Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito · 2. Vino

Diversiones

Una pequeña forma de «diversión» que a veces me permito, después de un largo día en la oficina o en reuniones, es irme —por favor, no se lo digáis a nadie— al cine o a un teatro de variedades.

Ya sé que la gente respetable dirá que eso es degradante. Pero ¿qué quieren? No lo puedo evitar. Nadie es perfecto.

He recomendado un cambio activo de ocupación como la mejor diversión, y no tengo excusa cuando de vez en cuando me permito un poco de diversión pasiva y dejo que otros me entretengan.

Cuando voy al cine, caigo en una somnolencia muy reparadora a la que me lleva la película que pasa ante mis ojos, y si el argumento es malo, como ocurre a menudo, me duermo tranquilamente. Ahora ya no es así: con el cine de ahora no hay quien duerma, hablan demasiado.

En las variedades prefiero al ciclista y al malabarista antes que al excéntrico. Una buena dosis de risa me sienta como un baño para el cerebro.

Al mismo tiempo, no puedo negar que durante tres cuartas partes de la función me aburro soberanamente con la cantante, con los chistes de suegras y con los dobles sentidos de los actores que no saben hacer reír con verdadero talento de humoristas.

Si la diversión en esas salas fuera de verdad sana y graciosa, iría más público y los empresarios también ganarían más.

Es verdad que hoy las señoras pueden ir a los teatros de variedades, que antes les estaban vedados por las canciones y las palabras indecentes que allí se oían.

La gente de hoy tiene la mente más sana que antes, y os toca a vosotros, la nueva generación, continuar esa mejora, aunque solo sea por respeto a vosotros mismos.

Hay muchas otras debilidades y formas de complacencia que no he mencionado aquí, pero que podéis descubrir vosotros mismos estudiando con cuidado vuestro carácter y vuestras costumbres. Muchas de ellas ni siquiera las sospechabais hasta ahora; pero, cuando las descubráis por vosotros mismos, en vez de que alguien os las señale, veréis la necesidad y la manera de corregirlas.

En el último capítulo he señalado varias de ellas, junto con sus antídotos.

Cómo sortear el escollo

Ya veis que este escollo llamado «vino», que se os cruza en el camino, no es otra cosa que complacencia. Con eso quiero decir dejarse llevar por las propias inclinaciones, ya sea hacia la bebida, el tabaco, la comida o cualquier otra forma de placer de los sentidos. La complacencia puede acabar en la ruina de la persona y en daño para la comunidad. En gran parte se debe a que la gente se deja llevar por lo que hacen los demás, cerrando los ojos al peligro. Pero con los ojos abiertos, remando uno su propia canoa y dominándose a sí mismo, se puede navegar con seguridad por el lado bueno del escollo, y así se adquiere la firmeza de carácter necesaria para protegerse de otras tentaciones a las que le arrastra a uno su propia debilidad.

Y eso ayuda a triunfar.

Dominio de sí mismo

Son varios los ingredientes que forman el carácter. El carácter al que me refiero es el que hace que un hombre sea un hombre de verdad o, mejor aún, un caballero.

El primero de estos ingredientes es el dominio de sí mismo. El hombre que es capaz de dominar su ira, su miedo, sus tentaciones, en realidad todas sus inclinaciones, salvo su conciencia y su vergüenza, va camino de ser un caballero.

Por «caballero» no me refiero a esos pedantes con polainas, monóculo y dinero, sino a un «hombre limpio», un hombre en cuyo honor se puede confiar tanto en la adversidad como en el triunfo, que siempre tratará con rectitud y será cortés y servicial.

El dominio de sí mismo es un punto en el que los británicos, por regla general, son fuertes. Tendemos tanto a ocultar nuestros sentimientos que los extranjeros a menudo piensan que somos poco atentos y poco compasivos; pero reconocen que se puede contar con nosotros, porque normalmente no perdemos la cabeza en las emergencias.

