Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito

4. Charlatanes y presuntuosos

Escollo número cuatro

El lado sombrío de este escollo es el peligro de caer en las garras de los charlatanes, los descontentos, los presuntuosos y los extremistas.

El lado luminoso es el desarrollo de la autoeducación y del servicio a la comunidad, que contrarresta el señuelo de la charlatanería.

Charlatanería

  • El cuclillo tiene sus imitadores humanos en los charlatanes. El charlatán político es el persuasivo cabecilla del rebaño.
  • El balancín industrial.
  • El que provoca huelgas en la industria.
  • Necesitamos evolución, no revolución.
  • La educación general es muy necesaria.
  • El peligro de convertirse en un charlatán ambicioso.
  • El charlatán «snob».
  • El pedante efusivo.

Autoeducación

La salvaguarda contra los charlatanes, que pueden llevarle a uno a la ruina o absorberle, es la autoeducación.

  • Los libros y cómo leerlos.
  • Los viajes como medio de educación.
  • La autoexpresión en el arte.
  • La autoexpresión en la palabra, con algunas sugerencias.
  • Materias de autoeducación para el servicio cívico.
  • El servicio debe ser vuestra meta al aceptar cualquier cargo público.
  • El servicio cívico y cómo prepararse para él.
  • Cómo está constituido nuestro gobierno nacional.
  • El Imperio y sus dos fases.
  • Lo que el Rey significa para el Imperio.
  • Relaciones internacionales.
  • Privilegios y oportunidades de la ciudadanía, abierta a todos.
  • Puntos de reflexión.
  • Libros útiles.

Cómo un charlatán impone su voluntad sobre los demás

¿Habéis observado alguna vez a un cuclillo en plena faena? Tiene algo de explotador y algo de comunista. Cuando va a poner un huevo, no se toma la molestia de construir su propio nido: busca a su alrededor el nido de otro pájaro, preferiblemente el de la inofensiva alondra de los prados. Cuando encuentra uno, se mete dentro sin hacer caso de las protestas de la dueña, coge con el pico uno de los huevos de la alondra y pone el suyo en su lugar. Después vuela al árbol más cercano y se come el huevo robado. La alondra, por su parte, acepta sumisa la carga que le han impuesto y hace el resto: incuba el huevo del cuclillo junto con los suyos. El resultado es un polluelo espantoso que, antes incluso de abrir los ojos, ya desprecia a sus compañeros de nido y acaba echándolos fuera uno a uno, hasta quedarse con el nido entero para él solo y con los padres alondra dedicados por completo a alimentarlo.

Todos conocemos la voz insistente con la que el cuclillo se hace oír por encima de los demás pájaros. Pero esto no ocurre solo entre los pájaros: también tenemos cuclillos humanos.

El cuclillo humano

El cuclillo humano suele ser una especie de persona superior que no admite en ningún asunto otro punto de vista que el suyo. Es el egoísta que siempre quiere salirse con la suya, que se aprovecha del trabajo de los humildes en beneficio propio y aparta a quienes se cruzan en su camino y le impiden hacer su voluntad. Los cuclillos humanos adoptan distintas formas: los excéntricos, los politicastros, los intelectualoides, los snobs de sociedad y toda clase de extremistas.

Estos cuclillos encierran dos peligros: uno, que te convenzan para seguirlos; el otro, que te conviertas en uno de ellos.

El orador populachero

¿Habéis visto alguna vez cómo se atrae a los patos salvajes a una trampa? Se manda a un perro amaestrado a hacer piruetas ridículas en la orilla de un arroyo que lleva al túnel donde está colocada la red. La bandada, por lo demás sensata, no puede resistirse a seguir a ese animal tan curioso que tiene delante y así, en parte por su voluntad y en parte contra ella, nada hacia su tumba.

¿Habéis estado alguna vez un viernes en el mercado Caledonian de Londres? Allí se ven expertos de todas clases vendiendo mercancías. No son comerciantes corrientes: son maestros en su arte. Hablan y gesticulan de tal modo que asaltan los oídos y los ojos del transeúnte, y al final se apoderan de él, igual que el perro de los patos.

