5. Irreligión
El lado oscuro de este escollo es el peligro del ateísmo y la irreligión. El lado luminoso, la comprensión de Dios y del servicio al prójimo. Una ayuda directa para conseguirlo es el estudio de la Naturaleza.
- Irreligión
- A los jóvenes se los intenta llevar al ateísmo.
- Predomina la irreligión.
- La religión es esencial para la felicidad.
- El estudio de la Naturaleza
- Salvaguarda contra el ateísmo.
- La obra de Dios en la Naturaleza desmiente el ateísmo.
- Conocer la Naturaleza es un paso hacia el conocimiento de Dios.
- La humildad y la reverencia son los antídotos de la hipocresía.
- Se pueden obtener por el contacto con la Naturaleza: en el mar, en el bosque, en las montañas.
- El ser humano
- No hace falta ir muy lejos para ponerse en contacto con la Naturaleza.
- La naturaleza humana y sus maravillas.
- El mundo microscópico.
- El mundo animal.
- La mente.
- Lo divino
- El alma.
- Todo esto lleva a comprender que Dios es Amor.
- Pensamientos guía de varias fuentes.
- Libros útiles.
Ateísmo
Hay muchos hombres que no tienen religión, que no creen en Dios: se les llama ateos. Solo en Gran Bretaña existen nueve sociedades de este tipo. Pueden tener las opiniones que quieran sobre el asunto, pero cuando intentan, como hacen siempre, imponer esas ideas a los demás, se convierten en enemigos de la peor especie.
Algunas de estas sociedades atacan directamente las creencias ajenas de forma muy ofensiva, y creo que, al hacerlo, en realidad hacen más bien que mal a las religiones que atacan, porque despiertan a la gente, que deja a un lado sus diferencias y se une para rechazar el ataque.

He aquí una muestra de los insultos gratuitos que dirigen a la religión cristiana. Es uno de tantos que han reproducido los periódicos en los últimos años:
«La ceremonia principal de los cristianos, conocida como misa o comunión, que consiste en comer la carne y beber la sangre de ese judío llamado Jesús, es una superstición chocante y degradante que sugiere un festín de caníbales, de donde probablemente procede.
»El cristianismo ha rebajado y pervertido en todos los sentidos las normas de la verdad. No es exagerado decir que ha corrompido el mundo con la falsedad».
Son de los insultos más indecentes que se pueden dirigir a cualquier cristiano que crea en su religión. Al mismo tiempo, son una llamada directa a pasar a la acción. Pero de esto no voy a tratar aquí.
Además de los antirreligiosos, hay muchas personas que, aunque no se oponen con violencia a la religión, no sienten especial interés por ella. En algunos casos nunca han aprendido nada sobre ella; en otros, no les ha parecido atractiva o no les ha inspirado, y la han dejado a un lado. Mark Twain decía que no le gustaba discutir de religión, porque trataba del infierno y del cielo, y él tenía amigos en los dos lados.
Por otra parte, en lo más profundo de la selva he conocido a personas que de niños no habían recibido en casa ninguna formación religiosa, pero que por sí mismas habían llegado a conocer a Dios a través de sus obras y de las maravillas con que ha dotado al mundo.
Esos hombres han llegado a la conclusión de que forman parte de esa maravillosa creación, pero dotados en mucho mayor grado que los demás animales, ya que tienen inteligencia, capacidad para apreciar la belleza y sentido del bien hacia sus semejantes, lo que significa llevar dentro algo del espíritu de Dios.
La mayoría de las religiones reconocen a un Dios Creador; sus diferencias están en el modo en que actúa la relación entre el Creador y el alma humana.
Los cristianos creemos que Jesucristo vino a vivir entre nosotros para explicarnos y darnos a conocer que Dios es Amor, y que los sacrificios y ofrendas a Dios que practicaban en la Antigüedad las religiones supersticiosas no le eran gratos; que lo que Él desea es el sacrificio de uno mismo y el servicio a Dios.