Eso ya es algo, pero creo que con el dominio de sí mismo se puede hacer todavía más. Desde luego, es lo que permite resistir con éxito las tentaciones.

Es algo que se puede cultivar, y que debe cultivar todo el que quiera tener carácter.

Algunos se ríen de la Ley Scout porque dice que, cuando un muchacho se encuentra en un apuro, en peligro o con dolor, debe intentar sonreír o silbar, y que eso cambiará su situación.

Y, sin embargo, no conozco a nadie que, después de haber probado este consejo, no esté de acuerdo con la idea.

Un hombre salta por el aire junto a un árbol mientras se le cae el sombrero

No cabe duda de que produce el efecto deseado y de que, cuanto más se practica, más se desarrolla, hasta convertirse en un hábito y, por tanto, en parte del propio carácter.

Una vez tuve que arrastrarme por un terreno cubierto de matorral espinoso persiguiendo a un león al que quería cazar. Estaba en un trance mortal, pero mi rastreador zulú no me quitaba ojo y había planeado que, si el león nos atacaba, me cubriría con su escudo. Aunque le tenía miedo al león, más miedo le tenía a la ocurrencia de mi zulú. Así que seguí arrastrándome, y os aseguro que sentí un gran alivio cuando, al cabo de un rato, nos dimos cuenta de que el león se había ido en otra dirección.

El plan era muy sencillo, sobre todo para el león.

Un león salta sobre un hombre tumbado en el suelo y protegido por un gran escudo de piel

En otra ocasión, en la India, me vi obligado a repetir la experiencia, esta vez con un jabalí. Lo habíamos estado cazando a caballo y con lanza, y conseguimos herirlo de gravedad antes de que se escondiera en un matorral tan espeso que quienes lo perseguíamos no éramos capaces de sacarlo de allí.

Los ojeadores atravesaron el matorral haciendo mucho ruido, pero salieron por el otro extremo diciendo que el animal no estaba dentro.

Nosotros, sin embargo, sabíamos que sí estaba, porque habíamos vigilado bien todas las salidas. Y como yo me había ganado, a muy poco coste, cierta fama en esa clase de lances, tuve que bajarme del caballo y entrar con los ojeadores para darles ánimos.

Desde luego que lo encontramos; o, mejor dicho, él me encontró a mí. En mitad de la espesura oí de pronto un ruido y un gruñido, y la bestia salió de su escondite y se lanzó contra mí. Yo tenía la lanza preparada de tal manera que, al embestir, se la clavó él mismo en mitad del pecho. Pero la fuerza de la acometida me tiró de espaldas. Aun así, no solté la lanza, y eso me permitió mantenerlo a distancia suficiente para que no me abriera el pecho con los colmillos.

Bien que lo intentó, y con todas sus ganas, empujándome cada vez más contra el suelo; pero logré apoyar el extremo de la lanza en tierra, a un lado de mí, y así pude contenerlo.

Los demás ojeadores, hombres robustos, compitieron entre sí por ser los primeros en salir del matorral y llevar a los otros cazadores la noticia de que yo había muerto. Estos vinieron corriendo con sus lanzas y, por fortuna, acabaron pronto con el señor jabalí antes de que siguiera prodigándome sus atenciones.

Sin embargo, al cabo de un tiempo, y a pesar de lo angustioso que había sido aquel recuerdo, poco a poco le fuimos cogiendo el gusto a la emoción de terminar así la lucha. Desde entonces, cada vez que heríamos a un jabalí, desmontábamos y le hacíamos frente a pie.

Me imagino que, si en su época hubiera habido muchos dragones alrededor de san Jorge, después de su primer encuentro victorioso le habría gustado convertir lo de matar dragones en una diversión de todos los días.

Si uno se domina, se obliga a afrontar una dificultad o un trabajo que parece peligroso y sale bien parado, la siguiente vez le resultará más fácil vencer.

