuo, para después poder jugar con eficacia en su puesto dentro del equipo.
| Futbolista | Ciudadano |
|---|---|
| Cualidades individuales | |
| Interés, juego limpio, buen humor | Carácter e inteligencia |
| Buena respiración y musculatura | Salud y fuerza |
| Habilidad con el balón | Trabajo manual y habilidad |
| Cualidades colectivas | |
| Jugar para el equipo y no para uno mismo | Servicio a la comunidad |
Si los miembros de un equipo no jugaran en el puesto que les corresponde; si uno pensara que es más divertido quedarse siempre al margen, otro prefiriera llevar el balón saltándose las reglas y otro se dedicara a dar puñetazos en el estómago a los contrarios, aquello dejaría de ser un partido de fútbol: se convertiría en anarquía y se acabaría el juego.
Servicio cívico
Lo mejor que uno puede hacer por su comunidad como buen ciudadano es participar en el servicio cívico. Me refiero a tomar parte en el gobierno municipal, en los asuntos de la administración local. Pero para tener éxito hay que prepararse, igual que uno se prepara para correr una carrera o para aprobar un examen. Algunas personas se dedican a los asuntos públicos solo porque tienen el don de la palabra y una idea parcial de cómo debería llevarse el gobierno, aunque no tengan experiencia ni conocimientos reales de la materia; cuando lo que hace falta es un conocimiento sólido de lo que es la administración local, de sus fines, sus métodos y sus responsabilidades.
Hay un librito titulado Ciudadanía (Citizenship), de Edward J. S. Lay (editorial Macmillan). Trata muchos de los temas de los que he hablado en este libro, y otros más, de forma sencilla, clara y accesible, con abundantes ilustraciones. Es un libro muy útil para cualquiera que empiece a estudiar la ciudadanía, e incluye temas como los salarios, el trabajo, el ahorro, la educación, la higiene, el gobierno, la Sociedad de Naciones, etcétera.
Al cumplir veintiún años uno se convierte en ciudadano con derecho a votar en las elecciones de miembros del Congreso y de presidente, así que hay que hacerse eficaz y estar capacitado para asumir esa responsabilidad y desempeñar el papel que a cada uno le corresponde en el gran juego de la ciudadanía.
Los primeros pasos para hacerse eficaz ya se han sugerido: son los que permiten esquivar los distintos escollos:
- Carácter e inteligencia.
- Trabajos manuales y habilidad.
- Salud viril, de mente y de cuerpo.
Y ahora viene una cuarta cosa: el servicio, es decir, jugar el juego como ciudadano.
En la educación de uno mismo es importante aprender la historia de la ciudad natal y del país, tanto la pasada como la presente. Mucho se puede aprender leyendo, pero más aún viajando y visitando lugares históricos. Pero para ser capaz de entender los asuntos públicos locales y ayudar en ellos hace falta aprender cómo funciona la administración local. Por ejemplo, hay que estudiar lo siguiente:
- Las juntas parroquiales: cómo se forman y cuáles son sus deberes con respecto a la iglesia y a otras materias.
- Las juntas de distrito urbanas y rurales, y su relación con las parroquiales.
- Los ayuntamientos: cómo se elige al alcalde y a los demás concejales, y cuáles son sus deberes en materia de higiene, escuelas, policía, bomberos, etc.
- Los consejos de condado: sus funcionarios, sus departamentos y sus deberes.
- Cómo se recaudan los impuestos, cómo se gastan, y lo relativo a licencias, educación, alumbrado, caminos, puentes, hospitales, orfanatos, bibliotecas, mercados, parques, abastecimiento de agua, alcantarillado, etc.