Yo mismo estuve a punto de caer en su red un día que pasaba por aquel lugar tan concurrido. En realidad, solo buscaba unos candelabros de bronce para mi chimenea. Como tantos otros, me vi atraído hacia el lote número cuatro. No tenía nada que ver con candelabros: sencillamente, el vendedor me había hipnotizado para que pujara por su mercancía. En todo el lote no había nada que me sirviera de lo más mínimo, salvo una vieja silla de montar, una lima y un par de bocados de freno muy gastados.

Pero aquel charlatán tenía tal poder que apenas logré escapar de sus garras, y fue para caer en las de otro igual de persuasivo que estaba a la vuelta de la esquina vendiendo cortinas de punto.

Y allí estuve a punto de picar otra vez. No porque necesitara cortinas, sino porque aquel hombre decía que tenía muchísima prisa: había empaquetado todas sus cosas y, por descuido, se le habían quedado fuera aquellas cortinas, así que prefería venderlas a cualquier precio antes que deshacer de nuevo los paquetes. Lo curioso era que, un minuto después, volvía a tener la misma prisa y a ofrecer la misma oportunidad maravillosa.

Por suerte, también pude escapar, alejándome en dirección contraria. Pero cuando volví una hora más tarde, seguía vendiendo cortinas como rosquillas, porque seguía con la misma prisa desesperada y apremiaba a la gente para que se las llevara deprisa, aunque probablemente después tuvieran que arrepentirse con toda calma.

Lo mismo ocurre con el orador político de voz chillona, que en un momento embauca a una multitud de jóvenes inexpertos que lo escuchan con la boca abierta porque nunca se han tomado la molestia de estudiar la otra cara del asunto sobre el que él despotrica. Caen como ciruelas maduras cuando se sacude el árbol, dispuestos a seguirlo y a aprenderse la Internacional o el grito de «¡Abajo el imperialismo!», según predique el comunismo o arremeta contra el imperialismo agresivo. Hipnotiza a la multitud, pero no deslumbra a la persona que no está dispuesta a dejarse llevar por lo que hacen los demás.

Un orador despeinado grita y gesticula subido a un barril

Y no es solo el orador quien atrapa a los que escuchan sin reflexionar: hay escritores que hacen lo mismo. Quién sabe por qué, pero cuando uno ve algo en letra impresa, se imagina que tiene que ser verdad. Lo natural es tomar por palabra del Evangelio lo que se lee en los periódicos, hasta que, al investigar un poco, uno se da cuenta de que era la opinión de un hombre que escribe para ganarse la vida o para defender ciertas ideas.

También hay escritores de prestigio que han estudiado cuestiones importantes y que aseguran haberlas explicado con claridad para quienes no tienen ocasión de profundizar en ellas. Pero incluso estos cometen errores o son parciales y tienden a pintar con bonitos colores lo que prefieren, así que no hay que fiarse por completo de ellos. Cuando escriben sobre una materia, conviene leer lo que ha dicho sobre el mismo asunto alguna otra autoridad igual de competente.

Existen además las serpientes que se arrastran por el suelo: individuos que se adueñan de uno con una conversación oportuna en la que exponen grandes ideas, o con el señuelo de clubes atractivos o de «hermandades» que suenan muy bien. Hay muchos así en el mundo, de modo que tened bien abiertos al menos un ojo, los dos oídos y todo vuestro entendimiento.

Cada uno de estos cuclillos o víboras persigue su propio fin al atrapar a los jóvenes que destacan. A veces ese fin es inofensivo, pero con más frecuencia esconde alguna mala intención.

El balancín

Las posturas extremas que la gente adopta sobre un asunto son los dos extremos de un balancín. Son los cuclillos que hacen ruido y atraen la atención de la bandada. Por suerte para las naciones, entre los dos extremos hay un grupo de hombres sensatos que no hablan fuerte, pero que piensan las cosas. A él pertenecen los trabajadores juiciosos, los patronos humanos y los benefactores públicos; en otras palabras, la ciudadanía honrada que procura que unos toleren a otros por el bien de la comunidad. Es el elemento sólido que mantiene el equilibrio entre los dos extremos.

Varios personajes en los extremos de un balancín, con un hombre sentado en el centro que mantiene el equilibrio

Evolución y revolución

La verdadera evolución es un asunto de gran trascendencia, que afecta a todos los ámbitos de la vida pública y privada y que exige un estudio y un trato cuidadosos por parte de hombres desinteresados si ha de ser una bendición y no una maldición para el público en general.