El dominio de sí mismo no solo nos capacita para dominar los malos instintos, sino que nos da dominio incluso sobre nuestros pensamientos.

Y esto es de importancia vital para la felicidad.

Obligaos siempre a ver el lado bueno que tiene hasta lo que parece más oscuro, y veréis que os resulta más fácil afrontar con confianza las perspectivas difíciles.

La ansiedad es un pensamiento deprimente; pero, una vez que se la domina y se la sustituye por una esperanza luminosa, ya nunca hará falta beber para tener valor o para olvidar.

La gran ventaja que se saca de practicar el dominio de sí mismo es la capacidad de apartar los pensamientos desagradables y sustituirlos por otros alegres y satisfactorios.

Si os tomáis la molestia, podéis cultivar el hábito de cambiar la célula del cerebro que está produciendo pensamientos desagradables por una nueva célula que contenga buenos ideales.

Así podréis convertiros en hombres nuevos.

La autodisciplina del general Nogi

El célebre general japonés Nogi me explicó una vez cómo se había formado en el dominio de sí mismo y en el valor. Era cuestión de autodisciplina. De joven era débil y de temperamento nervioso, pero tenía tanta voluntad que reconoció su debilidad y decidió vencerla.

Cada vez que tenía que enfrentarse a una situación que no le gustaba o que le daba miedo, se obligaba por principio a hacerle frente. Lo repetía cada vez que se le presentaba la ocasión, hasta que al final venció su debilidad.

Así acabó por librarse de la tiranía del miedo. Llegó a ser el jefe más audaz y el soldado más intrépido de su época.

Cuando mataron a su hijo en combate, no mostró la menor señal de pena para no desanimar a los demás. Y, sin embargo, aquella muerte le dolió profundamente.

Cuando murió su emperador, pensó que, como servidor fiel que era, no debía seguir viviendo, y se quitó la vida abriéndose el vientre.

Maravilloso ejemplo de dominio de sí mismo sobre el miedo y el dolor.

El control de sí mismo es lo que caracteriza al caballero

«Una multitud londinense es extraordinariamente educada. Es capaz de pasarse horas enteras mirando en silencio cómo suben una enorme caja fuerte hasta el último piso de un gran edificio. He dicho en silencio; es decir, sin intentar dar consejos a los que están trabajando. Gran ejemplo de dominio de sí mismo».

Esto es lo que dice Pett Ridge sobre el dominio de sí mismo y sobre cómo contribuye a los buenos modales.

El viejo William de Wykeham declaró hace mucho tiempo que «los modales hacen al hombre», y tenía razón. Un hombre de verdad es cortés; es decir, muestra deferencia, simpatía humana y un buen humor sin límites.

Eso es lo que hace a un caballero, y con razón he oído decir que ser un caballero es tan difícil para un duque como para un albañil.

Yo solía jugar al polo contra un equipo que tenía un buen jugador, pero con un punto flaco: no era un caballero, tenía muy mal genio.

Bastaba con que alguien chocara con él o le parara el mazo cuando iba a golpear la bola (dos cosas permitidas en el juego) para que perdiera los nervios, y con ellos la cabeza durante el resto del partido, y se volviera completamente inútil para su equipo.

Pues lo mismo ocurre en una discusión o en un debate: si el adversario no sabe dominar su genio, lo tienes a tu merced, siempre que tú sí sepas controlar el tuyo.

Se ve con frecuencia en las cartas al director de los periódicos, cuando hay polémica. Por lo general, el que se enfada con facilidad y escribe al periódico demuestra tener pocas luces. Muestra el mismo espíritu que los niños que, en cuanto se pelean, gritan: «¡Ya verás, se lo voy a decir a tu madre! ¡No vuelvo a jugar contigo!».

Recordad esto: si uno tiene razón, no hay por qué perder los estribos; y si no la tiene, de nada le sirve perderlos.