La religión es esencial para la felicidad
Si uno se propone de verdad tener éxito —ser feliz—, tiene que evitar que lo absorban los charlatanes irreligiosos; es indispensable tener una base religiosa en la vida.
Esto no significa solo ir a la iglesia, conocer la Biblia y entender la teología. Hay hombres sinceramente religiosos que apenas conocen la Biblia y nunca la han estudiado. La religión, dicho en pocas palabras, significa:
- Reconocer quién y qué es Dios.
- Sacar el mejor provecho de la vida que nos ha dado, haciendo lo que Él desea que hagamos, es decir, preferiblemente, haciendo algo por el prójimo. Ese debe ser vuestro credo, no solo como tema de reflexión para los domingos, sino como algo que guíe vuestra vida en cada momento y en cada aspecto, todos los días.
Como medio para alcanzar estos dos puntos y evitar el ateísmo, os recomiendo hacer dos cosas.
Una es leer ese libro maravilloso y antiquísimo, la Biblia, que, además de contener la revelación divina, es una historia interesante llena de poesía.
La otra es leer ese otro libro maravilloso y antiguo, el Libro de la Naturaleza: ver y estudiar todo lo posible sus maravillas y sus bellezas, que están a disposición de todos los seres humanos.
Y, hecho esto, reflexionar para descubrir cuál es la mejor manera de servir a Dios mientras se disfruta de la vida que Él mismo nos ha dado.
El Libro de la Naturaleza
Lo que voy a decir aquí va dirigido a quienes no tienen religión o corren el peligro de caer en el escollo del ateísmo.
El ateo dice que está en contra del cristianismo y de otras formas de religión porque son supersticiones y no principios que guíen la vida. Sostiene que una religión que debe aprenderse en libros escritos por hombres no puede ser verdadera. Pero no parece darse cuenta de que, además de los libros impresos y de la revelación, Dios nos ha dado el gran Libro de la Naturaleza para que leamos en él, y ahí no podrá alegar que hay mentiras, porque los hechos son irrefutables.
Shakespeare habla de «sermones en las piedras, lenguas en los árboles, libros en los arroyos que cantan y bondad en todas las cosas». Bacon escribió: «El estudio del Libro de la Naturaleza es una verdadera llave para la revelación».
El Corán dice: «¿No veis que todo lo que hay en el cielo y en la tierra está al servicio de Dios: el sol, la luna, las estrellas y los montes, los árboles, las bestias y los hombres?».
Espero que no se me malinterprete: no sugiero que el estudio de la Naturaleza sea una forma de culto ni un sustituto de la religión. Lo que defiendo es que comprender la Naturaleza puede ser, en algunos casos, un paso para llegar a la religión.
Quizá este método atraiga donde otros han fracasado, sobre todo a quienes se inclinan al ateísmo, a quienes no tienen ninguna idea religiosa concreta o a quienes la tuvieron y la han dejado a un lado. Tal vez sea un camino nuevo que les ayude a reencontrar su religión. Las siguientes palabras de David Grayson describen lo que imagino que debe de ser la experiencia de mucha gente en nuestra época:
«Me he dedicado a la botánica durante los últimos cincuenta y cuatro años. De niño creía en Dios sin ponerlo en duda. Le rezaba imaginándolo como una persona que tenía delante de los ojos.
»Cuando crecí, llegué a la conclusión de que Dios no existía. Lo puse fuera del universo. Solo creía en lo que podía ver, oír o tocar.
»Hablaba de la Naturaleza y de las cosas materiales.
»Y ahora me parece que no existe nada más que Dios».
La Naturaleza como escalón para conocer a Dios
Durante la Gran Guerra, el obispo de Winchester hizo una encuesta entre unos cuantos capellanes militares, y el resultado mostró que una gran proporción de nuestros hombres tenía poco conocimiento o práctica religiosa.