Los hombres maduros, que han vivido lo bastante para darse cuenta de lo que pasa en el mundo, se sienten inclinados a preguntar a los extremistas qué pondrían ellos en lugar de los gobiernos actuales. Saben que el progreso en la buena dirección se produce constantemente y sin ruido, y que eso es la evolución, un desarrollo natural, porque una constitución nueva hecha a toda prisa nunca puede ser estable.

Los brotes tienen demasiada prisa.

Una vez viví con un misionero en un lugar insalubre de África occidental. Era el cuarto que ocupaba aquel puesto en cuatro años: sus predecesores habían muerto o habían tenido que retirarse a climas más sanos. Le pregunté si de verdad creía que su trabajo servía de algo, porque bastaba mirar alrededor para ver el poco efecto real que el cristianismo tenía sobre aquellos nativos a quienes se les había inculcado con tanto sacrificio. Me explicó que no esperaba ver resultados tangibles, pero que sentía que la buena semilla sembrada en la generación actual, aunque siguiera enterrada, iba echando raíces poco a poco y brotaría en la generación siguiente, para dar flores y frutos en las venideras.

Sin duda tenía el espíritu adecuado para la tarea que se le había encomendado. Si nosotros pusiéramos esa misma clase de espíritu en nuestros esfuerzos por mejorar las condiciones de nuestro país, probablemente los resultados serían, a la larga, mucho mejores.

Pero los extremistas suelen preferir exhibirse antes que trabajar en la sombra poniendo los cimientos.

Libertad de pensamiento

La libertad individual está bien mientras no perjudique al bien de la comunidad en su conjunto. Todo el mundo tiene derecho a sus propias opiniones, pero tiene que haber un límite.

Todos estamos de acuerdo con el socialismo verdadero y honrado en su empeño por acabar con las lacras de nuestra civilización actual, que existen en casi todos los países: lugares donde hay seres humanos condenados, sin culpa alguna, a vivir en la miseria y la mugre por culpa de una organización deficiente y de unas condiciones defectuosas. Todos creemos que cada ser humano puesto por Dios en este mundo debe tener la oportunidad de disfrutar de esta vida y sacarle el mayor fruto, sin verse frenado por las circunstancias adversas, creadas por el hombre, que conducen a la pobreza.

Pero todo el trabajo de todos los cuclillos del mundo no pondrá fin a esa situación, como tampoco lo conseguirán todas las leyes que aprueben los parlamentos. Es una cuestión de buena voluntad y de cooperación entre todas las clases sociales para ayudar a nuestros hermanos más desvalidos a salir de su situación, sobre todo dándoles una educación adecuada que los encamine hacia el oficio que deban seguir, y formándoles el carácter.

Gobierno nacional

He estado en Rusia y en casi todos los países civilizados del mundo, y me parece que, para la felicidad del pueblo, no importa mucho que el país lo gobierne un rey o un presidente. De hecho, el presidente de los Estados Unidos tiene en sus manos más poder autocrático sobre su país que el rey de Inglaterra sobre Gran Bretaña.

Según nuestra constitución, el Rey no gobierna: solo mantiene al gobierno dentro de sus límites constitucionales. No tiene poder para declarar la guerra y, sin embargo, tiene gran autoridad para conservar la paz. No lo elige ningún partido político en particular, sino que sube al trono por sucesión, tras haberse formado para ello desde la juventud y sin interés ni aversión política alguna.

La principal objeción que se le hace es que un monarca le sale muy caro al Estado. Pero lo mismo ocurre con cualquier jefe de Estado de cualquier país; y en Gran Bretaña ni siquiera es así en realidad, porque el Rey tiene fondos privados propios y los utiliza.

En algunas repúblicas, el presidente lo elige su propio partido político; en otras llega a la presidencia por la fuerza de las armas, y en muchas otras el presidente y su gobierno parecen estar en el poder solo para sacarle el mayor provecho mientras dure. También hemos visto subir al poder a dictadores en países donde el pueblo, dividido por sus diferencias internas, no formaba una nación con peso en el mundo. Donde esos dictadores han sido hombres de dotes excepcionales, han hecho una labor importante, disciplinando a su pueblo y consolidando su unidad nacional. Pero para alcanzar esa meta han tenido que restringir la libertad de sus súbditos.