Haced siempre así: portaos como caballeros, con cortesía y dominio de vosotros mismos, y ganaréis siempre que a vuestro contrario le falten esas cualidades.

Lealtad

Otra cosa que contribuye a formar el carácter (el mejor antídoto contra la bebida) es la lealtad hacia los demás y, muy especialmente, la lealtad hacia uno mismo.

La lealtad es un rasgo sobresaliente del carácter. Antes de embarcarse en su última expedición a bordo del Quest, sir Ernest Shackleton le contó a Arthur Mee, del Children's Newspaper, que una vez, en la Antártida, cuando la situación era más negra y la muerte y el hambre parecían seguras, oyó esta conversación entre dos de sus hombres:

—No creo que salgamos de esta con vida —dijo una voz.

—Eso es cosa del jefe —fue la respuesta.

Aquello le recordó no solo su responsabilidad como jefe, sino también su soledad.

—Ser jefe —dijo— es algo muy bueno, pero tiene sus penas. Y la mayor de todas es la soledad. Uno cree que no hay que contárselo todo a los demás. A veces hay que ocultarles no solo la verdad, sino lo que uno piensa de la verdad. Uno puede saber que los hechos están en su contra, pero no puede decirlo. Solo hay una cosa que hace posible el mando en las expediciones antárticas, y es la lealtad. La lealtad de los hombres es lo más sagrado que uno tiene: algo que nunca hay que traicionar y que hay que merecer. No hay palabras para hacer justicia a su valor y a su alegría. Ser valiente con alegría, ser paciente con el corazón alegre, soportar las peores agonías entre risas y canciones y caminar junto a la muerte durante meses enteros sin entristecerse: esa es la clase de espíritu que forma el valor que merece la pena. Yo quiero a mis hombres.

Por mi parte, puedo suscribir cada una de las frases de Shackleton después de mi experiencia en Mafeking, que, aunque fue una prueba pequeña, supuso un peligro continuo durante mucho tiempo y muchas penalidades para la gente.

Esa misma lealtad sincera y alegre por parte de la gente fue el secreto de nuestro éxito, igual que lo fue en el caso de Shackleton. Y del mismo modo, la lealtad será el secreto del éxito en cualquier trabajo difícil, ya sea en los negocios o en la defensa de la patria.

La lealtad es una cualidad preciosa que toda persona con sentido del honor debe cultivar y fortalecer a toda costa.

Pero la lealtad tiene además una cara que Shackleton no destaca en particular, aunque él la practicaba en grado sumo, y que aumenta enormemente la soledad y la tremenda responsabilidad de un jefe.

El jefe necesita la lealtad de su gente, pero también él debe ser leal con ella. Ese es el punto que subraya la Ley Scout cuando dice: «El scout es leal con sus jefes y con sus subordinados».

Es este aspecto de la lealtad el que a menudo pone al jefe en una posición difícil, cuando tiene que engañar a su gente, como sugiere Shackleton, ocultándole lo malo. Yo he tenido que hacerlo muchas veces.

Además, el jefe tiene que ser leal a la causa que defiende. Esta es la parte más difícil de su deber.

Por ejemplo, poca gente se da cuenta de la terrible responsabilidad de un general en campaña. Por un lado está su lealtad hacia sus hombres; pero tiene que pensar que sus vidas son algo pasajero, mientras que el resultado de la batalla es algo duradero, y por eso tiene que poner en peligro a los hombres que quiere y que confían en él, en aras de algo más grande: la seguridad y el bienestar de la nación. Hay que pensar en estas cosas al considerar lo que significa la lealtad y cómo debe uno prepararse para ser jefe.

Pero también existe la lealtad hacia uno mismo. Cuando se presenta la tentación, la conciencia dice «no», pero la inclinación dice «sí».

Y entonces uno se impone o cae, según a cuál de las dos obedezca. Si es leal consigo mismo, se impone; si es cobarde, cede, cae y pierde el respeto por sí mismo.