He leído que en algunos casos la fe ha estado a punto de convertirse en superstición, y como remedio se propone que «el niño necesita algo tangible sobre lo que edificar su fe, porque de lo contrario se vuelve supersticioso. Ese era el resultado de intentar enseñar la religión sobre bases imaginarias». Por otra parte, sé que entre los jóvenes de hoy existe un deseo sincero de tener religión, conocerla y actuar de acuerdo con ella.
Durante la guerra supe de cientos de casos de soldados jóvenes que estaban deseando comprometerse a cumplir la Promesa y la Ley Scout como algo tangible en este sentido.
Hace poco me hablaron de un grupo de jóvenes trabajadores, unos treinta, que se habían hecho rovers y pidieron a su jefe que celebrara una reunión los domingos para enseñarles algo de religión. Es para personas como ellos para quienes espero que mis sugerencias resulten útiles. Tienen el espíritu, pero, cuando ya han empezado a darse cuenta de lo divino y del servicio que se le debe, necesitan la forma.
En el poema épico indio Mahabharata hay una leyenda sobre un sacerdote celoso que estaba descontento con la fe de uno de sus fieles. Cuando le reprochó su falta de religión, el hombre le explicó que había intentado con todas sus fuerzas tenerla, pero que se había dado cuenta de que la religión no estaba a su alcance.
Al oír esto, el sacerdote lo agarró y le metió la cabeza bajo el agua hasta casi ahogarlo. Con un esfuerzo enorme, luchando con todas sus fuerzas, el hombre logró soltarse y le echó en cara al sacerdote que lo tratara con tanta violencia. El sacerdote le respondió:
—Si en medio de las dificultades intentaras buscar la ayuda de Dios aunque fuera con la mitad del empeño con que has luchado por respirar bajo el agua, pronto la encontrarías.
Humildad y reverencia
El antídoto contra el ateísmo es la humildad unida a la reverencia, algo tan difícil de aprender como de enseñar. Dejadme daros un ejemplo de cómo se consigue mediante el contacto con la Naturaleza.
Temple Thurston contaba en uno de sus escritos que, mientras contemplaba un paisaje tan bello y magnífico, pensó: «¿Qué diría un hombre de ciudad si lo trajeran de repente a este lugar y lo pusieran a contemplar una vista tan maravillosa?».
La sorpresa sería tan grande que probablemente soltaría alguna palabra gruesa, porque las palabras corrientes no bastarían para expresar lo que estaba disfrutando.
Pues eso es exactamente lo que le ocurrió a un soldado en la guerra de Sudáfrica. Después de una marcha larga y pesada, vio de repente el maravilloso panorama que se extiende al pie de un lugar llamado el Cantil del Diablo, en el Transvaal Oriental.
—¡Dios mío! —gritó—. ¡Y ha habido imbéciles que dicen que Dios no existe!
Aquella escena tan maravillosa se apoderó de una imaginación tan poco sensible e hizo brotar de sus labios una exclamación que, según Thurston, aunque fuera blasfema, por su propio contenido debía de resultar aceptable al Todopoderoso.
En cualquier caso, no es mala respuesta para los ateos.
Un marino es a menudo un hombre profundamente religioso gracias a su contacto con la Naturaleza, sobre todo si ha llegado a tener un barco a su mando. Cuando, en plena galerna, su barco asoma sobre una montaña de agua gris verdosa que muchas veces encierra la muerte, se da cuenta del poder y la magnitud de las fuerzas de la Naturaleza entre las que se abre paso con su nave.
De pie, solo en el puente de mando, dando órdenes para intentar salvar a los hombres que tiene a su cargo, no puede menos que sentirse a ratos en íntimo contacto con aquel Poder Sobrenatural del que dependen todas las cosas.
Ese contacto consiste sobre todo en reconocer y reverenciar un Poder superior al suyo. Se pone en manos de ese Poder y trabaja con confianza en colaboración con Él.
Las maravillas del bosque
Si no habéis viajado por las selvas de Brasil y del interior del África Occidental, difícilmente podréis imaginar la extraña sensación obsesiva que lo invade a uno mientras avanza con esfuerzo por aquel escenario, que desde el primer momento despliega la belleza y la maravilla de la selva tropical.