En la Comunidad Británica de Naciones, nuestros diversos Estados se gobiernan a sí mismos democráticamente, por medio de políticos de su propio pueblo.

El trabajo en Gran Bretaña

En Gran Bretaña los trabajadores, además de formar un partido político, han sabido elevarse por sus propios méritos hasta constituir una institución nacional dirigida exclusivamente por hombres sinceros y con visión de futuro. Se han visto estorbados por los extremistas que, como chacales, han andado aullando a su alrededor e intentando recurrir a métodos más violentos. Pero son británicos, y eso es lo que los chacales, venidos en su mayoría de otros países, no entienden.

Hoy en día se fomenta en serio la educación de las nuevas generaciones, porque es necesario que tengan por igual instrucción y carácter si la mayoría de la población ha de poder disfrutar de la vida.

Por suerte, los dirigentes socialistas, igual que los que encabezan a los trabajadores, se dan perfecta cuenta de ello, como todos los que de un modo u otro han trabajado por su país y por sus conciudadanos. Sean cuales sean sus diferencias, todos están de acuerdo en este punto y lo consideran de primera importancia: la educación conduce a la ciudadanía.

Esto ya se está logrando gracias a la buena voluntad y la cooperación mutuas, dos cualidades que son la clave de la prosperidad y de la paz futura de nuestro pueblo.

Sin embargo, no está bien quedarse sentado esperando a que la universidad venga a uno, ni esperar que, una vez que haya venido, lo haga todo. Cada persona puede adquirir por sí misma una educación considerable si se decide a conquistarla.

Por eso he escrito este libro.

El cuclillo ambicioso

Como ya he dicho, además del peligro de dejarse arrastrar por los oradores rimbombantes, existe el de convertirse en uno de ellos.

Muchos, mientras son jóvenes, se creen grandes políticos, poetas, pensadores, oradores, artistas y cosas por el estilo. Yo también fui un auténtico cuclillo: como ellos, quería convertirme en un socialista de pura cepa o en un misionero devoto, y de momento llevaba una corbata verde con rayas rojas.

En el libro Enchanter's Nightshade, de J. B. Morton —que hay que leer si a uno le gustan las historias sobre la filosofía de la diversión, porque narra una deliciosa excursión a pie—, se cuenta lo que le dice un viajante de comercio a un excursionista con el que coincide en el camino. El viajante dice:

—Estoy contento con mi trabajo. Representa algo más que estar en un puesto del mercado voceando y alabando la mercancía, aunque a veces el puesto merece la pena verlo. Viajo mucho, veo sitios nuevos y conozco a mucha gente. No quiero estar metido en una jaula para hacer mi trabajo. Soy un viajero, y a menudo me olvido de la parte comercial. Algún día me despedirán, y entonces seguramente tocaré el piano en algún teatro. No tengo ambiciones. Lo único que quiero es conocer la vida y vivirla hasta cierto punto.

—La ambición tiene su lado bueno y su lado malo —contestó el excursionista.

—¿Tiene usted ambiciones? —preguntó el viajante.

—Sí, las tengo —respondió el excursionista—. Y mis compañeros también. Todos queremos hacernos un nombre escribiendo.

El viajante sonrió como lo haría un padre ante un niño listo.

—Eso es solo una etapa —respondió—. Yo ya la he pasado. Me creía Paderewski: llevaba el pelo largo, nunca me cortaba las uñas, pasaba hambre, leía libros morbosos y suspiraba de amor. Pero he ido dejando atrás esa etapa a medida que me hacía mayor.

—¿Y ahora es usted feliz?

—Sí, lo soy.

Y tenía razón. El hombre que tiene la mezquina ambición de hacerse famoso o de destacar se está poniendo a sí mismo en el camino de la desilusión, unida a la envidia, el odio y la malicia contra quienes le sacan ventaja en la carrera.

La ambición de hacer el bien es la única que cuenta y la única que ayuda a alcanzar la felicidad. En cambio, la ambición personal de que a uno lo tengan por grande o por excepcional solo crea pedantes.

Por ejemplo, no es difícil convertirse en pintor futurista. Basta con hacerse con una colección de colores chillones, tener un punto de locura y combinar ambas cosas en un lienzo. Pero si uno está mínimamente cuerdo, no puede mantener esa actitud mucho tiempo: enseguida aburre.