Hasta a las mentes menos sensibles les recuerda toda la gracia y la majestad de una catedral. Pero, a pesar de todo su atractivo, esconde algo de horror en su luz tenue y su vegetación enmarañada. Uno se abre camino a través de la maleza entrelazada bajo enormes árboles que no dejan pasar el sol ni el aire. Y todavía más arriba, las copas de las ceibas gigantes y de otros monarcas de la selva agitan sus melenas a sesenta metros del suelo.
Pero rara vez se ven esas copas mientras uno se abre paso entre ramas, raíces, hojas, enredaderas y arbustos. A medida que uno avanza día tras día, y quizá semana tras semana, por ese terreno agotador, su belleza se olvida a fuerza de repetirse y acaba convirtiéndose en un horror del que uno siente que no hay escapatoria ni alivio. Una depresión enfermiza se apodera de uno, y hay casos en que la melancolía y la locura se adueñan del caminante.
De noche, cuando uno se tumba en la oscuridad, en el suave silencio de la noche tropical, el bosque enmudece, pero aquí y allá se oyen multitud de vocecitas: el canto de los grillos, el croar de las ranas, la caída de las hojas, el murmullo de la brisa que juega entre las ramas sobre la cabeza. De vez en cuando, a largos intervalos, rompe la quietud el más impresionante de los ruidos de la selva: el estruendo y el crujido de uno de esos venerables veteranos, los árboles gigantes, que cede al peso de los años y cae de su orgulloso pedestal para no volver a ser visto jamás.
Hay un momento de tensión, como de respetuoso silencio, y luego las vocecitas de la selva vuelven a oírse.
El hombre parece estar fuera de lugar, parece un intruso: aquello es el ritmo de las plantas y de los insectos. Y, sin embargo, hay vida, una sensación de reproducción, muerte y evolución en gestación constante, que obedece a la misma ley que gobierna el resto del universo.
El hombre tiene camaradas de la Naturaleza entre las plantas y las criaturas de la selva.
Para quien tiene ojos y ve, y oídos y oye, la selva es al mismo tiempo un laboratorio, un club y un templo.
Solo en los Andes
Una mañana, en los Andes de América del Sur, salí solo antes del amanecer a escalar una montaña. La niebla fría del alba se hacía más densa por la profundidad del cañón del que partí, y los picos se amontonaban unos sobre otros contra el cielo, pero en una oscuridad que hacía difícil calcular distancias o alturas. A medida que subía, la luz del día iba aumentando poco a poco, y los riscos y las masas de roca se destacaban cada vez más. El aire era muy frío, transparente y quieto, y el silencio tensísimo que me rodeaba me oprimía. No se oía el murmullo de un arroyo, ni el piar de un pájaro, ni el susurro de la brisa. Solo había quietud. Pero no era una quietud de muerte; más bien parecía que todo aquello —las montañas y los valles, las crestas y las rocas— estuviera atento, esperando, aguardando la llegada del día. Casi parecía un sacrilegio romper aquel silencio con el ruido de mis pasos sobre las piedras.
La ladera que me rodeaba estaba desierta. A poca distancia, hacia arriba y delante de mí, estaba el horizonte hacia el que me dirigía y que siempre se alejaba. Al volver la cara, había otro horizonte parecido, solo unos metros más abajo, que llevaba hacia la niebla que acababa de dejar. Un escritor que describió esta misma subida la comparó con una hormiga que intenta salir de un cuenco, y así es como uno se siente.
Por encima de las rocas que me rodeaban empezaban a perfilarse nuevas crestas de picos más altos, que parecían gigantes recortados con nitidez a la luz de la aurora, pero todos fríos e impasibles, observándome por encima de los hombros de sus vecinos más bajos. Yo era lo único que se movía en aquella inmensidad de rocas y crestas inmóviles. Me sentía un intruso en aquel dominio solemne.
Los estratos y la variedad de las rocas me hablaban de los miles de años transcurridos desde que la Tierra salió de su crisol.
Me sentía como un insecto diminuto en medio de aquella grandeza.
A medida que subía, cada vez me costaba más respirar, y la sensación de soledad y de pequeñez crecía en medio de aquel silencio intenso y bajo enormes jirones de cielo.
De repente, sobre una de aquellas crestas, vi un pico blanco verdoso de nieves perpetuas, claramente recortado contra el cielo, y después otro, y otros más por todas partes. Parecía como si los grandes gigantes de la cordillera, en cuyas paredes verticales jamás había puesto el pie el hombre, se hubieran levantado para observarme, fríos, austeros, silenciosos e implacables. Aquellas alturas asombrosas, el silencio espantoso, la soledad y la inmensidad, todo parecía querer aterrarme. No me sentía yo mismo. Me invadió un deseo enorme de gritar para romper aquel hechizo. Sin embargo, la voz humana más potente habría sonado allí como un esfuerzo débil, como el chillido de un pajarillo que oí una vez entre las inmensas ruinas del Coliseo romano.
Estaba a punto de cerrar los ojos cuando, de pronto, un resplandor extraño pareció descender sobre mí desde lo alto. Al mirar hacia atrás, por encima del hombro, vi qué era lo que me había dejado mudo. Uno de los grandes picos, que un momento antes era de color gris azulado, brillaba ahora de repente con todo su esplendor en un tono naranja rosado, y sus partes bajas, con sombras opalinas violetas, azules y verdes. Toda la mole se recortaba perfectamente, con todo su contorno y sus detalles, contra el cielo oscuro.
A medida que pasaba la vista de un pico a otro, estos se iban tiñendo de rosa con la aurora radiante.
Sentía que aquello era demasiado para la mente de un pequeño mortal que invadía aquel lugar sagrado; era un atrevimiento presenciar cómo la Naturaleza se vestía con las galas de la mañana. Allí no había nada que uniera aquella escena divina con la vida humana que había dejado abajo, entre la niebla.
Me tambaleé, aterrado hasta el espanto ante aquel cuadro, y en ese momento, cuando más necesitaba el contacto con el mundo de los hombres, sobre el pico siguiente apareció ante mí una figura: la del Cristo Redentor.
No era la figura habitual de un cuerpo patético colgado de la cruz, sino un ser amable y grande, con las ropas ondeando al viento y los brazos abiertos en actitud de protección y de bienvenida.
Es una estatua magnífica, colocada con gran acierto para señalar la frontera entre dos grandes Estados, Argentina y Chile, como signo de paz; pero colocada con más acierto aún de lo que el escultor pudo imaginar, porque en aquel lugar es un eslabón tangible entre lo humano y lo divino: el eslabón que el mismo Cristo vino a traer a la Tierra.
Hace poco leí lo siguiente:
«En las montañas, donde solo se puede caminar, dormir y pensar, uno se convierte en algo parecido a un yogui.
»No sé por qué, pero nueve de cada diez hombres que viven a más de 500 metros de altitud son creyentes. Las montañas parecen hablarle a uno de eso.
»En la quietud de la noche se oyen sus voces; la inmensidad que lo rodea lo arrastra a uno. Más tarde, cuando el pensamiento se aleja de los cuidados y las preocupaciones inmediatas, el espíritu se expande y se abre a los amplios círculos de la conciencia. En las ciudades calurosas, donde los hombres viven amontonados, uno necesita agarrarse a algo: a un salvador personal, a una linterna sostenida por una mano firme y bondadosa, a una voz que consuela en la oscuridad. Pero aquí uno no busca: uno sabe. El yo se desvanece. Hay un propósito místico en la Naturaleza en el que uno participa, pero de lejos, no como individuo.
»Uno podrá soñar por su cuenta, pero no puede evitar formar un todo con las semillas de la hierba, con los pequeños cantos rodados y con los desheredados».